Sónar+D 2026: el reinicio de la cultura digital

En 2026, Sónar+D habla de reinicio. Pero no se trata únicamente de un cambio de sede ni de una nueva disposición del programa. La edición de este año, que tendrá lugar los días 18 y 19 de junio en La Llotja de Mar de Barcelona, plantea una pregunta mucho más profunda: cómo recuperar espacios de expresión, sensibilidad y pensamiento crítico en un momento en el que la tecnología tiende a simplificar, automatizar y acelerar casi todo.

Organizado alrededor de tres grandes ejes —AI & Music, Beyond the Screen y Digital Gardens and Dark Forests—, el programa reúne talks, workshops, performances, instalaciones, espacios de comunidad y proyectos que invitan a pasar de una relación pasiva con la tecnología a una participación más activa y consciente.

La nueva edición llega además con entradas independientes más accesibles para Sónar+D: 15 euros por día y 25 euros el abono de dos días, una decisión que refuerza esa voluntad de apertura hacia nuevos públicos, comunidades creativas y perfiles que quizá antes percibían Sónar+D como un espacio más especializado.

Recientemente hablamos con Cristina Checa, curadora de Sónar+D sobre este nuevo ciclo, la inteligencia artificial, internet, la presencia física, Barcelona y la necesidad de seguir imaginando futuros alternativos.

Sónar+D habla este año de un “reinicio”. Más allá del cambio de sede, ¿qué significa realmente reiniciar un proyecto que lleva años siendo uno de los radares más precisos de la cultura digital?

Una nueva oportunidad para repensar formatos, dar visibilidad a propuestas en un contexto único y poder ofrecer entradas a precios más accesibles.

De algún modo, ese “reinicio” también está conectado al contenido que ofrecemos este año: difuminar fronteras, hacer que el público se convierta en usuario activo y crítico en el uso y diseño de nuevas tecnologías, entender el pasado y el contexto actual para imaginar futuros alternativos.

“Ese reinicio está conectado con difuminar fronteras, hacer que el público sea un usuario activo y crítico, entender el pasado y el contexto actual para imaginar futuros alternativos.”

Como comisaria, ¿cuál fue la primera intuición de esta edición? ¿Hubo una pregunta concreta que os ayudó a ordenar todo el programa?

Nos reunimos el equipo de contenidos, Antònia Folguera, también curator de Sónar+D, y Andrea Faroppa, directora de Sónar+D, y nos dedicamos a observar qué estaba ocurriendo a nuestro alrededor y qué echábamos de menos en otros lugares. Pusimos en común proyectos y temas que nos rondaban por la cabeza.

A partir de ahí, todo se fue ordenando: los formatos, las líneas temáticas, los ejes. Si hay una pregunta que atraviesa el programa, esta sería cómo recuperamos espacios de expresión, de relación y de sensibilidad en un entorno que tiende a simplificarlo y automatizarlo todo. Y para responderla necesitamos entender de dónde venimos y dónde estamos.

En 2026 el foco no parece estar tanto en mostrar tecnología como en entender cómo convivimos con ella. ¿Sentíais que era necesario desplazar la conversación desde la fascinación tecnológica hacia una mirada más humana y cultural?

Sí, era necesario. Hay un tipo de conversación sobre tecnología dominada por la fascinación hacia la herramienta en sí misma: qué modelo es más potente, qué demo tecnológica es más espectacular.

Este tipo de conversación muchas veces nos deja en simples espectadores fascinados. Nosotros queríamos abrir más la conversación hacia cómo y por qué diseñamos, cómo y para qué usamos estas tecnologías, cómo nos relacionamos a través de estos sistemas e infraestructuras y cómo nos están afectando.

El programa reúne perfiles muy distintos: Daito Manabe dialogando con Google DeepMind, Joana Moll cuestionando las infraestructuras digitales, Mónica Riki? trabajando desde la robótica, niceaunties desde el imaginario surrealista o Yancey Strickler repensando internet. ¿Qué criterios curatoriales os guiaron para seleccionar voces tan diversas?

