Contra las cuerdas: el precio de perseguir el éxito

Por Cecilia Camacho, fundadora de CC/magazine y consultora estratégica en CC/studio

Hay algo profundamente engañoso en la manera en que contamos el éxito. Sobre todo, porque solemos hacerlo hacia atrás, cuando ya conocemos el desenlace y cada renuncia parece haber tenido una razón. La infancia sacrificada, los cumpleaños perdidos, las lesiones, los aeropuertos, los hoteles, el miedo y los años dedicados a una sola cosa adquieren sentido porque al final de la historia hay una copa, dinero, reconocimiento o una fotografía capaz de justificar retrospectivamente todo lo anterior. Es una especie de narración tranquilizadora, perfectamente ordenada y, por eso mismo, bastante incompleta.

Contra las cuerdas, de Conor Niland, publicado en España por Contra, se ocupa precisamente de la parte que queda fuera de ese relato. Niland fue tenista profesional, llegó al número 129 del mundo y estuvo lo bastante cerca de la élite como para conocerla desde dentro, pero no tanto como para disfrutar de la seguridad económica y el reconocimiento que se asocian a ella. Su historia transcurre precisamente en ese territorio del deporte profesional del que apenas se habla: el de quienes han llegado extraordinariamente lejos y, aun así, sienten que no han llegado lo suficientemente lejos.

El relato que suele construirse alrededor del deporte de élite tiene una querencia comprensible por quienes ganan. Conocemos las rutinas, las lesiones, las remontadas y los sacrificios de quienes levantaron el trofeo porque alrededor del campeón se construye una narrativa casi moral: trabajó, resistió, creyó y finalmente venció. El esfuerzo y la recompensa parecen mantener una relación lógica. Sin embargo, Niland introduce una realidad bastante más incómoda: también se puede trabajar hasta el límite, renunciar a una infancia convencional, pasar buena parte del año viajando, soportar lesiones, incertidumbre económica y soledad, organizar la existencia entera alrededor de un objetivo y no alcanzar aquello para lo que parecía haberse construido esa vida.

Y ahí es donde Contra las cuerdas amplía su alcance más allá del tenis. Porque lo interesante no es solo comprobar lo difícil que resulta convertirse en deportista de élite, sino entender qué ocurre cuando una persona vincula durante años su identidad, su autoestima y su futuro a un resultado que nunca depende por completo de ella.

Niland pasó buena parte de su carrera en los circuitos Futures y Challenger, esa zona poco visible del tenis profesional en la que ganar un partido puede significar poder pagar el hotel o comprar el billete hacia el siguiente torneo. La precariedad económica convive de una manera extraña con la excelencia deportiva: alguien puede encontrarse entre los mejores tenistas del planeta y, al mismo tiempo, preocuparse por conseguir patrocinadores o calcular cuánto tiempo más puede permitirse continuar. La palabra “profesional” adquiere entonces un significado paradójico, porque serlo no garantiza necesariamente poder vivir de ello.

Esa incertidumbre económica se mezcla con otra menos visible y probablemente más difícil de administrar. El tenis es un deporte individual en el que el error tiene un responsable perfectamente identificable. No hay un equipo en el que diluir una derrota y, cuando el partido termina, comienza el trabajo de convivir con lo que acaba de ocurrir para volver a competir unos días después. En ese contexto, Niland presta mucha atención a la relación que mantiene con su voz interior, a ese diálogo capaz de arrastrar un error hacia el punto siguiente, anticipar la derrota y terminar afectando a la percepción de las propias capacidades.

Y mientras narra su manera de lidiar con ella, cuenta cómo descubrió las ideas del psicólogo deportivo Bob Rotella, que acabarían ayudándole a relacionarse de otra manera con sus errores. Rotella defendía que, en lugar de intentar corregirlos durante la competición, era preferible dejarlos pasar y trabajar sobre ellos después, en el entrenamiento. Puede parecer una diferencia pequeña, pero implica algo bastante más difícil para alguien acostumbrado a examinar constantemente su rendimiento: aprender a ser más indulgente consigo mismo.

