Entrevista a Olivia Ricard: El legado de André Ricard en el diseño

En el mundo del diseño, pocos nombres resuenan con tanta fuerza como el de André Ricard, una figura clave en el diseño industrial y creador de iconos como la antorcha olímpica de Barcelona ‘92. Sin embargo, detrás de cada gran legado hay una nueva generación dispuesta a reinterpretarlo y darle continuidad.

Con motivo del reciente galardón concedido a André Ricard por la organización del Madrid design Festival en reconocimiento a su impecable trayectoria, conversamos con Olivia Ricard, hija del renombrado diseñador, quien ha forjado su propio camino en el ámbito creativo. Con una perspectiva única y una sensibilidad heredada, Olivia nos habla con profundidad sobre la influencia de su padre, el impacto del diseño en nuestra vida cotidiana y su propia visión de la creatividad en el siglo XXI.

¿Cómo describirías a tu padre, André Ricard, en el ámbito personal y profesional?

Es una persona extremadamente generosa, entusiasta y muy curiosa. Mi padre es un fuera de serie en todos los sentidos, tanto profesional como personalmente. Tiene una energía desbordante. Para que te hagas una idea, con 80 años seguía esquiando, ¡imagínate! Ahora ya no, porque es muy mayor y no es el que era, pero incluso mis hijos el otro día me decían: «Mamá, es que para nosotros, el abuelo era Superman». Han tenido la suerte de vivirlo muchísimo y, además, de tener un abuelo muy involucrado.

Es una persona muy independiente y optimista, siempre veía el lado positivo de las cosas. Creo que esa forma de ser tan enérgica, curiosa y positiva le ha permitido desarrollar su profesión y sacar adelante tantísimos proyectos, sobre todo en una época en la que España estaba bajo una dictadura. El hecho de ser extranjero, ya que mi padre es francés, le permitió una apertura y la posibilidad de tener contactos con el exterior, en un momento en que España estaba muy cerrada sobre sí misma. Gracias a ello, pudo salir y conocer un universo inspirador.

“Mi padre es una persona extremadamente generosa, entusiasta y muy curiosa. Un fuera de serie en todos los sentidos.”

Su padre también era una persona muy pionera, que llegó a España justo después de la Primera Guerra Mundial y puso en marcha una empresa farmacéutica. Además, era muy creativo: pintor, escultor, y siempre motivó a sus hijos a desarrollar su potencial. Mi padre, que es el menor de cuatro hermanos, procede de una familia muy abierta a lo nuevo, muy moderna, pero sin estridencias.

¿Qué es lo que más te impresionaba de su forma de trabajar y de ver el mundo?

Es muy difícil, como hijo, interiorizar ciertas facetas profesionales de tu padre. Para mí, siempre ha sido simplemente mi padre, más allá de su profesión. Además, siempre ha sido un padre moderno, porque desde el principio se ocupaba de muchas cosas en casa, lo cual no era común en su época.

De adulta, sí me he volcado más en su faceta profesional. Es una persona que analiza todo con un espíritu crítico muy francés. Cuando toma cualquier objeto, enseguida evalúa su utilidad, su funcionalidad y si realmente está bien resuelto. Su capacidad de análisis es impresionante, hasta el punto de maravillarse con un simple botón bien diseñado.

Siempre decía que lo que está bien diseñado pasa desapercibido. Un buen ejemplo de esto es el calzador, un objeto tan simple pero tan bien resuelto que tiene incluso una escultura preciosa en casa dedicada a él.

Él siempre ha pensado que cualquier idea es susceptible de mejora. Nosotros estudiamos en el Liceo Francés, donde también nos inculcaron el espíritu crítico y la importancia de no aceptar las cosas sin más, sino buscar nuestra propia verdad. Siempre ha sido una persona dialogante y tolerante. Nunca impuso su criterio; entendía que no hay una única verdad, sino muchas. Y siempre nos ha apoyado. He tenido muchísima suerte con el padre que me ha tocado.

“Su capacidad de análisis es impresionante, hasta el punto de maravillarse con un simple botón bien diseñado.”

Descubrió el diseño en Inglaterra. ¿Cómo crees que esa experiencia marcó su visión y su carrera?

Le marcó muchísimo, ya que en aquel entonces en España no existía la profesión de diseñador.

De joven, mi padre era un mal estudiante. Siempre ha sido un gran lector y le ha encantado escribir, pero las matemáticas no se le daban bien. En cambio, el dibujo sí. Por eso, decidió irse a Londres con 17 o 18 años para aprender inglés y desarrollar sus habilidades creativas.

Allí descubrió la Bauhaus, el Arts & Crafts y una serie de diseñadores y arquitectos que le marcaron profundamente. Además, un diseñador francés establecido en EE.UU., Raymond Loewy, fue una gran inspiración para él.

De hecho, le escribió una carta para visitarlo en Nueva York con solo 24 o 25 años. ¡Imagínate hacer algo así en aquella época! Fue en barco y Loewy le recibió. Este diseñador, famoso por crear los icónicos autobuses Greyhound, quedó impresionado con mi padre, le dio consejos y, poco después, mi padre volvió a España y montó su propio estudio de diseño.

