El valor de la consciencia

Por Cecilia Camacho, Fundadora y Editora de CC/magazine

Hay momentos en los que la vida parece moverse por sí sola. Días que pasan en piloto automático, decisiones que tomamos sin darnos cuenta, palabras que decimos sin pensar, hábitos que repetimos sin preguntarnos si todavía nos representan. Y aunque esta forma de vivir nos permite avanzar, también puede alejarnos poco a poco de lo esencial: de nosotros mismos.

A menudo confundimos autoestima con seguridad externa. Creemos que tenerla significa tener éxito, voz firme, metas claras o incluso una imagen impecable. Pero una autoestima sólida no es eso. No grita, no se impone. Una autoestima verdadera es silenciosa, tranquila y está anclada en la consciencia: en la capacidad de estar presentes, de saber quiénes somos sin necesidad de disfraz, de defender sin atacar, de elegir sin huir.

Cuando nos desconectamos de esa presencia interna, el ego entra en escena. El ego no es el enemigo, pero es insistente: nos empuja a reaccionar, a compararnos, a protegernos incluso cuando no hay peligro. Vive del pasado o del futuro, de lo que fue o de lo que podría ser, pero casi nunca habita el ahora.

Y ahí está el matiz. La consciencia vive en el presente. En la pausa antes de responder, en el reconocimiento honesto de una emoción, en la decisión de actuar con intención en lugar de desde el impulso. Es esa pequeña distancia entre lo que sentimos y lo que hacemos, entre lo que ocurre y cómo elegimos vivirlo. Una consciencia entrenada no elimina los desafíos, pero los ilumina. Nos permite ver qué patrones repetimos, qué máscaras nos ponemos, en qué momentos dejamos de ser fieles a nuestra propia verdad.

Esta forma de estar, más despierta y más consciente, no surge de un día para otro. Requiere coraje. Porque no siempre es cómodo mirar hacia dentro, hacerse preguntas incómodas, asumir que ciertos automatismos ya no nos sirven. Pero es también ahí donde nace el poder real: en la capacidad de observarse sin juicio y de elegir con libertad.

Y ahora, que entramos de lleno en una etapa estival, el momento se vuelve propicio. El verano, con su ritmo más lento, con la distancia del trabajo o las obligaciones, nos brinda una oportunidad valiosa: la de parar, observar y reconfigurar. De mirar con más claridad qué hábitos hemos adoptado por costumbre y cuáles queremos realmente conservar. De cuestionar cuántas de nuestras acciones vienen de un lugar consciente y cuántas responden al miedo, a la expectativa, al deseo de encajar.

No se trata de hacer grandes revoluciones. A veces basta con una pequeña pausa, una caminata sin distracciones, una conversación sincera con uno mismo. La consciencia no pide prisa, solo presencia.

Porque si hay algo verdaderamente transformador, es empezar a vivir desde un lugar más despierto, más íntimo, más real.
Al menos para mí, volver a ese lugar de presencia me sostiene. Cuando me distraigo o me pierdo en el ruido, propio o ajeno, intento regresar a ese redil sereno que me reconecta con lo esencial.

¡Feliz verano!

(*) Foto portada: Jess Vide.

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