Bienal de Arquitectura de Copenhague 2027: Elements
El calor que conserva una pared al caer la tarde, la lluvia que recoge una cubierta o la madera que cambia con la humedad cuentan algo sobre nuestra manera de habitar. Aunque nos hayamos acostumbrado a interiores donde apenas percibimos las estaciones, seguimos dependiendo de lo que sucede fuera, una relación que la Bienal de Arquitectura de Copenhague 2027 sitúa en el centro de su segunda edición. Bajo el título Elements, la cita regresará del 9 de septiembre al 15 de octubre para explorar cómo construir y vivir con el fuego, la tierra, el aire y el agua.
Después de Slow Down, el lema con el que debutó en 2025, la bienal continúa una reflexión que afecta tanto a quienes proyectan edificios como a quienes los habitamos. Al fin y al cabo, decidir cómo nos protegemos del clima también significa elegir qué recursos utilizamos, qué paisajes transformamos y qué entendemos por bienestar.
Para conocer el planteamiento de esta próxima edición, conversamos con Josephine Michau, directora de la bienal y miembro de su colectivo curatorial, que propone revisar nuestra confianza en el control tecnológico del entorno y recuperar una relación más consciente, y también placentera, con los elementos.
En 2025, la bienal invitaba a la arquitectura a reducir el ritmo con Slow Down. Ahora, Elements cuestiona su deseo de control. ¿Cómo llegasteis de un tema al otro?
Reducir el ritmo fue el primer paso, porque nos llevó a preguntarnos de qué intentábamos escapar, y buena parte de la respuesta tenía que ver con el control.
Durante gran parte del siglo pasado se prometió que la tecnología nos liberaría de las limitaciones del clima, la geografía y los materiales, y la arquitectura hizo creíble esa promesa mediante paredes secas, aire limpio o duchas calientes. Sin embargo, se ha vuelto inalcanzable y también menos deseable, por lo que Elements profundiza en ese cuestionamiento, mientras que Slow Down fue el método para llegar hasta aquí.

La arquitectura nos protege de los elementos. ¿En qué momento esa protección se convierte en un intento problemático de controlar la naturaleza?
Proteger forma parte de la función de un edificio y no querría perderlo, pero el problema empieza cuando fingimos que alguna vez dominamos esas fuerzas, en lugar de diseñar reconociendo que dependemos de ellas. Hemos encerrado la vida moderna en una burbuja climatizada, mientras el aire que calentamos, el agua que contaminamos y el suelo que agotamos regresan con fuerza.
En lugar de obligar a un edificio a existir a pesar de su entorno, utilizando enormes cantidades de energía, deberíamos diseñarlo a partir de esa dependencia. Podemos recurrir a materiales de origen biológico, sistemas pasivos de calefacción o soluciones como las ciudades esponja, donde los humedales y las superficies permeables absorben lluvias intensas y ayudan a reponer los acuíferos.
¿Cómo sería, en la práctica, diseñar desde esa dependencia de la naturaleza?
Supone pasar de una perspectiva antropocéntrica a otra ecológica, donde el arquitecto participa en un ecosistema y contribuye a cuidarlo. También implica dejar atrás el retorno económico inmediato como prioridad para pensar en una sostenibilidad que abarque varias generaciones.
El cuidado puede comenzar con el contacto: la tierra en las manos, el viento sobre la piel o un baño en el mar. En la práctica, hablamos de edificios que puedan abrirse, repararse y modificarse, de interiores que cambien con las estaciones y de muros que conserven el calor de la tarde durante la noche. También de conocer las minas y los bosques de los que proceden los materiales, algo que queremos explorar a través de los pabellones públicos de la bienal.
“Proponemos recuperar la relación del cuerpo con las estaciones y el clima de cada lugar.”
¿Cómo puede esa apertura hacia los elementos cambiar nuestras expectativas de confort?
Hemos aprendido a esperar un confort constante, con temperaturas estables y sin sorpresas, aunque esa climatización contribuye al calentamiento global y a una desigualdad en la que unos disfrutan de comodidad a costa de otros.
Proponemos recuperar la relación del cuerpo con las estaciones y el clima de cada lugar, algo que también puede despertar nuevos deseos. Lo vemos en quienes hacen cola para entrar en una sauna, se bañan en el puerto en invierno o cocinan sobre el fuego. No defiendo la incomodidad por sí misma, sino una idea más amplia del confort que deje espacio al tiempo y a cierta fricción; quizá sea más adecuado utilizar el término posconfort.
La bienal pregunta quién está protegido y quién queda expuesto. ¿Cómo puede responder la arquitectura a la desigualdad climática sin convertir la protección en un lujo?
