Mirar donde nadie mira
Por Cecilia Camacho, fundadora de CC/magazine y consultora estratégica en CC/studio
Hay una costumbre que apenas cuestionamos porque forma parte de nuestra vida cotidiana: creemos que mirar y ver son la misma cosa. Sin embargo, basta permanecer unos minutos en cualquier plaza, museo o aeropuerto para comprobar que existe una diferencia enorme entre ambas. Miramos constantemente, pero prestamos atención muy pocas veces. Recorremos ciudades pendientes de la siguiente parada, atravesamos exposiciones leyendo los carteles antes que las obras y fotografiamos lugares que apenas hemos tenido tiempo de observar. Nunca habíamos estado tan rodeados de imágenes y, al mismo tiempo, pocas veces habíamos dedicado tan poco tiempo a detenernos en ellas.
“Miramos constantemente, pero prestamos atención muy pocas veces.”
Quizá el problema no sea la cantidad de fotografías que hacemos, sino la velocidad con la que hemos aprendido a consumir el mundo. Vivimos convencidos de que siempre hay algo más esperándonos unos metros más adelante: otra calle, otra noticia, otro restaurante, otro vídeo, otra pantalla. Esa lógica de la inmediatez ha terminado afectando también a nuestra manera de observar. Nos cuesta permanecer. Nos cuesta aceptar que lo verdaderamente interesante no siempre aparece a primera vista y que algunas historias solo empiezan a revelarse cuando dejamos de buscar lo evidente.
La creatividad siempre ha dependido de esa capacidad para detenerse. Antes de existir una idea, un proyecto o una fotografía, existe una mirada. No una mirada en el sentido físico, sino una forma de relacionarse con la realidad. Hay personas que atraviesan un mercado y solo ven un mercado. Otras descubren una coreografía de gestos, colores, conversaciones y pequeñas contradicciones que cuentan mucho más sobre una sociedad que cualquier gran titular. La diferencia no está en el lugar. Está en la atención.
Eso fue, probablemente, lo que hizo de Martin Parr uno de los fotógrafos más influyentes de las últimas décadas. Mientras muchos perseguían paisajes espectaculares o escenas cuidadosamente construidas, él dirigía la cámara hacia aquello que casi todos consideraban demasiado corriente para merecer una fotografía. Playas abarrotadas, turistas, cafeterías, supermercados o fiestas populares se convirtieron en el escenario desde el que retrató las contradicciones del consumo, del ocio y de nuestra forma de vivir. No porque fueran lugares excepcionales, sino precisamente porque eran comunes.
Su trabajo desmontaba una idea profundamente arraigada: que lo interesante siempre sucede lejos de nosotros. En realidad, Parr parecía defender exactamente lo contrario. Lo extraordinario no estaba en otro lugar. Estaba delante de nuestros ojos, aunque la costumbre nos hubiera enseñado a dejar de verlo.
Esa manera de entender la fotografía resulta especialmente pertinente en un momento en el que gran parte de las imágenes que producimos parecen responder a una misma lógica. Viajamos buscando el encuadre que ya hemos visto cientos de veces, repetimos fotografías idénticas tomadas desde el mismo lugar y convertimos determinados espacios en escenarios donde miles de personas aspiran a capturar exactamente la misma imagen. La fotografía, que durante décadas fue una forma de interpretar el mundo, corre el riesgo de convertirse en una forma de reproducirlo.
No se trata de nostalgia ni de cuestionar las redes sociales. Compartir imágenes siempre ha sido una forma de contar quiénes somos. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos qué merece realmente nuestra atención y empezamos a fotografiar únicamente aquello que sabemos que funcionará mejor en una pantalla. Poco a poco, confundimos lo fotogénico con lo interesante, como si ambas cosas fueran inseparables.
Sin embargo, las imágenes que permanecen en la memoria rara vez son las más perfectas. Son aquellas que consiguen revelar algo que antes no habíamos visto. Una expresión, un gesto, una contradicción o un detalle aparentemente insignificante que transforma por completo nuestra manera de entender una escena. Eso es lo que hacía Martin Parr. No buscaba embellecer la realidad, sino observarla con la suficiente paciencia como para descubrir aquello que los demás pasaban por alto.
Esa capacidad va mucho más allá de la fotografía. También explica por qué algunos arquitectos encuentran inspiración en edificios anónimos, por qué determinados diseñadores convierten objetos cotidianos en piezas extraordinarias o por qué algunos escritores son capaces de construir grandes historias a partir de conversaciones escuchadas al azar en una cafetería. La creatividad no empieza cuando alguien crea. Empieza mucho antes, en el instante en que aprende a mirar de una manera diferente.
Resulta significativo que, en plena expansión de la inteligencia artificial, aquello que más valor parece adquirir no sea la capacidad de producir imágenes, sino la de construir una mirada propia. Las herramientas cambiarán, como siempre lo han hecho. Lo que seguirá marcando la diferencia será la sensibilidad para encontrar sentido donde otros solo perciben rutina. Ninguna tecnología puede enseñar a alguien qué merece realmente la pena observar.
“La creatividad empieza mucho antes, en el instante en que aprende a mirar de una manera diferente.”
Quizá esa sea la herencia más valiosa que nos dejó Martin Parr. No una forma concreta de hacer fotografías ni un estilo reconocible, sino una invitación a recuperar una capacidad que todos tuvimos alguna vez y que la velocidad del presente parece haber erosionado: la de prestar atención a lo cotidiano. Porque las historias que terminan cambiando nuestra forma de entender el mundo casi nunca suceden en lugares extraordinarios, sino que suelen estar mucho más cerca, esperando a que alguien decida mirar donde nadie mira.
(*) Foto: Martin Parr.