Yiayia and Friends: diseño y gastronomía en perfecta coherencia

El trabajo de Yiayia and Friends destaca por algo poco habitual: la precisión con la que consigue integrar diseño y gastronomía en un mismo discurso. No se trata solo de crear productos bien resueltos —aceites de oliva orgánicos, pastas artesanales o vinagres especiales—, sino de construir una identidad donde cada decisión, desde el origen hasta el lenguaje visual, responde a una misma lógica.

El proyecto forma parte de Beetroot, el estudio griego con sede en Tesalónica que lleva más de dos décadas explorando la relación entre diseño, cultura y comunicación. Dentro de este contexto, Yiayia and Friends funciona como una extensión natural de su pensamiento creativo: una forma de trasladar al ámbito gastronómico la misma exigencia conceptual y estética que define su trabajo.

Para entender cómo se construye un proyecto así —desde dentro— hablamos con Vangelis Liakos, cofundador y director creativo de Beetroot, diseñador gráfico y fotógrafo, cuya trayectoria ha situado al estudio entre los más reconocidos a nivel internacional.

Yiayia and Friends se siente menos como una marca y más como un universo vivo. ¿Cómo nace el proyecto y cuál fue la chispa inicial?

Me encanta que lo percibas así. Todo empezó casi como un juego. En un viaje de trabajo, Kostas —mi socio— me dijo: “Tengo unos olivos en mi pueblo de Creta y estoy pensando en embotellar aceite. ¿Lo hacemos juntos?”. Y yo respondí: “Claro, suena divertido”.

Siempre hemos tenido proyectos paralelos para experimentar, para probar ideas sin presión. Era un espacio de libertad total, sin clientes ni expectativas externas. Y, casi sin darnos cuenta, el packaging de Yiayia and Friends empezó a ganar premios internacionales y a llamar la atención. Ahí entendimos que lo que había empezado como algo pequeño tenía un potencial enorme.

“Siempre hemos tenido proyectos paralelos para experimentar, para probar ideas sin presión.”

Antes de consolidarse como un proyecto reconocido de diseño y gastronomía, ¿cómo fueron esos primeros pasos? ¿Había una visión clara o fue algo más intuitivo?

Al principio era, literalmente, un experimento. Y eso nos daba una cierta valentía —o inconsciencia—. Teníamos claro que no íbamos a comprometer la calidad, pero el foco no estaba tanto en el producto como en la historia y el diseño.

Si había una visión, era esa: construir una marca con alma, capaz de conectar. Pero el camino, durante los primeros años, fue muy intuitivo.

La figura de “Yiayia” tiene una presencia emocional y simbólica muy fuerte. ¿Qué representa para ti personalmente y por qué se convirtió en el corazón del proyecto?

Yiayia es esa abuela griega casi mítica: omnipresente, sabia, imparable. Una fuerza de la naturaleza.

Todos crecimos con una yiayia. Era quien sostenía todo, quien cuidaba de todos. Confiábamos en ella sin cuestionarlo. Y aunque su educación formal fuera limitada, tenía una sabiduría profunda, nacida de la vida y del amor.

Yo sigo llevándola conmigo. En los momentos difíciles siempre me pregunto: ¿qué haría ella? Y la respuesta es simple: hacer lo mejor posible, con paciencia. Era mi superheroína. Y nunca necesitó reconocimiento.

“Yiayia es esa abuela griega casi mítica: omnipresente, sabia, imparable. Una fuerza de la naturaleza.”

Hay algo muy poderoso en la forma en que Yiayia and Friends reinterpreta la tradición sin hacer que resulte nostálgica o sentimental. ¿Cómo abordáis la herencia cultural para que siga sintiéndose contemporánea y viva?

Queríamos capturar su energía, su forma de estar en el mundo. Esa alegría, esa vitalidad. Y lo traducimos visualmente: colores vivos, formas que se abrazan, composiciones que cuentan historias sin necesidad de palabras. No se trata de mirar al pasado con melancolía, sino de mantenerlo vivo.

