AC7 La Nau reescribe el pasado industrial de Reus

Entre el centro histórico de Reus y el parque de Sant Jordi, una pequeña nave industrial resiste al paso del tiempo. Fue taller de lámparas, luego quedó en desuso, y hoy es AC7 La Nau: un proyecto que habla de arquitectura desde la escucha, la observación y el respeto por el tiempo y la memoria del lugar.

Firmado por Pigaa Studio, un joven estudio catalán, esta rehabilitación no comenzó con un plano, sino con una decisión inhabitual: ocupar la nave antes de proyectarla. Usarla, probarla, entenderla.

A lo largo de nuestra conversación con Andreu Pont, uno de los arquitectos del estudio, fuimos desentrañando cómo el uso cotidiano de la nave fue dando forma —y sentido— a su transformación.

¿Qué os motivó a apostar por un proceso tan largo y progresivo de uso intermitente antes de la reforma definitiva en 2024? ¿Qué valor encontráis en «habitar antes de proyectar»?

Por un lado, aún no teníamos claro cuál sería el programa ni cómo organizarlo. El espacio era más grande y diáfano de lo que podíamos imaginar, así que era un lienzo en blanco para probar. Al mismo tiempo, no podíamos afrontar económicamente la ejecución de la obra justo después de la adquisición de la nave, aunque no podíamos estarnos de usar un espacio tan sugerente. Así que decidimos ocuparlo y habitarlo paulatinamente, casi como laboratorio.

“El espacio era un lienzo en blanco, así que decidimos ocuparlo y habitarlo paulatinamente, casi como laboratorio.”

Lo hicimos de forma intermitente y de diferentes formas y grados. Eso nos permitió conocer muy bien el espacio. Descubrir, por ejemplo, exactamente por dónde entraba una buena luz incluso en el día más frío de invierno. También, qué cualidades del espacio queríamos sí o sí mantener con nuestra actuación.

Exprimir las diferentes formas de usar el espacio nos dio muchas pistas de cómo proyectar después.

Durante ese tiempo de experimentación, ¿hubo algún momento clave o actividad concreta que revelara el verdadero potencial del espacio?

Puntualmente la nave se usó como lugar de conferencias, fiestas, exposiciones, etc. Después de esas experiencias previas hubo un verano que decidimos trasladar el estudio a la nave, para sumergirnos completamente en la preexistencia. Los niveles de confort estaban muy lejos de los estándares a los que estamos habituados. Por ejemplo, no había cristales en las ventanas ni agua corriente. Fue de algún modo ocupar la ruina con lo mínimo imprescindible para convertirlo en un espacio donde poder trabajar.

Eso nos empujó de algún modo a hacer arquitectura sin elementos y sistemas predefinidos. Nos dio que pensar en cuanto a la relación interior-exterior, público-privado o sistemas activos-pasivos.

Esa fue la ocupación más permanente que hicimos hasta el final de las obras. Habitar durante el día la nave nos permitió conocerla mucho y nos ayudó a diluir ideas preconcebidas y pensar el proyecto de un modo mucho más naïf.

La operación de “vaciar” transforma radicalmente la relación entre el edificio y su entorno. ¿Cómo se toma la decisión de abrir ese nuevo patio y reinterpretar la fachada como una estructura habitable?

Vaciar parte del edificio para introducir luz y aire a la parte trasera fue una intuición inmediata desde el primer día que vimos el espacio. El edificio tenía un enorme potencial transversal, entre el interior de manzana y la calle y eso nos parecía imprescindible para mejorar las condiciones de habitabilidad del espacio y multiplicar la porosidad del espacio.

“Reinterpretar el límite entre el nuevo patio y el espacio interior ha sido el punto de más reflexión del proyecto.”

En cambio, reinterpretar del límite entre el nuevo patio y el espacio interior no fue para nada una decisión inmediata. De hecho, seguramente ha sido el punto de más reflexión del proyecto.