No son criterios súper cerrados, pero sí tenemos en cuenta reunir voces diversas que normalmente no coinciden en un mismo espacio, que tengan una mirada propia y singular y que haya un equilibrio entre lo crítico y lo constructivo.

Con constructivo me refiero a que se pueda vislumbrar la luz al final del túnel, que haya personas construyendo alternativas.

Hay una tensión muy interesante entre artistas que exploran la IA como herramienta creativa y otros que señalan sus límites, sus fricciones o incluso deciden apartarse de ella, como Shoeg. ¿Buscabais construir una edición que evitara posiciones simples sobre la inteligencia artificial?

No hay posiciones simples sobre la inteligencia artificial. Por un lado, la IA puede dar lugar a nuevas formas de expresión y nuevas estéticas; puede ayudar a amplificar la creatividad, permitiéndote llegar donde tú solo no puedes llegar.

Por otro lado, dependiendo de cómo se use y de qué herramientas se utilicen, también puede tender a homogeneizar la creación artística, además de enfrentarte a dilemas relacionados con sus implicaciones éticas y legales.

También observamos una tendencia en el ámbito de la intersección entre la IA y la música: algunos de los artistas que estuvieron entre los primeros en experimentar con estas tecnologías, como es el caso de Shoeg, no las están utilizando ahora mismo. También ocurre con Claire L. Evans, de YACHT.

En una entrevista en el blog de Nina Protocol ya en 2024, cuando le preguntaron si se veía usando IA para hacer música en ese momento, respondió que no; que su problema no era la falta de ideas, sino decidir cuáles ejecutar. Pero también explicaba que haber trabajado con IA le había dado un acercamiento distinto a la escritura de letras, un enfoque más abstracto.

“AI & Music”, “Beyond the Screen” y “Digital Gardens and Dark Forests” funcionan casi como tres diagnósticos culturales del presente. ¿Cómo llegasteis a esos tres ejes y qué conversación queríais abrir con cada uno?

AI & Music nace de la necesidad de aterrizar este debate en un sector concreto. Es decir, cómo se está adaptando la música a esta nueva realidad en la que el uso de la IA se ha convertido en algo muy natural, cómo se usan estas herramientas, cuál es el papel de los artistas y cómo se están preparando para el futuro, también desde una perspectiva ética.

“La IA puede dar lugar a nuevas formas de expresión y estéticas; y también puede tender a homogeneizar la creación artística.”

Por ejemplo, en el programa de este año tenemos a Daito Manabe con Google DeepMind, a François Pachet, un pionero de la intersección entre IA y música, o a Nao Tokui, de Neutone Morpho, una herramienta que permite entrenar tus propios modelos de manera sencilla y ética.

En Digital Gardens and Dark Forests queríamos abrir una reflexión sobre la historia de internet, su estado actual y qué internet estamos construyendo en paralelo, qué alternativas hay a las plataformas masivas. Joana Moll aborda el capitalismo de vigilancia en internet, y Mario Santamaría nos invita a explorar la fisicalidad de las infraestructuras de internet. A ellos se suman las miradas de Chia Amisola, el diseño web como medio para la autoexpresión, Mindy Seu y, por supuesto, Yancey Strickler.

Beyond the Screen se pregunta qué sucede cuando el arte digital sale de la pantalla, va más allá, interactúa con nuestros cuerpos y con el espacio. Aquí tendremos a figuras como Mónica Riki, que reflexiona sobre cómo se diseña la robótica asistencial; Eneritz Tejada, que explorará la relación cuerpo-máquina con wearables handmade; The Glad Scientist, que dará un workshop usando TouchDesigner enfocado en la creación de piezas de arte interactivo; o Keiken, colectivo que imagina nuevos mundos poniendo el foco en la empatía y los sentidos.

