La arquitectura transformadora de Pihlmann Architects
En un mundo saturado de imágenes espectaculares, renders futuristas y una obsesión por lo nuevo, el estudio danés Pihlmann Architects propone una mirada radicalmente distinta: una arquitectura que parte de lo que ya existe, de lo que ha sido olvidado, descartado o, simplemente, pasado por alto.


Fundado en 2021 por el arquitecto Søren Pihlmann, el estudio con sede en Copenhague ha ido ganando reconocimiento por una práctica que combina una atención poética al detalle con una metodología rigurosamente crítica. Su trabajo no gira en torno a levantar nuevas estructuras, sino a desenterrar valor en lo aparentemente carente de él. Como declaran en su manifiesto: «nuestro punto de partida no es lo que nos gusta, sino lo que tenemos».
El enfoque de Pihlmann —que se podría describir como una arqueología material del presente— se articula a través de lo que ellos llaman preservación generativa y curaduría curiosa. Ambas nociones invitan a una relación más activa con el entorno construido, a una arquitectura que no se limita a conservar, sino que transforma desde dentro, resignificando estructuras, materiales y formas de uso.

En esta entrevista, Søren Pihlmann ofrece una mirada en profundidad a su filosofía de trabajo, su manera de intervenir el espacio y los materiales, así como su proyecto para la Bienal de Arquitectura de Venecia 2025, donde el pabellón danés se convierte en un laboratorio de transformación en tiempo real.
Tu práctica está profundamente arraigada en repensar materiales y espacios existentes. ¿Qué te inspiró a fundar Pihlmann Architects con este enfoque específico y cómo ha evolucionado desde 2021?
Lo veo como una continuación natural de lo que despertó mi interés durante mis estudios en la Royal Danish Academy, en Copenhague. En los últimos dos años, cursé un máster en transformación y patrimonio cultural, con un enfoque claro en lo que ya existe.
En ese momento, la atención solía centrarse en edificios ya consagrados, que considero parte de nuestro legado común, pero quizás no el punto de partida más interesante. Lo que ha evolucionado desde entonces es una búsqueda de potencial allí donde no es evidente a primera vista. La mayoría de nuestro entorno construido está formado por lo genérico, lo desgastado o lo ignorado, y el verdadero cambio solo puede producirse si incluimos todo eso en nuestro imaginario colectivo.
Por ello, desde 2021, mi atención ha pasado de los componentes a las partículas: es decir, trabajar a menor escala para acercarme lo más posible a los materiales, su comportamiento y sus capacidades inherentes.
“Mi atención está en trabajar a menor escala para acercarme lo más posible a los materiales, su comportamiento y sus capacidades inherentes.”

Vuestro manifiesto habla de «extraer valor de lo aparentemente carente de valor». ¿Cómo se aplica este concepto en vuestro proceso de diseño diario?
En lugar de partir de lo que nos gusta, creo que debemos partir de lo que tenemos. Y lo que tenemos suele ser ignorado o pasado por alto, aunque son esos edificios y lugares los que nos rodean la mayor parte del tiempo. Esta condición me intriga: no solo entender por qué algo es descartado, sino demostrar que no debería serlo.
Cuando comenzamos un proyecto —y dado que la mayoría de los nuestros son transformaciones, siempre hay algo presente en el sitio— buscamos cualidades. Pero me interesan menos las cualidades culturales añadidas, como los ornamentos o detalles emblemáticos de su época, y más la estructura central y las capacidades de los materiales aplicados. Ese es nuestro punto de partida. A partir de ahí, exploramos cómo manipular o reposicionar elementos para que respondan a las necesidades y deseos del cliente, al tiempo que desafiamos percepciones vinculadas a las dimensiones sociales y ambientales inseparables de la arquitectura.

