Dame veneno que quiero vivir

La cara se ha convertido en el nuevo campo de batalla. Durante años, la presión estética se concentró en el cuerpo: la delgadez extrema, las dietas imposibles, la obsesión por el peso. Pero algo ha cambiado. Hoy la vigilancia se ha desplazado al rostro. A la piel, a las arrugas, y a la necesidad de parecer eternamente descansadas, lisas, jóvenes y luminosas. Y en medio de ese paisaje aparece «Dame veneno que quiero vivir» (Anagrama), el nuevo libro de Leticia Sala, un ensayo lúcido, incómodo y profundamente honesto que reflexiona sobre el miedo a envejecer, la medicina estética, el edadismo y la manera en que la presión estética coloniza incluso nuestra imaginación.

 

Lejos de cualquier moralismo, Sala aborda un tema especialmente delicado sin caer en trincheras fáciles.

No escribe desde el juicio ni desde el manifiesto antibótox. Escribe desde la duda, la contradicción y la curiosidad. Precisamente ahí reside la fuerza del libro.

“Intuyo que envejecer es una vivencia que solo se comprende al atravesarla, así que prefiero priorizar la apertura espiritualizándola antes que hacerme del culto antibótox. Además, sumarme a una postura cerrada sería otra forma de polarización”, escribe.

Ese tono atraviesa toda la obra: una conversación abierta sobre cómo vivimos nuestros rostros en una época obsesionada con detener el tiempo.

La nueva obsesión estética ya no es el cuerpo: es la cara

En «Dame veneno que quiero vivir», Leticia Sala plantea una idea tan evidente como inquietante: la industria estética ha cambiado de territorio. Después de años de debates alrededor del body positive y de cierta aceptación —aunque parcial— de cuerpos diversos, el foco se ha trasladado hacia el rostro.

“Durante unos años parecía que estábamos explorando la imperfección, lo único, los dientes mal colocados, incluso el feísmo. Pero de repente aparece la idea de eliminar las arruguitas, del skincare, primero como algo divertido y luego cada vez más creepy”, explica.

La autora no habla únicamente del bótox o de los tratamientos estéticos. Habla del ecosistema cultural que los sostiene: filtros, videollamadas, cámaras frontales, TikTok, Instagram, los algoritmos y una industria multimillonaria que convierte la piel en un proyecto infinito.

“El nuevo imperativo es tener un cuerpo delgado y una piel perfecta.”, señala.

Y el problema, según Sala, no es únicamente individual sino estructural. Tiene que ver con la forma en que hemos aprendido a asociar juventud con valor.

“No soy historiadora, pero sí creo que antes había otros cánones. La piel blanquecina, el tuberculosis chic… Ahora el foco está muy puesto en las arrugas. Ahí sí ha habido un cambio muy claro”, cuenta.

Botox, deseo y mirada masculina

Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo conecta la medicina estética con el deseo, el género y la mirada masculina. Sala no esquiva la dimensión política del envejecimiento femenino.

“Hay una mirada masculina cuyo deseo se basa en una búsqueda de la juventud. Todo lo que nos parece bello son rasgos adolescentes. Y eso tiene un punto inquietante”, reflexiona.

En el libro aparece constantemente esa idea de la mujer atrapada en un doble mandato imposible: no envejecer, pero tampoco parecer artificial. Mantenerse joven, pero de forma invisible.

“Estamos en la era de los invisible treatments. El mensaje es: tienes que parecer perfecta, pero que no se note”, dice.

La paradoja es brutal. La sociedad castiga las arrugas, pero también castiga los excesos de la intervención estética. Y en medio de ese campo de minas, millones de mujeres intentan negociar con su imagen.

Sala insiste en que no le interesa juzgar a quienes recurren al bótox o a procedimientos estéticos. De hecho, rechaza frontalmente esa postura: “No demonizo a quien sucumbe a esto por las razones que sean. Yo solo pongo el foco y reflexiono sobre ello. No doy lecciones ni digo qué es mejor o peor”.

Precisamente por eso el libro resulta tan potente: porque entiende que la presión estética siempre es más fuerte que una sola persona.

El miedo a envejecer como miedo a la muerte

En el fondo, «Dame veneno que quiero vivir» habla de algo mucho más profundo que las arrugas. Habla del miedo a desaparecer.

“El envejecimiento es un proceso que te prepara para la muerte”, afirma Sala.

La autora conecta esta obsesión contemporánea con algo ancestral. Desde el antiguo Egipto hasta las rutinas virales de skincare, el ser humano lleva siglos intentando controlar el deterioro físico.

“El veneno ha cambiado, pero el miedo sigue siendo el mismo”, resume.

Sin embargo, lo verdaderamente interesante es que el libro no propone una renuncia ascética al cuidado personal. Sala insiste en separar el autocuidado del castigo: “Debemos distinguir cuándo nos estamos cuidando desde el amor y cuándo desde la culpa».

