The Twist: el museo que da un giro al paisaje

En el bosque de Jevnaker, en Noruega, el río Randselva pasa bajo un edificio que parece retorcerse sobre el agua. Su piel de aluminio recoge los reflejos del entorno mientras una torsión central transforma lo que, desde una de las orillas, podría parecer una galería alargada en una pieza de geometría inesperada. Se trata de The Twist, el museo diseñado por BIG–Bjarke Ingels Group para Kistefos, donde cruzar un río y visitar una exposición forman parte de un mismo recorrido.

Inaugurado en septiembre de 2019, el proyecto reúne en sus 1.000 metros cuadrados una sala de arte contemporáneo, un puente y una escultura habitable. Sin embargo, lo más interesante de esta combinación se descubre al entender el lugar que ocupa: entre dos orillas de distinta altura, dentro de un parque de esculturas y junto a una antigua fábrica de pasta de papel. Cada una de estas circunstancias interviene en su diseño y explica por qué el edificio adopta esa forma que invita a observarlo desde tantos ángulos.

“The Twist es un híbrido que abarca varias categorías tradicionales: es un museo, un puente y una escultura habitable.” Bjarke Ingels

Kistefos: del pasado industrial al arte contemporáneo

Situado en Jevnaker, a aproximadamente una hora en coche de Oslo, Kistefos conserva la memoria de una actividad industrial estrechamente vinculada al agua y al bosque. La empresa Kistefos Træsliberi, fundada por Anders Sveaas en 1889, produjo pasta de madera en este enclave hasta mediados de la década de 1950, dejando unas instalaciones que hoy forman parte de su patrimonio cultural.

Sobre ese escenario, el proyecto impulsado por Christen Sveaas ha reunido historia industrial, exposiciones y obras de arte al aire libre. El paisaje acoge intervenciones de artistas como Anish Kapoor, Olafur Eliasson, Yayoi Kusama, Lynda Benglis o Jeppe Hein, de modo que el paseo permite establecer relaciones entre lenguajes artísticos muy distintos y un entorno que también participa en su percepción.

La incorporación de The Twist respondió a la necesidad de ampliar y modernizar los espacios expositivos, aunque BIG vio en el encargo una oportunidad para reconsiderar el recorrido por todo el conjunto. El río dividía el parque y condicionaba la circulación; situar el museo sobre su cauce permitía conectar ambas orillas y dar continuidad a la visita. Así, una necesidad de espacio terminó convirtiéndose también en una intervención sobre la manera de descubrir Kistefos.

Un puente que cambia el recorrido

La propuesta de BIG, seleccionada en 2011, partía de una decisión clara: hacer que el nuevo museo funcionara como un segundo puente dentro del parque. Con ello, los visitantes podían completar un circuito continuo, incorporando las exposiciones interiores al paseo entre esculturas, árboles y construcciones industriales.

Esta disposición convierte los dos extremos del edificio en accesos principales. Se puede entrar desde cualquiera de las orillas y salir por la otra, por lo que el recorrido admite dos lecturas y mantiene una relación directa con lo que sucede fuera. La galería se integra en el camino, mientras el paso de una ribera a otra adquiere una dimensión cultural.

Para Bjarke Ingels, esa convivencia de funciones constituye la esencia del proyecto: un museo que conecta espacios expositivos diferentes, un puente que reorganiza el parque y una construcción cuya presencia se suma a las esculturas del conjunto. Su interés reside en cómo esas tres condiciones se sostienen entre sí, hasta hacer difícil imaginar el edificio separado del río que atraviesa.

La lógica de un giro de 90 grados

El gesto que da nombre a The Twist nace de la diferencia entre ambas orillas: al sur se encuentra una zona boscosa más baja, mientras que al norte el terreno asciende. Para enlazarlas, BIG concibió un volumen que gira 90 grados cerca de su centro, pasando de una configuración vertical a otra horizontal.

Esa transformación resuelve la transición entre dos galerías de proporciones distintas y genera un tercer espacio en el punto donde se produce la torsión. Al recorrerlo, cambia la relación entre las superficies que envuelven al visitante, de manera que la geometría se comprende progresivamente, a través del movimiento.

La aparente complejidad de la forma convive, además, con un sistema constructivo basado en elementos rectos. El revestimiento exterior está compuesto por paneles de aluminio de 40 centímetros de ancho, colocados con pequeños desplazamientos sucesivos que producen el efecto de una superficie curva.

