JAŸ-Z IN 8: Jay-Z, Rick Rubin y el arte de volver sobre una vida
Durante dos días, en París, Jay-Z y Rick Rubin se sentaron juntos a escuchar música. No cualquier música, naturalmente, sino las canciones que Shawn Carter ha ido escribiendo a lo largo de una carrera que comenzó mucho antes de que su nombre se convirtiera en una marca global y que, treinta años después de la publicación de Reasonable Doubt, permite recorrer buena parte de la historia reciente del hip-hop y, al mismo tiempo, la transformación de quien las escribió.
De aquellas conversaciones nace JAŸ-Z IN 8, la nueva serie documental de HBO dirigida por el propio Rubin y construida alrededor de una idea aparentemente sencilla: volver a las canciones y dejar que sean ellas las que activen los recuerdos. A lo largo de ocho episodios, ambos revisitan composiciones pertenecientes a momentos muy diferentes de la carrera de Jay-Z para hablar de música y letras, pero también de infancia, experiencias vitales y de ese territorio difícil de explicar que es el proceso creativo.
La propuesta resulta especialmente atractiva porque evita, al menos sobre el papel, la estructura convencional de tantas retrospectivas musicales. A estas alturas no parece demasiado necesario volver a contar cómo el niño nacido en Brooklyn en 1969 terminó convirtiéndose en uno de los artistas y empresarios más influyentes de la cultura estadounidense. Su biografía es conocida y su lugar dentro de la historia del hip-hop hace tiempo que dejó de necesitar reivindicación. Lo que resulta mucho menos habitual es tener la posibilidad de observar cómo ese mismo hombre se relaciona hoy con las palabras que escribió cuando su vida era completamente distinta.
Escuchar al hombre que uno fue
Hay algo extraño en regresar a una obra creada décadas atrás. Para quien la recibe, una canción puede permanecer prácticamente intacta: volvemos a ella y reconocemos las mismas palabras, el mismo ritmo, incluso aquello que sentíamos cuando la escuchamos por primera vez. Para quien la creó, sin embargo, la experiencia tiene que ser necesariamente diferente. La obra permanece mientras su autor continúa viviendo.
Treinta años separan al Jay-Z de Reasonable Doubt del hombre que ahora vuelve a escuchar aquellas canciones. Entre ambos hay una transformación extraordinaria no solo en términos de éxito, sino también de identidad. El joven que hablaba de Brooklyn, drogas, supervivencia, dinero y ambición terminaría escribiendo sobre poder, racismo, matrimonio, infidelidad, paternidad, arrepentimiento y legado. Escuchar juntas esas canciones permite recorrer una vida de una manera que una biografía convencional difícilmente podría conseguir.
Quizá por eso la selección musical de JAŸ-Z IN 8 resulta reveladora. No se limita a una sucesión de grandes éxitos, sino que mezcla canciones inmediatamente reconocibles con cortes que permiten entrar en zonas más íntimas de su escritura. Aparecen Can’t Knock the Hustle, Brooklyn’s Finest, 99 Problems o The Story of O.J., pero también You Must Love Me, Regrets, Kill Jay-Z, Family Feud o Legacy. El recorrido termina dibujando algo parecido a una autobiografía construida a través de fragmentos, en la que una canción escrita en 1996 puede dialogar con otra compuesta veinte años después.
Y en medio de ese recorrido aparece 4:44, probablemente uno de los momentos más interesantes para entender la evolución de Jay-Z como escritor. Publicado en 2017, el álbum mostraba a un hombre considerablemente más dispuesto a examinar sus propias contradicciones. La seguridad y el control que habían construido buena parte de su personaje público dejaban espacio a la vulnerabilidad, el arrepentimiento y la necesidad de asumir responsabilidades. La escritura seguía siendo autobiográfica, pero la mirada había cambiado.
Eso es precisamente lo que convierte la perspectiva de la serie en algo potencialmente más interesante que una celebración de treinta años de carrera. Permite preguntarse hasta qué punto nuestras obras conservan versiones anteriores de nosotros mismos y qué relación establecemos con ellas cuando ya no somos exactamente aquella persona.
Un escritor que no escribe
En el caso de Jay-Z existe además una particularidad que hace todavía más fascinante ese regreso al pasado: su manera de escribir.
Desde hace décadas se conoce su costumbre de construir las letras mentalmente en lugar de escribirlas sobre papel. Los versos se desarrollan y organizan en su cabeza hasta que llega el momento de grabarlos. La página, que para tantos escritores funciona como espacio intermedio entre pensamiento y obra, prácticamente desaparece. La escritura ocurre antes de hacerse visible y termina fijada directamente mediante la voz.