El proyecto está muy arraigado en el storytelling, pero también trata de productos reales que la gente prueba, usa y lleva a sus hogares. ¿Qué importancia tuvo para vosotros, desde el principio, crear algo tangible y no solo conceptual?

Es una gran pregunta. Para ser sincero, empezamos únicamente con la idea de un aceite de oliva y un mural: Yiayia and Friends abrazándose unos a otros. Sabíamos desde el principio que el aceite de oliva era de una gran calidad, pero todo lo demás tuvimos que descubrirlo por el camino. Fue el inicio de un nuevo viaje.

Durante este proceso, conocimos a productores increíbles, escuchamos sus historias y fuimos dando forma a una identidad coherente.

El diseño y el packaging genera una expectativa, y nuestra responsabilidad es estar a la altura. La confianza tiene que ser real. Creemos en hacer negocios de forma ética y en ofrecer a los consumidores un producto honesto. Una parte importante del espíritu de la marca Yiayia es la colaboración con pequeños productores y empresas familiares, abasteciéndonos siempre de productos locales y frescos.

“El diseño genera una expectativa, y nuestra responsabilidad es estar a la altura.”

Yiayia abraza solo lo mejor que la tierra puede ofrecer: aceite de oliva y alimentos elaborados de forma tradicional por pequeños productores y granjas familiares en Creta y el Peloponeso, en Grecia, auténticos pilares de la dieta mediterránea.

Cuando habláis de productos alimentarios de alta calidad y de cultura culinaria. ¿Qué significa para vosotros la calidad en este contexto y cómo os aseguráis de que los productos reflejen realmente ese estándar?

Para nuestros clientes, la alta calidad significa que el aceite de oliva tiene una acidez muy baja y niveles elevados de polifenoles. Pero la confianza de la que hablábamos va mucho más allá. Necesitamos saber que los olivares se cultivan con respeto por la naturaleza, que los agricultores están orgullosos de lo que producen y que la tierra y el acuífero se mantienen sanos.

A medida que Yiayia and Friends crece, nos aseguramos de que todo el equipo —ya sea en logística, compras o control de calidad— se sienta orgulloso de formar parte de ello. Sin embargo, el control de calidad más estricto y sin filtros siempre viene de nuestras propias madres y Yiayias.

¿Hasta qué punto participáis en las decisiones sobre abastecimiento, ingredientes y producción? ¿Esa parte del proyecto es tan importante para vosotros como la identidad visual y narrativa?

Sí, absolutamente. Aprendemos muchísimo de la gente local: una sabiduría que viene del pasado y que todavía hoy guía sus prácticas agrícolas. Pequeños detalles que pueden marcar una gran diferencia. Nos implicamos en su vida cotidiana y llegamos a comprender el comportamiento de los árboles, los animales y la tierra. Construimos confianza y relaciones duraderas. ¡Ahora incluso intercambiamos recetas!

En un mercado en el que muchas marcas de alimentación se apoyan mucho en la estética, ¿cómo os aseguráis de que la experiencia del producto en sí sea tan potente y memorable como el packaging?

Solo podemos hacer lo mejor que podemos. La confianza se construye lentamente y puede derrumbarse en un segundo. Es una maratón, no un sprint. Construimos relaciones de confianza con productores y científicos alimentarios, y trabajamos a un ritmo más lento y constante para garantizar la máxima calidad.

Los productos agrícolas se ven afectados por muchos factores —el clima, el agua, los insectos—, y todos ellos pueden influir en el producto final. Esto es la naturaleza. La respetamos y aprendemos de ella. Y, por supuesto, el feedback de nuestros consumidores es algo que siempre nos tomamos en serio y tenemos muy en cuenta.

Vuestro lenguaje visual es increíblemente distintivo: colores intensos, formas arquetípicas y esos ojos recurrentes que casi funcionan como una firma silenciosa. ¿Cómo surgió ese sistema?

El sistema visual creció de forma orgánica a partir de la propia historia. Queríamos crear algo que se sintiera instintivo, casi como una emoción antes de convertirse en un pensamiento consciente.