Describes tu método arquitectónico como una forma de «preservación generativa» y «curaduría curiosa». ¿Cómo se traducen estas ideas en decisiones concretas en obra?
La preservación suele entenderse como mantener el statu quo, lo cual es muchas veces inviable o incluso anacrónico. Pero eso no significa que debamos desechar y diseñar desde cero; más bien implica un desarrollo a partir de la dependencia.
Somos dependientes de lo que ya hemos traído al mundo, pero en lugar de ver esa dependencia como una limitación, la tratamos como un generador de nuevas perspectivas en relación con los medios y asuntos contemporáneos.
“La preservación no significa desechar, implica un desarrollo a partir de la dependencia.”
La «curaduría curiosa» está estrechamente relacionada con esto. Entendemos la curiosidad como una posición entre la ingenuidad y el conocimiento, un estado que permite cuestionar y recombinar elementos. Cuando la curaduría está guiada por esta curiosidad, nos permite juntar cosas de formas que pueden parecer sorprendentes al principio, pero que tienen perfecto sentido desde un punto de vista material, estructural o tectónico.

La transformación del Pabellón Danés para la Bienal de Arquitectura de Venecia 2025 convierte la muestra en un acto de renovación en sí misma. ¿Cómo surgió este concepto?
Me sorprende un poco que el proyecto se describa a menudo como audaz. Para mí, es mucho más atrevido enviar toneladas de materiales a Venecia, ensamblarlos temporalmente y luego desmontarlos y desecharlos o enviarlos de vuelta.
Cuando el comisario llamó para decirme que nuestro concepto había sido seleccionado, él también lo describió como audaz, tal vez porque anticipaba la burocracia que implicaría. Probablemente tenía razón, pero no es algo que enfatizáramos en la exposición.
Como arquitecto, vivo de construir, así que me pareció natural construir algo de verdad en lugar de simplemente representar el acto de construir. También sabíamos que el pabellón necesitaba mantenimiento, como también lo sabían los responsables de su conservación. Al comprender el alcance y las limitaciones, nos acercamos a ellos y presentamos nuestras ideas iniciales. No fue una sorpresa descubrir por qué el mantenimiento había sido tan difícil: la duración de la Bienal ha ido aumentando, dejando casi sin tiempo para renovar entre ediciones, especialmente cuando cada expositor necesita instalar y desmontar.

En lugar de crear una instalación temporal, invertís el presupuesto en el mantenimiento a largo plazo del pabellón. ¿Creéis que este enfoque plantea una crítica sobre cómo se suelen distribuir los recursos en arquitectura?
Prefiero no criticar, sino proponer: poner sobre la mesa lo que creo y me da alegría, con la esperanza de que inspire a otros.
Aun así, cada decisión implica omisión: cuando eliges hacer una cosa, decides no hacer muchas otras. Trabajar con recursos de forma contenida no se trata de escasez, sino de enfoque. Es un ejercicio de precisión: ver cuánto se puede lograr con medios limitados, y cómo esa limitación puede, de hecho, expandir la imaginación arquitectónica.

Describes el pabellón como un híbrido entre lugar de construcción y laboratorio. ¿Qué esperáis que los visitantes se lleven de esta experiencia? ¿Y qué tal fue la experiencia de ser retratados en el documental de Louisiana Channel?
Primero, espero que las personas disfruten estando en lo que, admitámoslo, es un sitio de construcción bastante narcisista —un lugar que normalmente está cerrado para quienes no forman parte del proceso. Para mí, es uno de los entornos más inspiradores en los que se puede estar. También deseo que despierte creatividad y ganas de trabajar con lo que nos rodea, quizás de maneras que por ahora se sientan poco familiares.
Toda arquitectura es el resultado de un proceso, y cuando desde el inicio dirigimos la mirada hacia ese proceso —en lugar de centrarnos únicamente en el producto final— los resultados inevitablemente difieren de lo que la mayoría suele imaginar.
La película capta muy bien esa atención al proceso: la voluntad y el atrevimiento de avanzar sin saber con certeza adónde nos llevará el proyecto, y la confianza depositada en cada persona implicada. Los numerosos especialistas con los que colaboramos, cuya experiencia fue fundamental para que todo siguiera adelante, aparecen retratados de forma magnífica en el documental. Creo que logra transmitir la esencia tanto del trabajo como de la mentalidad que lo sostiene.

