“Monsters”, de Claire Dederer: el incómodo placer de amar el arte imperfecto

Hay libros que no llegan para resolver una discusión, sino para impedir que la despachemos demasiado rápido. «Monsters: what do we do with great art by bad people?», de Claire Dederer, parte de una pregunta incómoda —¿podemos amar la obra de artistas moralmente reprobables?— y la convierte en algo más interesante que un juicio: una investigación sobre el placer, la culpa, la belleza y las contradicciones del espectador.

El origen de una incomodidad colectiva

El germen del libro se encuentra en un ensayo publicado en 2017 en The Paris Review, en pleno auge del #MeToo.

Aquella pieza, que se volvió viral, abría una grieta en la conversación cultural contemporánea: ¿qué hacemos con el arte creado por hombres que han sido —o son— moralmente cuestionables?

“El germen del libro se encuentra en un ensayo publicado en 2017 en The Paris Review, en pleno auge del #MeToo.”

Lejos de adoptar la posición del juez o del fiscal, Dederer escribe desde un territorio más resbaladizo: el de la contradicción personal. Define su obra como una «autobiografía de la audiencia», y esa elección no es menor. Aquí no hay teoría sin experiencia, ni crítica sin implicación emocional. Hay amor por el arte e incomodidad por ese amor.

Contra la pureza moral

Uno de los aciertos más provocadores del libro es desmontar la premisa misma de la pregunta. ¿Podemos separar la obra del artista? Para Dederer, esa cuestión es en sí misma una trampa. No porque no importe, sino porque simplifica una experiencia que es, por naturaleza, contradictoria.

El espectador contemporáneo —ese lector, oyente o cinéfilo atravesado por la conciencia ética del siglo XXI— vive en una tensión constante: desea no renunciar a aquello que le conmueve, pero tampoco quiere ignorar las sombras de quien lo creó.

En lugar de ofrecer una salida limpia, Dederer propone algo más incómodo: sostener ambas cosas a la vez. Es decir, no cancelar, pero tampoco absolver, sino mirar de frente.

El giro: cuando la monstruosidad cambia de género

La segunda mitad del libro introduce un desplazamiento tan inesperado como necesario. ¿Qué ocurre cuando la «monstruosa» es una mujer?

Dederer pone sobre la mesa nombres como Sylvia Plath, Doris Lessing o Joni Mitchell. Artistas fundamentales que, en distintos momentos, fueron señaladas por haber abandonado a sus hijos.

En ese gesto, culturalmente percibido como la máxima transgresión femenina, la autora detecta una forma distinta de monstruosidad: no la del abuso o la violencia, sino la de la renuncia.

Aquí el ensayo se vuelve más íntimo, más vulnerable. Madre y escritora, Dederer se pregunta hasta qué punto la creación exige una cuota de egoísmo —o de «monstruosidad»— que la sociedad sigue penalizando de forma desigual según el género. Es un giro que amplía el debate y lo complejiza, alejándolo definitivamente de cualquier simplificación.

Una escritura que piensa en voz alta

Lejos del tono académico, «Monsters» se construye como una conversación consigo misma. Hay memoria personal, hay fragmentos de vida en el noroeste del Pacífico, hay ecos de su trabajo como crítica cultural.

Esa textura confesional es, precisamente, lo que convierte el libro en algo más que un ensayo: lo acerca a una experiencia de lectura profundamente reconocible. Dederer no se sitúa por encima del lector, sino que se sienta a su lado.

El valor de no resolver

En tiempos de posicionamientos rápidos y opiniones categóricas, «Monsters» apuesta por algo radical: el derecho a la inconsistencia. No hay una teoría total sobre qué hacer con Michael Jackson, ni una guía moral universal sobre cómo consumir cultura.

Y quizá ahí reside su mayor honestidad. Porque, en última instancia, Dederer sugiere que nuestra relación con el arte no nos convierte automáticamente en mejores o peores personas. Lo que sí hace es obligarnos a pensar, a incomodarnos, a habitar preguntas que no tienen una respuesta definitiva.

Un ensayo necesario que incómoda

«Monsters» no viene a cerrar el debate, sino a dejarlo abierto de par en par. Y ahí está su fuerza. No ofrece refugio, pero tampoco castigo, y lo que plantea es una convivencia incómoda con aquello que nos gusta. Una convivencia sin coartadas.

Quizá por eso el libro funciona: porque no intenta hacernos mejores lectores ni mejores personas. Solo un poco más conscientes de lo que hacemos cuando admiramos algo. Y de lo que estamos dispuestos a ignorar para seguir haciéndolo.

“Lejos de adoptar la posición del juez, Dederer escribe desde un territorio más resbaladizo: el de la contradicción personal.”

Muy recomendable.

(*) Ilustración de portada de Cathy Lomax.

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