“Queríamos crear algo que se sintiera instintivo, casi como una emoción antes de convertirse en un pensamiento consciente.”

Los colores intensos procedían de la tradición mediterránea: la luz, los mercados, los tejidos y la cerámica con los que crecimos. Nada apagado, nada tímido. Las formas se inspiraron en la idea de unión: formas que se inclinan unas hacia otras, que pertenecen unas a otras.

Los ojos surgieron casi de manera natural. En la cultura griega, el ojo es protector: vela por ti. Pero para nosotros también se convirtió en una forma de decir: te vemos, estamos presentes. Mirar directamente a los ojos de alguien genera confianza; es la forma más honesta de conexión, del mismo modo que confías en alguien cuando te mira directamente. Es una conversación silenciosa entre la marca y la persona que sostiene el producto. Una vez estuvo ahí, supimos que tenía que quedarse.

Incluso personas que quizá saben poco sobre la cultura griega parecen conectar de inmediato con el proyecto. ¿Esa capacidad de apelación universal fue algo que buscasteis conscientemente?

Sinceramente, no fue algo que planeáramos. Simplemente estábamos contando nuestra propia historia con la mayor honestidad posible. Pero creo que precisamente por eso viaja: porque cuando algo es profundamente personal y específico, paradójicamente se vuelve universal.

Todo el mundo tiene una Yiayia, o alguien parecido a ella. Alguien que cocinaba sin receta, que curaba sin medicina, que amaba incondicionalmente. Esa figura existe en todas las culturas, en todas las familias, en todos los recuerdos.

Nunca intentamos hacerla “internacional” de la forma en que a veces lo hacen las marcas: suavizando las aristas y haciéndola más fácil de digerir. La mantuvimos griega, la mantuvimos nuestra. Y resulta que esa especificidad es lo que conecta con la gente. No necesitan conocer el idioma ni las tradiciones. Sienten la calidez, y eso es suficiente.

“Los ojos surgieron casi de manera natural. En la cultura griega, el ojo es protector: vela por ti.”

Hay humor, ternura y una sensación de juego en Yiayia and Friends, pero también mucha disciplina y precisión. ¿Cómo conviven esos dos lados en vuestro proceso creativo?

Creo que, en realidad, se alimentan mutuamente. El juego nos da libertad: evita que nos tomemos demasiado en serio y mantiene el proceso alegre. Pero sin disciplina, esa libertad se convierte en ruido. Así que, al principio, jugamos mucho: dejamos que las ideas sean desordenadas y sorprendentes. Después editamos con mucho cuidado.

La propia Yiayia era así. Se reía a carcajadas, contaba historias, hacía que te sintieras completamente a gusto y, después, con una canción susurrada en los labios, sin alboroto, todo quedaba perfecto: la mesa puesta, la comida lista, la casa en orden. Había una precisión invisible detrás de toda esa calidez. Creo que intentamos honrar esa misma combinación. La sonrisa es real, pero también lo es el oficio que hay detrás.

La comida, en vuestro universo, parece tratar de mucho más que de consumo. ¿Dirías que el proyecto habla, en última instancia, de memoria, rituales, vida doméstica y de la forma en que se transmite la cultura?

Sí, absolutamente. La comida es el archivo más honesto de una cultura. Transporta la memoria de una manera en que las palabras a veces no pueden hacerlo. Un olor, un sabor, una forma concreta de doblar una masa: esas cosas esquivan la mente y van directas al corazón. Te llevan de vuelta a una cocina, a una persona, a un momento que ni siquiera sabías que estabas guardando.

Para nosotros, Yiayia and Friends nunca trató solo del producto dentro de la botella o del tarro. Trata de lo que sucede alrededor de la mesa: las conversaciones, los silencios, las manos que lo prepararon todo antes de que llegaras. Los rituales que nadie te enseñó oficialmente pero que llevas contigo sin pensar: la forma en que colocas un plato, la forma en que sirves el aceite, la forma en que siempre haces un poco más de lo necesario, por si aparece alguien más.

