La invitación: anatomía de una pareja
Olivia Wilde dirige una comedia brillante sobre el deseo, la frustración y la intimidad en las relaciones de larga duración, con un reparto en estado de gracia y conversaciones tan incómodas como necesarias.


La invitación empieza con algo bastante más reconocible que el intercambio de parejas que acabará poniendo la noche patas arriba: dos personas que llevan años juntas y que, en algún momento difícil de localizar, han dejado de entenderse. Joe y Angela comparten casa, una hija, rutinas y una vida construida durante años, pero entre ellos se ha instalado esa distancia que no necesariamente significa que el amor haya desaparecido. Se ha perdido la curiosidad por el otro, el sexo ha ido ocupando cada vez menos espacio, las frustraciones individuales han empezado a contaminar la relación y muchas de las conversaciones importantes se han ido aplazando hasta convertirse en reproches.
La invitación habla mucho de sexo, pero el sexo acaba siendo la excusa para hablar de casi todo lo demás.
En el piso de arriba viven Pina y Hawk, una pareja que parece representar exactamente lo contrario. Son desinhibidos, mantienen una vida sexual muy activa —lo suficientemente activa como para que sus vecinos sean perfectamente conscientes de ella— y hablan con una naturalidad desconcertante de aquello que Joe y Angela apenas son capaces de nombrar. Cuando los cuatro se sientan a cenar y Pina y Hawk hacen una propuesta inesperada, lo que parecía una noche entre vecinos se convierte en el escenario perfecto para que empiecen a aflorar años de insatisfacciones, fantasías, inseguridades y verdades que nadie tenía demasiadas ganas de escuchar.

Olivia Wilde encuentra ahí una comedia extraordinariamente divertida y bastante más inteligente de lo que podría sugerir su premisa. Porque La invitación habla mucho de sexo, pero el sexo acaba siendo la excusa para hablar de casi todo lo demás: de por qué dejamos de desear, de cómo cambia una relación cuando cambia nuestra percepción de nosotros mismos, de la frustración de llegar a determinada edad y descubrir que no estamos exactamente donde pensábamos que estaríamos, de los cuerpos que envejecen y, sobre todo, de lo poco preparados que estamos para hablar de todo ello con la persona con la que compartimos nuestra vida.
Cuatro personas, un apartamento y mucho que decirse
La película parte de Sentimental (2020), de Cesc Gay, basada a su vez en su obra teatral Los vecinos de arriba. Rashida Jones y Will McCormack firman esta nueva adaptación, que traslada la acción a San Francisco y conserva algo fundamental de su origen teatral: prácticamente todo sucede en un apartamento y alrededor de cuatro personajes.
No hace falta mucho más. De hecho, una de las virtudes de La invitación es comprobar hasta qué punto una película puede resultar dinámica cuando tiene buenos actores, un guion que confía en la conversación y unos personajes que tienen muchas cosas pendientes que decirse. La acción está precisamente en esas conversaciones. Cada revelación modifica la manera en la que entendemos a alguno de ellos y lo que comienza con la curiosidad que despierta la vida sexual de los vecinos acaba convirtiéndose en una especie de examen colectivo de dos relaciones que, aunque parecen radicalmente distintas, quizá no lo sean tanto.
La química entre Olivia Wilde, Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton es magnífica y resulta fundamental para que el mecanismo funcione. Hay una sensación de espontaneidad constante, incluso cuando las conversaciones entran en terrenos bastante incómodos. Los personajes se provocan, se interrumpen, se contradicen, se ponen a la defensiva, dicen más de lo que deberían y utilizan el humor para salir de lugares a los que ellos mismos han llegado sin saber muy bien cómo.
Ahí está también una parte importante del placer de verla. Wilde entiende que todos esos temas funcionan mucho mejor desde la comedia que desde la solemnidad y consigue que la película sea genuinamente divertida sin trivializar lo que está contando. Hay momentos de carcajada, no simplemente de sonrisa cómplice, y buena parte de ellos tienen a Seth Rogen como responsable.
Cuando la frustración entra en la pareja
Rogen está en un momento profesional espléndido —su magnífica serie The Studio es un buen ejemplo— y La invitación aprovecha muy bien esa mezcla suya de vulnerabilidad, incomodidad y comicidad. Joe es profesor de música y vive con la sensación de no haber llegado profesionalmente al lugar que imaginaba. Su frustración no aparece como un conflicto independiente de la relación, sino precisamente como una de las cosas que la han ido erosionando.
Es una cuestión especialmente interesante porque solemos analizar las crisis de pareja desde dentro de la propia pareja: falta de comunicación, infidelidad, rutina, incompatibilidad, ausencia de sexo. La película recuerda que llegamos a nuestras relaciones cargados también con la opinión que tenemos de nuestra propia vida. La decepción profesional, la sensación de haberse quedado atrás, las oportunidades que creemos haber perdido o la comparación con quienes parecen haber conseguido aquello que nosotros queríamos no desaparecen cuando cerramos la puerta de casa. Acaban afectando a cómo nos relacionamos con quien tenemos al lado.