La indulgencia, entendida así, no tiene que ver con la complacencia. Significa aceptar que castigarse por un error no necesariamente ayuda a corregirlo. Nos han enseñado que mejorar consiste en detectar permanentemente aquello que hacemos mal y es fácil acabar convertido en el supervisor de uno mismo, viviendo y evaluando al mismo tiempo cómo se está viviendo, tomando una decisión mientras otra voz analiza si es la correcta. Sin embargo, tanta vigilancia no siempre conduce a un mejor resultado; en ocasiones solo ocupa el espacio mental necesario para actuar.

Esta forma de observarse y exigirse adquiere todavía más sentido cuando Niland reconoce que durante demasiado tiempo estuvo más concentrado en sobrevivir que en desarrollar una verdadera estrategia. No resulta difícil entender por qué, cuando eres consciente de que continuidad como tenista depende del próximo torneo, del ranking, de un patrocinador o del dinero necesario para poder viajar.

Es una idea que trasciende el deporte sin necesidad de forzar demasiado la comparación. La supervivencia genera una forma de vida reactiva: resolver, cumplir, responder, sostener, pero crear algo distinto exige perspectiva y un cierto margen desde el que imaginar una posibilidad que todavía no existe. Por este motivo, resulta difícil diseñar el futuro cuando toda la energía está dedicada a impedir que se derrumbe el presente.

En el caso de Niland, además, el tenis había ocupado prácticamente toda su vida consciente. La preparación para el deporte profesional comienza tan pronto que la especialización precede muchas veces a la construcción de una identidad adulta. Mientras otros adolescentes prueban intereses, trabajos o maneras distintas de estar en el mundo, el deportista perfecciona una habilidad muy concreta y aprende a medir su progreso con una precisión casi matemática. Poco a poco, aquello que hace deja de ser solo una actividad y empieza a explicar quién es.

Por eso, cuando Niland abandonó el tenis alrededor de los treinta años, no se enfrentó únicamente al final de una carrera deportiva. Tuvo que averiguar quién era cuando desapareció aquello alrededor de lo cual se habían organizado su infancia, su adolescencia y buena parte de su vida adulta. Treinta años es una edad temprana para casi cualquier profesión y, sin embargo, para él significó tener que empezar de nuevo después de haber dedicado prácticamente todo su tiempo a aprender a hacer extraordinariamente bien una sola cosa.

Llegados a ese punto, se entiende mejor el peso de muchos de los miedos de los que habla en el libro: la presión, el síndrome del impostor, el ego, las expectativas y el temor a defraudar a unos padres que han invertido tiempo, dinero y esperanza en una carrera incierta. Cuanto más se sacrifica por un objetivo, más difícil resulta abandonarlo, hasta el punto de que renunciar puede hacer que todo lo anterior se perciba como una pérdida. Seguir adelante corre entonces el riesgo de dejar de responder al deseo para hacerlo a la necesidad de justificar el pasado.

Con todo este material, Contra las cuerdas podría haber sido un libro excesivamente introspectivo o incluso autocomplaciente, pero es justamente lo contrario. Niland escribe con una honestidad que le impide convertir su propia historia en una epopeya y con un ritmo que reproduce muy bien la naturaleza de la vida que está contando: aeropuertos, habitaciones de hotel, entrenamientos, torneos, derrotas, victorias y otra vez empezar. Los partidos tienen tensión, hay emoción y una sensación de movimiento constante que hace que el libro avance casi con el frenesí de un encuentro en el que cada punto puede cambiar lo que viene después.

Os advierto que Contra las cuerdas te agarra y no te suelta. Niland cuenta las victorias, pero también el miedo, los celos, el ego, la inseguridad, la precariedad económica, las derrotas y aquellos pensamientos que no siempre dejan bien a quien decide confesarlos. Y ahí reside buena parte de la fuerza del libro: Niland no parece interesado en ajustar el pasado para construir una versión más heroica de sí mismo. Y esa honestidad es, precisamente, la que permite que su historia llegue mucho más lejos que una autobiografía deportiva.

El deporte nos ha acostumbrado a mirar al que levanta la copa, y Contra las cuerdas mueve el foco hacia quienes dedicaron años a perseguirla, asumieron enormes sacrificios y un día tuvieron que aceptar que no habría una copa capaz de explicar todo lo anterior. Niland narra ese proceso desde dentro y cuenta qué ocurre cuando ya no se trata de ganar el siguiente partido, sino de aprender a construir una vida que durante demasiado tiempo solo había contemplado un resultado.

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