«Una Batalla Tras Otra» de Paul Thomas Anderson

La nueva obra de Paul Thomas Anderson, «Una Batalla Tras Otra» («One Battle After Another»), aterriza en la gran pantalla como un manifiesto cinematográfico que no sólo desafía las convenciones del cine contemporáneo, sino que las dinamita con una visión tan feroz como poética. Producida por Warner Bros. Pictures y escrita y dirigida por el propio Anderson, esta película se presenta como una odisea emocional, política y existencial, con un reparto de lujo liderado por Leonardo DiCaprio, Benicio del Toro y Sean Penn.

Desde su estreno, la crítica ha sido clara: estamos ante una de las películas más ambiciosas y al mismo tiempo más íntimas del cineasta californiano. Una cinta que requiere tiempo para asentarse, pero que una vez encajada, fluye con una naturalidad abrumadora. Cuando la historia da un salto de 16 años y aterriza en la pequeña casa de Bob, la película realmente despega y la comedia empieza a infiltrarse en la narrativa. Como el mar que el personaje de Benicio del Toro evoca en uno de los monólogos más memorables del filme: impredecible, vasto, lleno de belleza y de peligro. Una metáfora perfecta para entender la propuesta de Anderson.

Un reparto que brilla con luz propia

En el corazón de «Una Batalla Tras Otra» se encuentra un trío interpretativo que marca un antes y un después. Leonardo DiCaprio entrega una de sus interpretaciones más humanas y carismáticas, con un personaje que bebe claramente del icónico «El Nota» de «El gran Lebowski»: un hombre apático en apariencia, pero profundamente sensible, contradictorio, entregado a las drgas y al alcohol. desesperado por mantener a flote algo parecido a la esperanza, sobre todo después de ser abandonado por Perfidia y tener que vivir escondido. Su química con Benicio del Toro es simplemente espectacular, y juntos nos regalan algunas de las escenas más divertidas y entrañables del filme, con un humor que descomprime la tensión sin desentonar con el tono general.

Benicio del Toro, como el excéntrico y sereno Sensei, se convierte en una figura inesperada de sabiduría e ironía. Es quien articula muchas de las reflexiones filosóficas de la película, y su actuación tiene una profundidad conmovedora. Ambos personajes —Bob y Sensei— representan la resistencia desde lo cotidiano, desde lo humano. Son el alma esperanzada de una historia dominada por poderes políticos y militares opresivos.

Pero es Sean Penn quien nos entrega, sin lugar a dudas, una de las mejores actuaciones de su carrera. Su personaje, complejo y perturbador, no es simplemente un villano, sino una representación viva de la maquinaria represiva y cínica del poder. Penn encarna al autoritarismo con una presencia escénica que resulta hipnótica, logrando una interpretación tan matizada como aterradora.

Completan el elenco una inspiradísima Regina Hall, una Teyana Taylor magnética y una Alana Haim que demuestra que su debut en «Licorice Pizza» no fue una casualidad, sino el inicio de una carrera prometedora.

Política, absurdo y humanidad: el ADN de Pynchon actualizado

También es importante recordar que esta es la segunda película de Anderson influenciada por la obra del escritor Thomas Pynchon, después de «Inherent Vice» (2014). «Una Batalla Tras Otra» toma inspiración parcial de la novela «Vineland» (1990), trasladando su esencia del contexto original de los años 80 al presente. El guion de Anderson altera la línea temporal de la novela para reflejar un entorno sociopolítico actual, intensificando su carga crítica en relación con el mundo en que vivimos.

Aunque ha conservado apenas un fragmento de la trama original, Anderson ha sabido preservar el espíritu satírico y absurdista de Pynchon. Se nota en los nombres caricaturescos, en la construcción de algunos diálogos, y en ese equilibrio virtuoso entre lo trágico y lo ridículo. Uno de los momentos más impactantes —y absurdamente cómicos— ocurre cuando Willa, la hija de Bob, es secuestrada, y él olvida la contraseña necesaria para contactar a su antiguo grupo radical, un grupo ficticio llamado los 75 Franceses, que ahora vive en la clandestinidad. DiCaprio brilla aquí con una de sus mejores actuaciones cómicas, desesperado por resolver un problema que le queda grande, reclutando incluso al excéntrico profesor de karate de su hija, Sensei, para ayudarle.