Llegar a la mediana edad añade otra capa. Durante buena parte de la juventud existe la sensación de que todavía hay tiempo para convertirse en muchas personas distintas. La carrera puede cambiar, podemos empezar de nuevo, mudarnos, tener éxito más adelante. A medida que pasan los años, algunas posibilidades empiezan a parecer menos probables y la comparación entre la vida imaginada y la vida real se vuelve más concreta. La invitación observa con bastante lucidez lo fácil que resulta convertir esa insatisfacción personal en resentimiento hacia la pareja.
Joe es probablemente quien lo manifiesta de manera más evidente, pero Angela tampoco está exactamente donde quiere estar. Y aquí la película empieza a plantear una cuestión mucho más interesante que quién tiene razón en sus discusiones: cuánto esperamos que nuestra pareja compense aquello que sentimos que falta en otras partes de nuestra vida.
¿Por qué dejamos de desearnos?
La falta de sexo entre Joe y Angela atraviesa toda la historia, pero Wilde evita tratarla como un problema aislado que necesita una solución inmediata. Lo que interesa es entender cómo han llegado hasta allí.
Después de muchos años juntos, el deseo convive con elementos que no existían al principio de una relación: la rutina, las responsabilidades, el cansancio, el conocimiento casi excesivo del otro y, en ocasiones, una colección de pequeños resentimientos que termina teniendo más peso del que imaginamos. La película introduce además algo todavía más importante: la pérdida de comunicación.
Porque resulta difícil separar deseo e intimidad. Puedes compartir una cama con alguien y llevar meses sin contarle realmente cómo te sientes. Puedes conocer perfectamente sus hábitos y haber dejado de saber qué le preocupa. Incluso puedes querer profundamente a una persona y haber perdido casi por completo la curiosidad por ella.
La llegada de Pina y Hawk obliga a Joe y Angela a verbalizar cuestiones que probablemente habrían seguido evitando. Lo interesante es que la aparente libertad sexual de los vecinos tampoco funciona como una receta que la película pretenda prescribir. La invitación no parece especialmente interesada en decidir si la monogamia es mejor o peor, ni en convertir la apertura sexual en la solución moderna a los problemas de las parejas tradicionales. Lo que contrapone son, sobre todo, distintas capacidades para hablar de deseo, establecer límites y reconocer aquello que uno quiere.
Y ahí es donde la propuesta sexual que desencadena la noche deja de ser realmente el asunto central.
Deseo, hormonas y edad
Hay un momento de La invitación que nos sorprendió especialmente. Pina, que es sexóloga, empieza a hablar de perimenopausia y explica que esta etapa puede prolongarse durante muchísimos años. Incluso menciona que, en algunos casos, puede llegar a durar diez.
Escuchar la palabra perimenopausia dentro de una película comercial, pronunciada con absoluta normalidad y vinculada además al sexo y a las relaciones, resulta mucho más insólito de lo que debería en 2026.
La menopausia ha comenzado lentamente a ocupar un mayor espacio en la conversación pública, pero la perimenopausia sigue siendo una gran desconocida a pesar de que puede afectar durante años a la vida de las mujeres. Los cambios hormonales pueden influir en el sueño, la energía, el estado de ánimo, la concentración, la temperatura corporal y también en la libido, entre muchas otras cosas. Sin embargo, una enorme cantidad de mujeres llega a esa etapa con muy poca información sobre lo que está sucediendo en su cuerpo. Y si ellas apenas disponen de información, resulta fácil imaginar cuánto desconocimiento puede existir también dentro de la pareja.
Que La invitación introduzca esta cuestión tiene además mucho sentido dentro de todo lo que está contando. Si queremos hablar honestamente de deseo en relaciones que duran décadas, tenemos que hablar también de cómo cambian los cuerpos. El deseo no existe al margen de la biología, del estado emocional, de la edad o de las hormonas, y resulta llamativo que la ficción haya dedicado tantísimo espacio a explorar determinadas crisis sexuales masculinas y tan poco a una transición que afecta de manera profunda a millones de mujeres.
Lo interesante es que la película no convierte el tema en un drama médico ni en una lección. Aparece dentro de una conversación sobre sexo porque ahí es exactamente donde también debería estar. Normalizar significa, en buena medida, poder hablar de algo sin tener que detener toda la narración para justificar por qué se está hablando de ello.
Si queremos hablar de deseo en relaciones que duran décadas, tenemos que hablar también de cómo cambian los cuerpos.
