«Mil cosas» tiene una energía casi urgente, que se impone desde las primeras líneas. ¿Esa tensión narrativa nace de tu forma de estar en el mundo, o en la vida real eliges moverte a otro ritmo?
Estoy bastante fuera de ese ritmo de vida y alienación. Pero está claro que asisto como testigo a la velocidad endiablada del mundo, a la pérdida de sentido, al deterioro del tiempo propio, y quizás soy un privilegiado porque he ido adquiriendo un mayor control sobre mi tiempo.
“Estoy bastante fuera de ese ritmo de vida y alienación.”
De todos modos, sí que he vivido otras épocas de estrés laboral, en las que recuerdo que vivía en una especie de día perpetuo, trabajando muchísimas horas… Por suerte, han quedado ya muy atrás.
¿Cómo surgió esta novela?
Uno nunca sabe a ciencia cierta cómo nacen sus novelas, ni siquiera con qué propósito. Yo tenía muchas ideas sueltas, pero hubo una que giraba alrededor del final de «Mil cosas».
Lo que me propuse fue tomar la realidad y ficcionarla para poder entenderla. Porque creo que la ficción es particularmente útil para pensar la realidad. Por ello, quise contar cómo puede ser posible que cometamos ciertos errores que, de entrada, nos parecen inconcebibles. Errores que creemos que solo les ocurren a los demás, pero que, en realidad, nos pueden pasar a todos. Simplemente tiene que producirse una gran distracción para que los cometamos.
Vivimos en el tiempo de la distracción, en el que todo el mundo está extraordinariamente ocupado: produciendo, consumiendo o entreteniéndose. Y todo eso provoca que nuestra capacidad para estar atentos a algo importante se haya deteriorado mucho en los últimos años. Este es uno de los temas de la novela: cómo es posible que suceda lo que ocurre al final de la misma…
Es un tema que me preocupa, y por eso quise capturar el estilo de vida contemporáneo, que nos somete a la acción, y escribir al respecto. Somos seres entregados a la acción, cumpliendo con este mandato a rajatabla: haz, entretente, consume, gasta… sobre todo, no te quedes quieto, no pienses demasiado. Y lo triste es que lo hemos asumido. Porque incluso cuando tenemos la oportunidad de no hacer nada, nuestras manos ya empiezan a buscar el móvil y empezamos a inquietarnos. Nuestra capacidad de concentración está muy mermada y huimos hacia la acción buscando alivio. Es ahí donde nos sentimos más cómodos, aunque no sea saludable. Y el móvil es la herramienta con la que gestionamos esa ansiedad y, a la vez, la herramienta con la que la realidad nos controla.
Anne y Travis, los protagonistas, parecen vivir replegados sobre sí mismos, atrapados en su propio relato. ¿Crees que, en una sociedad marcada por el capitalismo emocional y las redes sociales, se favorece ese ensimismamiento donde todo gira en torno a uno mismo y cada vez estamos más aislados?
Sí, es cierto. Estamos profundamente aislados en mitad de la multitud. Nos relacionamos con el mundo de un modo cada vez menos personal y más mediado por la tecnología. Y eso hace que perdamos ese tipo de conexión, así como la conciencia de grupo.
Por supuesto, creo que hay ensimismamiento y narcisismo, y que estamos muy pendientes de nosotros mismos, de nuestra imagen, de nuestros problemas, de nuestras heridas… Eso ha comportado que estemos rotos y hayamos perdido la capacidad de estar atentos al mundo, de distinguir lo importante de lo accesorio. Y esto es peligroso. Queremos responder a tantos estímulos que vamos dando raquetazos sin parar, sin ser muy conscientes de que estamos golpeando…
“Hemos perdido la capacidad de estar atentos al mundo, de distinguir lo importante de lo accesorio.”
El sentido de lo importante se ha malgastado, y por eso, a los personajes de «Mil cosas», la vida se les va mientras están entregados a ese marasmo de ventanas que se abren ante ellos y que les impiden ver lo que realmente importa.
¿El hecho de ser padres acrecienta esta problemática?
Sí, sin duda. Si a las dificultades y retos que nos lanza la realidad le añadimos la paternidad, sentimos la necesidad de añadir más acción aún, de construir una red de seguridad económica sobre todo. Estamos más atareados que nunca. No paramos de hacer, y tanto hacemos… que dejamos de hacer. Es decir, hacemos muchas cosas que, en realidad, no tienen sentido.