House14a y Thoravej 29 son proyectos muy diferentes, pero ambos comparten su énfasis en el «potencial de lo existente». ¿Cómo decidís qué conservar, reimaginar o eliminar?
No hay una regla fija. Suele ser un equilibrio entre lo que quiere el cliente y lo que sugieren los materiales. Las alteraciones suelen estar impulsadas por ajustes programáticos o falta de funcionalidad. La lógica es simple: podemos necesitar un techo más alto, un espacio más amplio, otra vista, una pared flexible, mejor acústica o aislamiento. En lugar de preguntar qué se puede añadir para lograrlo, comenzamos mirando lo que ya hay, y si puede lograrse añadiendo casi nada.
Muchos de los edificios con los que hemos trabajado ya han sido modificados varias veces desde su construcción, a menudo mediante capas sucesivas de adiciones. Estos elementos añadidos suelen ser los primeros que retiramos, explorando cómo pueden reintegrarse para cumplir nuevas funciones. La estructura original es lo que menos modificamos.
A partir de ahí, buscamos los pocos elementos que pueden reimaginarse para generar el mayor impacto. En Thoravej 29, por ejemplo, el simple acto de inclinar algunas losas TT o transformar otras en mobiliario cambió radicalmente la circulación y la atmósfera del lugar.
Vuestros proyectos a menudo utilizan biomateriales como algas o gelatina. ¿Cuáles han sido los descubrimientos o desafíos más emocionantes?
Al principio nos enfocamos mucho en el potencial de materiales estandarizados, lo cual sigue siendo relevante. Pero es cierto que cada vez colaboramos más con expertos en materiales biológicos. Aprendemos mucho de ellos, y lo más emocionante ocurre cuando nuestros mundos se cruzan productivamente —cuando nuestra comprensión de la tectónica y la artesanía se encuentra con su conocimiento sobre el comportamiento microbiano y las lógicas de producción. Puede sentirse muy cercano a la poesía.

Uno de los principales desafíos son las normativas y el tiempo (o más bien el dinero) que requiere investigar y experimentar. Poca gente está dispuesta a invertir cuando el resultado es incierto. Es un arma de doble filo: el tiempo dedicado es enriquecedor, pero tiene un coste.
“Uno de los principales desafíos son las normativas y el tiempo (o más bien el dinero) que requiere investigar y experimentar.”
El sector de la construcción está acostumbrado a materiales con documentación global, disponibles en cualquier lugar y con rendimiento garantizado. Pasar a materiales locales, cuya efectividad depende del contexto, es una transformación radical. Llevará tiempo, pero tiene un enorme potencial.
En el marco de proyectos como la Bienal de Venecia, donde colaboran con universidades e instituciones técnicas, ¿qué papel juega la investigación y el intercambio interdisciplinar en vuestra práctica?
Es fundamental. Como menciono en Make Materials Matter, a los arquitectos nos gusta pensar que somos quienes construimos, pero en realidad no construimos nada por nosotros mismos. Todo depende de la colaboración: reunir a las personas adecuadas en torno a una tarea compartida.
Un día puede tratarse de un experto en polímeros; al siguiente, de un profesor de poesía. Cada colaboración forma una constelación nueva, y es el intercambio de saberes dentro de esas constelaciones lo que impulsa el trabajo hacia adelante.

Si pudieras redefinir una sola palabra dentro del vocabulario arquitectónico —como «residuo», «nuevo» o «valor»—, ¿cuál sería y por qué?
Las tres —»residuo», «nuevo» y «valor»— son puntos de partida válidos para cuestionar cómo definimos y utilizamos el lenguaje en arquitectura. Sin embargo, si tuviera que añadir una más, sería «sostenible». No hay nada malo en la palabra en sí, pero mientras se utilice de forma meramente descriptiva y no operativa, corre el riesgo de hacer más daño que bien.
La sostenibilidad no debería usarse como un mero alivio de conciencias, y sin embargo, a menudo se emplea exactamente de esa manera.
“La sostenibilidad no debería usarse como un mero alivio de conciencias.”

Una nueva gramática material
Desde sus oficinas en Refshalevej, Copenhague, Pihlmann Architects no persiguen la espectacularidad ni la firma reconocible, sino algo más exigente y honesto: un modo de intervenir en el mundo construido que no sólo sea responsable, sino también sensible y radicalmente contemporáneo. En sus palabras, su labor consiste en «ampliar la narrativa del recurso» y devolver valor a lo desechado. En lugar de añadir más, proponen mirar mejor.
En tiempos de crisis climática, agotamiento de recursos y saturación visual, su arquitectura no sólo plantea preguntas urgentes, sino que también sugiere formas de habitarlas.
(*) Fotos proporcionadas por Pihlmann Architects.