Esa es la cultura que queremos transmitir: no como una pieza de museo, sino como algo vivo, algo que todavía puedes saborear hoy.

En una era dominada por el branding rápido y los lanzamientos impulsados por tendencias, Yiayia and Friends se siente arraigada, lenta y muy intencionada. ¿Era eso una forma de resistencia en sí misma?

Quizá lo sea, aunque nunca lo planteamos conscientemente de esa manera. Sencillamente, no podíamos hacerlo de otra forma. La historia que estábamos contando exigía lentitud. No puedes apresurar a una Yiayia. No puedes apresurar la cosecha de la aceituna, ni las relaciones con los agricultores, ni el proceso de construir confianza entre una marca y las personas que la llevan a sus casas.

Pero sí creo que hay algo silenciosamente político en elegir ir despacio en un mundo que recompensa la velocidad. Es una declaración de que no todo tiene que ser inmediato, de que la profundidad requiere tiempo, de que las mejores cosas suelen ser aquellas que nunca tuvieron prisa. Yiayia lo sabía. Nunca apresuraba nada. Y todo lo que hacía siempre sabía mejor por ello. Como solía decir mi Yiayia: “Tengo prisa, por eso voy despacio”.

Así que, si se interpreta como resistencia, nos parece bien. Preferimos construir algo que perdure antes que algo que sea tendencia.

El proyecto ha crecido más allá del packaging hacia un mundo más amplio de objetos, espacios y experiencias. ¿Cómo mantenéis la coherencia mientras permitís que la marca evolucione?

La coherencia viene de la historia. Mientras nos mantengamos fieles a Yiayia —a sus valores, su calidez, su sabiduría tranquila—, todo lo que creamos pertenece de forma natural al mismo universo. La historia es la brújula. Cuando no estamos seguros de una dirección, nos preguntamos: ¿Yiayia lo aprobaría? ¿Se siente como algo que ella tendría en su casa, en su mesa, en sus manos? Si la respuesta es sí, seguimos adelante.

Al mismo tiempo, Yiayia nunca fue rígida. Se adaptaba, improvisaba, se las arreglaba con lo que tenía y siempre encontraba la manera de hacerlo hermoso. Así que permitimos que la marca respire y se expanda, que entre en nuevos territorios —espacios, objetos, experiencias— siempre que el alma siga siendo la misma.

Para nosotros, crecer no consiste en añadir más cosas porque sí. Consiste en profundizar en el mundo que ya hemos construido. Cada nuevo producto, cada nuevo espacio, cada nueva experiencia es otra habitación dentro de la misma casa. Y la casa siempre se siente como un hogar.

Autenticidad es una palabra que hoy se usa demasiado, especialmente en el branding de alimentación y estilo de vida. ¿Qué significa realmente para vosotros la autenticidad en la práctica?

Para nosotros es muy simple. Significa que no fingimos. No vendemos una historia que no es nuestra. Yiayia no es un personaje que inventamos con fines de marketing: fue real, es real, vive en nosotros. El aceite de oliva procede de árboles reales, cuidados por personas reales cuyos nombres conocemos, con cuyas familias nos hemos sentado. Las recetas existen porque la abuela de alguien las hizo de verdad, no porque un estilista gastronómico pensara que quedaban bonitas.

En la práctica, la autenticidad significa estar dispuesto a decir que no: no a productos que no cumplen nuestros estándares, no a colaboraciones que no encajan con el mundo que estamos construyendo, no a atajos que harían las cosas más fáciles pero menos verdaderas. No siempre es cómodo, pero es la única forma de que sobreviva la confianza de la que hablábamos.

Yiayia nunca actuaba. Simplemente era. Mejoraba las cosas para todos los que la rodeaban, aunque ellos nunca se dieran cuenta. Ese es el estándar al que intentamos estar a la altura.

¿Cómo entendéis la relación entre diseño y confianza, especialmente cuando trabajáis con productos alimentarios que las personas incorporan a sus rutinas cotidianas?

