El ser querido: el precio del genio

Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña convierten el enfrentamiento entre un cineasta consagrado y la hija a la que abandonó en una reflexión incómoda sobre el talento, el poder, la memoria y todas aquellas personas que terminan pagando el precio de la genialidad ajena.

Hay personas que han aprendido a vivir convencidas de que su talento las exime de ciertas obligaciones, y que crear algo extraordinario, dirigir grandes películas, recibir premios o ser admirado por los demás concede una especie de salvoconducto moral.

El ser querido, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen escrita junto a Isabel Peña, se adentra precisamente en ese territorio incómodo: el del creador brillante cuya capacidad artística convive sin demasiados problemas con una enorme incapacidad para mirar a quienes tiene más cerca.

En el centro está Esteban Martínez (Javier Bardem), un prestigioso director de cine español instalado en Nueva York, ganador de dos Oscar y convertido en una de esas figuras cuya importancia parece preceder siempre a su presencia. Regresa a España para rodar una nueva película y decide ofrecer el papel protagonista a su hija Emilia (Victoria Luengo), actriz y, sobre todo, una mujer a la que lleva trece años sin ver.

Lo que podría parecer un intento de reconciliación se convierte pronto en algo mucho más ambiguo. Porque Esteban quiere recuperar a su hija, pero pretende hacerlo bajo sus propias reglas, dentro de su película, en su territorio y utilizando precisamente aquello que mejor sabe manejar: el cine.

El talento como coartada

Sorogoyen y Peña no parecen especialmente interesados en construir un monstruo. Y ahí reside buena parte de la inteligencia de El ser querido. Esteban puede resultar seductor, divertido, generoso, magnético y, por momentos, incluso vulnerable, pero también puede ser profundamente egoísta. La contradicción es importante porque la película no pregunta simplemente si estamos ante un buen o un mal hombre, sino hasta qué punto hemos aprendido a tolerar determinados comportamientos cuando vienen acompañados de talento, éxito o poder.

Alrededor de algunas figuras creativas se construye un ecosistema destinado a hacer posible su obra. Alguien organiza, espera, cuida, comprende, renuncia, perdona o absorbe las consecuencias mientras el creador continúa creando. Durante demasiado tiempo, la cultura ha romantizado esta dinámica a través de la figura del genio: ese individuo excepcional al que las normas que regulan la vida de los demás parecen quedarle pequeñas.

El ser querido introduce una pregunta mucho más interesante: ¿qué queda fuera de plano cuando observamos una trayectoria extraordinaria? Detrás de los premios, las películas y el reconocimiento de Esteban existe también una biografía construida sobre ausencias y personas que tuvieron que reorganizar sus vidas alrededor de sus decisiones. Su éxito no desaparece por ello, pero deja de ser una historia exclusivamente individual.

La película cuestiona esa fascinación por las personalidades poderosas sin caer en la comodidad de convertirlas en caricaturas.

La película resulta especialmente contemporánea porque cuestiona esa fascinación por las personalidades poderosas sin caer en la comodidad de convertirlas en caricaturas. El problema no es únicamente que existan personas capaces de ocupar todo el espacio, sino que durante décadas hemos creado estructuras profesionales, familiares y culturales que las animaban a hacerlo.

Padres, hijas y versiones del pasado

Si Esteban ocupa espacio, Emilia ha aprendido a proteger el suyo. Victoria Luengo construye el personaje desde una contención extraordinaria, haciendo que una mirada, un silencio o una ligera modificación del gesto revelen mucho más que cualquier explicación. Frente a ella, Bardem utiliza precisamente aquello que hace tan difícil rechazar a Esteban: su enorme capacidad de seducción.

La relación entre ambos funciona porque El ser querido entiende algo esencial sobre los conflictos familiares: rara vez existe una única versión del pasado. Recordamos desde el lugar que ocupábamos, desde lo que necesitábamos comprender y también desde aquello que hemos tenido que contarnos para poder seguir adelante.

Para Esteban, determinadas decisiones pertenecen a otra época y pueden explicarse desde las circunstancias. Para Emilia, sus consecuencias siguen formando parte del presente. Entre ambos se abre una distancia que no puede resolverse simplemente reconstruyendo los hechos, porque conocer lo que ocurrió no significa necesariamente compartir lo que significó.

Ahí aparece uno de los grandes temas de la película: quién tiene derecho a construir el relato. Una cuestión particularmente significativa cuando uno de los personajes es, precisamente, director de cine.

Esteban lleva toda su vida decidiendo dónde colocar la cámara, qué entra en plano, qué queda fuera y de qué manera debe interpretarse una historia. Pero su hija se resiste a convertirse en un personaje más dentro de una narración escrita por él.

El cine dentro del cine

Sorogoyen utiliza el rodaje de la película de Esteban para desdibujar constantemente las fronteras entre representación, memoria y realidad.

La película que se rueda dentro de El ser querido, titulada Desierto, está ambientada en el Sáhara español y convierte los paisajes de Fuerteventura en territorio colonial. Ese relato aparentemente alejado del conflicto familiar termina estableciendo un diálogo con él a través de una idea común: el abandono.

