Backrooms y el miedo a lo familiar

Hay lugares que parecen esperar algo incluso cuando están vacíos. Un pasillo de oficinas después de la jornada laboral, una sala de espera sin pacientes, una tienda donde las luces permanecen encendidas cuando ya se han marchado los empleados. Reconocemos sus materiales, intuimos para qué sirven y confiamos en que alguna puerta nos devolverá a la calle. Backrooms, la película de Kane Parsons, convierte esa confianza en una fuente de inquietud. Nos ha encantado por su capacidad para hacer que unos interiores aparentemente anodinos despierten una curiosidad que pronto resulta difícil separar del miedo.

Protagonizada por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, con guion de Will Soodik, la película lleva al largometraje el universo que Parsons desarrolló en YouTube bajo el nombre de Kane Pixels. Su punto de partida es sencillo: una abertura en el sótano de una tienda de muebles conduce a una sucesión de habitaciones que parece no terminar nunca. Lo que surge de ahí invita a pensar en el espacio, la soledad y nuestra necesidad de encontrar sentido incluso donde quizá no lo haya.

De qué trata Backrooms

Clark, interpretado por Ejiofor, regenta un negocio de muebles y atraviesa un momento de insatisfacción personal. Cuando descubre el acceso a ese mundo de habitaciones y pasillos, su reacción incluye algo más que temor: también siente fascinación. La posibilidad de explorar un territorio ajeno a las reglas conocidas empieza a ocupar un lugar cada vez mayor en su vida. Mary, su terapeuta, interpretada por Reinsve, terminará implicándose en esa búsqueda.

Ese deseo de regresar al lugar peligroso resulta especialmente interesante. Podemos comprender el impulso de huir de una amenaza; cuesta más aceptar que alguien encuentre en ella una promesa. Clark permite introducir esa ambivalencia: ¿qué tiene que ocurrir en nuestra vida para que un espacio deshumanizado parezca ofrecer una oportunidad?

Desde ahí, la película abre una lectura sobre el escapismo. Un descubrimiento extraordinario puede convertirse en la justificación para abandonar problemas que siguen esperando fuera. El laberinto ofrece movimiento, nuevas habitaciones y la impresión de estar avanzando. Otra cosa es que ese desplazamiento conduzca a alguna parte.

El origen de Backrooms en internet

Antes de la película y de la serie de Parsons existió una fotografía. En 2019, una imagen de un interior amarillento circuló en 4chan, un foro de internet basado en la publicación de imágenes y comentarios, generalmente anónimos, acompañada de un breve texto que imaginaba la posibilidad de salirse accidentalmente de la realidad. La idea utilizaba el concepto de noclip, procedente de los videojuegos, para describir el paso a través de una superficie que debería ser sólida. Al otro lado aguardaban las backrooms.

El concepto fue creciendo mediante aportaciones de usuarios, relatos e interpretaciones. Parsons desarrolló su propia versión audiovisual y publicó en 2022 The Backrooms (Found Footage), el cortometraje que dio impulso a su serie. El formato de grabación encontrada convertía el recorrido en un supuesto registro de algo que había ocurrido, con una cámara incapaz de ofrecer una visión completa del peligro.

Hay algo estimulante en ese origen colectivo. Una imagen con muy poca información dejó suficiente espacio para que miles de personas imaginaran lo que faltaba. Su potencia residía en una pregunta abierta. El salto al cine plantea precisamente ese reto: construir personajes y una historia sin agotar el misterio que hizo que tantos quisieran asomarse.

Una arquitectura que deja de orientarnos

Para quienes nos interesamos por el diseño y la arquitectura, Backrooms ofrece una experiencia particularmente sugerente. Los espacios cotidianos nos enseñan a movernos sin que apenas lo advirtamos. Una recepción indica dónde preguntar; una ventana permite situarnos; un cambio de pavimento anuncia que entramos en otra zona. Habitamos interpretando señales.

El universo de la película altera esa lectura. Las habitaciones conservan un aspecto funcional, pero resulta difícil entender qué función cumplen. La repetición promete una lógica que nunca terminamos de dominar. Podemos reconocer cada elemento por separado y seguir sin comprender el conjunto.

Ahí reside buena parte del llamado terror liminal: en espacios asociados al tránsito, la espera o el paso entre situaciones, cuya familiaridad se vuelve incómoda cuando desaparece el contexto que los hacía comprensibles. Un corredor vacío puede resultar perfectamente normal durante unos segundos. Si continúa indefinidamente, la misma imagen adquiere otro significado.