Sónar+D siempre ha trabajado en la frontera entre pensar, hacer y experimentar. Este año esa mezcla parece todavía más radical, con talks, workshops, performances, instalaciones y comunidad conviviendo dentro de un mismo relato. ¿Cómo se construye la coherencia de un programa tan expandido?

No creo que la mezcla sea más radical, sino que se acerca a una misma idea desde múltiples lugares: desde la palabra, la mente, las manos, el cuerpo y el espacio. Y, en el caso de la comunidad, desde ese tiempo compartido entre todas las personas que vienen a Sónar+D.

Ese tiempo compartido —las conversaciones, las colaboraciones, los inicios de proyectos o los intercambios de impresiones— es una de las partes más enriquecedoras y una pieza fundamental de Sónar+D.

La edición reivindica mucho la presencia física: el cuerpo, la performance, el sonido, el espacio, la experiencia compartida. Después de años de cultura mediada por pantallas, ¿sentís que la innovación también pasa por recuperar lo tangible?

Queremos poner en valor el arte digital que va más allá de la pantalla, explorar nuevas formas de relacionarnos con el arte, poner en valor a todos aquellos artistas que no encajan en una sola categoría, sino que pertenecen a todas ellas y a ninguna, y profundizar en la relación humano-máquina.

Mucha innovación interesante de la que estamos viendo viene precisamente de ahí: del cruce entre lo digital y lo artesanal, entre lo tecnológico y lo corporal.

“Mucha innovación interesante viene del cruce entre lo digital y lo artesanal, entre lo tecnológico y lo corporal.”

Stage+D tendrá un formato circular, con artistas y ponentes en el centro de la sala. ¿Qué cambia cuando el conocimiento deja de plantearse como una conferencia frontal y se convierte casi en una experiencia inmersiva?

Se rompe la unidireccionalidad entre artista y público. Al reducirse la distancia entre quienes explican y quienes asisten, también se reduce el espacio que los separa: el público deja de ser espectador y pasa a formar parte de la experiencia. El formato deja de ser tan jerárquico.

La Llotja de Mar no es una sede neutra: es un edificio histórico, situado en pleno centro de Barcelona, que obliga a imaginar otra relación entre tecnología, ciudad y patrimonio. ¿Qué os permitió activar este espacio que no era posible en ediciones anteriores?

Nos ha permitido volver a imaginar desde cero los espacios del festival y, gracias al equipo de producción liderado por Maria Amils, trabajar más desde la adaptación del espacio a los distintos tipos de contenido, aprovechando al máximo las posibilidades del edificio.

El formato circular de Stage+D es un claro ejemplo de ello. También trabajar pensando desde el contraste, con instalaciones que dialogan con la estética del edificio, como es el caso de Astral Twin, de Volvox Labs, o Tentacles, de Ausgang, en el Àgora.

Este año Sónar+D se expande también hacia Fira Gran Via con “Organysmo” de LedPulse y otras intervenciones. ¿Podemos leerlo como un paso hacia una integración más natural entre Sónar de día, Sónar de noche y Sónar+D?

Sónar+D se queda en el centro de la ciudad, forma parte plenamente de Sónar. Es una manera de hacer accesible contenido de Sónar+D al público de Sónar. Organysmo, de LedPulse, será la instalación más grande que ha habido nunca en Sónar.

La instalación de LedPulse ocupará Fira Gran Via con una escultura arquitectónica reactiva de 30 x 30 metros, creada específicamente para Sónar 2026, que combina luz volumétrica, sonido espacial y elementos que responden al comportamiento del público.

Durante mucho tiempo hubo quien percibía Sónar+D como un espacio más especializado o profesional. Sin embargo, esta edición parece mucho más abierta a nuevos públicos y comunidades creativas. ¿Os interesaba romper esa barrera?

Sónar+D siempre ha sido un lugar donde venir a inspirarse: descubrir nuevas formas de pensar la tecnología, estimular la creatividad y la conexión de ideas, y conectar con comunidades diversas —creativas, profesionales, de investigación—. Este año recuperamos el formato workshop.

