Benedetta Tagliabue: crear arquitectura como un diálogo vivo con el mundo
Hablar de Benedetta Tagliabue es hablar de una de las mentes más brillantes, sensibles y carismáticas de la arquitectura contemporánea. Genio y figura, su trabajo es reflejo de un espíritu abierto, curioso y generoso, capaz de transformar la complejidad en belleza y los espacios en experiencias emocionales. Cofundadora del estudio Miralles Tagliabue EMBT, su trayectoria no solo prolonga el legado del inolvidable Enric Miralles, sino que lo reinterpreta con una mirada profundamente humana, poética y actual.


La arquitectura como un diálogo vivo
Para Tagliabue, la arquitectura no es un objeto cerrado ni una respuesta definitiva, sino un organismo vivo que respira, se transforma y dialoga con su entorno. Su obra nace de la escucha, del respeto al contexto y de una capacidad única para hacer que los materiales, la luz y las formas cuenten historias. Profundamente influenciada por el pensamiento libre y experimental de Miralles —su compañero en la vida y en la creación— ha sabido mantener viva esa filosofía radicalmente integradora, donde cada proyecto es un nuevo viaje, un laboratorio de ideas, texturas y emociones.
Hoy, bajo su dirección, EMBT se ha consolidado como un referente global de una arquitectura que rehúye fórmulas, que se reinventa en cada lugar y con cada encargo. Proyectos recientes como el Pabellón de España Expo Shanghái 2010, el Kálida Sant Pau Centre en Barcelona —una joya de la arquitectura terapéutica dentro del movimiento Maggie’s—, o la evocadora iglesia de San Giacomo Apostolo en Ferrara, confirman una práctica que no se repite, sino que se adapta y florece en función de la cultura local, el paisaje y las personas que la habitarán.
Más allá de su obra construida, Benedetta es también una figura admirada en el ámbito académico, donde comparte su conocimiento y pasión con nuevas generaciones. Actualmente ejerce como Louis I. Kahn Visiting Professor of Architectural Design en la Yale School of Architecture, donde lidera el semestre de primavera con la misma energía vital que transmite en su estudio.

En esta conversación exclusiva con CC/magazine, Benedetta Tagliabue nos invita a entrar en su universo creativo, a entender el alma detrás de sus espacios, y a descubrir una forma de hacer arquitectura que no impone respuestas, sino que abre preguntas al mundo con luz, belleza y emoción.
Un legado arraigado en el contexto y la experimentación
Enric Miralles dejó un legado profundamente marcado por la experimentación y la integración con el contexto. ¿Cómo logras mantener viva esa visión en los proyectos actuales del estudio?
La mantenemos viva, sí, pero no replicando literalmente lo que hacíamos cuando Enric estaba con nosotros. Su forma de experimentar y de dialogar con el contexto era absolutamente única, y en aquel entonces lo hacíamos sobre todo con dibujos a mano, con su trazo tan expresivo, tan lleno de intuición. Hoy, hemos evolucionado hacia otros lenguajes, y uno de los que más nos ha entusiasmado en los últimos años es el collage.
El collage, tanto físico como digital, se ha convertido en una herramienta maravillosa para las primeras fases del proyecto. Es una forma muy rica de situarte en un lugar nuevo, con clientes distintos, culturas distintas… Vas reuniendo fragmentos de materiales, ideas, atmósferas, referencias, y al unirlo todo empiezas a descubrir el alma del lugar. Es un proceso muy lúdico, colectivo y, sobre todo, muy inspirador.
Lo que más me gusta es que, a diferencia del dibujo de autor, que en el caso de Enric era tan personal y mágico, el collage permite que todo el equipo participe. Cada uno aporta su sensibilidad, su mirada, su energía. Es menos individual, pero quizás por eso mismo, más enriquecedor. Y lo bonito es que a través de esta práctica hemos descubierto talentos increíbles dentro del estudio. De alguna manera, seguimos experimentando e integrando el contexto, pero desde una nueva perspectiva, más abierta y colaborativa. Y eso, creo, es una forma muy viva y actual de honrar el espíritu de Enric.
