“Mickey 17”: ciencia ficción existencial sobre la inmortalidad y la identidad
Aunque la nueva película de Bong Joon-ho apunta a una reflexión profunda sobre la identidad, la explotación y el alma humana, se queda a medio camino entre la idea y la emoción.
Hay películas que nacen con toda la intención de ser grandes. Que aspiran a convertirse en obras referenciales. Y luego están las que, a pesar de contar con todos los recursos para lograrlo —un director de culto, un actor en estado de gracia, una estética cuidada y un presupuesto millonario—, se quedan atrapadas en el laberinto de sus propias ideas. «Mickey 17», la esperadísima incursión de Bong Joon-ho en la ciencia ficción más conceptual, pertenece, dolorosamente, a este segundo grupo.

En CC/magazine no recomendamos la película como experiencia cinematográfica. Pero sí queremos detenernos en lo que quiso ser, y en el mensaje que su director, de forma ambiciosa pero difusa, trató de compartir.
Clonarse es morir en vida
Basada en la novela «Mickey7» de Edward Ashton, la cinta sigue a un «prescindible»: un ser humano enviado a misiones letales con la promesa de ser clonado tras cada muerte. Aparentemente inmortal, pero en esencia, cada Mickey es un eco del anterior, atrapado en una existencia que cuestiona la autenticidad y el sentido mismo del yo.
La pregunta que sobrevuela la historia es inquietante: ¿Si tu conciencia puede ser replicada, qué valor tiene tu vida? La reflexión es potente, y resuena con los dilemas actuales en torno a la inteligencia artificial, la automatización del trabajo y el vaciamiento del alma en sociedades que reducen al ser humano a una función replicable.
Ciencia ficción con traje de crítica social
Como en «Parasite» o «Snowpiercer», Bong Joon-ho recurre a la sátira para señalar las fallas estructurales del sistema. La figura del «prescindible» es una metáfora afilada del trabajador explotado, sustituible, alienado. De quienes entregan cuerpo y tiempo a un engranaje que no los ve.
Pero en «Mickey 17», esa crítica no logra conmover. Falta visceralidad, falta épica, falta alma. El espectador se queda fuera, viendo una maquinaria de ideas bien armadas pero sin un corazón que las bombee.
El peso del presupuesto, la ligereza de la emoción
Visualmente impecable, con una producción a gran escala que se nota en cada plano, la película no consigue traducir esa inversión en emoción o tensión dramática. El ritmo es irregular, la trama se hace densa y repetitiva, y la experiencia, lejos de ser una odisea emocional o filosófica, se vuelve pesada, como un discurso brillante leído en voz monótona.
El propio Pattinson, aunque comprometido, parece atrapado en un personaje más conceptual que humano. Y eso es quizá el mayor problema de «Mickey 17»: en su afán por reflexionar sobre lo que nos hace humanos, olvida mostrarnos a seres verdaderamente humanos en pantalla.
Cine que se piensa, pero no se siente
Celebramos que Bong Joon-ho haya querido seguir explorando con valentía las posibilidades del cine como herramienta filosófica. Pero también creemos que el pensamiento sin emoción no basta para dejar huella. «Mickey 17» lanza preguntas profundas, pero no nos sacude. Tiene forma, pero no fuego.
Tal vez, como los clones que protagonizan la historia, esta película es una copia sofisticada de algo que alguna vez fue único. Una idea brillante, replicada una y otra vez, hasta perder su alma.
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