Y que sea Penélope Cruz quien conduzca parte de esa conversación funciona especialmente bien. Pina es probablemente el personaje que parece relacionarse con su propio deseo de una manera más consciente, pero la película evita convertirla en una caricatura de mujer sexualmente liberada que llega para enseñar a los demás cómo vivir. Su profesión le permite hablar de sexo sin la vergüenza o las defensas que condicionan al resto, aunque eso no significa que su propia relación sea necesariamente perfecta.
Cruz está estupenda. Divertida, rápida, inteligente y con una enorme capacidad para moverse entre el absurdo de determinadas situaciones y las conversaciones más íntimas sin que el personaje pierda naturalidad. También recuerda lo buena actriz de comedia que puede ser cuando encuentra el material adecuado.
Un cuarteto difícil de mejorar
Lo mismo sucede con Edward Norton, quizá la elección menos evidente del reparto y precisamente por eso una de las más divertidas. Hawk posee una seguridad que contrasta frontalmente con Joe y Norton explota muy bien esa diferencia sin convertirlo en una simple caricatura. Su faceta cómica es una de las sorpresas de la película y los momentos en los que se aventura con el español son especialmente memorables.
Rogen, por su parte, consigue que Joe pueda resultar irritante, entrañable y ridículo prácticamente dentro de la misma escena. El actor lleva años demostrando que su registro es bastante más amplio de lo que sugerían sus primeras comedias y aquí su capacidad para utilizar el humor desde la inseguridad encuentra un personaje perfecto.
Wilde, por su parte, construye una Angela cargada de frustración, impulsiva y por momentos histriónica, pero también vulnerable. Está cansada de sentirse poco escuchada, de una relación en la que el deseo prácticamente ha desaparecido y quizá también de la persona en la que ella misma se ha convertido dentro de esa relación. A medida que avanza la cena, entendemos que no se trata únicamente de recuperar el sexo, sino de recuperar una parte de sí misma y averiguar qué quiere realmente de la vida que comparte con Joe. Como directora, Wilde confía buena parte de la película a sus cuatro intérpretes y a unos diálogos magníficos. Que prácticamente todo suceda dentro de un apartamento termina siendo casi irrelevante: hay tanto ocurriendo entre esas cuatro personas que no necesitamos salir de allí.
La película recuerda que llegamos a nuestras relaciones cargados también con la opinión que tenemos de nuestra propia vida.
Juntos forman un cuarteto extraordinario. Y es difícil imaginar La invitación funcionando igual de bien si uno de ellos fallara, porque buena parte del humor depende de la reacción de uno ante lo que acaba de decir otro.
Una comedia sobre sexo que habla de intimidad
Quizá lo más inteligente de La invitación sea que utiliza una situación sexual potencialmente escandalosa para terminar hablando de problemas bastante cotidianos. No hace falta estar interesado en las relaciones abiertas ni haberse planteado nunca intercambiar pareja para reconocerse en muchas de las conversaciones que aparecen durante esa cena.
La película habla de sentirse poco deseado, de no saber cómo recuperar una intimidad perdida, de tener fantasías que nunca hemos verbalizado, de compararnos con otras parejas, de asumir que conocemos perfectamente a alguien porque llevamos muchos años viviendo con él y de descubrir que quizá hemos dejado de hacerle preguntas.
También habla de algo menos evidente: de la diferencia entre sexo e intimidad. Vivimos en un momento cultural en el que el sexo está extraordinariamente presente y, sin embargo, seguimos teniendo enormes dificultades para hablar con naturalidad de deseo dentro de las relaciones largas. Decir que uno quiere más sexo puede ser complicado; decir que ya no siente deseo puede serlo todavía más. Reconocer que nuestro cuerpo está cambiando, que no nos sentimos atractivos, que tenemos miedo a envejecer o que estamos decepcionados con la persona en la que nos hemos convertido exige un grado de vulnerabilidad para el que no siempre estamos preparados.
Wilde y sus guionistas encuentran la manera de poner muchas de esas cuestiones encima de la mesa sin convertir a sus personajes en portavoces de una tesis. Nadie representa la relación correcta y nadie sale de la noche con todas las respuestas. Eso permite que la película resulte mucho más interesante que una defensa de una determinada manera de entender la pareja. Y, sobre todo, permite que siga siendo una comedia.
Porque La invitación es divertidísima. No “divertida para tratar temas serios”, sino genuinamente divertida. El ritmo de los diálogos, las incomodidades, las reacciones, las diferencias entre los cuatro personajes y la progresiva desaparición de cualquier filtro construyen situaciones magníficas. Hay una ligereza en la manera de contar que evita que las reflexiones sobre el matrimonio, el envejecimiento o la insatisfacción se vuelvan pesadas.
Muy recomendable.
Estreno en España: 16 de octubre de 2026.