Diseñando identidad: la estación Clichy-Montfermeil
La estación de metro de Clichy-Montfermeil, cuyo proyecto ganasteis en 2014 y que se inaugurará en 2026 como parte del Grand Paris Express, transformará un nodo de movilidad en un espacio urbano vibrante y lleno de vida, profundamente conectado con la identidad multicultural del barrio. ¿Cómo abordasteis el reto de diseñar un lugar que, más allá de su función de transporte, construya identidad y genere vínculos emocionales con la ciudad y sus habitantes?
Justamente este proyecto ha sido muy interesante porque cuando empezamos a plantearlo tuvimos muy presente que queríamos que el edificio se pareciese a la gente que vive allí. Como soy muy esteta y para mí la moda va más allá de la parte meramente superficial, descubrí que en la zona las mujeres llevaban unos vestidos confeccionados con unos tejidos fabulosos, totalmente diferentes a lo que puedes encontrarte en Europa, porque la mayoría de las personas que viven allí vienen de África, India o Bangladesh, y se trata de un París con una mezcla étnica magnífica.

También descubrimos unos mercadillos muy bonitos y llenos de vida y de color, donde vendían cosas muy curiosas y diferentes. Así que teniendo todo esto en cuenta, tuvimos muy claro que queríamos que la estación se pareciese a sus vecinos, que no fuese un edificio que les resultase ajeno y/o que les obviase.
Para ello, hicimos muchos collages y nos esforzamos para aproximarnos a la comunidad, conocer sus necesidades, y no fue fácil. En esa zona se iniciaron los disturbios de 2005 tras la muerte de dos jóvenes musulmanes de origen africano mientras escapaban de la policía en Clichy-sous-Bois, una comuna pobre en un suburbio del este de París. Es por ello, que tras todo lo acaecido decidieron ubicar una estación importante. Y para poder aproximarnos a la gente de la zona y llevar a cabo un proyecto que sintiesen como suyo, organizamos una serie de workshops con mujeres a las que les pedimos que eligiesen sus vestidos y tejidos favoritos. De todo aquello sacamos fotocopias y les invitamos a recortar como quisiesen el material que estaba encima de la mesa, ya que luego, juntas, haríamos un collage grupal. ¡Hicimos unos collages maravillosos! Y de los mismos extrajimos la variación de los colores dentro del edificio de la estación.
Para nosotros es fundamental encontrar la manera de hacer partícipe a los vecinos, porque la arquitectura, lo que nosotros hacemos, debe servir para mejorar la vida de las personas.
Enfrentando el cambio con resiliencia y adaptabilidad
Los grandes proyectos públicos, por su complejidad y duración, suelen estar expuestos a numerosos cambios: nuevas normativas, ajustes presupuestarios, decisiones políticas… Todo esto puede generar frustración y requiere una gran dosis de resiliencia por parte del arquitecto. ¿Cómo afrontas tú estos procesos tan largos y cambiantes?
Sí, eso es totalmente cierto. Y lo asumimos desde el principio, sobre todo cuando se trata de proyectos institucionales de gran envergadura. Sabemos que el camino será largo, que no todo saldrá exactamente como lo habíamos imaginado en un inicio, y que habrá muchas voces implicadas, a veces con intereses distintos. También sabemos que surgirán nuevas normativas, recortes o decisiones que escapan completamente de nuestro control.
Por eso siempre decimos a nuestros clientes que no somos arquitectos que se aferran a una idea inamovible. Nosotros trabajamos a favor del proyecto, acompañamos todo el proceso de principio a fin, y asumimos que habrá modificaciones. Lo importante es estar presentes cuando suceden, para poder reinterpretar, ajustar y tomar decisiones coherentes con la esencia original.
En lugar de ver los cambios como una amenaza, nos gusta pensarlos como oportunidades. Cada modificación, aunque a veces sea difícil, puede ser una ocasión para mejorar, para repensar, para afinar aún más el proyecto. Esa actitud de adaptación constante, de diálogo, de escucha, es algo que define mucho nuestra manera de trabajar. La arquitectura no es solo un resultado final, es un proceso vivo. Y nosotros queremos estar ahí, en cada etapa, creciendo con él.
