Todas las vidas que no vivimos

Por Cecilia Camacho, Fundadora de CC/magazine y Consultora estratégica en CC/studio

Hay una sensación que se ha vuelto sorprendentemente habitual. La experimentan personas con trabajos estables, con acceso a más información que ninguna generación anterior, con capacidad para viajar, aprender, cambiar de profesión o comunicarse instantáneamente con cualquier parte del mundo.

Sobre el papel, nunca habíamos tenido tantas oportunidades. Sin embargo, cada vez resulta más frecuente escuchar a gente que siente que no llega a todo, que siempre va con retraso o que debería estar aprovechando mejor su tiempo.

No se trata necesariamente de infelicidad. Tampoco de frustración en el sentido clásico del término. Es algo más difícil de identificar: la impresión persistente de que siempre existe una experiencia mejor, una decisión más acertada o una versión más interesante de la vida esperándonos en algún otro lugar.

“Es la impresión persistente de que siempre existe una experiencia mejor, una decisión más acertada o una versión más interesante de la vida.”

Durante años utilizamos una palabra para describir parte de ese fenómeno: FOMO, las siglas de Fear of Missing Out. Sin embargo, en la actualidad el concepto ha dejado de referirse únicamente al miedo a perderse una fiesta, un evento o una conversación. Lo que refleja es una inquietud mucho más profunda: la dificultad de sentirse satisfechos en una cultura que nos recuerda constantemente todo aquello que podríamos estar haciendo y no estamos haciendo.

Mientras trabajamos, observamos a quienes parecen haber encontrado la profesión perfecta. Mientras intentamos desconectar, aparecen quienes convierten cada viaje en una experiencia transformadora. Mientras nos esforzamos por construir estabilidad, admiramos a quienes viven en movimiento. Da igual hacia dónde miremos. Siempre parece haber alguien que ha tomado una decisión más acertada que la nuestra.

Las redes sociales han amplificado esa percepción, pero reducir el problema a Instagram o TikTok sería simplificar demasiado. La cuestión tiene más que ver con la forma en que hemos aprendido a relacionarnos con las posibilidades. Vivimos expuestos a una cantidad de información sin precedentes sobre cómo viven los demás y eso ha transformado inevitablemente nuestra percepción de lo que significa una vida satisfactoria.

Hace apenas unas décadas resultaba perfectamente normal desconocer qué hacían la mayoría de nuestros conocidos durante el fin de semana. Hoy podemos seguir los movimientos cotidianos de cientos de personas. Sabemos dónde cenan, qué leen, qué escuchan, qué proyectos lanzan, qué destinos visitan y qué causas defienden.

La vida de los demás se ha convertido en una corriente continua de información que acompaña nuestros desayunos, nuestros trayectos en transporte público e incluso los últimos minutos antes de dormir.

Los seres humanos siempre nos hemos comparado. La diferencia es que ahora lo hacemos a una escala inédita. Ya no nos medimos únicamente con nuestro entorno más cercano. Nos comparamos con profesionales de éxito, creadores de contenido, artistas, deportistas o emprendedores repartidos por todo el planeta.

Cada uno encarna una posibilidad diferente. Cada uno representa una vida que nosotros no estamos viviendo.

La consecuencia de esa exposición permanente va más allá de la simple comparación. Al observar constantemente las decisiones, trayectorias y experiencias de otras personas, también ampliamos de forma casi infinita el catálogo de vidas posibles con las que medimos la nuestra.

Ya no nos preguntamos únicamente si estamos haciendo las cosas bien. También empezamos a preguntarnos si habríamos sido más felices tomando otro camino.

La abundancia de posibilidades ha terminado generando una paradoja inesperada. Cuantas más alternativas tenemos delante, más fácil resulta imaginar que la mejor siempre es la que no hemos elegido.

De ahí que muchas personas vivan con la sensación de estar dejando escapar algo importante. No porque hayan tomado malas decisiones, sino porque la exposición constante a otras vidas alimenta la ilusión de que existe un camino perfecto que, en algún momento, dejamos pasar.

Sin embargo, la experiencia suele demostrar algo mucho más sencillo: todas las decisiones implican renuncias, incluso aquellas que desde fuera parecen perfectas. La vida de los demás también está construida sobre caminos descartados, dudas y oportunidades que nunca llegaron a materializarse. Lo que vemos en las redes es el resultado final de una elección, no todo aquello que quedó fuera de ella.

En una cultura obsesionada con lo siguiente, con lo nuevo y con lo que aún no ha llegado, dedicar atención a lo que ya forma parte de nuestra vida puede ser un gesto mucho más transformador de lo que parece.

Porque la satisfacción rara vez nace de encontrar la opción perfecta, sino que suele aparecer cuando dejamos de evaluar constantemente las alternativas y empezamos a comprometernos con las decisiones que ya hemos tomado.

“La satisfacción suele aparecer cuando dejamos de evaluar constantemente las alternativas y empezamos a comprometernos con las decisiones que ya hemos tomado.”

(*) Foto portada de Prateek Katyal (Pexels).

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