Entrevista a la Mestra del Blanc! Toni Miserachs

Toni (Maria Antònia) Miserachs i Ribalta es una de las Mestres del Blanc! 2020 y el próximo 24 de octubre impartirá una conferencia online a las 12 h. Y es que se trata de uno de los pesos pesados del diseño gráfico en nuestro país. Nació en Barcelona en el 1942 y se formó en la Escuela Elisava, en la escuela Eina, donde, además, fue profesora, responsable del Departamento de Diseño Gráfico, jefa de estudios, miembro de la Junta Rectora y directora entre los años 1996 – 1998, y en la Escuela Massana, donde fue docente en el curso 1975-1976. Su primera experiencia profesional fue en el Departamento de Propaganda de los laboratorios farmacéuticos Geigy, bajo la dirección de Yves Zimmermann. En 1965 abrió su propio estudio de diseño, que mantuvo hasta el año 2009. Por si esto fuera poco, fue miembro fundadora, tanto de la Agrupación de Comunicación Visual del FAD (1971), como de la Asociación de Diseñadores Profesionales (ADP), de la que fue presidenta durante el periodo 1994-1997.

Asimismo, a lo largo de toda su extensa carrera, ha trabajado tanto con instituciones públicas como empresas privadas. Entre las primeras cabe destacar varios departamentos de la Generalitat de Catalunya, el Ayuntamiento de Barcelona o museos. Para ellos y para todas las marcas con los que trabajó, produjo anagramas y logotipos, aplicaciones de imagen gráfica corporativa, materiales de comunicación, señalización, carteles o ex libris. Aunque gran parte de su actividad la ha dedicado al diseño gráfico editorial, trabajando para editoras de revistas, editoriales como Lumen, Ketres, Edhasa, Ediciones 62, Polígrafa y muchas otras, así como diseñando las publicaciones editadas por sus clientes públicos y privados. Destaca su colaboración con Enciclopedia Catalana, con obras enciclopédicas, como Biosfera, Història natural dels Països Catalans o el Atles d’història de Catalunya.

Toni Miserachs i Ribalta es genio y figura, y lo descubriréis leyendo esta entrevista. Pasen y lean.

Autodefinición

Una mezcla de impaciencia y perfeccionismo. Y algunas fobias: la falsa modestia, lo políticamente correcto…

¿Qué querias ser de pequeña?

No recuerdo una vocación primeriza. Probablemente enfermera, por el contacto diario con la consulta de mi padre.

¿Cuándo y cómo decidiste dedicarte a la cultura visual?

En la adolescencia y de forma más o menos difusa. Recuerdo que volvía loca a mi madre —que no era especialmente presumida pero compraba religiosamente la revista Elle, que entonces existía sólo en francés — buscando por las tiendas de telas unos estampados determinados que en mi imaginación veía clarísimos. Vivía la época y el medio social donde los vestidos se hacían a medida en talleres de modistas más o menos cualificadas, a partir de una tela que previamente había comprado la clienta.

«Probablemente las revistas extranjeras influyeron en mi vocación, eran la muestra de que las cosas podían ser distintas al color gris antracita de la España de los cincuenta.»

Aprovechando que un hermano de mi madre vivía ahí, a los catorce años planteé  —sin ningún éxito— instalarme en París para estudiar escaparatismo. Terminado el bachillerato y viendo que lo que yo imaginaba como estudios no existía aún en Barcelona, opté por algo que también me interesaba como era la psicología infantil (la psicología a secas se cursaba sólo en Madrid y de nuevo hubo un no familiar). Cursé los dos años normativos contemplando como, justo cuando estaba en la mitad de esa corta carrera se inauguraba Elisava, un lugar donde me parecía que se hacía exactamente lo que yo buscaba. Así que al finalizar los estudios de Jardinera de Infancia me matriculé en la Escuela Elisava, en la segunda promoción de su existencia.

«Un viaje de estudios con Elisava a Dinamarca y Suecia, creo que en el segundo curso (julio de 1964), fue la confirmación definitiva de que estaba en el lugar adecuado, de que había otra manera, mejor, de hacer las cosas.»

Los materiales de los espacios públicos, las indumentarias, la señalización, los museos de arte contemporáneo, las tiendas de objetos bien diseñados, la calidad de los impresos más humildes… todo me dejó entusiasmada y convencida de las posibilidades que teníamos si aplicábamos su ejemplo en nuestro país.

En este heroico viaje (¡en autocar hasta Suecia!) se hicieron algunas paradas significativas como la visita en Francia al Monasterio de La Tourette, proyectado por Le Corbusier. Diez años más tarde, en un viaje  privado pude contemplar otra obra de él, la capilla de Ronchamp, que me impresionó aún más que La Tourette.