Nos encantaría que la gente, cuando vuelva a su día a día, a su trabajo o a la universidad, pueda aplicar todo lo que haya aprendido durante los días de Sónar+D.

El programa Community da mucho peso a colectivos, laboratorios y escenas locales como Barcelona Music Tech Hub, Creative Coding Barcelona, DigitalFems u OFFF. ¿Qué papel juega hoy Barcelona dentro de la conversación global sobre creatividad, tecnología e innovación?

Barcelona es una ciudad llena de talento: artistas digitales de renombre, escuelas de diseño, centros de investigación, asociaciones y comunidades creativas. Es lo suficientemente grande para tener una infraestructura sólida y lo bastante pequeña para que estas disciplinas puedan hablar entre sí.

Creo que esto puede dar lugar a conversaciones que, en ciudades más grandes, pueden llegar a fragmentarse o resultar más inaccesibles. Ese es un hecho diferencial que deberíamos potenciar mucho más. No tenemos nada que envidiar a otras ciudades del mundo como Londres, París o Berlín.

La edición insiste en la idea de pasar de una relación pasiva con la tecnología a una participación más activa. ¿Cómo se traduce eso a nivel curatorial y de experiencia de público?

Stage+D está situado en el centro de la sala, lo que convierte la experiencia con el público en algo mucho más inmersivo y rompe con el formato tradicional más frontal y unidireccional.

Este año hay muchas conferencias que se alejan del formato lecture para apostar por formatos más híbridos y performativos, y convertirse en lecture-performances. Por ejemplo, en el caso del talk-performance de Mindy Seu, los únicos visuales serán los feeds de Instagram de los asistentes.

En el apartado de performances musicales tendremos a Fitnesss & Riusforza, que presentan una experiencia colectiva, y a dadabots, donde el público formará parte del juego.

Además, recuperamos el formato workshop.

Y en la parte expositiva, la relación con el público siempre ha sido central: es un espacio de juego e interacción con piezas creadas por artistas, tecnólogos e investigadores de todas partes del mundo. Con el privilegio, además, de contar con los creadores de las obras de primera mano, poder hacerles preguntas y descubrir muchas capas detrás de cada proyecto. Tenemos un público extremadamente curioso.

“Lo que sí se observa es una tendencia a que cada vez sea más habitual el uso de espacios privados, más seguros, más íntimos.”

Internet aparece en esta edición no solo como herramienta, sino como territorio en disputa: vigilancia, métricas, corporaciones, comunidades privadas o jardines digitales. ¿Crees que la cultura digital está intentando recuperar espacios de autonomía?

Aunque la centralización continúa siendo dominante, cada vez hay más capas que coexisten a la vez en internet: comunidades privadas, aplicaciones descentralizadas, etc.

Lo que sí se observa es una tendencia a que cada vez sea más habitual el uso de espacios privados, más seguros, más íntimos: canales de Discord o de Telegram, páginas web no indexadas, por ejemplo. Si te fijas, en Instagram hay una tendencia a compartir más stories que publicaciones permanentes.

Este año contaremos con Yancey Strickler, cofundador de Kickstarter y de Metalabel, e impulsor de Dark Forest Operating System, que es una infraestructura para la creación de grupos privados en internet, especialmente pensada para la colaboración y comunicación entre personas creativas.

Sónar+D siempre ha tenido la capacidad de detectar conversaciones antes de que exploten culturalmente. ¿Qué temas crees que hoy todavía parecen marginales pero serán centrales en los próximos años?

Entre muchas cosas, la privacidad, pero desplazada. La conversación de los últimos años se ha centrado en la privacidad humano-empresa, pero ahora el debate es otro: la privacidad máquina-máquina. Qué pasa cuando tu agente de IA interactúe con el agente de IA de una empresa sin que tú intervengas para nada. Y, sobre todo, privacidad cognitiva: proteger tus estados mentales.

