«Parthenope»: un retrato lírico de Nápoles by Sorrentino
«Parthenope» es la nueva película del director napolitano, Paolo Sorrentino. Tras su éxito de taquilla en Italia, con más de 1 millón de espectadores en menos de un mes en cines, ha logrado convertirse en la película más taquillera de Sorrentino, superando a «La Gran Belleza», con la que obtuvo un Oscar.


En esta ocasión, vuelve a Nápoles, para presentar un drama fantástico sobre el mito que da origen a su ciudad natal. De hecho, la película ha sido rodada en Nápoles y en la isla de Capri, y está protagonizada por la debutante Celeste Dalla Porta y Stefania Sandrelli («Novecento», «Jamón, Jamón»), en el papel de Parthenope en distintas etapas de su vida; el oscarizado Gary Oldman («Drácula», «El instante más oscuro»); Luisa Ranieri (Fue la mano de Dios); Silvio Orlando («Ariaferma»,»El sol del futuro»); Isabella Ferrari (La gran belleza) y Giampiero De Concilio («La cena perfecta»).
La belleza tiene un precio
Con «Parthenope», producida por The Apartment Pictures, Numero 10, Pathé Films y Saint Laurent Productions, división cinematográfica de la firma de moda que también se ocupa del vestuario del largometraje, Paolo Sorrentino regresa a la pantalla grande con una obra, que se mueve entre la fantasía y la realidad, explorando la ciudad que lo ha visto nacer: Nápoles. La nueva película del director italiano, conocido por su deslumbrante estilo visual, ofrece una visión única de la ciudad, tejida con simbolismos históricos, mitológicos y personales que, al igual que las olas del mar que golpean su costa, parecen arrastrar al espectador hacia un torbellino de emociones y reflexiones.
“Parthenope es el nombre de una sirena que dio nombre a Nápoles.”
La historia se centra en Parthenope, una mujer sensible, sociable, independiente, intelectual, observadora, sin prejuicios, adelantada a su tiempo y extraordinariamente bella, que debe soportar el peso de la belleza y lo que de ella se deriva: prejuicios sobre su inteligencia, sentirse deseada constantemente, así como las expectativas sobre sus relaciones. Parthenope es más que su físico y esto es algo que trata de demostrar a lo largo de los 134 minutos de metraje, en los que también deberá enfrentarse a un entorno tan puritano como opresor, a terribles tragedias familiares, a desengaños amorosos, a dudas existenciales y también a los problemas y virtudes inherentes a una ciudad tan excesiva, fascinante y caótica como Nápoles.
Mediante un estilo felliniano, surrealista y guasón, Sorrentino vuelve a enfrentarse con dos de las obsesiones del ser humano; la belleza y la juventud. Dos características que cuenta en grandísimas dosis durante prácticamente todo el film, pero que también suponen para ella una condena en su devenir vital.
“La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.” Hermann Hesse
Nápoles se convierte en un personaje por derecho propio
Como os avanzábamos, Nápoles, en este caso, se convierte en un personaje por derecho propio. Y Sorrentino, con su habitual maestría visual, ofrece un paisaje urbano que no solo es geográfico, sino también emocional. La ciudad es descrita como un lugar de contrastes infinitos: belleza y decadencia, serenidad y caos. Esta dicotomía se ve reflejada en la protagonista de la película, Parthenope que, desde su nacimiento hasta el fin de sus días, tuvo que vivir sometida a la mirada de los demás, y que por ende fue cosificada por toda la sociedad.
Teniendo esto en cuenta, Sorrentino narra la historia de esta mujer que, desde su nacimiento en el agua, como si fuese la venus del pintor renacentista Sandro Botticelli, crecerá y vivirá circunstancias difíciles, muchas de ellas derivadas por su belleza y juventud, y otras por su rebelarse a todo aquello que se espera de ella. Porque Parthenope va por libre y tiene claro que va a vivir la vida que quiere, en la ciudad que la vio nacer. Un escenario tan bucólico como surreal que es a su vez sinónimo de entropía.
Un viaje de autodescubrimiento
Tal y como le sucedió a Sorrentino, quien por desgracia perdió a sus padres con tan sólo 16 años, Parthenope queda marcada tras el suicidio de su querido hermano.
Con él tenía una relación platónica-incestuosa, así que tras este terrible suceso inicia un viaje de autodescubrimiento que terminará cuando se libera de todas esas capas y prejuicios impuestos por los demás y por una sociedad machista y puritana.