Dedico estas últimas líneas así como las que irán a continuación, a mi vecino de web, Jordi Labanda, para rebatir amigablemente su afirmación de que en 1999 nadie en Barcelona había oído hablar de Mies van der Rohe o de Le Corbusier. Respecto a Mies van der Rohe, en 1983 empezó la fiel reconstrucción, impulsada desde muchos años antes por el irrepetible arquitecto/activista Oriol Bohigas, del pabellón que Mies y Lilly Reich diseñaron como representación de Alemania, en 1929, para la Exposición Universal de Barcelona. Este pabellón, considerado una obra maestra de la arquitectura del siglo XX, está desde su reconstrucción emplazado en la zona de la gran fuente de Montjuïc y es visitado habitualmente como una de las grandes piezas que la ciudad ofrece. Quiero resaltar también el gran papel que tuvieron tanto la Escuela Oficial de Arquitectura como el Colegio de Arquitectos en la recuperación del pulso cultural de la ciudad en buena parte gracias —otra vez— al incansable Bohigas, entre otros.

Elisava, en manos de un grupo entusiasta liderado por el pintor Ráfols Casamada y el publicista, teórico, crítico de arte y polifacético Cirici Pellicer, fue una escuela pionera en Barcelona y dio lugar posteriormente, a través de algunos años y una crisis de escisión, a la creación de la actual Escuela Eina.

En Eina colaboré durante treinta años casi desde su inicio, ejerciendo toda clase de funciones relacionadas con el cuadro académico.

¿Cómo viviste la Transición española? Cuéntanos alguna anécdota relacionada con tu profesión en aquella época.

«La Transición la viví con apasionamiento, como casi todos los que éramos jóvenes en aquellos años. Y con miedo a veces como en los encierros de protesta primero en la iglesia de Els Caputxins de Sarrià y algo más tarde en el Monasterio de Montserrat.»

La situación tardó mucho en estabilizarse y las requisas de pasaporte estaban eran de lo más habitual.

Hice algún trabajo obligadamente anónimo para la Assemblea de Catalunya. También recuerdo la inauguración de una urbanización en Sitges, para la que había realizado trabajos de señalización, con la presencia del ministro Fraga Iribarne. Su detallado y completo análisis visual de las —escasísimas— mujeres presentes en el acto sería hoy muy criticado. Por suerte ya nadie se muerde la lengua para denunciar estas situaciones pero en aquellos tiempos actuaciones de este carácter estaban totalmente normalizadas, incluso asumidas por las propias mujeres como algo tan insoportable como inevitable. Con gran frecuencia dichas situaciones iban agravadas por la jerarquía superior del actuante masculino.

«Y una última batallita: ya independizada presté mi piso en la Avenida Meridiana para una reunión clandestina en la que un «big boss» del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) se enamoró de un cartel de uso particular con fotos de los Beatles que yo tenia colgado.»

El intermediario me pidió que lo repitiera para un hijo del tal asistente a la reunión. Este asunto de los carteles/ejemplar único (salvo peticiones como la mencionada) para consumo privado me resultó muy práctico para exorcizar mitos: los Beatles, Angela Davis, el Che Guevara… todos pasaron por mis paredes en los sucesivos locales que ocupé. Sólo queda una diapositiva con el fotomontaje del Che, creo. Y me parece recordar que el cartel de Angela Davis consistía en una gran superficie roja acompañada en la esquina inferior derecha por una foto de su cabeza en blanco y negro, con el peinado afro habitual, de modo que parecía que el rojo emanase de su cabello.

¿Sigues algún tipo de proceso creativo?

«No sé si se puede llamar proceso pero suelo pensar largamente antes de tomar el lápiz. La calle, la ducha, un rato de insomnio… cualquier lugar sirve para cavilar.»

No me siento a la mesa de trabajo mientras no tengo in mente alguna idea que me parezca viable. Aunque luego a veces se pueda demostrar inviable.

Al respecto he leído recientemente una definición de Saul Bass que me parece interesante: Diseñar consiste en dar forma a una idea  o Diseño es convertir una idea en forma (traducciones libres de Design is thinking made visual). Creo que no se puede explicar de forma más concisa aunque, claro, el idioma inglés siempre consigue definir con menos palabras.

¿De qué proyecto estás más orgullosa?

Los trabajos para la Història Natural dels Països Catalans  y Biosfera, dos enciclopedias que presentaron una increíble dificultad por su cantidad de categorías tipográficas y la imbricación del texto con el material ilustrativo. Ambos para la editorial Enciclopèdia Catalana, S.A. Fueron centenares y centenares de páginas maquetadas a mano mediante galeradas de texto previamente recortadas y empalmadas en tiras, que se pegaban sobre el soporte de página tipo, salvando los espacios para colocar las ilustraciones, cuyo tamaño y encuadre había que marcar en sus respectivos marquitos. Difícil de entender, imagino, para quien no lo ha conocido y se maneja habitualmente con Indesign para maquetar.