Durante ese verano trabajando durante el día en el espacio nos dimos cuenta de que nos faltaba mucho más que una ventana que relacionara el interior con el futuro patio. Había muchas propuestas, pero ninguna clara.

Más tarde, cuando por un tema estructural colocamos unos puntales debajo de la biga donde iría la futura fachada nos dimos cuenta de que ese espacio semi definido por los puntales se convirtió en un sitio con encanto. Los puntales hacían la doble función, aunque de modo efímero, de soporte estructural y a su vez de soporte doméstico. Su repetición y rugosidad permitía encontrar un lugar a escala de usuario en un espacio que en el momento era vasto y sin ningún equipamiento.

Al mismo tiempo, la nave es de las primeras estructuras porticadas de hormigón de la ciudad (1923). El conjunto de estas reflexiones nos llevó a transformar los puntales en pilares apantallados, dando grosor a la fachada trasera como ya lo tenía la delantera y a resolver el problema estructural existente. Al final los perímetros de los dos grandes espacios se convierten en un grosor capaz de ser equipado y generar contraste con la polivalencia del espacio libre de trabajo y estar.

La estrategia de “equipar” crea un equilibrio entre domesticidad y funcionalidad. ¿Cómo se articulan los materiales, las cortinas móviles y los espacios flexibles para permitir una convivencia real entre vivir y trabajar?

Entendemos el espacio como un sistema abierto que sigue adaptándose y modificándose para acoger distintas actividades como hacía durante todo este proceso de adaptación.

Ahora la Nau tiene muchas funciones a la vez y los elementos móviles hacen su magia redefiniendo el espacio cuando es necesario. Las puertas correderas de madera de okume nos permiten una definición muy clara del espacio. Las cortinas en cambio juegan con la ambigüedad.

“Entendemos el espacio como un sistema abierto que sigue adaptándose y modificándose para acoger distintas actividades.”

Por ejemplo, durante el día todo es espacio de trabajo, la cajita central recoge todas las cortinas y puertas a su alrededor abriendo y conectando el espacio de delante con el de detrás.

Por otro lado, el espacio de estar se convierte en sala de reuniones y la cocina en office.

Esto también puede cambiar en función de lo que surja ese día en el estudio. Puede que solo queramos mostrar el espacio de trabajo, entonces todos estos elementos móviles se despliegan y nadie puede sospechar lo que hay detrás.

Por la tarde, la cosa se invierte, cerramos las puertas correderas y nos recogemos en la parte trasera abierta al patio.

La circulación independiente nos permite recibir amigos en casa sin pasar por la parte de trabajo y llegar directo a la sala. Pero si un día queremos una gran comida, abrimos todo y todo se convierte en un gran espacio donde compartir con amigos.

AC7 La Nau se encuentra en un barrio que está perdiendo su memoria industrial. ¿Qué papel creéis que puede jugar este proyecto en la conversación sobre patrimonio, identidad y transformación urbana?

Creemos que puede abrir la puerta a nuevas intervenciones. Esperamos que pueda servir como referente y más piezas puedan transformarse aprovechando las cualidades propias de los espacios industriales.

Algo para nada nuevo, pero tener más ejemplos de intervenciones así en la ciudad y en el barrio puede ser clave para futuras transformaciones.

Al final, se trata de dar valor al patrimonio industrial de la ciudad. Sabemos que faltan viviendas, pero ¿para qué derribar un edificio para construir otro en su lugar? Podemos vivir perfectamente en estos espacios industriales y aprovechar una calidad y capacidad espacial que ya no se volverá a construir en el centro de nuestras ciudades.

“Se trata de dar valor al patrimonio industrial de la ciudad. Podemos vivir perfectamente en estos espacios industriales.”

Este diálogo abierto con el espacio, y con la ciudad, convierte a AC7 La Nau en mucho más que una obra de arquitectura: es una forma de habitar desde la conciencia, desde la observación, y desde la mínima intervención necesaria. Un modelo posible para repensar cómo queremos vivir y construir en las ciudades del futuro.

(*) Pigaa Studio.

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