La Odisea según Nolan
Christopher Nolan nunca ha ocultado su fascinación por los grandes desafíos. Después de conquistar la crítica y la taquilla con Oppenheimer, el director británico se enfrenta ahora al relato que ha inspirado buena parte de la cultura occidental. Su adaptación de La Odisea supone el proyecto más ambicioso de su carrera y marca un hito al convertirse en la primera película rodada íntegramente con cámaras IMAX.


Pero reducir La Odisea a un despliegue tecnológico sería quedarse en la superficie. Nolan ha concebido esta adaptación como una experiencia inmersiva en todos los sentidos: ciudades construidas a escala real, barcos navegando en alta mar, escenarios naturales repartidos entre Marruecos, Grecia, Italia, Islandia, Escocia y Estados Unidos, miles de figurantes, más de 5.300 piezas de vestuario confeccionadas para la ocasión y una búsqueda constante de autenticidad que vuelve a situar los efectos prácticos en el centro del espectáculo.
La ambición del proyecto se percibe en cada uno de sus departamentos. Desde la fotografía de Hoyte van Hoytema hasta el diseño de producción de Ruth De Jong, pasando por el vestuario de Ellen Mirojnick o la banda sonora de Ludwig Göransson, todo parece responder a una misma idea: recuperar el espíritu de las grandes epopeyas clásicas utilizando las herramientas del cine contemporáneo, sin perder de vista el realismo que ha definido la filmografía de Christopher Nolan.
Homero según Christopher Nolan
No es casualidad que Christopher Nolan haya elegido La Odisea para su siguiente película. El cineasta británico lleva más de dos décadas explorando temas como el paso del tiempo, la memoria, la identidad o el sacrificio, cuestiones que ya estaban presentes en el poema atribuido a Homero y que, de una forma u otra, atraviesan buena parte de su filmografía.
El propio Nolan ha reconocido que, al volver a leer la obra, descubrió hasta qué punto había influido en su manera de entender el cine. La historia de Odiseo no habla únicamente de monstruos, dioses o batallas. También habla de la resistencia, de la pérdida, de la capacidad del ser humano para adaptarse y, sobre todo, de la necesidad de encontrar el camino de vuelta a casa.
La historia de Odiseo habla de la resistencia, de la pérdida, de la capacidad del ser humano para adaptarse y, sobre todo, de la necesidad de encontrar el camino de vuelta a casa.
Sobre esa base se construye la película. Tras la caída de Troya, Odiseo emprende el regreso a Ítaca, un viaje que debería durar unas semanas pero que acaba convirtiéndose en una odisea de años marcada por tormentas, criaturas mitológicas, hechiceras y la constante intervención de los dioses. Mientras tanto, Penélope resiste la presión de los pretendientes que ansían ocupar el trono, y Telémaco se niega a aceptar que su padre haya desaparecido para siempre.
Un reparto colosal
Para dar vida a este universo, Nolan ha reunido uno de los repartos más impresionantes de los últimos años. Matt Damon encarna a Odiseo, acompañado por Tom Holland como Telémaco y Anne Hathaway como Penélope. Junto a ellos aparecen Zendaya, Charlize Theron, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Samantha Morton, Elliot Page, John Leguizamo y John Bernthal, entre otros, configurando un elenco a la altura de una de las epopeyas más influyentes de la historia.
Más allá del atractivo de los nombres, el reparto funciona porque Nolan evita convertir a sus personajes en simples figuras mitológicas. Incluso en los momentos más espectaculares, la película nunca pierde de vista el conflicto humano que sostiene toda la historia.

Una película entera en IMAX
Uno de los mayores logros técnicos de La Odisea está detrás de la cámara. Se trata del primer largometraje filmado íntegramente con cámaras IMAX, un sueño que Nolan perseguía desde su adolescencia.
El formato ofrece una resolución, una profundidad y una textura excepcionales, pero siempre ha tenido un problema fundamental: el ruido. Las cámaras IMAX tradicionales sonaban tanto que dificultaban la grabación de diálogos en primeros planos. Matt Damon llegó a comparar la experiencia con tener a alguien agitando una batidora delante de la cara.
Nolan, el director de fotografía Hoyte van Hoytema y los ingenieros de IMAX llevaban años intentando resolverlo. Durante la preparación de Tenet desarrollaron un estuche insonorizado, bautizado como The Blimp, que envolvía la cámara. El sistema reducía el sonido, aunque todavía no permitía rodar una película completa.
Antes de La Odisea, Nolan planteó un desafío a IMAX: si conseguían perfeccionarlo, se comprometía a filmar toda su siguiente película con esas cámaras.
