El placer subversivo de no hacer nada
Por Cecilia Camacho, Fundadora y Editora de CC/magazine
Aunque cueste admitirlo, por la misma falta de costumbre, no hacer nada es, en realidad, un acto profundamente saludable. Porque estar siempre ocupados, tachando listas, respondiendo mensajes, alimentando sin descanso el espejismo de la productividad, solo nos aleja de nosotros mismos. Y eso tiene consecuencias: estrés, ansiedad, desconexión, fatiga creativa.
Vivimos en un mundo atravesado por el FOMO, ese miedo a perdernos algo, a quedarnos fuera, a no estar donde (supuestamente) pasa todo. Pero lo cierto es que no se puede estar en todo, ni hacer todo, ni vivir a toda velocidad. Y lo que es peor: intentar hacerlo solo nos aleja de lo que realmente importa.
En «Bartleby y compañía», Enrique Vila-Matas lo expresaba con lucidez: «No hacer absolutamente nada es la cosa más difícil del mundo, la más difícil y la más intelectual». Y tenía toda la razón. Porque no hacer nada, en serio, no es tumbarse sin más. Es estar sin necesidad de producir. Es silenciar la maquinaria del hacer y enfrentarse al vacío. Y eso incomoda. Hemos aprendido a medirnos por lo que hacemos, no por lo que somos. Por eso, sin tareas, sentimos que flotamos sin rumbo. Pero justo en ese vacío, es donde respira la mente, donde brotan las ideas sin ser empujadas.
«El aburrimiento es el espacio donde la mente respira», afirma la psicóloga británica Sandi Mann, autora del libro «The Upside of Downtime». Su investigación demuestra que permitirnos momentos de inactividad, lejos de ser pérdidas de tiempo, estimula la imaginación, fomenta la resolución de problemas y reduce los niveles de estrés. Numerosos estudios en neurociencia sugieren que el cerebro necesita «tiempos muertos» para consolidar la memoria, integrar experiencias y generar ideas nuevas. Es en esos espacios donde nacen las grandes ideas, donde florece la creatividad.
Esa forma de vivir en piloto automático, siempre haciendo o persiguiendo algo, también nos impide simplemente dejar ser. Y ahí es donde entra la reflexión, tan certera, de Juan José Millás. Recientemente escribía en El País: «El mundo se te entrega cuando renuncias a él. La vida se te ofrece cuando no te interesa». Y no puedo estar más de acuerdo. Porque no hacer también es dejar de perseguir. Soltar esa necesidad de ir detrás de todo. Y cuando eso sucede, cuando paramos y soltamos, cuando dejamos de intentar controlar hasta el último detalle, las cosas, a veces, simplemente suceden. No porque no nos importen, sino porque al soltar dejamos de forzar. Creamos espacio para que aparezca lo inesperado, para que nos sorprenda lo que no se busca.
En mi caso, trato de recordarlo a diario a través de la meditación. Y no solo me regalo horas desconectada del móvil y de las redes sociales, para estar sin más, sino que trato de aceptar las cosas como son, sin tratar de controlarlas, aunque no sean de mi agrado. Y me esfuerzo por lidiar con la incertidumbre, con el silencio del otro, con las expectativas. Porque, como a todos, la inercia, la velocidad de la vida y de uno mismo me juega malas pasadas. Por eso es esencial vivir conscientes, porque es ahí, desde el momento presente, cuando te das cuenta de tu realidad, del ritmo que llevas y te das ese permiso para parar, no hacer, y descubrir lo bien que sienta esa necesaria inacción… a pesar de esa resistencia previa.
Ahora que estamos en la etapa estival, tenemos una oportunidad estupenda para hacerlo. Es el momento perfecto para entregarnos al placer de no hacer nada. Para frenar, observar, descansar y también para dejar de anticipar, planear o controlar. Para descubrir, como yo, que no necesitamos tanto ni tantos estímulos para sentirnos bien. Que muchas veces basta con un poco de espacio, tranquilidad y menos ruido.
Al menos esa es mi experiencia y mi reflexión. Y te la comparto por si, como a mí, a veces también se te olvida.
(*) Foto de Brett Sayles.