A lo largo de su recorrido, la protagonista se cruzará con una actriz que, marcada por las estructuras profundamente machistas de la sociedad, ha experimentado durante toda su vida las mismas miradas que ella.
En su propio camino, Parthenope se quedará embarazada y, ante la amenaza de perder la independencia que tanto valora, tomará la decisión de abortar. A medida que avanza, se convertirá en profesora en la misma universidad donde estudió, despedirá a su primer amor, será testigo de la pobreza extrema que azota Nápoles y, finalmente, se establecerá como una renombrada antropóloga. Y así, entre muchos otros momentos decisivos, su vida se tejerá de transformaciones y confrontaciones.
Es solo al final de la película, cuando la espléndida y a veces desbordante belleza barroca del director se convierte en una densa melancolía, cuando el sentido que la protagonista ha estado buscando parece escurrirse entre sus dedos y el dolor se transforma en una desilusión casi palpable, que una luz inesperada, anticanónica, aparece ante su mirada para devolverle la claridad.
Sorrentino, fiel a su estilo, se apoya en la sobresaliente interpretación de la debutante Celeste Dalla Porta, quien construye un personaje con una presencia desbordante. Gracias a ella, el director erige una obra monumental y vibrante, capaz de capturar en imágenes de inusitada fuerza el amor perpetuo por los sentidos, sin culpa ni remordimiento.
En el epílogo, Stefania Sandrelli dará vida a una Parthenope septuagenaria. Es en ese momento, después de más de dos horas de narrativa, cuando Paolo Sorrentino intenta desvelar los pensamientos más íntimos de la protagonista y, finalmente, expresa su amor por Nápoles de manera explícita, todo ello marcado por el vibrante ritmo de una ciudad triunfante.
¿Qué es la antropología?
«La antropología significa ver verdaderamente. Ver es lo más difícil, porque solo se ve con corrección cuando todo el resto desaparece. Y el resto es la juventud, la pasión y, por qué no, el amor». Esto es lo que le responde el profesor de su tesis universitaria a Parthenope, quien no cesa de hacer esta pregunta. Ella tiene claro desde muy joven que quiere estudiar esta carrera, y mientras la estudia se cuestiona qué es y para qué sirve, más allá de lo evidente.
“La antropología es ver cuando todo lo demás falta.”
La narración de una ciudad mítica
Sorrentino emplea en «Parthenope» su característico estilo visual cargado de simbolismos y colores saturados. Los planos amplios de la ciudad, con el mar en el horizonte y las calles bulliciosas, se alternan con secuencias más íntimas y surrealistas, donde la música (una vez más una parte fundamental del lenguaje narrativo de Sorrentino) desempeña un papel primordial.
La banda sonora de Lele Marchitelli añade una capa de melancolía y drama que complementa perfectamente la narrativa. El vestuario de Carlo Poggioli y los peinados de Aldo Signoretti no solo permiten trazar la evolución de Parthenope desde su adolescencia hasta los 30 años, sino que también funcionan como un espejo de su estado emocional y de su situación social en cada etapa de su vida.
El guion es de Sorrentino y Umberto Contarello, y se percibe como un manifiesto personal y una reflexión sobre lo universal. Aquí, el cineasta parece preguntarse si es posible salir del abrazo sofocante de una ciudad tan rica en historia, pero también tan desgarrada por sus contradicciones. La película no ofrece respuestas claras, pero invita al espectador a reflexionar sobre lo efímero y lo eterno, lo individual y lo colectivo.
La fotografía ha corrido a cargo de la directora Daria D’Antonio, que repite con Sorrentino tras «Fue la mano de Dios» y que fue premiada este año en Cannes con el CST Award for Best Artist-Techincian por su trabajo en «Parthenope».
Un canto a Nápoles, a la belleza y la nostalgia
Con «Parthenope», Paolo Sorrentino no solo rinde homenaje a su ciudad natal, sino que crea una obra que es al mismo tiempo un retrato de las pasiones humanas y un canto melancólico a la belleza y a lo efímero. La película, cargada de imágenes inolvidables y una atmósfera única, invita al espectador a perderse en los laberintos de Nápoles, pero también en los de su propia memoria.
Si bien algunos podrán considerarla demasiado abstracta, los seguidores del cine de Sorrentino encontraréis en ella una obra rica, compleja y profundamente conmovedora.