El diseño suele ser el primer apretón de manos. Antes de que alguien pruebe el aceite de oliva, antes de que lea la historia, ve el objeto. Y en ese primer momento se comunica algo: o se transmite confianza, o no. Por eso sentimos una gran responsabilidad en ese espacio. El diseño tiene que ser honesto. Tiene que prometer solo aquello que el producto puede cumplir.

Creo que el mal diseño en alimentación es una forma de deshonestidad. Cuando el packaging es más sofisticado que lo que hay dentro, la gente lo percibe, quizá no de inmediato, pero sí con el tiempo. Y una vez que esa confianza se rompe, es muy difícil reconstruirla.

Con Yiayia and Friends, siempre hemos trabajado en la dirección contraria. Queremos que el producto esté a la altura del packaging y que el packaging esté a la altura de la historia. Tienen que merecerse mutuamente. Cuando alguien coloca nuestro aceite de oliva en la estantería de su cocina o lo lleva como regalo a una cena, está extendiendo su propia confianza hacia las personas que quiere. No es algo que nos tomemos a la ligera. Esa pequeña botella contiene una relación. Y el diseño es lo que hace visible esa relación.

¿La respuesta del público a Yiayia and Friends ha cambiado vuestra forma de ver el proyecto? ¿Hubo interpretaciones o reacciones emocionales que os sorprendieran?

Muchísimo, y de las formas más inesperadas. Sabíamos que el proyecto era personal, pero no anticipamos hasta qué punto otras personas lo recibirían también de manera personal. La gente nos escribía o se acercaba a nosotros en eventos para hablarnos de su propia Yiayia: de un olor concreto que la trajo de vuelta, o de un gesto que habían olvidado hasta que vieron nuestro packaging. Eso no era algo que hubiéramos previsto. Ocurrió porque la historia era verdadera.

Hubo momentos que nos emocionaron de verdad. Una mujer que nos contó que había comprado una botella como una forma de mantener cerca a su abuela después de que falleciera. Un niño que señaló los ojos de la etiqueta y dijo: “Me está mirando”. Esas reacciones nos recordaron que habíamos creado algo que existía más allá de nosotros, algo que la gente había hecho suyo.

Esa es la parte más sorprendente y humilde del viaje. Empiezas con tu propia historia y, en algún punto del camino, se convierte en parte de la historia de otra persona. Ahí es cuando te das cuenta de que el proyecto es más grande de lo que pensabas, y eso te hace querer protegerlo con todavía más cuidado.

Habéis construido algo que se siente profundamente griego y, sin embargo, nunca cerrado ni localista. ¿Cómo equilibráis la especificidad y la apertura?

Creo que el error que cometen muchas marcas cuando intentan representar una cultura es recurrir a su versión de postal: los clichés, los símbolos que todo el mundo ya reconoce, las referencias seguras y esperadas.

Ese tipo de especificidad es, en realidad, una forma de cierre: lo aplana todo hasta convertirlo en un estereotipo y no deja espacio para que el espectador entre.

Nosotros fuimos en la dirección opuesta. Profundizamos tanto en nuestra propia experiencia —en esta mujer, en esta cocina, en este pueblo de Creta— que dejó de ser una representación de la cultura griega y se convirtió en algo más íntimo y, al mismo tiempo, más abierto. Una verdad en la que cualquiera podía entrar.

Para nosotros, lo griego no es un decorado, una estética ni una frontera. Es cultura: una forma de estar con la gente. La generosidad, la mesa en la que siempre cabe uno más, la creencia de que la comida es un acto de amor. Son cosas que resuenan mucho más allá de cualquier frontera. Así que el equilibrio, si existe, viene de confiar en lo particular.

Cuanto más específico y honesto eres, más universal te vuelves. Yiayia nos enseñó eso sin saber siquiera que lo hacía.

Desde la perspectiva de un fundador, ¿cuáles han sido los mayores retos a la hora de construir Yiayia and Friends: creativos, operativos o incluso emocionales?