Está claro que, en vuestro estudio, el ego está muy bien gestionado… (risas)
Eso parece… (risas). La verdad es que en esta profesión es fundamental tener una buena dosis de humildad, porque los proyectos rara vez dependen solo de uno mismo. Ahora, por ejemplo, estamos trabajando en el Conservatorio de Música del campus de la Chinese University of Hong Kong (CUHK), en el distrito de Longgang, Shenzhen. Ganamos el concurso en 2021 y es un proyecto enorme, con más de 129.000 metros cuadrados construidos.
Allí seguimos el proceso que nos marcan, con reuniones semanales con el cliente. Y muchas veces tenemos que escuchar opiniones que no siempre responden a criterios arquitectónicos o técnicos, sino que están basadas en gustos personales de personas que tienen poder de decisión. Y hay que estar preparados para eso, porque forma parte del juego.
Cuando eliges esta profesión, debes saber que habrá momentos así. No puedes cambiarlo todo, y a veces incluso se toman decisiones que pueden afectar negativamente al proyecto.
Sin embargo, ahí es donde entra nuestro compromiso: hacer todo lo posible para proteger la esencia, para encontrar caminos alternativos, para seguir aportando valor incluso en condiciones difíciles. Porque al final, lo importante es que la arquitectura llegue a buen puerto, aunque el viaje no sea perfecto.

Una visión urbana centrada en el ser humano
¿En qué proyectos estáis trabajando ahora y qué nuevas direcciones está explorando el estudio?
Uno de ellos es el Parco del Mare en Rímini, ciudad de Emilia-Romaña del noreste de Italia, es uno de los centros turísticos más populares del Adriático, que consiste en una renaturalización. Es decir, en la transformación de un frente marítimo fragmentado en un parque urbano coherente que acoge la vitalidad de la ciudad y crea un espacio verde para turistas y locales, al tiempo que ayuda a compensar los efectos del cambio climático articulando una protección del impacto de la subida de las aguas. Estamos muy contentos con este proyecto. Antes de la intervención, el paseo marítimo de Rímini estaba fragmentado, no tenía ni una identidad clara ni cohesión, y no aprovechaba su potencial como espacio público que ofreciera un entorno atractivo para residentes y turistas. Además, la carencia de conexión entre la ciudad y la costa limitaba su uso y disfrute durante todo el año.
Este proyecto va por tramos, ya que hasta que se acaben los 8 km y medio, tardará al menos 3 o 4 años más, así que mientras tanto seguimos involucrados en el mismo.
La poética de Nápoles: arte, arquitectura y arqueología
En 2004, la ciudad de Nápoles invitó, bajo el lema “Arquitectura, Arqueología y Arte”, a estudios internacionales como los de Foster, Siza, Tagliabue o Fuksas a proyectar la nueva línea metropolitana. Y vuestra propuesta resultó ganadora con un proyecto que se ha inspirado en la tradición local para restituir un inoperante espacio público, e introducir en él la naturaleza e identidad de la capital napolitana. ¿Qué puedes contarnos al respecto?
¡Nápoles è un’occasione! y no me ha extrañado nada que el proyecto haya durado 20 años (risas). La verdad es que la amo. Nápoles no es simplemente una ciudad, sino una posibilidad viva: una oportunidad de transformación, de descubrimiento, de diálogo entre el pasado y el futuro, entre lo caótico y lo sublime. Me encantó visitar la ciudad tantas veces.

Cuando recibimos el encargo para diseñar la estación «Centro Direzionale» de Nápoles, lo que más nos inspiró fue el desafío de reconectar una parte muy artificial de la ciudad —diseñada en los años 70 por Kenzo Tange— con la esencia más orgánica y emocional de Nápoles. Esta era una zona con grandes torres de oficinas, muy estructurada y racional, pero que al caer la tarde quedaba vacía, casi desierta. Queríamos darle vida, naturaleza, una nueva energía, y a la vez rendir homenaje a la historia profunda de la ciudad.