Rick Rubin tuvo la oportunidad de observar ese proceso cuando trabajaron juntos en 99 Problems. Jay-Z escuchaba la producción, permanecía un tiempo trabajando mentalmente sobre ella y después entraba en la cabina para grabar. Para alguien como Rubin, cuya carrera ha consistido en observar cómo crean músicos radicalmente diferentes, aquella manera de trabajar debió de resultar particularmente llamativa.
La memoria, en este caso, no es únicamente el lugar al que Jay-Z regresa para recordar qué significaban aquellas canciones. Es también el lugar en el que muchas de ellas fueron escritas.
Su extraordinaria relación con las palabras explica por qué quizá sea más preciso aproximarse a él como escritor que únicamente como rapero. Durante tres décadas ha utilizado la música para narrar aquello que sucedía a su alrededor y, progresivamente, aquello que sucedía dentro de él. Sus mejores canciones no funcionan simplemente como documentos personales, sino como observaciones de un contexto social mucho más amplio en el que raza, clase, violencia, aspiración y poder aparecen constantemente entrelazados.
En uno de los avances de JAŸ-Z IN 8, Jay-Z recuerda que muchas personas de su entorno habían vivido experiencias similares a las suyas, pero él poseía la capacidad de articularlas. Ahí se encuentra probablemente una de las claves de su escritura: transformar una experiencia individual en un lenguaje en el que otros pueden reconocerse.
¿Por qué Rick Rubin?
Que sea precisamente Rick Rubin quien se siente frente a él para recorrer todo ese material parece lógico hasta que uno revisa la historia profesional que comparten. A pesar de que ambos nombres pueden parecer inseparables de una determinada historia del hip-hop estadounidense, Rubin solo ha producido una canción para Jay-Z: 99 Problems, incluida en The Black Album en 2003.
Una única colaboración que, sin embargo, terminó convirtiéndose en uno de los temas más reconocibles de su carrera.
Rubin llevaba entonces casi dos décadas transformando el sonido de la música popular estadounidense. Había fundado Def Jam junto a Russell Simmons en los años ochenta y participado en la construcción de una nueva manera de entender el hip-hop, eliminando adornos hasta dejar expuestos el ritmo, la voz y la energía de las canciones. Su trabajo con Beastie Boys, LL Cool J o Run-DMC contribuyó a establecer una estética cuya influencia terminaría extendiéndose mucho más allá del género.
Cuando Jay-Z llegó a 99 Problems, quería precisamente algo de aquella crudeza. La producción de Rubin recuperó una contundencia deliberadamente elemental que contrastaba con buena parte del hip-hop comercial de principios de los 2000. La canción parecía conectar dos momentos históricos separados por casi veinte años y, al hacerlo, estableció entre ambos una relación creativa mucho mayor de lo que podría sugerir el número de canciones que hicieron juntos.
Más de dos décadas después, Rubin ocupa un lugar diferente. Continúa siendo uno de los productores más reconocidos de las últimas décadas, pero su figura pública se ha ido desplazando hacia un territorio mucho más difícil de definir. Su interés por la creatividad, la intuición y la manera en que nacen las ideas se hizo especialmente visible con la publicación en 2023 de The Creative Act: A Way of Being, un libro en el que evitaba deliberadamente ofrecer una metodología para crear y proponía, en cambio, una manera de permanecer atento al mundo.
Rubin parece especialmente interesado en escuchar cómo otros explican aquello que quizá ni ellos mismos comprenden del todo. Su papel consiste menos en imponer una interpretación que en hacer la pregunta capaz de abrir una puerta. Esa cualidad puede explicar por qué Jay-Z ha elegido precisamente a alguien con quien apenas ha grabado para emprender una revisión tan extensa de su obra.
No necesita delante al productor que recuerde cómo se hizo cada disco. Necesita a alguien interesado en saber por qué aquellas canciones llegaron a existir.
El dolor convertido en material
Uno de los intercambios adelantados por HBO resume bien el territorio al que parece querer llegar la conversación. Rubin plantea la relación entre dolor y trabajo creativo, y Jay-Z introduce un matiz importante: no se trata de considerar el dolor necesario ni de buscarlo, sino de utilizarlo cuando está presente.
La distinción importa porque evita una de las ideas más persistentes y problemáticas alrededor de la creación: la romantización del artista atormentado. El sufrimiento no garantiza una obra y mucho menos debería convertirse en condición para producirla. Otra cosa es la capacidad de transformar aquello que inevitablemente sucede en una vida en material con el que construir algo.
