¿Para quién trabajamos?

Por Cecilia Camacho, fundadora de CC/magazine y consultora estratégica en CC/studio

Recientemente vi Salaryman (2021), el documental dirigido por la artista multidisciplinar Allegra Pacheco (1986, Costa Rica), y hubo una pregunta que permaneció conmigo mucho después de terminarlo: ¿en qué momento el trabajo deja de formar parte de la vida y empieza a ocuparla por completo?

La película se adentra en la figura del salaryman, el trabajador de oficina japonés cuya identidad ha estado ligada durante décadas a la entrega absoluta a la empresa. Hombres vestidos con trajes prácticamente idénticos que cada mañana llenan los trenes de Tokio y cada noche regresan a casa cuando apenas queda tiempo para algo más que dormir. O, en ocasiones, ni siquiera eso.

Porque para muchos salarymen la jornada no termina al apagar el ordenador. Durante décadas, las reuniones para beber con compañeros y superiores —las conocidas nomikai— han formado parte de una cultura empresarial en la que la lealtad también se demuestra fuera de la oficina. Aunque no sean una obligación escrita, en muchas compañías siguen funcionando como una extensión de la jornada laboral. Rechazar la invitación del jefe puede interpretarse como una falta de compromiso. El trabajo continúa; simplemente cambia de escenario.

“¿En qué momento el trabajo deja de formar parte de la vida y empieza a ocuparla por completo?”

De ahí que las imágenes más impactantes del documental no transcurran dentro de una oficina…

Y me refiero a cuando la cámara nos muestra a hombres dormidos en bancos, aceras, estaciones de tren o apoyados contra una pared, vencidos por el agotamiento después de interminables jornadas de trabajo y de esas reuniones que prolongan el día hasta bien entrada la noche. Algunos parecen haber caído rendidos a pocos metros de la estación… otros permanecen inmóviles, ajenos al ir y venir de una ciudad que continúa su ritmo sin detenerse. Son escenas que forman parte del paisaje urbano de Tokio hasta el punto de que apenas llaman la atención de quienes pasan a su lado.

Es entonces cuando Allegra Pacheco interviene. Con polvo de tiza blanca dibuja alrededor de esos cuerpos la silueta que asociamos a la escena de un crimen. Basta ese gesto para alterar por completo la fotografía. Lo que hasta un instante antes parecía una escena cotidiana adquiere un significado completamente distinto. La ciudad sigue moviéndose, los hombres siguen dormidos, pero ahora resulta imposible no preguntarse qué estamos viendo realmente.

Con una propuesta visual tan poética como inquietante y una banda sonora compuesta por James Iha, miembro de The Smashing Pumpkins, Salaryman trasciende el documental para convertirse en una reflexión sobre el lugar que ocupa el ser humano dentro del sistema económico. No habla únicamente de Japón, sino de cualquier sociedad que empiece a valorar más el rendimiento que a las personas.

Durante décadas, el salaryman simbolizó el éxito del llamado milagro económico japonés. A cambio de una dedicación prácticamente absoluta, las empresas ofrecían estabilidad, ascensos, beneficios y, en muchos casos, empleo para toda la vida. Aquella relación parecía ejemplar, hasta que dejó de serlo. Porque todo pacto deja de ser justo cuando exige que una de las partes renuncie a sí misma.

La consecuencia más extrema de ese modelo tiene incluso un nombre: karoshi, el término japonés que designa la muerte por exceso de trabajo. No se trata de una expresión simbólica, sino de una realidad reconocida oficialmente desde finales de los años ochenta para describir fallecimientos provocados por jornadas interminables, estrés extremo, infartos, accidentes cerebrovasculares o suicidios relacionados con la presión laboral.

Resulta estremecedor que una sociedad haya necesitado inventar una palabra para describir el hecho de morir trabajando.

Pero el karoshi no es el verdadero origen del problema. Es su consecuencia más dramática. La erosión comienza mucho antes, cuando el éxito profesional exige renunciar sistemáticamente al tiempo propio, al descanso, a la familia o a la posibilidad de construir una vida fuera del trabajo.

Sería fácil pensar que se trata de una realidad exclusivamente japonesa. Sin embargo, basta mirar alrededor para comprobar que la cultura de la disponibilidad permanente ha dejado de conocer fronteras.

Vivimos conectados al trabajo incluso cuando ya no estamos trabajando. Respondemos mensajes durante la cena, revisamos el correo antes de dormir y llevamos la oficina en el bolsillo. La tecnología prometía devolvernos tiempo, pero en demasiadas ocasiones ha conseguido exactamente lo contrario: que el trabajo encuentre nuevas formas de ocuparlo.

No es necesario trabajar setenta horas semanales para que una profesión termine invadiendo la vida. Basta con la sensación constante de que siempre deberíamos estar haciendo algo más. Hemos convertido la productividad en una virtud casi moral y el descanso en algo que, a menudo, sentimos que debemos justificar.

El problema no es trabajar. El trabajo aporta propósito, independencia y puede ser una extraordinaria fuente de realización personal. El problema aparece cuando deja de ser una parte de nuestra identidad para convertirse en la única. Y lo cierto es que una persona nunca debería definirse exclusivamente por aquello que produce.

En 2026, mientras la inteligencia artificial y la automatización prometen transformar profundamente nuestra relación con el empleo, quizá la conversación más importante no sea cuánto podremos producir, sino qué tipo de vida queremos construir gracias a esas herramientas.

Porque de poco servirá automatizar tareas si el tiempo que recuperamos acaba siendo ocupado por más trabajo. El progreso no debería medirse únicamente por la eficiencia de las empresas, sino también por la calidad de vida de las personas.

“El verdadero progreso no consiste en producir más, sino en construir una sociedad donde las personas puedan vivir mejor.”

Probablemente esa sea la gran reflexión que deja Salaryman. No es únicamente un documental sobre los trabajadores de oficina japoneses, sino una invitación a cuestionar un modelo que, bajo distintas formas, se extiende por buena parte del mundo.

Las sociedades no se definen solo por su crecimiento económico, su capacidad de innovación o sus índices de productividad. También se definen por aquello que deciden proteger.

Y quizá haya llegado el momento de recordar que ninguna empresa debería necesitar la vida entera de una persona para funcionar. Porque, antes o después, todos deberíamos volver a hacernos la misma pregunta: ¿para quién trabajamos?

(*) Foto: Salaryman (2021), dirigido por Allegra Pacheco.

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