«Una vez, cuando me hicieron una de esas difíciles preguntas del tipo: ‘¿Qué es para ti lo sagrado?’, respondí instintivamente: ‘Lo sagrado es aquello que nunca olvidaremos de nuestra propia historia de vida’. Así nació esta película.
Para mí, Parthenope es, sobre todo, una película sobre lo sagrado. Sobre todas las cosas que una mujer no ha podido olvidar en sus setenta y tres años de vida: la bahía de Nápoles y sus padres, sus primeros amores, uno puro y brillante, el otro sórdido e indecible; el verano perfecto de Capri, despreocupado con sus amaneceres salados, las mañanas tranquilas y las noches templadas; esos encuentros fugaces y fatídicos; el descubrimiento de la seducción y el vértigo de la libertad; sentirse tan plenamente viva que suspira ante la exuberancia de la vida; la búsqueda desesperada de su verdadero yo; los amores perdidos o apenas saboreados; las penas que la hunden en la adultez; el paso inexorable del tiempo; el único amante que nunca la abandona. Y en todo esto está Nápoles, con su vitalidad exasperante, maravillas en cada rincón, y todos siempre dispuestos, como si esperaran perpetuamente detrás de un telón invisible, a subir al escenario y ofrecer caos, vulgaridad, sorpresa, promiscuidad y todo lo demás.

Nápoles es libre, Nápoles es peligrosa, Nápoles nunca juzga. Nápoles es como Parténope. Su libertad es una constante, algo a lo que nunca renunciará. Aunque eso suponga abrazar la soledad. Porque -demasiado a menudo- la soledad y la libertad van de la mano. Nápoles es el lugar ideal para engañarnos con la idea de que vivimos vidas maravillosas, impredecibles. El lugar donde nuestra historia de vida parece, por adoptar la metáfora perfecta de Manganelli, como la parte inferior de una alfombra: podemos intuir el diseño aunque no podamos verlo bien.
Nuestras vidas nunca son ordenadas, nunca son lógicas. Es fácil perdernos en la inmensidad de la vida. Intentamos ver nuestras vidas. Captar su diseño, darle sentido. Pero la vida no nos ve. La vida siempre está en otro lugar. Es agotadora y nos hace sentir inseguros. Misteriosos.
Y Parthenope, como todos nosotros, es incierta y misteriosa. ‘¿Amas demasiado o demasiado poco?’, le pregunta en un momento un personaje demoníaco disfrazado de santo. Nos pregunta a todos. Ella no sabe qué decir. Nosotros tampoco. Porque todas las preguntas ya han sido formuladas, y todas las respuestas han resultado ambiguas, evasivas, contradictorias.
Es esta falta de autoconocimiento lo que nos convierte, a los ojos de los demás, en un misterio. Parthenope es un misterio. Primero nos dejamos llevar, luego nos hacemos responsables, luego nos dejan ir. Así es la marcha del tiempo. Tal es el ambicioso tema de esta película: el despliegue de la vida, con toda su euforia y decepción; el florecimiento y el desvanecimiento del amor; el fin de la melancolía y el comienzo del deseo. En resumen, todo el repertorio de la vida, o lo que sea que sea posible transmitir en una película. Y así, con el paso del tiempo, incluso la vida en Nápoles, tan asombrosa e impredecible como es, se vuelve rancia.
La juventud, con sus miradas cargadas y sus despedidas emotivas, la ha abandonado. La bahía de Nápoles se ha convertido en nada más que agua. Su maravilla se ha desvanecido. El gran engaño ya no engaña. Se encuentra sola. Uno se convierte en lo que es, como dice Nietzsche. Así que Parthenope deja Nápoles para un lugar más anónimo. Ahora es una adulta, tiene un trabajo. Durante cuarenta años, se acuesta temprano, como decían Proust y De Niro. Ama demasiado poco. Cuando, a los setenta y tres años, se jubila, debe cambiar de nuevo. Debe aprender a ver su pasado, a reconocer lo sagrado dentro de ella. A amar demasiado. O al menos imaginarlo. Así regresa a Nápoles, esa ciudad distante, salvaje, que nunca cambia. Nápoles, que todavía sabe engañar, que nos ofrece el único sentimiento que nos mantiene vivos hasta el final: la capacidad de asombrarnos. Parthenope suspira. Tal como lo hacía cuando era niña.» Paolo Sorrentino
Disfrútala a bordo en los vuelos de Air Europa de junio a septiembre de 2025.
(*) Fotografías proporcionadas por BTEAM y realizadas por Gianni Fiorito.



