Kresta Garden House: habitar el jardín

La vivienda contemporánea ya no se entiende únicamente como un volumen cerrado y autosuficiente. Cada vez más, los proyectos exploran formas de expandirse sin crecer necesariamente en bloque, incorporando nuevas piezas que dialogan con el entorno y amplían las posibilidades de uso.

Kresta Garden House responde precisamente a esta idea. Concebido como un pabellón independiente en el jardín, el proyecto replantea la forma en la que habitamos el espacio doméstico, proponiendo una arquitectura más ligera, flexible y abierta a la experimentación.

Desarrollado por el estudio Lucas y Hernández-Gil a través de Kresta Design, este proyecto surge como una extensión de la CASAMONTESA, una pequeña vivienda situada en la Sierra de Madrid, cerca del pantano de San Juan.

La necesidad inicial era clara: ampliar el programa sin recurrir a una ampliación convencional. El resultado, sin embargo, va mucho más allá de una solución funcional.

Un pabellón que multiplica usos

Kresta Garden House funciona como una pieza autónoma capaz de adaptarse a distintos momentos y necesidades. Oficina, gimnasio, taller, habitación de invitados o salón exterior conviven en un mismo espacio que no se define por una única función, sino por su capacidad de transformarse.

“Podríamos haber optado por ampliar la vivienda, pero decidimos construir una arquitectura en el jardín”, explican desde el estudio.

Esta decisión no solo resuelve una necesidad práctica, sino que introduce una nueva forma de relacionarse con la casa y el entorno.

El pabellón, de aproximadamente 40 m² y más de cuatro metros de altura, incorpora lo esencial: instalaciones básicas, sistemas de ventilación natural, sombreado y apoyo térmico. A partir de ahí, todo se construye desde la flexibilidad.

“La clave es la flexibilidad… con un equipamiento básico y entendiendo las estaciones y las horas del día, se pueden desarrollar diferentes actividades”, explican.

“La clave es la flexibilidad…”

Arquitectura ligera, impacto profundo

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es su planteamiento como arquitectura complementaria. En lugar de añadir volumen a la vivienda principal, se fragmenta el programa y se desplaza parte de él hacia el jardín, liberando la casa y redistribuyendo sus usos de una manera más flexible y abierta.

Esta decisión no solo responde a una cuestión funcional, sino que transforma la manera en la que se habita el conjunto. Al separar los espacios y obligar a atravesar el exterior para conectar unos con otros, se introduce una relación más activa con el entorno, donde el jardín deja de ser un fondo para convertirse en parte esencial de la vida cotidiana.

“Esto ha permitido disfrutar más de la casa y del jardín, estableciendo una conexión mayor entre ambos”, señalan.

Se configura así un sistema donde el exterior deja de ser un espacio residual para convertirse en el verdadero centro de la experiencia, articulando los recorridos, los usos y la percepción del conjunto.

El invernadero como punto de partida

El proyecto parte de una tipología poco habitual en el ámbito doméstico: el invernadero. En lugar de diseñar desde cero, el equipo opta por trabajar con sistemas prefabricados que posteriormente son adaptados.

“Nos parecía una forma natural de abordar el diseño; partir de sistemas industrializados eficientes y con la posibilidad de personalizarlos”, explican.

Esta decisión introduce una lógica híbrida entre lo industrial y lo doméstico, donde la eficiencia técnica convive con una atmósfera habitable.

Entre lo doméstico y lo experimental

Kresta Garden House se sitúa en un territorio intermedio entre refugio y espacio abierto. No es completamente interior ni completamente exterior, sino un lugar que se adapta constantemente.

“La idea era experimentar con el diálogo entre contrarios: lo abierto y lo cerrado, lo luminoso y lo oscuro, lo flexible y lo específico”, explican.

Este equilibrio se materializa a través de elementos como pérgolas, cortinas térmicas, sistemas de ventilación y sombreado, que permiten modificar el espacio según el clima y el momento del día.

“La idea era experimentar con el diálogo entre contrarios.”

El clima como herramienta de diseño

Lejos de intentar neutralizar el entorno, el proyecto lo incorpora como parte activa de la experiencia.

“Un invernadero tiene limitaciones y obliga a ser consciente de las estaciones y las horas del día”, explican. “La arquitectura vuelve a ser un medio de interacción con el entorno”.

Esta relación directa con el clima introduce una dimensión más consciente del habitar, donde el confort no es automático, sino resultado de la interacción con el espacio.

Interior y exterior: una continuidad real

El proyecto no se entiende sin su contexto. Desde la intervención en la vivienda original hasta la disposición del pabellón en el jardín, todo responde a una misma idea: integrar el exterior en la experiencia doméstica.

“El invernadero se sitúa al final del jardín, generando recorridos donde el exterior pasa a ocupar la centralidad”, explican.

Este gesto transforma la manera en la que se utiliza el espacio, convirtiendo el jardín en un elemento activo.

“El invernadero se sitúa al final del jardín, generando recorridos donde el exterior pasa a ocupar la centralidad.”

Diseño móvil y nuevas formas de habitar

Uno de los elementos más singulares del proyecto es la cama rodante, una pieza móvil que amplía las posibilidades de uso.

Inspirada en referentes como Shigeru Ban, esta solución permite transformar el espacio según las necesidades, e incluso sacar la cama al exterior para dormir bajo las estrellas.

“Es el elemento que multiplica las posibilidades del invernadero”, explican.

Materiales honestos, estética directa

La selección de materiales responde a una lógica clara: funcionalidad, resistencia y coherencia con el entorno.

“Utilizamos materiales industriales como viroc, policarbonato o madera contrachapada, habituales en contextos agrícolas”, señalan.

Lejos de buscar una estética decorativa, el proyecto apuesta por una materialidad honesta que refuerza su carácter.

Una estrategia con futuro

Más allá de este proyecto concreto, Kresta Garden House plantea una estrategia que podría tener un recorrido más amplio.

“Cuando hay espacio exterior, es una forma de ampliar la vivienda con menos recursos, de manera más rápida y con una relación más intensa con la naturaleza”, explican.

En un contexto donde la vivienda necesita adaptarse a nuevas formas de vida, este tipo de soluciones abre nuevas posibilidades.

“Podríamos haber optado por ampliar la vivienda, pero decidimos construir una arquitectura en el jardín.”

Kresta Garden House no es solo un pabellón en un jardín, sino una forma de repensar la vivienda desde la flexibilidad, la ligereza y la relación con el entorno. Un proyecto que demuestra que ampliar una casa no siempre implica construir más, sino hacerlo de otra manera.

(*) Fotos proporcionadas por Kresta Design y realizadas por José Hevia.

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