“La Grazia”: Sorrentino convierte el poder en un dilema moral
Hay cineastas que filman historias y otros que filman estados del alma. Paolo Sorrentino pertenece, sin discusión, al segundo grupo. Desde «La gran belleza» hasta «Fue la mano de Dios», su cine ha orbitado siempre alrededor de la memoria, la identidad y ese vacío existencial que se esconde bajo la superficie del éxito o el poder.


Con «La Grazia», su nueva película estrenada esta semana en cines españoles, el cineasta napolitano regresa con una obra que, lejos de la exuberancia barroca de sus trabajos más celebrados, apuesta por una sobriedad emocional que resulta, paradójicamente, devastadora. Aquí no hay fuegos artificiales narrativos: hay silencios, miradas y decisiones que pesan como una losa.
En el centro de este relato encontramos a Mariano De Santis, presidente de la República Italiana en el ocaso de su mandato. Un hombre que, interpretado con precisión quirúrgica por Toni Servillo, se enfrenta a una encrucijada vital donde lo político y lo íntimo se confunden hasta volverse indistinguibles.

El poder, la duda y el precio de decidir
Sorrentino construye «La Grazia» como una reflexión sobre el acto de decidir. No desde la épica, sino desde la fragilidad.
De Santis no es un líder carismático al uso, sino un hombre atravesado por la duda, una cualidad que el director reivindica como esencial en tiempos de certezas impostadas.
“Sorrentino construye La Grazia como una reflexión sobre el acto de decidir. No desde la épica, sino desde la fragilidad.”
El conflicto central —la posibilidad de conceder el indulto a dos condenados por asesinato y la firma de una controvertida ley sobre la eutanasia— funciona como detonante dramático, pero también como espejo moral. Cada decisión arrastra consecuencias que van más allá de lo político: afectan a su identidad, a su legado y, sobre todo, a su relación con quienes le rodean.
En este sentido, la película dialoga con la tradición del cine europeo que explora los dilemas éticos como motor narrativo, evocando inevitablemente el espíritu de Krzysztof Kieslowski y su «Decálogo». No es una comparación casual: Sorrentino lo reconoce como una influencia directa, y aquí se percibe en la forma en que cada decisión se convierte en una pregunta sin respuesta definitiva.
Toni Servillo: un cuerpo habitado por la duda
Si «La Grazia» funciona es, en gran medida, gracias a la interpretación monumental de Toni Servillo. Habitual colaborador de Sorrentino, el actor construye un personaje contenido, casi hermético, pero lleno de grietas por las que se cuela la humanidad.
Su De Santis es un hombre que ha aprendido a ocultar sus emociones tras la institucionalidad, pero que poco a poco se ve desbordado por ellas. Cada gesto, cada pausa, cada mirada parece calculada y, al mismo tiempo, profundamente espontánea.
A su lado, Anna Ferzetti aporta un contrapunto esencial como Dorotea, la hija del presidente. Su presencia introduce una dimensión generacional que enriquece el relato y permite a Sorrentino explorar el paso del tiempo y la dificultad de comprender el presente.
La familia como refugio (y como espejo)
Aunque el contexto político es fundamental, «La Grazia» es, en esencia, una película sobre la familia. Sobre lo que queda cuando el poder desaparece y solo permanecen los vínculos más íntimos.
La relación entre De Santis y su hija es uno de los ejes emocionales del film. En ella se condensa el conflicto entre tradición y cambio, entre una generación que ha construido el mundo actual y otra que debe habitarlo y transformarlo. Sorrentino filma estos encuentros con una delicadeza que recuerda a sus momentos más personales, especialmente en «Fue la mano de Dios».
La figura de la esposa fallecida, omnipresente en la memoria del protagonista, añade una capa de melancolía que atraviesa toda la película. El amor, en «La Grazia», no es un refugio cómodo, sino una fuerza que genera dudas, responsabilidades y, en última instancia, decisiones difíciles.
Estética sorrentiniana: belleza contenida
Visualmente, la película mantiene la inconfundible firma de Sorrentino, pero con un tono más contenido. Si en «La gran belleza» la cámara parecía danzar entre el exceso y la decadencia, aquí se mueve con una sobriedad que refuerza el carácter introspectivo del relato.
Los espacios —palacios institucionales, despachos, estancias privadas— están filmados como escenarios casi teatrales donde los personajes se enfrentan a sí mismos. La iluminación, precisa y evocadora, subraya el aislamiento del protagonista, mientras que la banda sonora acompaña sin invadir, creando una atmósfera envolvente.
Ética y política en tiempos de ruido
Uno de los aspectos más interesantes de «La Grazia» es su lectura contemporánea. En un momento histórico marcado por la polarización y la simplificación del discurso político, Sorrentino propone una mirada que reivindica la complejidad.
El personaje de De Santis encarna una idea de la política basada en la responsabilidad y la duda, en contraste con la tendencia actual hacia las certezas absolutas. Es, en cierto modo, un anacronismo, pero también una aspiración.
La película no ofrece respuestas fáciles. No toma partido de manera explícita. En lugar de eso, invita al espectador a habitar la incertidumbre, a aceptar que algunas decisiones no pueden resolverse sin coste.
¿Quién posee nuestros días?
Hay una pregunta que atraviesa toda la película y que resuena más allá de la pantalla: «¿quién posee nuestros días?».
Sorrentino no la formula de manera directa, pero la deja flotando en cada escena, en cada silencio. Es una pregunta sobre el tiempo, sobre la responsabilidad, sobre la libertad. Y, en última instancia, sobre la identidad.
«La Grazia» no es una película que busque complacer. Es una obra exigente, que requiere atención y disposición. Pero a cambio ofrece una experiencia profundamente humana, de esas que permanecen mucho después de que se encienden las luces de la sala.
“Hay una pregunta que atraviesa toda la película y que resuena más allá de la pantalla: ¿quién posee nuestros días?.”
El Sorrentino más reflexivo
Con «La Grazia», Paolo Sorrentino firma una de sus obras más maduras y contenidas. Puede que no tenga el impacto visual de sus títulos más celebrados, pero posee una profundidad emocional y ética que la convierte en una pieza esencial dentro de su filmografía.
Es cine que incomoda, que interpela y que obliga a pensar. Y eso es, en sí mismo, un acto de resistencia.
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