No nos merecemos a los animales
Por Cecilia Camacho, fundadora y editora de CC/magazine
Hay temas que nos tocan con una intensidad inexplicable. Que nos remueven desde un lugar tan íntimo y visceral que cuesta incluso articular una respuesta racional. Para mí, uno de esos temas son los animales. No como categoría general o como concepto de «naturaleza», sino como individuos con emociones, sensibilidad y una inocencia desarmante que los convierte en víctimas silenciosas de una humanidad cada vez más deshumanizada.
Hace unos días vi «Ellis Park», un documental que, sin ser perfecto ni redondo, logró removerme por dentro de una forma brutal. Dirigido por Justin Kurzel, «Ellis Park» sigue por un lado a Warren Ellis, músico y compañero de batallas de mi admiradísimo Nick Cave, cuya sensibilidad siempre ha rozado lo sublime, sumergiéndonos en su universo personal. Y por otro, sigue el trabajo incansable y la lucha contra el comercio ilegal de animales salvajes de Femke den Haas en Ellis Park*, un refugio para animales en peligro de extinción en Sumatra, apadrinado por el carismático compositor. Y aunque el ritmo del documental es algo errático y la narrativa a veces fragmentaria, su potencia emocional es innegable.
Lo que muestra«Ellis Park» no es nuevo, pero sí es urgente. Porque además de mostrar partes de la vida más íntima de Ellis visitando a sus padres enfermos y mostrando como compone con su inseparable violín, el documental deja patente la crueldad con la que se trafica con animales salvajes, el modo sistemático en que se les arrebata la libertad, el cuerpo, la vida… Por desgracia, todo eso es real. Y ocurre con la complicidad de un sistema podrido que pone precio al dolor y convierte la tortura en mercancía.
La escena en la que Femke explica lo que hacen con las madres para arrebatarles a sus crías es sencillamente insoportable. Hay que tener el corazón muy blindado para no estremecerse. Porque el sufrimiento de un animal no es menor ni menos válido que el de un ser humano. Porque una cría separada de su madre sufre igual. Porque un ser vivo que gime, tiembla, sangra o muere no merece ser tratado como objeto de consumo exótico ni como entretenimiento.
Y sin embargo, sucede. Constantemente. Con impunidad. Porque hay quienes pagan cantidades obscenas de dinero por poseer animales salvajes, como si fueran trofeos o juguetes de lujo. Y porque hay quienes están dispuestos a todo con tal de lucrarse en ese mercado negro: desde asesinar, hasta mutilar, drogar o condenar a cadena perpetua en jaulas miserables.
No nos merecemos a los animales. No nos merecemos su lealtad, su nobleza, su mirada limpia. Somos una especie capaz de lo mejor, pero también de lo más vil. Y lo estamos viendo a diario: en la destrucción del planeta, en el auge de discursos de odio, en la indiferencia creciente ante el sufrimiento ajeno. La crueldad hacia los animales no es un hecho aislado: es el reflejo de una deriva moral que nos atraviesa como sociedad.
Y es difícil no hacer paralelismos. Porque el maltrato animal no es tan distinto del maltrato humano. Porque quienes son capaces de torturar a un ser inocente por diversión, dinero o poder, no están tan lejos de quienes promueven guerras, discriminan, explotan o excluyen. Todo forma parte del mismo desprecio por la vida.
Ver «Ellis Park» es una bofetada. Una más. Una sacudida necesaria. No por lo cinematográfico, sino por lo que denuncia. Por lo que exige. Y porque nos recuerda que hay personas como Femke que deciden no mirar hacia otro lado. Que se dejan la piel, los años y la salud mental por proteger lo que otros destruyen sin pestañear.
Mientras tanto, lo que crece es la impunidad. La desinformación. La banalización del horror. La desensibilización colectiva. Nos hemos acostumbrado a ver animales enjaulados, drogados, vestidos como humanos, expuestos como objetos en redes sociales. Hemos convertido el dolor ajeno en contenido digerible. Y eso también nos define.
No quiero dejar esta reflexión en un punto oscuro. Porque aunque estoy indignada, triste y afectada, también creo en la posibilidad de cambiar. Pero para eso hay que parar, mirar, sentir y preguntarse cosas incómodas. ¿De verdad vale la pena este modelo de vida que aplaude el egoísmo, la violencia y la desconexión? ¿De verdad queremos habitar un mundo donde el sufrimiento es normalizado mientras la empatía se ridiculiza?
Recientemente, vi y escribí una reseña sobre «Bugonia», la nueva película de Yorgos Lanthimos, y no pude evitar conectar su mirada con todo esto. Lanthimos imagina un futuro distorsionado donde la humanidad, a través de su propia maldad, egoísmo y ceguera moral, es catalogada como una especie tan autodestructiva que merece la extinción. Y sí, puede parecer una hipérbole, pero no lo es tanto. Porque cuando la crueldad deja de escandalizarnos, cuando se naturaliza, cuando se justifica, estamos abriendo la puerta a algo muy peligroso: el final de todo.
Quiero pensar que aún estamos a tiempo. Que podemos educar en la ternura, en la compasión, en el respeto profundo por los otros, incluyendo a los animales. Que podemos elegir marcas, políticas, formas de viajar y de consumir que no pasen por el sufrimiento animal. Y sobre todo, que podemos reconocer que el valor de una especie no se mide por su utilidad, ni por su belleza, ni por su capacidad de obedecer. Se mide por su derecho a existir.
(*) En Ellis Park alojan a animales salvajes rescatados a los que cuidan para devolverles a la naturaleza. Sin embargo, hay otros, como los mutilados o enfermos, que se queden en el santuario recibiendo los mejores cuidados, ya que debido a su estado no pueden volver a su entorno natural. Quien gestiona este lugar es JAAN, una ONG dedicada a la protección de la fauna silvestre y al rescate de animales en peligro en Indonesia.
(**) Imagen de portada by JAAN Indonesia.