Jay-Z lleva haciendo eso desde el principio. Su infancia en Marcy Houses, la ausencia de su padre, las drogas, la violencia y las limitaciones económicas de su entorno fueron entrando en las primeras canciones, aunque raramente desde una posición de víctima. Con los años cambiaron las circunstancias y cambió también aquello que podía ser transformado en música. Llegaron el éxito, el dinero, la fama y una forma de poder difícilmente imaginable para aquel joven de Brooklyn, pero también nuevas contradicciones, responsabilidades y heridas.
Lo interesante es observar cómo cambia la escritura cuando cambia aquello que está en juego. El hambre de quien intenta salir de un determinado lugar no puede ser la misma que la de quien ha conseguido llegar mucho más lejos de lo que imaginó. Mantener una voz creativa durante treinta años exige encontrar nuevas preguntas cuando las antiguas ya han sido respondidas.
En ese sentido, 4:44 representa una especie de punto de inflexión. Jay-Z ya no necesitaba demostrar que había ganado. Podía empezar a preguntarse qué había sucedido durante el camino.
Mirar sin convertirlo en espectáculo
También resulta significativa la decisión de confiar la fotografía de la serie a Bradford Young, uno de los directores de fotografía estadounidenses más interesantes de su generación y responsable de la imagen de películas como Arrival y Selma. Su presencia anticipa una voluntad estética que va más allá de registrar una conversación entre dos personajes célebres.
El material mostrado hasta ahora apuesta por una imagen contenida y monocromática que parece querer reducir el ruido alrededor de Jay-Z. Es una decisión especialmente pertinente cuando se trabaja con alguien cuya imagen pública ha adquirido unas dimensiones tan enormes que puede terminar ocultando a la persona.
Durante décadas hemos visto a Jay-Z sobre escenarios gigantescos, rodeado de símbolos de éxito y convertido él mismo en uno de ellos. Aquí el interés está en otra parte. En el tiempo que transcurre mientras escucha una canción, en aquello que recuerda, en las conexiones que establece y en las preguntas que una letra escrita muchos años atrás puede seguir provocando.
Rubin ya había explorado un dispositivo similar en McCartney 3,2,1, la serie de 2021 en la que se sentaba con Paul McCartney a escuchar y desmontar algunas de las canciones de The Beatles y de su carrera posterior. Allí, como ahora, el verdadero atractivo no estaba en revelar secretos espectaculares, sino en observar a un creador volver sobre decisiones tomadas a veces medio siglo antes y descubrir cuánto podía recordar —o comprender de otra manera— al escucharlas de nuevo.
Con Jay-Z existe además una diferencia generacional y cultural que hace especialmente interesante repetir el ejercicio. La historia del hip-hop es considerablemente más joven y muchos de sus protagonistas todavía pueden contarla en primera persona. Treinta años de carrera permiten observar no solo la evolución de un artista, sino la transformación de un género que pasó de ser considerado una expresión periférica a convertirse en una de las fuerzas culturales dominantes del planeta.
Una autobiografía que continúa abierta
JAŸ-Z IN 8 llega precisamente cuando Reasonable Doubt cumple treinta años y The Blueprint, veinticinco. La coincidencia podría hacer pensar en una gran operación retrospectiva, aunque Jay-Z ha explicado que la serie nació de una manera bastante más orgánica, a partir del deseo compartido con Rubin de sentarse a hablar de música y del proceso de escribirla.
Quizá sea mejor así. Los aniversarios suelen obligarnos a mirar una obra desde el lugar que ocupa en la historia, mientras que una conversación puede devolverla al momento incierto en que todavía estaba siendo creada.
Porque cuando Jay-Z escribió Can’t Knock the Hustle no sabía qué significaría aquella canción treinta años después. Tampoco podía saber en qué se convertiría su vida, ni que algún día estaría sentado con Rick Rubin escuchando aquellas palabras como quien encuentra una fotografía antigua y reconoce al instante a la persona que aparece en ella aunque ya no pueda recordar exactamente qué pensaba en el momento en que fue tomada.
Ahí reside probablemente la promesa más interesante de JAŸ-Z IN 8. No tanto descubrir quién es Jay-Z —una pregunta demasiado grande y quizá imposible— como observar qué sucede cuando un artista utiliza su propia obra para intentar reconstruir quién ha sido.
Las canciones tienen esa capacidad extraña. Permanecen donde las dejamos mientras nosotros seguimos avanzando. Podemos volver a ellas años después y encontrar exactamente las mismas palabras, pero escucharlas desde un lugar completamente distinto.
En el caso de Jay-Z hay treinta años de palabras esperando ser escuchadas de nuevo. Y frente a él está Rick Rubin, alguien que después de toda una vida produciendo música parece cada vez más convencido de que una de las partes esenciales de cualquier proceso creativo ocurre mucho antes de intentar explicarlo: prestar atención.
Disponible a partir del próximo 18 de septiembre en MUBI.