El lugar desde el que juzgamos
Por Cecilia Camacho, Fundadora de CC/magazine y Consultora estratégica en CC/studio
Hay algo que se ha vuelto difícil de ignorar. Basta con abrir cualquier red social para percibirlo: un tono constante de juicio, una especie de ruido de fondo donde todo parece estar disponible para ser señalado, corregido o desacreditado. No se trata tanto de crítica en el sentido más constructivo del término, sino de una forma de reacción inmediata, impulsiva y, en muchos casos, innecesariamente dura.
Opinar nunca ha sido el problema. Lo que sí parece haber cambiado es la manera en que lo hacemos y el lugar desde el que lo hacemos. Cada vez es más frecuente encontrarse con voces que no participan en lo que ocurre, que no crean ni se exponen, pero que intervienen con una seguridad absoluta. Como si el simple hecho de tener una opinión bastara para convertirla en criterio.
En ese contexto, la idea de que la ignorancia es atrevida adquiere otra dimensión. No se trata solo de opinar sin saber, sino de hacerlo con una contundencia que no se corresponde con el conocimiento real. Se juzgan procesos complejos desde fuera, sin haberlos transitado, y aun así se formulan conclusiones cerradas, como si todo pudiera reducirse a una lectura rápida.
Hay algo profundamente cómodo en juzgar lo que otros sí se han atrevido a hacer. Porque hacer implica exponerse, asumir riesgos, equivocarse, revisar y sostener decisiones en el tiempo. Opinar, en cambio, permite mantenerse al margen de todo eso. No exige implicación ni tiene consecuencias directas, y quizá por eso se ejerce con tanta facilidad.
En este escenario, la metáfora de la espada de Damocles adquiere un nuevo sentido. Ya no habla únicamente del poder ni de la fragilidad de quien ocupa una posición elevada. Hoy, esa espada parece colgar sobre cualquiera que decide hacer algo visible.
Crear, posicionarse, lanzar un proyecto, subirse a un escenario o compartir una idea implica, inevitablemente, colocarse bajo esa presión constante: la de la mirada ajena, inmediata y muchas veces desproporcionada. Lo interesante no es tanto la existencia de esa presión, que siempre ha estado ahí de una forma u otra, sino el hecho de que ahora no proviene de unos pocos, sino de una multitud. Y esa multitud, en muchos casos, no arriesga nada.
En los últimos días lo hemos visto con claridad a raíz del nuevo espectáculo de Rosalía. Más allá de si gusta o no —algo completamente legítimo—, lo que resulta revelador es el tipo de conversación que se ha generado. Junto a miradas que intentan entender o analizar la propuesta, aparece otra forma de reacción mucho más rápida, menos reflexiva y más centrada en señalar.
No se trata tanto de discrepar como de cómo se hace. Hay comentarios que no buscan abrir una conversación ni aportar una mirada interesante, sino que se limitan a identificar fallos, simplificando trabajos complejos hasta hacerlos fácilmente criticables, siempre desde una posición en la que no hay exposición ni riesgo propio.
Es en ese gesto donde algo se pierde. Se pierde la empatía, la capacidad de entender que detrás de cualquier proyecto hay tiempo, decisiones, dudas y un grado importante de exposición. También se diluye la humildad necesaria para reconocer que no siempre se tiene toda la información. Y, quizá de forma más sutil, desaparece el pudor.
Ese filtro que antes ayudaba a decidir qué decir, cuándo y cómo, parece haberse debilitado. No todo lo que se piensa necesita ser dicho, y desde luego no todo necesita decirse de cualquier manera.
Esto no implica renunciar a la crítica. La crítica es necesaria y forma parte de cualquier ecosistema creativo. Pero no toda crítica aporta lo mismo. Hay una diferencia clara entre observar con atención y reaccionar sin contexto, entre cuestionar desde el interés y juzgar desde la distancia.
La crítica que realmente aporta suele requerir tiempo, atención y una cierta responsabilidad. La otra, la más visible en redes, es inmediata y ligera. Funciona más como una descarga momentánea que como una aportación real. Y quizá por eso resulta tan frecuente.
Hoy que todo parece estar al alcance de la opinión, la verdadera sofisticación no tiene que ver con opinar más, ni más rápido, ni más alto. Tiene que ver con entender desde dónde se habla, con reconocer los propios límites y con saber elegir cuándo intervenir.
Porque crear y exponerse sigue siendo, a pesar de todo, un acto de valentía. Y frente a eso, quizá no siempre sea necesario aplaudir, pero sí mantener una forma de respeto que hoy, en demasiadas ocasiones, parece haberse perdido.
(*) Foto portada: Gareth Cattermole/Getty Images.