Así nació una nueva generación conocida como Keighley, protegida por una versión mejorada del Blimp. La combinación hizo posible algo que hasta entonces parecía inalcanzable: rodar acción, paisajes y batallas, pero también conversaciones íntimas y secuencias emocionalmente delicadas, utilizando el mismo formato.
Se trata del primer largometraje filmado íntegramente con cámaras IMAX, un sueño que Nolan perseguía desde su adolescencia.
La prueba definitiva llegó durante una larga escena entre Matt Damon y Anne Hathaway en el palacio de Ítaca. Funcionó. Desde ese momento, el equipo descartó cualquier alternativa y viajó únicamente con cámaras IMAX.
Doscientos kilos y tres minutos
La innovación no eliminó las dificultades. Dentro del Blimp, la cámara Keighley alcanza casi los 200 kilos. Se necesitaba un equipo de seis personas para desplazarla y hubo que inventar un sistema de espejos para que los intérpretes pudieran mirar a sus compañeros sin que la enorme estructura interfiriera en la escena.
Además, cada carga permite filmar aproximadamente tres minutos antes de tener que cambiar el negativo.
El foquista Keith Davis llegó a dominar el proceso de recarga con tal rapidez que las interrupciones apenas alteraban la concentración de los actores. En total, la producción utilizó 640.080 metros de negativo, una distancia superior a la que separa Nueva York de Toronto.
Aquí la tecnología no funciona como una estrategia promocional, sino como una forma de mirar.
Troya iluminada por el fuego
La primera gran secuencia planteó otro problema: ¿cómo filmar de noche el saqueo de Troya, con miles de figurantes y cámaras IMAX, sin llenar una ciudad de la Edad del Bronce de focos contemporáneos?
Hoyte van Hoytema quería iluminar el decorado con fuego, aunque hacerlo únicamente con llamas reales habría sido peligroso y poco práctico. Su equipo creó entonces miles de estructuras formadas por placas triangulares y luces LED, conocidas como poliedros, capaces de reproducir la tonalidad irregular y vibrante de una antorcha.
Troya fue levantada en Ait Benhaddou, Marruecos, sobre un decorado de más de diez mil metros cuadrados. Allí se construyeron más de sesenta estructuras, las murallas, las puertas de la ciudad y un templo dedicado a Atenea de casi doce metros de altura. El espacio podía albergar a unos dos mil figurantes.
No se utilizaron extensiones digitales para ampliar el escenario. La ciudad debía existir delante de la cámara.
Nolan también replanteó el Caballo de Troya. En lugar de presentarlo como la habitual construcción sobre ruedas, lo convirtió en una ofrenda a Poseidón abandonada junto al mar. Los troyanos lo encuentran hundiéndose en la arena y golpeado por las olas, antes de arrastrarlo con enorme esfuerzo hasta el interior de la ciudad.
Se fabricaron varias versiones de diez metros de altura. El agua, la arena y las sucesivas tomas fueron deteriorándolas, obligando al equipo a reparar continuamente una estructura que, como el propio Odiseo, parecía empeñada en sobrevivir.
Vestir un mundo en ruinas
El vestuario no se limita a reconstruir una época. Ellen Mirojnick, nominada al Oscar por Oppenheimer, ha concebido la ropa como una prolongación del estado psicológico de los personajes y del derrumbe de la civilización que los rodea.
Su punto de partida fue una idea poderosa: Odiseo no es un héroe impecable, sino el superviviente de un mundo agotado por la guerra. Después de Troya, todo está herido, desgastado y espiritualmente fracturado. Las prendas, las armas y las siluetas debían expresar esa erosión.
Para la película se diseñaron y fabricaron 5.300 prendas. En Los Ángeles, un equipo de 175 profesionales trabajó exclusivamente en el vestuario y las armaduras del reparto principal. En total, Mirojnick coordinó a más de 500 personas distribuidas entre Estados Unidos, Marruecos, Italia, Grecia, Islandia, Escocia, España e Inglaterra.
La investigación fue exhaustiva, pero nunca pretendió convertirse en un ejercicio arqueológico. El equipo estudió frescos, ajuares funerarios, fragmentos textiles, joyas, tintes, telares, reconstrucciones de armaduras y prendas concebidas para viajar por mar.
El objetivo nunca fue ofrecer una reconstrucción arqueológica. La ropa debía parecer usada, reparada y vivida. El sol desgasta los colores, el agua salada corroe el metal y los años de travesía transforman los tejidos. El deterioro se convierte así en parte de la narración: el vestuario también viaja, envejece y sobrevive.
Incluso el bronce se aleja del brillo dorado habitual en el cine. Aquí aparece oscuro, pesado, marcado por golpes y arañazos. Las armaduras parecen haber sido forjadas, llevadas y dañadas por cuerpos reales.
La estética nace del encuentro entre arqueología, mito y psicología. No pretende reproducir una imagen decorativa de la Antigua Grecia, sino inventar un mundo coherente que parezca haber existido.
