La Bienal de Venecia ya no puede fingir neutralidad

Por Cecilia Camacho, Fundadora de CC/magazine y Consultora estratégica en CC/studio

Hay algo profundamente distinto en esta edición de la Bienal de Venecia. No se percibe únicamente en las protestas, ni en las pancartas, ni en la dimisión en bloque del jurado internacional. Tampoco en las discusiones alrededor de Israel, Rusia o el papel de las instituciones culturales frente a la violencia contemporánea. Lo que realmente ha cambiado es otra cosa mucho más incómoda: la imposibilidad de seguir sosteniendo la ficción de que el arte contemporáneo existe al margen de la realidad política, económica y moral que lo atraviesa.

Durante años, la Bienal funcionó como una especie de maquinaria perfectamente engrasada donde convivían diplomacia cultural, mercado, espectáculo, turismo de lujo y discursos críticos cuidadosamente institucionalizados. Todo sucedía dentro de un equilibrio extraño pero estable. Había polémicas, claro. De hecho, siempre las hubo, pero existía todavía cierto consenso tácito sobre las reglas del juego.

Este año ese equilibrio parece haberse roto definitivamente. La renuncia del jurado internacional tras negarse la exclusión de Israel y Rusia de los premios ha abierto una grieta difícil de cerrar. Más aún cuando casi la mitad de los artistas participantes decidieron posteriormente renunciar también a optar a los galardones creados por la organización para sustituir a los Leones oficiales.

Y lo interesante no es únicamente el conflicto geopolítico en sí, sino lo que revela sobre el propio sistema artístico contemporáneo. Porque la Bienal siempre ha sido política. Desde su nacimiento en 1895 lo fue. Los pabellones nacionales nunca fueron inocentes. Funcionan como arquitectura diplomática, como representación simbólica de estados, ideologías y relatos nacionales. Pensar que el arte puede separarse completamente de eso resulta, a estas alturas, ingenuo.

Lo que sucede ahora es que muchas de las contradicciones que el sistema llevaba años conteniendo ya no caben bajo la alfombra institucional.

El arte contemporáneo frente al colapso moral

La gran pregunta que sobrevuela esta Bienal no es únicamente si determinados países deberían participar o no. La pregunta real es otra mucho más compleja: ¿puede una institución cultural global seguir apelando a la neutralidad cuando gran parte del mundo vive atravesado por guerras, desplazamientos, violencia y polarización extrema?

La dirección de la Bienal ha defendido la inclusión bajo el argumento de la libertad artística y la negativa a censurar países reconocidos oficialmente por Italia. Pero incluso esa postura aparentemente neutral es también una posición política.

Y ahí aparece uno de los grandes dilemas contemporáneos del arte institucional: ¿dónde termina la defensa de la libertad cultural y dónde empieza la legitimación simbólica de determinados poderes?

La situación resulta especialmente incómoda porque obliga al mundo del arte a confrontar algo que durante mucho tiempo prefirió evitar: su propia contradicción interna. La Bienal habla constantemente de diversidad, reparación histórica, voces marginales, trauma colonial o justicia social. Pero al mismo tiempo sigue funcionando dentro de una estructura profundamente ligada a estados, financiación política, mercado y diplomacia internacional.

Esa tensión siempre estuvo ahí, y lo único que ocurre ahora es que se ha vuelto imposible disimularla.

Florentina Holzinger y el cuerpo como campo de batalla

Dentro de toda esta atmósfera cargada de tensión política y agotamiento institucional, hay artistas que han conseguido atravesar el ruido y generar una conversación mucho más visceral. Una de ellas es Florentina Holzinger.

Su intervención en el pabellón austríaco se ha convertido en una de las imágenes más comentadas, incómodas y extremas de esta edición. Mujeres desnudas suspendidas, cuerpos llevados al límite, ella misma colgada de una campana o desplazándose sobre una moto acuática dentro de un enorme tanque de agua.

Pero reducir su trabajo a la provocación sería quedarse en la superficie. Holzinger lleva años utilizando el cuerpo femenino como un espacio donde colisionan violencia, espectáculo, deseo, disciplina, vulnerabilidad y resistencia. Y precisamente por eso su propuesta encaja de forma tan perturbadora en esta Bienal. Porque habla de cuerpos expuestos, cuerpos observados y cuerpos utilizados dentro de sistemas de poder que constantemente exigen rendimiento, representación y sacrificio.