Artistas de todos los tiempos que admiras

Ucello, Vermeer, Cézanne, Vuillard, Matisse, Klee, Kandinsky, Wyeth, Vanessa Bell, Gris, Pollock, Calder, Rothko, Chillida y un gran etcétera.

Estudiaste diseño en Elisava cuando era sólo para mujeres y de hecho su nombre era Centro de Influencia Católica Femenina (CICF), ¿Qué puedes contarnos de aquella época? ¿Cuál era el papel de la mujer en el diseño?

Tal como yo lo veo, la nuestra era una sociedad que había sufrido una ruptura histórica radical. Una ruptura que despreció y mutiló activamente también al mundo cultural preexistente antes de la Guerra Civil y rompió las cadenas de conocimiento y tradición —tradición gráfica en este caso.

En un proceso evolutivo normal y por marcar un punto inicial, no hubieran caído en el olvido ni los trabajos de William Morris, ni los abundantes elementos gráficos del exuberante movimiento Modernista, ni todos los ismos del mundo del arte de la primera mitad del siglo xx que siguieron al cambio de siglo y que corrieron paralelos a las artes gráficas y a su progresiva mecanización.

Parece claro que la diferencia entre las rupturas que significaron las grandes guerras europeas y lo que pasó en España radica en que esas, las guerras europeas, no tuvieron el colofón de una dictadura analfabeta que durara cuarenta años. Pudieron reemprender su vida cultural en cuanto la economía de sus respectivos países lo permitió. Mientras que en Europa los procesos creativos seguían el curso de las necesidades sociales de la población y su evolución, incluyendo la del mundo del diseño en todas sus vertientes, en España hubo que esperar al advenimiento de la democracia en 1978, con las primeras elecciones libres. Después de un parón tan prolongado estaba todo por hacer, también desde el punto de vista del diseño gráfico, industrial o de interiores. Creo que esto explica la posterior explosión del diseño en nuestro país, en los años ochenta y noventa del siglo pasado.

En cuanto a la época de mis estudios en el CICF: creo que el papel de la mujer en aquel momento se podría considerar como de contrapunto exótico. Si no recuerdo mal, en toda la carrera tuve una única profesora, Mª Antonia Pelauzy. Y pienso en el día en que nos habló del Citroën DS, llamado popularmente Tiburón, como ejemplo de diseño innovador en el campo de la automoción. Su asignatura se denominaba Teoría de la forma. Y una curiosidad: conservo los apuntes que tomé en una materia llamada Volumen, impartida por el escultor J.M. Subirachs, el día en que afirmó con rotundidad que las obras de la Sagrada Familia de Barcelona NO debían de continuarse. Año 1963 o 1964.

«Nuestra profesión, en la década de 1960, era aún muy desconocida. Había que dar muchas explicaciones para que se entendiera. Personalmente, para abreviar, solía decir: puedo solucionar desde un billete de tranvía hasta un poster.»

Normalmente la frase funcionaba y, lo más importante, se entendía que no hablaba de temas artísticos. Pero es descorazonador comprobar cómo pocas de las que estudiamos en aquellas primeras promociones conseguimos ganarnos la vida hasta el final con nuestra profesión. Muchas se perdieron en proyectos colectivos que duraron poco o, sobre todo, en matrimonios sin espacio para su actividad profesional. Por suerte en la actualidad y desde hace mucho esto es muy distinto.

Las pocas diseñadoras gráficas que había de generaciones anteriores llevaban una existencia bastante escondida y anónima, ya fuera en el seno de una empresa —como Maria Rosa Seix— ya fuera a la sombra de un marido conocido —como Mariona Lluch (mujer de Aureli Bisbe) o Manuela Ballester (compañera de Josep Renau). Por poner sólo ejemplos que conozco…

Otra cosa era el reconocimiento, mucho mayor, de las ilustradoras. Viene esto a cuento porque la citada Mariona Lluch había tenido una reconocida carrera como ilustradora de libros infantiles antes de desaparecer en el anonimato de geniales trabajos tipográficos para las placas conmemorativas que su marido joyero producía y firmaba. Ellas, las ilustradoras, habían continuado trabajando en la postguerra, básicamente en el campo de la literatura infantil. Soportando como podían la censura pero trabajando. Hace un par de años se celebró en Madrid una interesantísima exposición de trabajos originales de las ilustradoras que han trabajado en el periódico ABC a lo largo de los años.

¿Cuáles son para ti los cambios más significativos que ha sufrido tu oficio? ¿Cómo lo vives ahora? ¿Qué echas de menos?