Seis países para encontrar Ítaca
La producción recorrió Marruecos, Grecia, Italia, Islandia, Escocia y Estados Unidos durante 91 días de rodaje repartidos en seis meses.
Nolan y la diseñadora de producción Ruth De Jong evitaron deliberadamente los códigos visuales asociados al cine de “espadas y sandalias”. Buscaron climas extremos, mares violentos y paisajes capaces de transmitir la sensación de que Odiseo estaba entrando en territorios desconocidos.
Favignana, frente a la costa de Sicilia, se convirtió en Ítaca. En la cima de una colina de 310 metros, el castillo de Santa Caterina ofrecía una vista panorámica del Mediterráneo, pero carecía de carretera de acceso. La producción instaló un funicular y recurrió a helicópteros para transportar materiales. Buena parte del reparto y del equipo, incluidos Nolan y Emma Thomas, prefirió subir a pie durante tres semanas.
La Cueva de Néstor, en Grecia, acogió el encuentro con el Cíclope. El inframundo de Hades se rodó en Islandia bajo la inquietante luz del sol de medianoche, entre viento, lluvia y paisajes desolados. Cada localización debía parecer una extensión del carácter imprevisible de los dioses.
Navegar de verdad
Los barcos tampoco fueron simples decorados. El equipo encontró en Noruega el Draken, una embarcación construida siguiendo técnicas tradicionales y capaz de navegar en alta mar.
La mitad de su tripulación estaba formada por marineros profesionales; la otra, por actores que tuvieron que aprender a remar, izar el mástil y manejar la vela. Las escenas se rodaron en condiciones reales, con oleaje, frío y tormentas.
Un remo mal colocado puede romper costillas o lanzar a alguien al agua. En lugar de ocultar el riesgo, Nolan decidió integrarlo en la película.
Los barcos recorrieron miles de millas durante la filmación. Por ello, lo que vemos en pantalla no es la simulación de una travesía, sino la experiencia física de unos cuerpos intentando avanzar contra el mar.
Lo que vemos en pantalla no es la simulación de una travesía, sino la experiencia física de unos cuerpos intentando avanzar contra el mar.
El sonido de un mundo perdido
Ludwig Göransson firma su tercera colaboración con Nolan después de Tenet y Oppenheimer. Para construir el paisaje sonoro de La Odisea, el compositor combinó sintetizadores, guitarras, harpas, voces e instrumentos vinculados a la Antigüedad, como el aulo y la lira.
El motivo de Odiseo nace de un lamento de tres notas relacionado con el sonido de la cuerda de su arco. Göransson trabajó también con 35 gongs y desarrolló un sistema de notación basado en dibujos para indicar dónde y cómo debía golpearse cada uno.
La arqueomusicóloga Rosa Fragorapti interpreta las partes de lira de una banda sonora que pretende recuperar ecos remotos sin transformarlos en una reconstrucción académica.
Durante el rodaje, Göransson envió a Nolan una primera demo de 42 minutos. Al concluir el proceso había compuesto casi cuatro horas de música en nueve meses.
La partitura se presenta como otro viaje dentro del viaje: una mezcla de metal, viento, memoria y voces procedentes de un mundo desaparecido.
La gran pantalla como destino
La Odisea está dedicada a David Keighley, histórico responsable de calidad de IMAX y figura esencial en el desarrollo de la nueva cámara utilizada durante el rodaje. Su trabajo permitió que el formato superara sus antiguas limitaciones y pudiera entrar en espacios dramáticos que antes le estaban prácticamente vedados. Esa evolución resume el espíritu de la película.
Todo ha sido concebido para que el espectador no contemple el mito desde lejos, sino que sienta el salitre, el fuego, el frío, el peso del bronce y el cansancio del viaje.
Nolan no utiliza la tecnología para alejarse de la realidad, sino para acercarse a ella. Construyó ciudades, embarcó a sus actores, confeccionó miles de prendas, levantó decorados imposibles y colocó cámaras de 200 kilos frente a una conversación íntima. Todo ha sido concebido para que el espectador no contemple el mito desde lejos, sino que sienta el salitre, el fuego, el frío, el peso del bronce y el cansancio del viaje.
De ahí que más allá de la espectacularidad técnica, La Odisea demuestra que todavía es posible hacer cine épico con una mirada profundamente artesanal. Christopher Nolan firma una adaptación ambiciosa, emocionante y visualmente deslumbrante que devuelve al espectador el placer de dejarse arrastrar por una gran aventura. Es una película pensada para vivirse en la oscuridad de una sala de cine y, si existe una obra que justifique el formato IMAX, probablemente sea esta.
(*) Imágenes proporcionadas por UPI Media.