“Raymond Loewy, famoso por crear los autobuses Greyhound, fue una gran inspiración para él.”

La gran oportunidad le llegó con Puig. Diseñó un stand innovador para las porcelanas de Bidasoa, que captó la atención de Antonio Puig. Quiso saber quién estaba detrás y así conoció a mi padre, iniciando una relación laboral muy fructífera que duró 40 años. Durante ese tiempo, mi padre diseñó prácticamente todo en Puig; el departamento de diseño de la empresa era él.

¿Cómo era su proceso creativo? ¿Recuerdas algún momento en el que vieras su genialidad en acción?

Mi padre tenía dos estudios. Por las mañanas, trabajaba en casa escribiendo—ha publicado muchos libros—y leyendo sobre la antropología del diseño. Siempre decía algo muy gracioso: «Si te dejan desnudo en una isla desierta, lo primero que harás será diseñar».

Por las tardes, se iba a su otro estudio, donde trabajaba con colaboradores (siempre arquitectos, ya que en ese momento no existía la figura del diseñador industrial). Desarrollaba proyectos, dibujaba a mano, hacía maquetas y creía firmemente en intercambiar ideas con otros para mejorar su trabajo.

¿Qué objeto diseñado por él crees que mejor representa su esencia como creador?

Diría que la antorcha olímpica de Barcelona ’92. Es un objeto que combina corazón y cabeza. Tiene una carga simbólica enorme, pero a la vez es una pieza que requiere de una ingeniería precisa y debe cumplir una función específica. Fue, sin duda, el encargo de su vida.

¿Cómo viviste en casa ese gran encargo?

Fue el encargo de su vida, un proyecto emocionante tanto para él como para todos nosotros. Previamente, le habían solicitado diseñar el dossier de candidatura, que fue un éxito rotundo. Se trataba de una caja de ébano preciosa con un pasador de cobre y el emblema de los Juegos Olímpicos. Al abrirla, revelaba un diseño innovador, compuesto por cajones que contenían los diferentes documentos de la candidatura. Mientras que otras ciudades presentaban simples carpetas, Barcelona apostó por esta maravilla.

“La antorcha olímpica de Barcelona ’92 fue el encargo de su vida.”

Ese encargo ya fue muy ilusionante para mi padre, pero cuando le ofrecieron diseñar otra pieza entre el pebetero del estadio y la antorcha olímpica, tuvo claro que haría la antorcha. Aunque es francés, mi padre se siente profundamente barcelonés y ama esta ciudad. Fue una gran alegría para él, y siempre lo recuerda con mucha emoción.

Además de diseñar la antorcha, también creó el contenedor de la llama y tuvo el honor de correr el segundo relevo en el recorrido del fuego olímpico.

Además de diseñador, tu padre ha sido docente y escritor. ¿Qué tipo de maestro era?

Ha sido muy teórico en sus libros, pero a la hora de enseñar era un profesor muy práctico, que ponía a los alumnos frente a proyectos reales. Su objetivo era que entendieran la evolución de los objetos y el diseño a través de ejercicios aplicados.

Dio clases en diversas instituciones, como el Art Center Europe en Suiza y Eina, donde desarrolló el departamento de producto. También impartió un curso en la Fundación Botín en Santander, dirigido a estudiantes de diseño. La enseñanza siempre le ha apasionado y ha disfrutado enormemente apoyando a sus alumnos.

Publicó numerosos libros sobre creatividad y diseño. ¿Cuál dirías que es su mayor enseñanza para las futuras generaciones?

No es una persona nostálgica. Siempre dice: «Mi época es la presente. No tengo nostalgia de lo vivido, sino de lo que no viviré».

No tiene apego a los objetos materiales. Cierra un proyecto y mira siempre hacia adelante. De hecho, donó todas sus pertenencias al Museo del Diseño, como una forma de liberar espacio y dejar su legado en un lugar donde pueda ser apreciado por otros. Su filosofía de vida se basa en viajar ligero de equipaje, tanto física como emocionalmente.

En el documental de Poldo Pomés, se destaca su concepto de diseño invisible, basado en la idea de que los mejores diseños no buscan protagonismo, sino que cumplen su función de manera eficiente y discreta.

Curiosamente, el otro día, mi hijo le preguntó durante una visita al hospital: «Abuelo, ¿qué consejo me darías para la vida?» Y él le respondió: «Sé tú mismo y lucha por ello, sin hacer daño a nadie». Ese consejo resume su forma de ver la vida: creer en uno mismo, seguir el instinto y ser constante. Mi padre es un gran luchador, alguien que nunca se ha rendido.

Fue un pionero del diseño industrial en España y recibió premios como la Creu de Sant Jordi y la Légion d’Honneur. ¿Qué significan para él estos reconocimientos?