Su obra incomoda porque no ofrece distancia segura. No permite consumir la experiencia desde la comodidad intelectual típica de gran parte del arte contemporáneo institucional. Hay algo excesivo, inquietante e incluso grotesco en sus performances, y justamente ahí reside su potencia.

Mientras muchos pabellones continúan refugiándose en discursos curatoriales extremadamente racionalizados, Holzinger introduce caos físico, riesgo y vulnerabilidad real.

No parece casual que una de las piezas más comentadas de esta edición sea precisamente aquella donde el cuerpo deja de funcionar como símbolo elegante y vuelve a convertirse en algo incómodo, vulnerable y radicalmente humano.

La fatiga de la espectacularidad

Hay otra sensación que atraviesa esta Bienal: el cansancio. Tanto cansancio visual como discursivo e institucional.

Durante años, el arte contemporáneo ha operado bajo una lógica de acumulación constante: más estímulos, más impacto, más inmersividad, más gigantismo, más experiencia. La Bienal terminó convirtiéndose en una especie de maratón estética donde cada pabellón competía por producir la imagen más viral, la instalación más fotografiable o la experiencia más extrema.

Y probablemente por eso algunas de las propuestas más interesantes de esta edición son precisamente aquellas que intentan desacelerar esa dinámica.

Varios espacios han apostado por el silencio, la contemplación, el descanso o incluso el vacío. Como si parte del mundo artístico hubiese empezado a comprender que la sobreestimulación permanente también termina vaciando de sentido las imágenes.

La paradoja es evidente: nunca habíamos consumido tanto arte contemporáneo y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil detenerse realmente frente a una obra.

El problema ya no es la provocación

Durante mucho tiempo la provocación funcionó como una especie de moneda dentro del arte contemporáneo. Escandalizar todavía garantizaba atención, titulares y relevancia cultural. Pero hoy eso parece haber cambiado, ya que vivimos en una realidad tan saturada de violencia visual, crisis políticas, colapso climático y brutalidad mediática que el problema ya no es cómo provocar al espectador.

El problema es cómo generar experiencia emocional real dentro de una sociedad completamente anestesiada. Y ahí es donde muchas propuestas de esta Bienal fracasan, porque el espectador contemporáneo está agotado de símbolos vacíos, de espectacularidad automática y de obras diseñadas únicamente para circular en Instagram.

Sin embargo, las piezas que realmente permanecen son aquellas capaces de producir una fricción más profunda, una incomodidad menos inmediata y más existencial.

La Bienal como espejo de nuestra época

Quizá lo más interesante de esta edición es que la propia Bienal ha terminado convirtiéndose en espejo perfecto del momento histórico actual: fragmentación, polarización, agotamiento institucional, conflicto geopolítico, ansiedad colectiva y una enorme dificultad para encontrar consensos culturales comunes.

Todo parece convivir simultáneamente: activismo real, oportunismo moral, obras profundamente honestas, discursos vacíos, marketing político, turismo cultural y artistas intentando todavía producir algo verdadero dentro de ese ruido inmenso.

Evidentemente, la Bienal sigue siendo uno de los grandes centros simbólicos del arte contemporáneo global, a pesar de que esta edición deja claro que el modelo atraviesa una crisis profunda.

Y aunque pueda parecer negativo, lo que está claro es que a veces las instituciones culturales solo empiezan a transformarse cuando dejan de poder controlar completamente su propio relato.

La pregunta ahora no es si la Bienal sobrevivirá a esta polémica, porque seguramente lo hará. La pregunta es otra: qué tipo de arte contemporáneo aparecerá después de todo esto. Y sobre todo, si todavía somos capaces de mirar una obra más allá del espectáculo, del algoritmo y de la posición ideológica automática.

(*) Foto portada: «Seaworld Venice» de Helena Manhartsberger, una instalación sobre el apocalipsis climático en la que ella misma desnuda se cuelga bocabajo en una campana gigante y utiliza su cuerpo como badajo; Las dos fotos verticales corresponden a dos instalaciones que nos han encantado: foto vertical 1: «Los restos», Pabellón de España en la Bienal de Arte de Venecia 2026 by Oriol Vilanova (Galería Elba Benítez) reflexiona sobre la memoria, los símbolos y los vestigios culturales a través de una instalación que cuestiona cómo construimos y heredamos los relatos colectivos; foto vertical 2: «Higher Power» by Chris Levine: su intervención en el cielo nocturno de Venecia, utiliza haces de luz como gesto de protesta contra la guerra en Asia Occidental, transformando el paisaje urbano en un poderoso mensaje visual de denuncia y conciencia colectiva.

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