El pasado no duerme

Por Cecilia Camacho, Fundadora y Editora de CC/magazine

Hay un miedo que no responde a una amenaza inmediata, pero que pesa más que muchos de los peligros que sí podemos ver. Un miedo que no nace del futuro, sino del pasado. Me refiero al temor de que, por más que hayamos leído, debatido, conmemorado y jurado «nunca más», la humanidad esté, una vez más, coqueteando con la tragedia.

Recientemente vimos «Nuremberg», la película dirigida por James Vanderbilt que, si bien no nos fascinó en lo formal – a excepción de la gloriosa interpretación de Russell Crowe -, sí nos removió en lo esencial. Basada en el libro «El nazi y el psiquiatra», la cinta no se centra tanto en los juicios históricos en sí, sino en la perturbadora relación entre Hermann Göring —mano derecha de Hitler— y Douglas M. Kelley, el psiquiatra del ejército estadounidense encargado de evaluarlo en prisión.

Lo que emerge de ese diálogo —a ratos clínico, a ratos inquietantemente humano— es una verdad difícil de mirar de frente: los criminales que orquestaron una de las mayores atrocidades de la historia no eran monstruos mitológicos. No eran «locos». Eran personas. Narcisistas, sí. Carentes de empatía, también. Convencidos de su ideología hasta el extremo. Pero personas al fin y al cabo. Y esa es, quizás, la revelación más incómoda de todas.

Ver «Nuremberg» en este momento histórico resulta inevitablemente actual. Porque mientras en Europa y en muchas otras partes del mundo crecen las voces que reivindican a figuras como Franco o Hitler, mientras vemos cómo la extrema derecha se infiltra en las instituciones democráticas con discursos de odio disfrazados de «patriotismo», se hace más urgente que nunca recordar cómo empezó todo.

Los nazis, no lo olvidemos, llegaron al poder mediante la democracia. Y una vez dentro, desmontaron el sistema desde sus propias entrañas: ilegalizaron partidos, controlaron medios, alimentaron el miedo, señalaron enemigos. Todo bajo una fachada de legalidad que anestesió a gran parte de la sociedad… hasta que ya era demasiado tarde.

La película no solo nos recuerda lo que fue, sino que nos advierte de lo que podría volver a ser. Y lo hace a través de la figura del psiquiatra, que al final del film pronuncia una frase que resuena con fuerza hoy más que nunca: «Los nazis del futuro no llegarán vestidos como los del pasado, pero estarán entre nosotros».

Esa frase nos persigue porque se siente cercana. Porque hoy ya están entre nosotros. En forma de discursos que banalizan el fascismo, que promueven el odio racial, que niegan el genocidio, que instrumentalizan el miedo y la ignorancia. En forma de líderes que apelan a la nostalgia autoritaria como solución mágica a un presente complejo.

Este texto no pretende ser político. Pretende ser humano. Porque hablar del pasado es hablar de memoria, pero también de conciencia. De vigilancia activa. De responsabilidad. Porque no basta con conocer la historia: hay que saber reconocer sus ecos cuando vuelven a sonar.

Contar este tipo de historias no es fácil, pero sí necesario. Porque mirar hacia atrás no es un ejercicio de nostalgia, sino de conciencia. Y porque el arte, el cine, la literatura o el pensamiento no están ahí solo para entretenernos o distraernos, sino para ayudarnos a entender. A ver más claro. A detenernos ante lo que, de tanto repetirse, corre el riesgo de volverse invisible.

(*) Foto portada: fotograma de la película «Nuremberg».

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