Siempre le han hecho mucha ilusión. Al final, los premios son una muestra de reconocimiento y cariño, y él siempre los ha valorado y recibido con gratitud. Además, nos ha hecho partícipes a toda la familia de esos momentos tan especiales.

¿Cómo crees que su trabajo ha influido en el diseño actual?

Mi padre ayudó a exportar el diseño español al mundo, dándole visibilidad y consolidando un mercado que, en su momento, ni siquiera existía. Su legado ha allanado el camino para muchas generaciones de diseñadores que hoy en día pueden desarrollar su trabajo en un entorno mucho más consolidado y reconocido.

¿Cómo te gustaría que fuera recordado su legado en el mundo del diseño?

Me gustaría que fuese recordado como una persona generosa, comprometida con su profesión, sus clientes y, sobre todo, con el usuario. Siempre decía que el diseñador debía ser el embajador del usuario, defendiendo sus necesidades frente a la industria y actuando como un puente entre lo que las personas requieren y lo que las empresas desean fabricar.

Su legado es haber contribuido a que la vida cotidiana sea más agradable y funcional, demostrando que todo puede ser diseñado, no solo productos, sino también procesos y servicios. Para él, el diseño iba mucho más allá del objeto tangible.

Además, llevó esta filosofía a la acción diseñando ONGs como Design for the World, una organización que buscaba ayudar en situaciones de desastre mediante soluciones de diseño para personas y comunidades en situación de vulnerabilidad.

“Su legado es haber contribuido a que la vida cotidiana sea más agradable y funcional.”

Mi padre siempre quiso mejorar el mundo a través de pequeñas acciones, sin buscar protagonismo. Sus diseños no son de autor, nunca impuso su firma por encima de la función. Se mantuvo en un segundo plano, permitiendo que sus creaciones hablaran por sí solas a través de su utilidad y accesibilidad.

De hecho, sus productos no eran objetos de lujo, sino herramientas diseñadas para las personas comunes, para el día a día. Diseños que solucionaban problemas en lugar de crearlos. Ese es su mayor legado: hacer la vida más fácil.

André Ricard: El diseño como legado eterno

Hablar de diseño en España es hablar de André Ricard. Su nombre está grabado en la historia del diseño industrial como un referente ineludible, un pionero que supo transformar los objetos cotidianos en piezas icónicas de funcionalidad y belleza. Su legado trasciende el tiempo, dejando una huella imborrable en nuestra forma de interactuar con los objetos que nos rodean.

Desde sus inicios, Ricard entendió que el diseño no es solo una cuestión estética, sino una herramienta para mejorar la vida de las personas. Su enfoque racionalista, basado en la funcionalidad y la ergonomía, lo llevó a crear algunos de los productos más emblemáticos del siglo XX.

Uno de sus mayores hitos fue la creación de la antorcha olímpica de Barcelona ‘92, una obra maestra de diseño y tecnología que simboliza la unión entre tradición e innovación. Pero su legado va mucho más allá: desde envases icónicos para marcas internacionales hasta muebles y objetos que hoy forman parte de la memoria colectiva.

Para André Ricard, el concepto de diseño invisible hace referencia a un diseño que, lejos de llamar la atención sobre sí mismo, se integra de manera natural en la vida cotidiana, facilitando su uso sin que el usuario tenga que pensar en él. En este sentido, el diseño invisible es una búsqueda constante de la claridad, la simplicidad y la utilidad, sin elementos superfluos ni ornamentación innecesaria.

Asimismo, Ricard creía que los mejores diseños no son aquellos que buscan protagonismo, sino los que cumplen su función de manera eficiente y discreta. Según él, un objeto bien diseñado no necesita explicaciones ni instrucciones complicadas: su funcionalidad es tan intuitiva que parece «invisible» para quien lo usa. Un claro ejemplo de esta filosofía es su trabajo en el diseño de envases, utensilios y objetos de uso diario. Desde el cenicero Copenhague que evita que el humo se disperse hasta la icónica antorcha olímpica de Barcelona ‘92, sus creaciones no son ostentosas, pero sí excepcionalmente funcionales y ergonómicas.

André Ricard no solo diseñó productos, sino que también promovió una nueva forma de entender el diseño. Su pensamiento quedó plasmado en libros y conferencias donde defendía la importancia de una cultura del diseño accesible y ética. Para Ricard, cada objeto debía responder a una necesidad real, evitando lo superfluo y apostando siempre por la simplicidad y la utilidad.

Su legado sigue vivo, no solo a través de sus creaciones, sino también en las nuevas generaciones de diseñadores que han aprendido de su maestría. Su influencia perdura en el trabajo de quienes entienden el diseño como un acto de responsabilidad social, capaz de generar cambios significativos en la vida de las personas.

Por ello, hoy, más que nunca, las enseñanzas de André Ricard (1929) nos recuerdan que el buen diseño es aquel que trasciende modas, resuelve problemas y deja una marca imborrable en el tiempo.

(*) Fotografías proporcionadas por Olivia Ricard. Foto portada, foto 1 del slider y foto 2, 5, 6, 7 y 8 del cuerpo del texto de Salva López.

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