Sinceramente, los tres, y a menudo al mismo tiempo. Creativamente, el reto es mantener el trabajo fresco y sorprendente sin perder el hilo que lo conecta todo. Es fácil desviarse, entusiasmarse con una nueva dirección y olvidar lo que realmente estás construyendo. La historia es el ancla, pero tienes que volver a ella de forma consciente.

Operativamente, los retos son muy reales y muy poco glamourosos. Los productos agrícolas son impredecibles por naturaleza. Una temporada difícil, un cambio en un proveedor, un problema logístico: todas esas cosas pueden afectar a todo lo que has trabajado por construir. Crear una cadena de suministro que sea ética y fiable a la vez es un proceso lento y exigente. Requiere atención constante y mucha paciencia.

Pero los retos emocionales quizá sean los más profundos. Cuando algo es tan personal —cuando has puesto tus propios recuerdos, tu propia familia, tus propios valores en una marca—, cada contratiempo se siente como algo más que un problema de negocio. Toca algo sensible. Al mismo tiempo, esa vulnerabilidad también es la fuente de la fuerza del proyecto. No puedes tener una cosa sin la otra. Hemos aprendido a aceptarlo y a seguir adelante. Como lo habría hecho Yiayia.

“Para nosotros, lo griego no es un decorado, una estética ni una frontera. Es cultura: una forma de estar con la gente.”

La tienda de Yiayia and Friends en Tesalónica forma parte de un espacio más amplio donde conviven estudio, galería, café, tienda y restaurante. ¿Cómo cobró vida este espacio y qué papel desempeña dentro del Beetroot Universe y del proyecto Yiayia?

El espacio nació de un deseo que llevábamos mucho tiempo acariciando: crear un lugar donde pudiéramos ser completamente libres. Libres para experimentar, crear, exponer nuestro trabajo y conectar con otros creativos de todo el mundo. Un lugar que inspire a las personas, las nutra y les permita divertirse. Esos tres elementos —creatividad, alimento y sentido de pertenencia— siempre han estado en el centro de nuestro universo imaginado.

Encontramos ese lugar en Ismail Pasha Chani, un antiguo han otomano —o posada— de 1905, en pleno corazón de Tesalónica. Renovarlo no fue solo un proyecto de construcción; fue un acto de escucha. El edificio tenía su propia historia, su propia memoria: muros que habían sido testigos de más de un siglo de vida de la ciudad. Queríamos honrar todo eso y, al mismo tiempo, darle un propósito completamente nuevo, uno que se sintiera tan vivo y abierto como el propio lugar lo fue en su día.

Lo entendemos como un espacio-tiempo para el azar y la necesidad. Un lugar para manifestaciones visuales, auditivas, tangibles, olfativas y comestibles de la creatividad. Un dominio tridimensional creativamente ilimitado: un lugar donde cualquier cosa podría suceder y donde las personas sienten esa posibilidad en el momento en que entran.

Una de las partes más queridas del espacio es Poster, nuestro restaurante. El nombre lo dice todo sobre quiénes somos. Un póster es expresión e información; comunica algo esencial en un solo instante. Y eso es exactamente lo que hace una mesa con amigos o familiares. Reúne a las personas, cuenta una historia y contiene significado sin necesidad de explicarse. En Poster servimos sabores contemporáneos arraigados en la cultura culinaria griega, mientras las paredes muestran carteles inspirados en las mismas ideas que dan forma a los platos. Comida y diseño hablando el mismo idioma, en la misma habitación.

“El espacio nació de un deseo: crear un lugar donde pudiéramos ser completamente libres.”

Dentro del universo Beetroot, así es como suelen evolucionar las cosas. Un proyecto empieza como un experimento, continúa como un proyecto paralelo y —como en el caso de Yiayia and Friends— acaba desarrollándose hasta convertirse en un negocio independiente, con su propia identidad y vida. Pero todo lo que hacemos, en cada etapa, lleva la visión de diseño y la supervisión de Beetroot Studio. Ese hilo nunca se rompe. El espacio de Tesalónica es quizá la expresión más visible de ello: un lugar donde todas estas capas conviven, respiran juntas y se dan sentido unas a otras.

