La Juventud (La Giovinezza) de Paolo Sorrentino

Ayer fui a ver la nueva película del director y guionista napolitano Paolo Sorrentino. La Juventud es su séptima cinta, tras la maravillosa La Gran Belleza (que recibió el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2014, un Globo de Oro, un BAFTA y el Premio de Cine Europeo) y ya os adelanto que es exquisita y reveladora.

En este caso, el escenario en el que se desarrollan los acontecimientos es un balneario de lujo, ubicado en los Alpes suizos, y en el que residen dos buenos amigos en el crepúsculo de sus carreras: Fred Ballinger (Michael Caine), un aclamado compositor de música ya retirado, y Mick Boyle (Harvey Keitel), un director de cine venido a menos, que se encuentra trabajando en la preproducción su último proyecto. El lugar también está habitado por diferentes personalidades pudientes, muchas de ellas relacionadas con el mundo artístico, incluso un émulo de Maradona en sus horas más bajas, un monje budista, un famoso actor frustrado (Paul Dano) y una Miss Mundo. Lo que les une a todos ellos es, en muchos casos, el receso, la apatía, la falta de creatividad, la frustración amorosa, el miedo a la soledad, la decadencia física y la duda existencial. Y en el caso de los protagonistas, también los estragos que causa la senectud en relación con el camino recorrido y el tiempo.

La Juventud – gran decepción en Cannes y triunfadora incontestable de los Premios del Cine Europeo – es un cocktail molotov de emociones, a través de las cuales consigue zarandearte y hacerte partícipe de las inquietudes existenciales del director sobre el sentido de la vida, el impacto que tienen nuestros actos en las personas que nos rodean, el paso y el peso del tiempo, la urgencia por trascender, la necesidad de resarcirse por los errores cometidos en el pasado y la muerte como parte inevitable de este viaje… Un relato poético con una gran inteligencia retórica y una estética cuidadísima, pomposa y en perfecta simetría, repleta de simbolismos y elegantes imágenes que vuelven a evocar al cine de Fellini, y donde la belleza va más allá de lo prosaico…

De nuevo, Sorrentino busca la catarsis en cada plano y compensa el dramatismo narrativo con ciertas dosis de sentido del humor y mensajes optimistas, ya que por jodida que pueda resultar a veces la vida, merece la pena vivirla. Por ello, la moraleja del film llega con el arrepentimiento y aceptación de los errores pasados, aunque en ocasiones no haya posibilidad de redención. Y es que el tiempo pasa y coge carrerilla a medida que nos hacemos mayores, y es entonces cuando nos entran las prisas por hacer todo lo que en su momento no pudimos hacer o no quisimos (atentos al símil que hace Keitel sobre este aspecto).

Sin más, ya os aviso que será inevitable la comparación con La Gran Belleza, y de hecho hay algunos críticos que se lo han echado en cara acusándole de reciclar algunos de los temas que formaban parte de su predecesora. Sin embargo, la forma en la que se plantean ciertos temas como los reproches nunca hechos, las oportunidades desaprovechadas y la conciencia del óbito… convierten a La Juventud en una peli con su propia idiosincrasia, aunque recaiga sobre ella el fulgor de su «hermana mayor».


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