La convivencia entre el drama y la comedia es uno de los mayores logros del filme. Anderson consigue que ambas dimensiones coexistan de forma natural, como dos caras de la misma moneda. La vida —nos dice— es tan absurda como dolorosa, y esa ambigüedad es lo que la hace profundamente real.

Una épica visual con alma de cine clásico

Rodada en formato panorámico VistaVision y en glorioso 35 mm, la película tiene una textura visual que remite al cine clásico, pero con una ejecución moderna e hipnótica. Anderson utiliza recursos visuales con maestría: el uso de steadicam permite una movilidad fluida que da vida a los espacios, mientras que las secuencias de acción están coreografiadas con una precisión casi quirúrgica. El aterrizaje de un helicóptero militar en un valle californiano o una calle polvorienta en Baktan Cross tienen el mismo peso épico, la misma carga dramática y estética.

Nada en la puesta en escena es arbitrario. Cada plano parece cuidadosamente construido para transmitir emoción, tensión o belleza. El trabajo conjunto con el director de fotografía Michael Bauman y la diseñadora de producción Florencia Martin, aporta un universo visual reconocible, cargado de simbolismo y textura.

El vestuario, a cargo de Colleen Atwood, complementa la atmósfera con un uso del color y las formas que define con claridad la evolución de los personajes y los mundos que habitan. Y el montaje de Andy Jurgensen estructura todo este material con una cadencia que respeta la respiración interna de cada escena.

La música como pulso emocional

La partitura, como no podía ser de otra forma, corre a cargo de Jonny Greenwood. El miembro de Radiohead vuelve a demostrar por qué es uno de los compositores más originales del cine contemporáneo. Su música aquí es incisiva, majestuosa, melancólica cuando debe serlo, pero también eléctrica y vibrante en los momentos de tensión.

Greenwood no se limita a subrayar emociones; las provoca, las articula. Algunas secuencias —como la persecución nocturna por una carretera costera o la incursión final al cuartel general fascista— alcanzan su clímax emocional gracias a la música, que actúa como narrador silencioso.

Un mensaje para el presente

Aunque el rodaje se llevó a cabo durante la primera mitad de 2024 —antes de las elecciones presidenciales en EE. UU.—, la película se siente como un comentario urgente y profundamente contemporáneo. La reubicación temporal de la historia no es un simple capricho narrativo: es una declaración política. En un mundo donde los derechos fundamentales se ven amenazados, donde los inmigrantes siguen siendo chivos expiatorios y donde los discursos autoritarios ganan terreno, «Una Batalla Tras Otra» se erige como un grito de resistencia.

Pero que quede claro que Anderson no sermonea sino que sugiere: la lucha por la libertad no ha terminado. Cada generación debe pelear sus propias batallas.

Una obra necesaria

«Una Batalla Tras Otra» no es sólo una gran película. Es una película necesaria. Paul Thomas Anderson ha logrado crear un relato profundamente humano que combina lo mejor del cine de autor con una mirada crítica y política. Es cine que emociona, que hace reír, que duele y que, sobre todo, hace pensar.

Con un reparto brillante —especialmente un DiCaprio implacable y en estado de gracia, un Sean Penn monumental, y un Benicio del Toro que se consagra como una figura poética del caos—, una estética impecable y una música inolvidable, la película se instala en la memoria como una experiencia cinematográfica total.

Sin más, está claro que la vida es una batalla tras otra, y el cine, cuando es tan poderoso como este, nos recuerda por qué vale la pena seguir luchando.

Muy recomendable verla en el cine y en version original.

BACK
BACK TO TOP