Más allá del objeto: el poder de las colaboraciones

Por Cecilia Camacho, Fundadora de CC/magazine y Consultora estratégica en CC/studio

Hace unas semanas, y con motivo del Madrid Design Festival, moderé una conversación en el CUPRA City Garage Madrid bajo un título que, más que una premisa, era casi una declaración de intenciones: «Driven by Design: Más allá del objeto. Diseño con propósito en la era de las colaboraciones.»

La conversación reunió miradas muy distintas pero profundamente complementarias: desde el universo de marca y diseño estratégico de Sergio Vázquez Castiñeira, parte del equipo de diseño de CUPRA; la aproximación experimental y tecnológica de Gianluca Pugliese, fundador de LOWPOLY y artesano digital; y la dimensión artística y urbana de Antonyo Marest, cuya práctica se mueve entre el arte público, el diseño y la colaboración con marcas de todo el mundo.

Durante mucho tiempo, el diseño se entendió como un ejercicio contenido dentro de sus propios límites. Producto, función, forma. Un objeto que resolvía algo. Hoy, sin embargo, ese marco resulta insuficiente. El diseño ya no ocurre dentro de una disciplina, sino en el espacio que se abre entre varias. Es en esa intersección, entre industria, arte, tecnología o cultura visual, donde empieza a adquirir una dimensión más compleja y, sobre todo, más relevante.

Las colaboraciones no son nuevas, pero sí lo es la manera en la que hoy se articulan. Han dejado de ser un gesto puntual o una estrategia de posicionamiento para convertirse en uno de los grandes territorios de experimentación del diseño contemporáneo. Espacios donde se cruzan lenguajes, metodologías e identidades que no siempre comparten el mismo punto de partida. Y es precisamente en esa convergencia, a veces incómoda, siempre fértil, donde aparece la innovación.

Porque colaborar implica asumir que la idea inicial se transforma, que el control deja de ser individual y que el resultado final no responde a una única autoría. Es un proceso en el que se redefinen límites y en el que, inevitablemente, aparecen tensiones. Pero es también ahí donde surgen nuevas formas de pensar, de producir y de conectar disciplinas que, de otro modo, difícilmente se encontrarían.

En este nuevo escenario, el papel de las marcas también está cambiando. Más allá de producir, muchas empiezan a actuar como los mecenas contemporáneos: facilitando contextos, impulsando proyectos y generando plataformas donde el diseño, el arte y la cultura pueden desarrollarse. No se trata solo de visibilidad, sino de crear condiciones reales para que algo ocurra.

Y cuando esa relación se construye desde el respeto, el resultado cambia. Nosotros lo hemos vivido recientemente con The Unusual Barcelona x Lykke, una colaboración que surgió desde una afinidad real y una manera compartida de entender el diseño, la ciudad y la experiencia. Más que una acción puntual, fue un ejercicio de diálogo entre dos universos que encontraron un punto común sin perder su identidad.

Asimismo, durante la conversación, algunas cuestiones se repitieron de manera casi inevitable: si hoy seguimos diseñando objetos o, más bien, construyendo relatos: ¿cómo se preserva una identidad propia dentro de un proyecto compartido?; o ¿qué condiciones deben darse para que una colaboración sea algo más que una suma de nombres? Más que respuestas cerradas, lo que emergió fue una cierta idea común: el valor de una colaboración reside en el equilibrio. En entender que cada parte aporta algo distinto y que ninguna debería imponerse sobre la otra. Cuando eso sucede, es decir, cuando una marca no fagocita al creador, y el creador tampoco diluye el contexto en el que trabaja, es cuando aparece algo verdaderamente interesante. Parece fácil, pero la realidad es que es todo un reto.

En paralelo, el contexto ha cambiado. Las marcas ya no se definen únicamente por lo que producen, sino por los universos que construyen. Los diseñadores trabajan cada vez más en sistemas abiertos, donde conviven tecnología, sostenibilidad y cultura. Y los artistas expanden su práctica hacia nuevos formatos, colaborando con industrias que antes les resultaban ajenas.

En este escenario, colaborar no es tanto una tendencia como una consecuencia natural. Sin embargo, no todas las colaboraciones logran trascender. Algunas se quedan en la superficie, en lo inmediato, en la estética compartida. Otras, en cambio, consiguen generar algo más profundo: abren nuevas lecturas, cuestionan procesos establecidos y amplían el alcance del propio diseño. Algunos buenos ejemplos son la colaboración entre IKEA y Virgil Abloh con MARKERAD, donde el lenguaje del streetwear irrumpió en el ámbito doméstico replanteando el valor del objeto cotidiano. También el caso de Zara con Vincent Van Duysen, una propuesta silenciosa y coherente que traslada una visión arquitectónica al retail sin caer en lo superficial; o la intersección entre deporte y sensibilidad estética en ASICS junto a la marca de moda danesa Cecilie Bahnsen, donde funcionalidad y delicadeza conviven en equilibrio. En otro registro, Byredo con el músico Travis Scott explora cómo traducir un imaginario artístico en experiencia sensorial, mientras que Apple junto a Hiroshi Sugimoto desplaza el foco del producto hacia la mirada, utilizando la tecnología como herramienta cultural más que como fin en sí mismo.

En este contexto, quizá lo verdaderamente relevante ya no sea el objeto que surge de una colaboración, sino el tipo de relación que la hace posible y la forma en que se articula ese diálogo entre las partes. Porque, en última instancia, lo que marca la diferencia es cómo y con quién se diseña. Y es ahí donde empieza, de verdad, el diseño con propósito.

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