El proyecto parte de ese concepto que en Nápoles han llamado«triple A»: arte, arquitectura y arqueología. Nos pareció una idea fascinante porque no se trataba solo de construir una estación de metro, sino de generar un lugar con alma, que hablara con el pasado y el presente a la vez. En nuestro diseño buscamos crear una topografía nueva, una especie de bosque arquitectónico que fluyera sobre las líneas del metro ya existentes. Por eso usamos la madera como material principal: es cálida, ligera, muy versátil, y al mismo tiempo crea un contraste poético con el hormigón y la rigidez de las estructuras anteriores.
Las bóvedas, que son casi una constante en nuestro estudio, aquí adquieren una nueva dimensión: evocan los grandes espacios de las estaciones clásicas, pero también nos permiten jugar con la luz, con la sensación de caminar entre árboles. Queríamos que el viajero, al entrar en esta estación, tuviera la sensación de estar en un paseo por la naturaleza, aunque esté en medio de un centro financiero. Es como transformar lo artificial en algo vivo, humano, cercano.
Además, incluir una pieza artística en el techo —una reinterpretación de un rostro hallado en Pompeya— refuerza ese vínculo con la arqueología, con la memoria visual y emocional del lugar. Nápoles es una ciudad de capas: históricas, culturales, emocionales. Esta estación busca ser una nueva capa, que no impone, sino que escucha y dialoga con todas las demás.

Espacios espirituales con significado social
¿Qué proyecto de los últimos que habéis realizado destacarías cómo el que más alegrías os ha proporcionado?
De los últimos proyectos que hemos realizado en el estudio, uno de los que más me ha emocionado —y que llevo muy cerca del corazón— es la iglesia de San Giacomo Apostolo, en Ferrara. Ha sido una experiencia profundamente humana, espiritual y arquitectónica. Para nosotros no se trataba simplemente de construir un templo religioso, sino de crear un nuevo centro de vida comunitaria, un lugar que pudiera convertirse en catalizador para el barrio, que promoviera la reunión, el diálogo, la educación, la cultura.
Nos inspiramos mucho en la naturaleza, en las formas orgánicas y ligeras, casi como si el edificio creciera del propio terreno. Quisimos que la arquitectura fuera acogedora, cercana, abierta a todos. En contraposición con la solidez histórica del centro de Ferrara, optamos por un lenguaje más fluido, más esbelto, casi como un bosque de árboles que envuelve suavemente a quienes se acercan.

El edificio establece un eje visual y simbólico con el puente y con la ciudad más allá del río, pero al mismo tiempo se abre con dos brazos laterales hacia la plaza, como si abrazara a la comunidad.
Me conmueve pensar que este lugar puede acoger tanto momentos de recogimiento espiritual como encuentros cotidianos, actos culturales o juegos infantiles. Es un espacio que vive y respira con la gente. Y creo que eso es lo más hermoso que puede hacer la arquitectura: generar identidad, pertenencia y emoción.
¿Qué anécdota destacarías de este proyecto?
Durante este proyecto, teníamos un equipo de clientes geniales y un liturgista, que es un especialista en liturgia, es decir, en el conjunto de ritos, ceremonias, oraciones y normas que regulan el culto religioso, especialmente dentro de la tradición cristiana.
En el contexto de la arquitectura religiosa, su papel es el de asesorar al equipo de arquitectos y diseñadores para que el espacio responda adecuadamente a las necesidades del culto, tanto desde el punto de vista teológico como ritual.
En un determinado momento, el liturgista consideró que teníamos que incorporar elementos de attrezzo dentro de la iglesia. Entonces fuimos a buscar una Madonna en una iglesia abandonada, y cuando ya estábamos a punto de irnos, descubrimos que detrás de una vitrina había un reflejo y detrás se escondía una Madonna del sigo XIII, que ahora está en la iglesia. La verdad es que se parece un poco a la virgen de Montserrat.