Más allá de la comida, Yiayia and Friends también incluye una selección de objetos de diseño. ¿Cómo encajan estas piezas dentro del concepto general y qué os permiten expresar que quizá los productos alimentarios no pueden?

Todo lo que hacemos tiene que transmitir una sensación de optimismo y hacer tu vida más bella. Ese es el hilo que lo conecta todo: desde el aceite de oliva hasta los objetos que reposan en tu estantería o en tu mesa. Las piezas de diseño no son merchandising ni una ocurrencia secundaria. Son otra forma de contar la misma historia.

La comida es inmediata e íntima: se comparte y se consume, existe en el momento y después en la memoria. Un objeto de diseño, en cambio, permanece. Se convierte en parte de tu casa, de tus rituales diarios; en algo que coges sin pensarlo. En ese sentido, estos objetos nos permiten estar presentes en la vida de alguien de una manera más silenciosa y duradera.

Cuando combinas los productos alimentarios con las piezas de diseño, algo sucede: empieza a tomar forma un mundo. El mundo de Yiayia and Friends, con toda su calidez, su color y su creencia de que la belleza no es un lujo, sino una necesidad. Eso es, en última instancia, lo que intentamos crear: no solo productos, sino todo un universo que puedes llevar a tu casa y hacer tuyo.

En términos de crecimiento, ¿en qué mercados está actualmente más presente Yiayia and Friends y cuáles os gustaría explorar o ampliar en el futuro?

Actualmente nos estamos expandiendo en tres áreas principales: el mercado europeo, Estados Unidos y Corea del Sur. Cada una de ellas nos parece adecuada por diferentes motivos, pero todas comparten un público curioso, con sensibilidad hacia el diseño y genuinamente interesado en la historia que hay detrás de aquello que incorpora a su vida.

En Estados Unidos, hemos abierto una tienda en el centro de Los Ángeles, en The Row, uno de los destinos comerciales y creativos más cuidadosamente concebidos de la ciudad. Nos pareció un hogar natural para Yiayia and Friends, un lugar donde los valores de artesanía, cultura y comunidad ya forman parte de la conversación.

“Todo lo que hacemos tiene que transmitir una sensación de optimismo y hacer tu vida más bella.”

Seúl ha sido un capítulo especialmente emocionante. Hemos abierto allí nuestra propia tienda, que transmite los mismos valores que Beetroot House en Tesalónica: una panadería, un café y un showroom donde nuestros productos encuentran su lugar. También estamos presentes en LCDC, uno de los destinos comerciales más vibrantes y cuidadosamente comisariados de la ciudad, y hemos desarrollado pop-ups y colaboraciones con marcas prestigiosas que nos han permitido conectar con nuevos públicos de una manera directa y significativa. Corea ha abrazado el mundo de Yiayia and Friends con una calidez y un entusiasmo que nos han conmovido de verdad.

“Hemos lanzado Super Yiayia, un concepto de deli y sándwiches que traslada el mismo espíritu a un formato más inmediato y cotidiano.” Vangelis Liakos

Junto a todo esto, acabamos de iniciar una nueva aventura. Al lado de Yiayia and Friends, hemos lanzado Super Yiayia, un concepto de deli y sándwiches que traslada el mismo espíritu y los mismos valores a un formato más inmediato y cotidiano. La misma alma, otro ritmo. Porque Yiayia, al fin y al cabo, siempre tenía algo preparado para todos, sin importar a qué hora llegaran.

Un universo que crece sin perder su esencia

Al final, Yiayia and Friends demuestra que una marca puede expandirse sin renunciar a su alma. Desde Creta hasta Tesalónica, Los Ángeles o Seúl, el proyecto ha sabido transformar la memoria, el diseño y la cultura culinaria en un lenguaje universal capaz de conectar con públicos diversos sin perder su raíz profundamente griega.

Más que productos, propone una forma de habitar lo cotidiano: con belleza, honestidad y tiempo, construyendo vínculos que, como las historias de Yiayia, perduran más allá de las modas.

(*) Fotografías proporcionadas por Yiayia.

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