El amarillo, la moqueta y los techos suspendidos pertenecen a un repertorio visual alejado de lo excepcional. Esa banalidad permite imaginar que el acceso podría encontrarse en cualquier edificio. Lo perturbador se instala en lo reconocible, en la sospecha de que detrás de una pared corriente haya algo que nuestra experiencia del mundo no sabe explicar.

Construir físicamente un lugar imposible

Uno de los detalles más interesantes del rodaje es el esfuerzo por dar consistencia material a un universo vinculado a la creación digital. El diseñador de producción Danny Vermette y su equipo construyeron decorados en cuatro platós, incorporando plataformas y desniveles para que los intérpretes pudieran relacionarse físicamente con el entorno.

Según explicó Vermette a The Credits, reproducir el aspecto de la imagen original exigió estudiar cómo interactuaban el papel pintado, la moqueta, los falsos techos y los distintos tonos de piel ante la cámara. Incluso señaló que el característico amarillo de aquella fotografía procedía de un problema de balance de blancos: el espacio real probablemente era beige.

Es un detalle revelador. Un error fotográfico terminó proporcionando la identidad visual de todo un imaginario. La película trabaja sobre esa percepción heredada, haciendo tangible un lugar que muchos espectadores conocían a través de una pantalla. Las superficies importan porque el miedo también necesita peso, textura y distancia.

El sonido de un espacio vacío

La dimensión sonora merece tanta atención como los decorados. El zumbido de las luces, la respiración y los ruidos cuya procedencia no resulta evidente hacen que el espacio continúe más allá de lo que vemos. Escuchar se convierte en otra manera de intentar orientarse.

El diseñador de sonido Eugenio Battaglia explicó que las secuencias de metraje encontrado exigían respetar una limitación concreta: todo debía parecer captado por el micrófono de la cámara. Introducir sonidos demasiado independientes de ese punto de escucha habría roto la ilusión. La saturación, las interrupciones y las irregularidades del audio contribuían a mantenerla.

Esa decisión resulta eficaz porque convierte una supuesta deficiencia técnica en información dramática. Cuando el registro falla, también perdemos una herramienta para comprender lo que sucede. La cámara y el micrófono parecen acompañarnos, aunque ninguno garantiza que podamos anticiparnos a lo que viene.

La soledad dentro del laberinto

La presencia de Clark y Mary permite trasladar la atención desde el enigma espacial hacia una relación humana. Él llega al descubrimiento desde el malestar; ella, desde una profesión basada en escuchar e interpretar. La situación coloca esas posiciones ante algo que excede los marcos habituales de comprensión.

Una lectura posible es que Backrooms habla de nuestra facilidad para confundir aislamiento y autonomía. Disponer de un lugar sin interferencias puede parecer liberador, hasta que desaparecen también las referencias que nos permiten contrastar lo que pensamos. Estar solos no nos vuelve necesariamente más libres.

Tampoco hace falta convertir cada habitación en un símbolo psicológico. El espacio conserva su fuerza cuando aceptamos que puede tener una existencia ajena a los personajes. Precisamente esa indiferencia inquieta: queremos que el entorno responda a nuestras necesidades, y el laberinto continúa sin dar señales de que nuestra presencia importe.

Dónde ver Backrooms y por qué acercarse a ella

Backrooms está disponible en Filmin, cuya edición incluye después de los créditos el cortometraje Liquidación total. Conviene mantener la reproducción para descubrir esa prolongación de su universo.

Nuestra recomendación tiene que ver con la capacidad de su premisa para cambiar la manera de mirar algo cotidiano. La película reúne una imaginación espacial muy reconocible y preguntas que siguen funcionando fuera de la pantalla: por qué ciertos interiores nos incomodan, cuánto dependemos de las señales que nos rodean y qué buscamos cuando deseamos desaparecer durante un rato.

La atracción y el rechazo conviven durante todo el recorrido: queremos encontrar una salida, pero también saber qué hay después del siguiente giro. Backrooms consigue mantener esa tensión y prolongarla más allá de la pantalla. Al terminar, un pasillo vacío o una puerta entreabierta pueden despertar una sospecha que antes no estaba ahí.

Muy recomendable.

BACK
BACK TO TOP