Otra anécdota divertida de este proyecto fue con el artista, Enzo Cucchi. Al principio del concurso fue a hablar con él, y no resultó fácil, porque tiene muy mal carácter. Estaba como enfadado con la iglesia y muy reactivo con respecto a lo que le pedían y lo que él quería hacer. Así que el proyecto quedó parado 5 años, porque los sabios de la iglesia tenían muchas dudas con respecto a llevar a cabo las ideas de este artista, que formaban parte del concurso que habíamos ganado. Sin embargo, cuando encontramos al liturgista, éste actuó casi como de mediador o de domador (risas) de Cucchi, convirtiéndose, además, en mejores amigos (risas). Afortunadamente, al final, todo se solucionó con grandes cruces y con unas figuras de cerámica negra, que era lo que quería Cucchi, y el resultado es impresionante. Estamos muy satisfechos con respecto a este proyecto.

El impacto emocional de la arquitectura
Asimismo, en muchos de tus proyectos, la arquitectura dialoga con el entorno de forma orgánica. ¿Cómo crees que la arquitectura puede mejorar la calidad de vida de las personas en las ciudades contemporáneas?
Creo profundamente que la arquitectura tiene un papel esencial en la mejora de la calidad de vida de las personas, especialmente en las ciudades contemporáneas, donde a menudo vivimos rodeados de prisas, ruido, y espacios impersonales. Para mí, la arquitectura no es solo construir edificios, sino crear atmósferas que cuiden, que escuchen, que acompañen. Espacios que, de alguna manera, nos abracen.
Un proyecto que representa muy bien esta manera de entender la arquitectura es el Centro Kálida Sant Pau en Barcelona. Es un lugar dedicado a acompañar a personas que están viviendo una situación tan delicada como el cáncer. Desde el principio supimos que el espacio debía transmitir calidez, serenidad, belleza y esperanza. Está ubicado junto al Hospital de Sant Pau, pero queríamos que tuviera un carácter completamente diferente: no clínico, no institucional, sino profundamente humano.
Diseñamos el edificio casi como si fuera un jardín habitable, con materiales naturales, luz suave, rincones íntimos, espacios abiertos al exterior… Todo pensado para que las personas que lo visitan se sientan bienvenidas, en paz, acompañadas. Creo que eso es lo que la arquitectura puede y debe hacer por la ciudad y por sus ciudadanos: crear lugares de conexión emocional, donde sea posible respirar, reflexionar, encontrarse con uno mismo o con los demás.
Y lo maravilloso es que esta forma de arquitectura, tan orgánica y conectada con el entorno, también ayuda a transformar el tejido urbano. Aporta belleza, genera comunidad, invita a una relación más amable con la ciudad. Si pensamos los espacios desde el cuidado, podemos cambiar no solo la estética de una ciudad, sino también su alma.

Tecnología e inteligencia artificial en el proceso creativo
La tecnología y la inteligencia artificial están transformando la arquitectura. ¿Cómo crees que la IA y la tecnología está moldeando el futuro de la práctica arquitectónica?
Para nosotros, la inteligencia artificial es una herramienta más dentro del proceso creativo, y nos gusta experimentar con ella e incorporarla en nuestros proyectos. Aún estamos en una fase de exploración, jugando con sus posibilidades, descubriendo cómo puede enriquecer nuestro trabajo sin sustituir la parte más humana del diseño.
Sin duda, nos ofrece una mayor velocidad en la producción y en ciertas fases del desarrollo arquitectónico, lo cual puede ser muy útil. Pero creo que siempre va a ser fundamental la presencia del criterio humano: alguien que esté detrás, guiando, tomando decisiones, interpretando. La tecnología no piensa, no siente, no intuye.
Recuerdo una conversación reciente con mi hijo, que es artista y trabaja con inteligencia artificial desde hace algunos años. Tiene 27 años, y cuando le pregunto cómo se relaciona con estas herramientas, siempre me dice: «Mamá, tienes que entender que la IA es muy estúpida. Tienes que estar detrás de ella todo el tiempo y entrenarla para que haga lo que tú realmente quieres». Y creo que tiene toda la razón. La IA no sustituye el alma del proyecto, pero puede ayudarnos a afinar, acelerar o explorar caminos nuevos, siempre y cuando sepamos hacia dónde queremos ir.