«La progresiva digitalización ha cambiado un oficio que tenía una gran parte manual. Echo de menos la parte artesana, de recortar, calcar, pintar, pegar…»

Cuando empecé no había ni siquiera Letraset (letras autoadhesivas que se transferían al papel) para hacer una simulación, destinada a la presentación y aprobación del cliente y había que dibujar o calcar de otras publicaciones, y pintar una a una con gouache o tinta de color, las letras que aparecían en los titulares y también simular los bloques de texto con un elemental sistema de pequeños signos o de líneas. En este sentido, el del aprendizaje de la realización manual, para mí fueron fundamentales las enseñanzas de Yves Zimmermann, primero como profesor en Elisava y luego como jefe en el llamado Departamento de Propaganda Laboratorios Geigy, hoy absorbidos por Novartis. Por otra parte, creo que la importancia de la irrupción de Zimmermann en nuestro país a principios de 1960 no se ha valorado todavía suficientemente.

Me llevo pasablemente mal con la informática, aunque por supuesto reconozco su altísima velocidad en la realización. Como la mayoría de los de mi generación he procurado contar con la colaboración cercana de diseñadores jóvenes, mucho mejor preparados en este aspecto.

«Lo que de verdad me continúa preocupando es la posibilidad de que en vez de buscarlas en su cerebro alguien crea que el ordenador le va a dar ideas.»

¿Podrías destacar los tres proyectos que más hayan significado para ti?

1) Las incontables cubiertas para la colección Palabra en el tiempo, de Lumen, que fueron en cierto modo mi bautismo de fuego en los últimos años ’60 e inicios de los ’70 del siglo pasado. A pesar de mi bisoñez en aquella etapa, Esther Tusquets fue una de las clientas más respetuosas que he tenido.

2) Todo el material contenido en la famosa caja de plástico gris oscuro (con revestimiento de madera de madera para los VIPS del Comité OIímpico Internacional), diseñada por André Ricard para la Candidatura a los Juegos Olímpicos de Barcelona ‘92. Consistía en una serie de libros técnicos repletos de planos de las correspondientes instalaciones de todas las disciplinas deportivas, más un libro de prestigio sobre la ciudad de Barcelona y sus encantos. Fue un placer enorme participar en aquel entusiasmo colectivo irrepetible. Corría el año 1985 y la ciudad parecía tocada por una varita mágica.

3) También una tarjeta sanitaria unificada para toda España, una utopía como se vio pronto, que imaginó Ernest Lluch, por entonces Ministro de Sanidad. A pesar de sus reducidas dimensiones —o quizás a causa de ello—, fue muy complicada. No llegó a buen puerto, no conservo ninguna documentación y me sabe mal.

Y hay una actividad profesional que me ha gustado practicar, aunque pueda parecer marginal: el rediseño de logos ya existentes, una modernización o lavado de cara de imágenes que muchos quizás no ven pero sí aprecian inconscientemente. Lo practiqué con el joyero Aureli Bisbe, con la empresa Regàs de vestuario profesional, con la cabecera de la revista Barrabás, con la empresa de material eléctrico Simon en un par de una ocasiones…

¿Con quién te gustaría o te hubiese gustado trabajar?

Con Milton Glaser, ¿cómo no? Además de su obra, me gustaba su ausencia de pedantería. Tampoco hubiera ido mal un stage en Pentagram. Y con algún sabio de la tipografía como Jan Tschichold. Puestos a fabular, imagino con entusiasmo un curso de color impartido por Paul Klee. El campo del color me gusta particularmente y he aplicado este conocimiento en varias ocasiones a edificios singulares, en colaboración con los autores del proyecto arquitectónico.

Eres Mestra del Blanc! 2020 ¿Cómo te sientes ante tal reconocimiento?

Muy mayor, un reconocimiento suele ser signo de largo recorrido… ¡Y, agradecida, por supuesto!.

¿En qué proyecto estás involucrada en estos momentos?

En algo muy especial: un libro colectivo, tanto en el diseño como en las colaboraciones de familiares y amigos, en memoria de Carmen Vives, una amiga y colega muy querida, fallecida a causa del Covid en el pasado mes de abril.

¿Qué libro, película y canción nos recomendarías?

(Serán dos de cada, imposible escoger sólo una).

Libros: «La biografía de Marie Curie» escrita por su hija Eva. «El Siglo de las Luces», de Alejo Carpentier.

Películas: «Érase una vez en América» de Sergio Leone. «Ciudadano Kane» de Orson Welles.

Canciones: «Vecchio frack» de Domenico Modugno. «I want to break free» de Queen.

Lugar favorito de Barcelona en el que perderte…

La escalinata adosada a la fachada del Monasterio de Pedralbes y su entorno inmediato.

Un sueño

Viajar de nuevo a menudo.

(*) Foto portada: Bonastre, 2020. Centre de Documentació del Museu del Disseny de Barcelona.


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