¿Crees que es evitable? ¿Podemos salir de esta rueda opresiva en la que estamos sumidos? ¿Es el miedo a parar y a que otros nos adelanten lo que lo impide?
Sí. El modo en el que estamos viviendo me recuerda a una viñeta de El Roto. Decía algo así como: “No sé a dónde voy, pero no puedo parar, porque si paro, me adelantan”. Y yo pienso: ¡qué más da si te adelantan, si no sabes a dónde vas!
Leí en «Limones», de Valerie Fritsch, que el ser humano es un avispero de errores. Y estoy muy de acuerdo, porque el error forma parte indisociable de la vida y del ser humano. Nunca vamos a poder desprendernos de nuestra facilidad para cometer errores. Y, sin embargo, lo que nos han vendido es que podemos con todo, que no debemos rendirnos porque al final lo conseguiremos, que solo hay que esforzarse más… y eso es mentira. No podemos con todo. De hecho, podemos con muy pocas cosas.
Esto es justo lo que sostiene uno de los personajes de «Mil cosas». Es una chica con la que Travis se cruza en el camino a la policía, y a quien este le pregunta por su tesis. Ella le dice que la ha dejado y que se siente contenta por haberlo hecho, porque no puede con todo y porque hay batallas en las que conviene retirarse.
No solo no podemos con todo, sino que cometemos errores continuamente, a pesar de que nos vendan lo contrario y nos hagan creer que podemos aspirar a la perfección. A mí, esta forma de vivir me parece un espanto.
“El error forma parte indisociable de la vida y del ser humano.”
Byung-Chul Han, reciente Príncipe de Asturias, alerta sobre este mal endémico y dice que “la sociedad del rendimiento es una sociedad de la autoexplotación”, y aboga por justo lo contrario, que es lo que estabas comentando… ¿Seguimos resistiéndonos por miedo a salirnos del redil?
Totalmente. Existe esa sensación de que parar es de parásitos. Y en parte es porque hemos comprado esa idea de éxito. ¿Pero qué es el éxito? Probablemente sea la fama, es decir, que el mundo gire hacia ti, que te vean allí arriba sin importar el precio que has tenido que pagar para llegar, ni cómo será la caída. Los americanos son los reyes en esto: quieren ser admirados como individuos exitosos.
Ya lo decía Kipling: “Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”. Tal vez deberíamos replantearnos qué es el éxito. ¿Cómo puede ser exitosa una persona que no es dueña de su tiempo, que está esclavizada por su trabajo, por su teléfono, por las redes, las opiniones ajenas, las expectativas?
¿Cuál es para ti el sentido de la vida?
Hace poco vi una pintada que decía: “Ni lo intentes” (risas). Yo creo que no deberíamos hacer nunca nada que comprometa nuestra capacidad de sentir empatía por los demás, que es lo que nos hace profundamente humanos. Fuera de eso, cada uno que siga su camino.
Siento que he conseguido hacer de lo que más me gusta mi estilo de vida. Hacer solo las cosas que te gustan es un escenario irrealizable, porque, a medida que envejecemos y asumimos responsabilidades, nos damos cuenta de que vivir también requiere espíritu de sacrificio. La vida adulta consiste en hacer cosas que a veces no nos agradan, pero que hay que hacerlas porque, si no las hacemos nosotros, no las hará nadie.
Dicho esto, yo estoy haciendo cosas profesionalmente que me gustan. Estoy aprendiendo a decir “no, gracias”, sin dar muchas explicaciones.
Ese me parece un hermoso propósito: vivir haciendo lo que más placer te produce, asumiendo la responsabilidad de mejorar la vida de los demás. Y aceptar que la frustración forma parte de la vida. Cuanto antes asimiles que las cosas no saldrán como esperabas, mejor. La satisfacción permanente es imposible… pero tampoco hay que estar permanentemente insatisfecho. Tenemos derecho a quejarnos, pero no podemos dejar de luchar.
“Para evitar enfrentarnos a todas las inquietudes que genera el pensamiento, preferimos perdernos en la acción.”
Tus personajes están todo el rato mirando hacia afuera y huyendo de sí mismos. ¿De qué tienen miedo?