Esa burbuja nunca se ha repartido de manera equitativa y debemos reconocer que negociar con los elementos nunca es neutral. Desconfiamos de dos respuestas fáciles: escapar mediante una protección cada vez más opulenta o confiar únicamente en la regulación. Buscamos una tercera vía que permita vivir bien dentro de los límites, y la protección no debería ser un privilegio. Por eso, nuestro simposio Assemble! se centra en la normativa, junto con prácticas e investigaciones que puedan ayudar a orientarla.
También planteáis qué deberíamos conservar y qué podemos dejar desaparecer. ¿Qué gana la arquitectura al aceptar la impermanencia?
Gana una relación más honesta con el tiempo, porque el metal se oscurece, la piedra se mancha y el yeso se agrieta, de modo que necesitan cuidados. Un edificio reparado, transformado y marcado por la intemperie es también un edificio del que alguien se ha ocupado.
Aceptar la impermanencia significa diseñar para que pueda repararse y transformarse, además de decidir conscientemente qué protegemos y qué dejamos ir, en lugar de abandonarlo al azar.
Más allá de sus asociaciones poéticas, ¿cómo se convierten el fuego, la tierra, el aire y el agua en herramientas para repensar la arquitectura?
Se convierten en preguntas sobre las que un diseñador puede actuar: qué admitir, qué resistir y qué almacenar, filtrar, sombrear, drenar, sellar o liberar. Son verbos prácticos que determinan cómo un muro conserva el calor, cómo una cubierta gestiona la lluvia y de dónde proceden los materiales.
“Un edificio reparado, transformado y marcado por la intemperie es también un edificio del que alguien se ha ocupado.”
Las cuatro exposiciones seguirán esa misma lógica para explorar cómo la arquitectura aprovecha esas fuerzas, cómo estas le dan forma y, sobre todo, cómo depende de ellas.
¿Qué cambios normativos podrían favorecer esa relación?
Los pioneros pueden demostrar qué funciona, pero solo las reglas pueden convertirlo en lo habitual. Assemble! 2027 profundizará en las estructuras que gobiernan cómo las ciudades construyen, extraen y consumen, reuniendo ejemplos innovadores con responsables de tomar decisiones.
Una posibilidad sería generalizar la responsabilidad ampliada del productor, que plantea los materiales como un servicio y los edificios como lugares donde se almacenan hasta utilizarse de nuevo. Esto incentiva a los productores o propietarios a prolongar su vida mediante mejores decisiones de diseño y selección de materiales, aunque la cultura y la falta de conocimiento también frenan la transición.
“Assemble! 2027 profundizará en las estructuras que gobiernan cómo las ciudades construyen, extraen y consumen.”
¿Cómo encaja Elements en la reputación de Copenhague como referente de urbanismo sostenible?
Diría que parte de esa reputación para seguir avanzando, porque Copenhague ha logrado progresos reales. Sin embargo, una ciudad ejemplar puede seguir intentando gestionar la naturaleza, y la sostenibilidad puede convertirse en otra forma de optimización.
Además, si observamos el impacto global de nuestro consumo, aparecen contradicciones relacionadas con la preferencia por construir de nuevo en lugar de aprovechar lo existente, los estilos de vida con muchas emisiones y la dependencia de biomasa forestal importada. Elements pregunta si podemos avanzar hacia una convivencia con los elementos que acepte la reparación y cierta incomodidad.
El planteamiento curatorial habla de felicidad, rituales y cuidados. ¿Qué papel pueden desempeñar el placer y la belleza ante la crisis climática?
Un papel central, porque el miedo no construye un futuro compartido. El cambio climático ha hecho imposible ignorar el calor, el agua, el aire y el suelo como fuentes de riesgo, pero también crece el deseo de entrar en contacto con ellos.
Elements parte de esa dualidad y pregunta cómo las fuerzas que tememos pueden convertirse en fuentes de felicidad, rituales y cuidados. Cuando una arquitectura responsable resulta además placentera de habitar, enriquece la vida cotidiana y el bien común, y las personas quieren vivir así, porque la belleza forma parte de cómo se extiende el cambio.
Una bienal para experimentar con otras formas de habitar
El programa se articulará alrededor de cuatro grandes exposiciones en distintas instituciones de Copenhague, donde estudios, artistas e investigadores daneses e internacionales abordarán cada uno de los elementos. A ellas se sumarán nuevos pabellones públicos y el simposio Assemble!, previsto del 8 al 10 de septiembre, que pondrá el foco en las políticas y normativas que condicionan la construcción.
“Elements pregunta cómo las fuerzas que tememos pueden convertirse en fuentes de felicidad, rituales y cuidados.”
Con actividades en el distrito cultural y más de sesenta espacios colaboradores, la bienal llevará estas cuestiones a la ciudad. Su planteamiento permite hablar de materiales y legislación, pero también de algo tan cercano como el placer de sentir el aire en la piel o de vivir en un edificio que envejece bien.
(*) Declaraciones de Josephine Michau. Imágenes proporcionadas por la Bienal de Arquitectura de Copenhague 2027.