La imagen recuerda a una pila de libros cuyas páginas o volúmenes se abren en abanico, haciendo visible cómo la repetición puede dar lugar a una silueta sorprendente.

Detrás de esta operación hubo un exigente trabajo de desarrollo y construcción, realizado junto a especialistas y colaboradores como Element Arkitekter, AKT II, Rambøll y Bladt Industries. La claridad con la que se percibe el resultado depende de esa coordinación entre arquitectura, estructura y fabricación.

Tres maneras de encontrarse con el arte

En el interior, las lamas de madera de abeto pintadas de blanco trasladan el mismo principio de repetición a suelos, paredes y techos. Con ocho centímetros de ancho, construyen una superficie continua que permite seguir visualmente la torsión y proporciona un fondo común a las exposiciones.

A partir de esa continuidad material, las salas ofrecen condiciones muy diferentes. En el extremo sur, la galería es alta, cerrada hacia el exterior y está iluminada artificialmente, lo que favorece una atención concentrada en las obras. En el norte, el espacio se ensancha y se abre al paisaje mediante una gran superficie acristalada, incorporando la luz natural y las vistas del río y de la antigua fábrica.

Entre ambos extremos, la zona del giro introduce una escala y una iluminación propias. El acristalamiento se estrecha y asciende hasta convertirse en una franja de lucernario de apenas 25 centímetros, acompañando la transformación del volumen. La luz ayuda así a leer la arquitectura y marca las diferencias entre las tres áreas expositivas.

La posibilidad de dividir, unir o compartimentar estos espacios ofrece distintas opciones para la programación artística. Al mismo tiempo, la singularidad del edificio plantea un desafío a quienes exponen en él: trabajar con salas que tienen una presencia reconocible y unas relaciones muy concretas con el exterior. La exposición inaugural, dedicada a Howard Hodgkin y Martin Creed, abrió en 2019 esa conversación entre las obras y la arquitectura.

El paisaje entra en la exposición

Uno de los aspectos más sugerentes de The Twist es la manera en que alterna la atención al arte con la apertura hacia el lugar.

Tras recorrer un espacio más recogido, la galería panorámica devuelve al campo de visión el agua, la vegetación y las huellas de la actividad industrial, estableciendo una relación entre lo que se contempla dentro y lo que espera al otro lado del cristal.

En el exterior, el aluminio responde a las variaciones de luz y recoge los tonos del entorno. Tal como explicaba David Zahle, socio de BIG, al presentar el proyecto, el edificio refleja los árboles, las colinas y el agua, cambiando de apariencia en diálogo con la naturaleza. Esta cualidad contribuye a que su presencia dependa también del momento y del punto desde el que se observa.

La relación con el río continúa en el nivel inferior de la orilla norte, al que conduce una escalera de vidrio. Allí, la cara inferior del puente se convierte en techo y otro gran cerramiento acristalado acerca la mirada al agua. Incluso esta parte del programa prolonga la exploración del lugar y permite entender el edificio desde una posición distinta.

Una arquitectura que merece recorrerse

The Twist fue el primer proyecto construido de BIG en Noruega y amplió las posibilidades expositivas de Kistefos al tiempo que reorganizaba su circulación. Su aportación puede leerse en esas dos escalas: la del museo, con sus distintas atmósferas interiores, y la del parque, donde la nueva conexión permite relacionar las obras y el paisaje mediante un paseo continuo.

“Al acercarte, empiezas a percibir cómo el museo refleja los árboles, las colinas y el agua que discurre debajo, cambiando de apariencia en diálogo con la naturaleza.” David Zahle

Aunque su silueta ofrece una imagen poderosa, buena parte del proyecto queda fuera de una fotografía. Para comprenderlo hay que considerar las dos entradas, el cambio de proporciones, la transición entre luz artificial y natural y la aparición del río a través del vidrio. Son decisiones que vinculan la forma con la experiencia de recorrerla.

En Kistefos, esa experiencia reúne también distintos tiempos: el de la fábrica que aprovechaba la fuerza del agua, el de las obras que fueron incorporándose al bosque y el de una arquitectura que encontró en la necesidad de cruzar el río su razón de ser. The Twist da continuidad a ese lugar y, al hacerlo, ofrece una manera especialmente estimulante de acercarse al arte, con el paisaje siempre a la vista.

(*) Fotos by Laurian Ghinitoiu proporcionadas por BIG-Bjarke Ingels Group.

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