También la rareza y la imperfección como valores frente a la estandarización algorítmica. Los modelos de IA, por diseño, generan lo más esperado. De hecho, este año en Expo+D tenemos una pieza del artista barcelonés Internet2 que se titula Curiosity: Learning out of Boredom, que justamente va de esto, de la anti-IA, el anti-algoritmo. Una IA que busca lo raro, lo que rompe el patrón.

¿Qué diferencia fundamental dirías que existe entre el Sónar+D de hace diez años y el de 2026?

El espíritu sigue siendo el mismo: reunir propuestas que no se encuentran en ningún otro sitio y dar visibilidad a las personas que hay detrás de estas. De algún modo, seguimos formando parte de la historia de proyectos que han germinado o crecido en Sónar+D y seguimos evolucionando juntos.

A día de hoy, el foco está más puesto en la cultura digital que en la música. Otra gran diferencia es que este año el precio de la entrada es mucho más accesible: 15 euros por un día y 25 euros por los dos.

Después de construir una edición tan atravesada por preguntas sobre IA, internet, creatividad o automatización, ¿qué reflexión te gustaría que el público se llevara al salir de Sónar+D 2026?

Que aún hay margen para imaginar.

¿Hay algún proyecto, artista o momento del programa que para ti condense especialmente el espíritu de esta edición?

Me cuesta mucho elegir porque cada participante aporta algo distinto, pero supongo que sería Yancey Strickler, ya que lo que él plantea resuena con el resto del programa: espacios pequeños e íntimos que se construyen en los márgenes de internet.

Creo que esto es una buena metáfora que engloba la sensación general de esta edición.

Cuando termine Sónar+D 2026, ¿qué pregunta te gustaría que siguiera resonando en la cabeza del público?

Que cada persona saliera con sus propias preguntas. Es decir, lo que queremos es fomentar el pensamiento crítico y la curiosidad. Precisamente en el momento que estamos viviendo actualmente, poner en valor aquello que nos diferencia de las máquinas.

“Queremos fomentar el pensamiento crítico y la curiosidad. Poner en valor aquello que nos diferencia de las máquinas.”

Todavía hay margen para imaginar

Lo más interesante de Sónar+D 2026 quizá no sea solo su capacidad para detectar tecnologías emergentes, sino su voluntad de preguntarse qué hacemos con ellas, qué tipo de relaciones construyen y qué formas de sensibilidad pueden estar desplazando. En una época dominada por la inteligencia artificial, las plataformas cerradas, la automatización y la saturación digital, el festival no propone una respuesta única. Propone algo más incómodo y más fértil: aprender a mirar de nuevo.

El reinicio de Sónar+D no parece hablar de empezar desde cero, sino de recuperar una posición activa ante la cultura digital. Volver a tocar, escuchar, preguntar, experimentar, desconfiar, imaginar. Entender que la tecnología no es solo una herramienta, sino también una forma de organizar el mundo: sus ritmos, sus lenguajes, sus deseos y sus formas de relación.

Precisamente ahí reside una de las grandes relevancias de esta edición. Porque no se limita a celebrar la innovación, sino que la pone en tensión. Pregunta quién diseña las interfaces que habitamos, qué cuerpos quedan fuera de ciertos relatos tecnológicos, qué comunidades pueden emerger en los márgenes de internet y qué papel siguen teniendo la rareza, la imperfección y la intuición humana frente a la estandarización algorítmica.

En ese gesto aparece la verdadera potencia de Sónar+D: no mirar la tecnología como un destino inevitable, sino como un territorio cultural todavía en disputa. Un espacio que podemos discutir, hackear, humanizar o incluso imaginar de otra manera. Porque, aunque a veces parezca lo contrario, todavía hay margen para construir futuros menos automáticos, más sensibles y profundamente humanos.

Entradas disponibles en este enlace.

(*) Fotos proporcionadas por Sónar+D.

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