Leer nos sienta bien
Por Cecilia Camacho, Editora de CC/magazine
El poder de lo esencial
De un tiempo a esta parte, valoro cada vez más los actos sencillos que me reconectan con lo esencial. Y hay uno que, por encima de todos, me devuelve siempre a tierra: leer.
Lo pienso especialmente ahora, cuando abril comienza a despedirse y se asoma una fecha con una carga emocional y cultural muy particular para mí: el 23 de abril, día de Sant Jordi. Una celebración tan catalana como universal, en la que libros y rosas conquistan las calles y, por un día, la literatura y el amor caminan juntos.
Me gusta pensar que este ritual sigue vivo porque, a pesar de todo, seguimos necesitando historias. Historias que nos consuelen, que nos cuestionen o que, simplemente, nos hagan sentir menos solos.
Leer como acto de resistencia
Y sí, lo confieso: soy devota del acto de leer. No por romanticismo mal entendido, sino porque sé —desde la piel, desde la experiencia— que leer me ordena, me fortalece y me sostiene.
En un mundo donde las palabras a menudo se vacían de sentido, donde se promete sin intención y se habla sin pensar, abrir un libro es un acto de resistencia. Es una forma de devolverle valor a lo dicho, peso a lo escrito, sentido al lenguaje.
Cuando leo, el tiempo se dilata. El ruido baja. La prisa se apaga. Leer me exige atención, y yo se la devuelvo con gusto. En cada frase bien escrita hay una promesa cumplida. Un compromiso que sí se honra. Y eso, en estos tiempos de tanto decir sin decir, es casi revolucionario.
Algunos libros que me han habitado
No ordeno mis libros por colores, ni por autores, ni por etiquetas. Los ordeno —mental y emocionalmente— por lo que me han hecho sentir: los que me sostuvieron cuando estaba rota, los que me dieron claridad cuando dudaba, los que me hicieron reír a carcajadas en mitad de una madrugada. Y, sobre todo, los que me devolvieron preguntas cuando más necesitaba dejar de tener respuestas.
Algunos habitan mis estanterías como habitaciones abiertas. Sé que están ahí, esperándome, como quien guarda un abrigo para cuando el alma vuelve a tener frío. Otros los llevo conmigo, como amuletos silenciosos que me recuerdan que siempre hay refugio en las palabras.
Y luego están esos pocos que me habitan a mí. Libros que, por una u otra razón, se han quedado resonando mucho después de haberlos terminado. Hace poco, por ejemplo, terminé «¡Mártir!» de Kaveh Akbar y aún no he salido del todo de sus páginas: me dejó tocada, zarandeada y profundamente impresionada. Lo mismo me pasó con «El año del pensamiento mágico», de Joan Didion, un libro que duele, pero cura. O con «El valor de la atención», de Johann Hari, que más que una lectura fue una llamada de emergencia para repensar mi relación con el tiempo, la tecnología y la presencia. Y si hablamos de novelas que enganchan por su humor inteligente, no puedo dejar de mencionar «El descontento», de Beatriz Serrano, y «Contenido», de Carlo Padial. Ambas me atraparon desde las primeras páginas. Son fabulosas, agudas, divertidísimas.
Regalarse tiempo para leer
Para mí, leer también es una forma de habitar el mundo. Cada libro es un refugio. Una ciudad secreta. Una arquitectura emocional. Leer es diseñar un interior —no físico, sino mental y afectivo— donde puedo estar a salvo de lo inmediato, de lo superficial, de lo banal.
Por eso, ahora que llega Sant Jordi, más allá de recomendarte lecturas, quiero invitarte a algo más simple y profundo: a que te regales tiempo para leer. Tiempo para entrar en una historia como quien entra en un bosque. Para darte esa conversación íntima entre tú y un autor al que probablemente nunca conocerás, pero que, de algún modo, te conoce.
Porque en una época en la que tanto se grita sin decir nada, un buen libro sigue siendo uno de los pocos lugares donde las palabras todavía valen lo que pesan. Y sí, leer —más allá de toda moda— nos sigue sentando bien.
(*) Fotografía: Ely Sánchez (CC/magazine).