España abandonó el Sáhara Occidental; Esteban abandonó a su hija. No se trata de establecer una equivalencia entre ambas realidades, sino de observar cómo una palabra puede atravesar escalas completamente distintas y obligarnos a pensar en la responsabilidad de quien se marcha y en las consecuencias que permanecen para quien se queda.

La decisión también permite que El ser querido hable sobre el propio acto de hacer cine. Los rodajes aparecen como organismos extraños en los que durante unas semanas se construyen familias provisionales, jerarquías, afectos y dependencias alrededor de una obra que, inevitablemente, coloca al director en el centro. Sorogoyen observa ese mundo desde dentro y, de alguna manera, se observa también a sí mismo.

Sorogoyen utiliza el rodaje de la película de Esteban para desdibujar constantemente las fronteras entre representación, memoria y realidad.

Hay algo especialmente sugerente en que un director construya una película alrededor de otro director cuyo poder contamina sus relaciones. Sorogoyen ha reconocido encontrarse en las antípodas de su protagonista en su manera de dirigir, pero la pregunta que plantea la película trasciende a Esteban: qué significa ejercer autoridad en un proceso creativo y hasta dónde puede llegar la exigencia cuando el objetivo es hacer una gran obra.

Javier Bardem y Victoria Luengo

Buena parte de El ser querido depende de que creamos en la relación entre sus protagonistas, y Bardem y Luengo consiguen que esa tensión resulte física. Él posee una presencia enorme, pero la película no permite que esa presencia devore a Emilia. Luengo no necesita competir en intensidad; construye su personaje desde otro lugar y consigue que la resistencia de la hija tenga tanto peso como el magnetismo del padre.

Bardem asume además uno de los riesgos más interesantes del personaje: conseguir que entendamos por qué alguien así puede resultar irresistible sin pedirnos que lo absolvamos. Esteban sabe hacer reír, sabe entusiasmar a un equipo, sabe reconocer el talento y sabe hacer cine. Precisamente por eso resulta mucho más inquietante. Ser brillante en una parcela de la vida no convierte automáticamente a nadie en una buena persona en las demás.

Sorogoyen evita ofrecer una resolución tranquilizadora. No parece demasiado interesado en determinar quién gana la discusión ni en conducir a sus personajes hacia una reconciliación diseñada para aliviar al espectador. Le interesa algo más complejo: observar qué ocurre cuando dos personas obligadas durante años a vivir con relatos diferentes vuelven a compartir el mismo espacio.

¿A quién queremos cuando queremos a un genio?

El título adquiere entonces una dimensión especialmente interesante. El ser querido puede referirse al padre, a la hija, al artista admirado o incluso a esa persona alrededor de la cual los demás han aprendido a orbitar. Querer a alguien no significa necesariamente comprenderlo, del mismo modo que comprender las razones de alguien no obliga a perdonarlo.

Quizá por eso la película permanece después de salir del cine. No tanto por las respuestas que ofrece como por las preguntas que deja abiertas. ¿Cuánto egoísmo estamos dispuestos a aceptar en nombre del talento? ¿Puede alguien reparar un abandono muchos años después? ¿Quién sostiene las vidas de quienes deciden colocar su vocación por encima de todo? ¿Y cuánto de nuestra memoria es recuerdo y cuánto relato?

Son preguntas que inevitablemente nos llevan a Monsters: ¿podemos separar al autor de su obra?, el ensayo de Claire Dederer que recomendamos en CC/magazine. Dederer parte de una de las grandes incomodidades de la cultura contemporánea: qué hacemos con las obras que amamos cuando descubrimos comportamientos moralmente cuestionables en quienes las crearon.

Pero su reflexión va mucho más allá de decidir si debemos seguir leyendo un libro, escuchando una canción o viendo una película. También cuestiona la construcción cultural del genio y el precio que otras personas —con demasiada frecuencia mujeres, parejas, hijos o quienes asumen los cuidados— han tenido que pagar para que determinadas vidas pudieran consagrarse casi exclusivamente a la creación.

Desde ahí, El ser querido encuentra un territorio especialmente fértil. Esteban no es presentado como un monstruo al que debamos condenar ni como un genio al que tengamos que absolver. La película nos coloca precisamente en ese espacio mucho más incómodo en el que admiración y reproche pueden coexistir. Su talento es real, y también lo son las consecuencias que sus decisiones han tenido sobre los demás. Una cosa no cancela necesariamente la otra.

Querer a alguien no significa necesariamente comprenderlo, del mismo modo que comprender las razones de alguien no obliga a perdonarlo.

Sorogoyen y Peña hablan de cine, pero sobre todo hablan de poder. Del que ejercemos en una familia, en un trabajo, en una relación o sobre el relato de nuestro propio pasado. Y recuerdan que probablemente la verdadera medida de una persona no esté únicamente en aquello que ha sido capaz de crear, sino también en lo que ha ocurrido a su alrededor mientras lo hacía.

Muy recomendable.

Consultar cartera.

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