La rumiación sabotea nuestra vida cotidiana

Por Cecilia Camacho, fundadora y editora de CC/magazine

Hay un tipo de ruido que no se oye con los oídos, pero que puede resultar más ensordecedor que el tráfico, que una discusión o que una notificación constante. Es ese murmullo incesante que vive dentro de nuestra cabeza. Ese torrente de pensamientos que repite, analiza, juzga, anticipa y no se detiene. Y lo más inquietante: muchas veces ni siquiera somos conscientes de que está ahí.

Me refiero a la rumiación mental, esa conversación interna que gira en bucle y que, lejos de ayudarnos a resolver algo, nos atrapa en un laberinto sin salida. Todos lo hemos vivido: dar vueltas a lo que dijimos (o no dijimos), imaginar escenarios catastróficos, repasar errores del pasado o ensayar respuestas para situaciones que probablemente nunca ocurran.

Durante mucho tiempo pensé que era simplemente parte de «ser humana», de tener una mente inquieta, de ser introspectiva. Pero en los últimos años he aprendido que, aunque pensar es una función vital y maravillosa de nuestro cerebro, no todos los pensamientos nos sirven. Y que a veces, cuando no gestionamos ese diálogo interno, se convierte en nuestro peor enemigo.

Uno de los expertos que más me ha hecho reflexionar sobre este tema es Ethan Kross, psicólogo y autor del libro «Chatter: The Voice in Our Head, Why It Matters, and How to Harness It». Según él, todos tenemos una voz interior —una especie de narrador constante que interpreta el mundo— y esa voz, bien guiada, puede ser una aliada poderosa. Nos ayuda a tomar decisiones, a proyectar el futuro, a reflexionar sobre el pasado. El problema surge cuando esa voz pierde el control y se convierte en ruido mental, en lo que él llama chatter.

Ese chatter o parloteo mental, cuando se vuelve crónico, aumenta los niveles de ansiedad, disminuye la concentración, sabotea nuestras relaciones y debilita nuestra salud mental. Y lo peor: está tan normalizado que lo confundimos con «pensar», cuando en realidad es una forma de autosabotaje.

La psicología conductual ha estudiado esto durante décadas. La rumiación —repetir los mismos pensamientos negativos una y otra vez sin llegar a una solución— está estrechamente relacionada con depresión, estrés crónico e incluso enfermedades físicas. No es solo una molestia pasajera: es una trampa silenciosa que nos impide estar presentes y vivir con claridad.

Y en un mundo hiperestimulante, digital y acelerado, todo contribuye a alimentar ese ruido. La comparación constante en redes sociales, la multitarea, el perfeccionismo, la cultura del “haz más”, el miedo a perderse algo. Todo eso activa nuestra mente de forma compulsiva. Y la mente, cuando no encuentra silencio, se agita.

¿La solución? No es «apagar la cabeza», sino aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos. Kross propone herramientas prácticas que, lejos de ser fórmulas mágicas, son anclas que nos devuelven al presente: hablar con nosotros mismos en tercera persona (sí, como hacen los atletas o los actores antes de salir a escena), escribir para ordenar el caos mental, exponernos a la naturaleza para reducir la hiperactividad cognitiva, o incluso ritualizar ciertas actividades para generar contención emocional.

Pero para que eso funcione, hay que hacer lo más difícil: detenerse y observar. Darse cuenta del parloteo. Reconocer la voz que nos repite que no somos suficientes, que deberíamos haber hecho algo distinto, que el futuro es una amenaza constante. Y una vez que la reconoces, no seguir alimentándola.

No escribo esto como experta ni como psicóloga —porque no lo soy—, sino como alguien que encuentra en estos temas una fuente inagotable de preguntas, lecturas y reflexiones. Como editora, me interesa mirar hacia adentro tanto como hacia afuera. Y estas editoriales, en el fondo, son eso: una forma de compartir inquietudes que siento que, de un modo u otro, nos tocan a muchos. Hablar del ruido en la mente es también hablar del mundo en el que vivimos, de cómo lo habitamos, de lo que dejamos entrar y de lo que decidimos escuchar.

(*) Foto: Elina Araja.

BACK
BACK TO TOP