Barcelona como hogar y fuente de inspiración
Has trabajado en todo el mundo, pero Barcelona sigue siendo un epicentro de tu obra. ¿Qué significa para ti esta ciudad y cómo ha influido en tu arquitectura?
Barcelona es una ciudad a la que le doy las gracias cada mañana. Es sencillamente maravillosa. Frente al mar, con la montaña a sus espaldas, rodeada de paisajes únicos y una energía vital muy especial. Es una ciudad bien construida, con una personalidad fuerte, singular, pero a la vez acogedora, llena de gente dulce, creativa, con ganas de vivir. Tiene una mezcla perfecta entre lo humano y lo urbano, entre lo histórico y lo contemporáneo.
Yo llegué a Barcelona por amor, cuando me enamoré de Enric Miralles. Y cuando él falleció, mucha gente pensó que volvería a Italia, que regresaría a mis raíces. Pero yo siempre lo tuve claro: no me quería mover de aquí. Esta ciudad se había convertido en mi casa, en mi lugar en el mundo.
Barcelona me ha influido profundamente, de muchas maneras. Es una ciudad que te lo da todo, casi por ósmosis. Te inspira, te contagia su ritmo, su manera de mirar el espacio, su forma de convivir con la historia y al mismo tiempo mirar hacia el futuro. Ha sido, y sigue siendo, una gran maestra para mí y para nuestro estudio.
Un legado generoso y experimental
Mirando hacia adelante, ¿qué legado te gustaría dejar en la arquitectura?
Me gustaría dejar un legado de una arquitectura comprometida, generosa y atenta. Una arquitectura que siempre intente dar lo mejor de sí, que escuche el lugar donde se inserta y que aspire a dejarlo mejor de como lo encontró. Que no se imponga, sino que se integre, dialogue, transforme con respeto.
También me gustaría que se recordara nuestro trabajo por su espíritu experimental y abierto, por esa constante búsqueda de nuevas formas, materiales, ideas… Siempre con la voluntad de descubrir algo positivo, algo que aporte, que emocione, que conecte con las personas. Que se vea que detrás de cada proyecto hubo un proceso lleno de preguntas, de sensibilidad, de ganas de mejorar el mundo —aunque sea a pequeña escala— a través del espacio.
Si el estudio Miralles Tagliabue EMBT es recordado algún día por eso, por esa forma de mirar y de hacer, me sentiré profundamente agradecida.
(*) Fotos: Portada by Sergi Alcazar; foto fija 1 horizontal y foto fija vertical 3: Parco del Mare, Rimini (Italy) by Roland Halbe; foto fija 2 horizontal: Clichy-Montfermeil Workshop, Paris (France) ©EMBT; foto slider móvil 1 y foto fija vertical 8: Kálida Sant Pau Centre, Barcelona (Spain) by Duccio Malagamba; foto slider móvil 2: Campus de la Fudan School of Management, Shanghai (China) by Liu Songkai; foto slider móvil 3, 4 y 8, y foto fija vertical 4 y 5: Estación Central Metro de Nápoles (Italia) by Roland Halbe; foto slider móvil 5: Estación de Metro Clichy Montfermeil, París (Francia). Render by ©Playtime; foto slider móvil 6: Kálida Sant Pau Centre, Barcelona (España) by Lluc Miralles; foto slider móvil 7: Iglesia de San Giacomo Apostolo Church y Parish Complex, Ferrara (Italia) by Marcela Grassi; foto slider móvil 9: Parco del Mare, Rimini (Italia) by Roland Halbe; foto slider móvil 10: Iglesia de San Giacomo Apostolo Church y Parish Complex, Ferrara (Italia) by Paolo Fassoli; foto slider móvil 11 y foto fija vertical 6 y 7: Iglesia de San Giacomo Apostolo Church y Parish Complex, Ferrara (Italia) by Roland Halbe; foto fija vertical 1: Benedetta Tagliabue by Cesar Segarra; foto fija vertical 2: Estación de Metro Clichy Montfermeil, París (Francia). Render by ©Playtime.