Y ahí aparece una de las ideas centrales del ensayo: entrenar una especie de radar interno capaz de detectar desde qué lugar hacemos las cosas.

“Hay que subir la vigilancia consciente”, explica, retomando un concepto de Elena Ferrante que atraviesa el libro. “Cuidarse, maquillarse o vestirse de una determinada manera no tiene nada que ver con el feminismo o con no ser feminista. El punto es desde dónde lo hacemos. Por culpa o por placer”.

La generación que crecerá sin ver envejecer a sus madres

Uno de los momentos más inquietantes de la conversación llega cuando Leticia Sala habla de las nuevas generaciones. Especialmente de niñas y adolescentes.

La autora muestra una preocupación clara por fenómenos como las Sephora Kids o el acceso cada vez más temprano a tratamientos preventivos.

“Cuando hablamos de chicas de veinte años que ya están previniendo las arrugas con baby bótox, o niñas de trece con rutinas de belleza, ahí digo: esto no es bueno”, afirma.

En el libro, Sala recoge testimonios estremecedores. Madres cuyos rostros intervenidos dejan de mostrar emociones reconocibles. Hijas que crecerán sin ver el envejecimiento natural de sus referentes.

“Una amiga me dijo que nunca va a ver envejecer a su madre porque ella no se lo ha permitido”, cuenta.

La frase resume perfectamente uno de los grandes conflictos contemporáneos: ¿qué ocurre cuando borramos del rostro las huellas naturales del tiempo?

“Las caras en movimiento contienen información, están comunicando constantemente”, escribe Sala. “Hoy me pregunto: ¿dónde podremos leer el alma cuando el rostro deje de ser un fiel reflejo?”.

“Debemos distinguir cuándo nos estamos cuidando desde el amor y cuándo desde la culpa.”

En uno de los pasajes más impactantes del libro, la autora recupera estudios que relacionan el bótox con una disminución en la capacidad de expresar y sentir ciertas emociones.

“Las expresiones faciales no solo comunican emociones, también las producen”, cita de Dana Berkowitz.

La idea resulta perturbadora: una sociedad obsesionada con borrar las marcas del dolor podría terminar anestesiando también su capacidad de sentir.

“Ahora con la IA decimos que lo que nos va a salvar es la emoción. ¿Estamos seguros? Porque si las camuflamos, ¿qué va a pasar?”, se pregunta.

La juventud como único modelo de belleza femenina

Uno de los grandes aciertos de «Dame veneno que quiero vivir» es conectar la experiencia íntima de mirarse al espejo con estructuras culturales mucho más amplias.

Sala cita a Susan Sontag, Naomi Wolf, Bell Hooks o Jean Shinoda Bolen para demostrar que el envejecimiento femenino sigue siendo profundamente político.

“Mientras que los hombres pueden ser atractivos de jóvenes y también cuando alcanzan la madurez, a las mujeres solo se les permite un modelo de belleza: la juventud”, escribe, recuperando una idea de Sontag.

Y quizá ahí está el núcleo del problema. Porque envejecer, para muchas mujeres, no significa únicamente cambiar físicamente. Significa perder visibilidad, deseo, valor simbólico.

“Parece que hay que preservar esa inocencia y esas teenager vibes porque si no pierdes esa mirada”, reflexiona Sala.

La autora utiliza el mito de Perséfone para hablar precisamente de esa resistencia contemporánea a abandonar la juventud: “Una mujer que no deja atrás la inocencia nunca se convierte en reina del inframundo”. Y lejos de asociar el inframundo con algo oscuro, Sala reivindica ese descenso como una forma de sabiduría: “A veces hay que dejar cosas atrás para acceder a algo nuevo”.

Un libro que incomoda porque nos incluye a todos

Lo más interesante de «Dame veneno que quiero vivir» es que no señala únicamente a la industria estética sino que nos señala también a nosotros. A nuestra forma de elogiar, a nuestra manera de mirar, y a ciertos comentarios aparentemente inocentes.

“Muchas veces cuando alguien nos dice su edad respondemos automáticamente: ‘Pues no lo aparentas’. Lo decimos como un piropo”, explica.

Ese reflejo automático revela hasta qué punto hemos interiorizado el edadismo.

El libro tampoco propone soluciones mágicas. Sala desconfía precisamente de los discursos absolutos. Pero sí deja algunas intuiciones importantes: volver a lo básico, desplazar el foco, construir una relación más consciente con el cuerpo, dejar de buscar atajos imposibles.

“Hoy por hoy pienso que lo único que nos puede salvar de la esclavitud a la que nos somete el miedo a envejecer es mover el foco de nuestros intereses”, escribe.

Y quizá por eso el libro conecta tanto. Porque habla de bótox, sí, pero también habla de humanidad. Del terror a perder la juventud y de la dificultad de aceptar el paso del tiempo en una sociedad que vive obsesionada con borrarlo.

No es un libro contra el cuidado estético, pero tampoco contra quienes deciden intervenirse. Es algo más complejo y mucho más interesante: una invitación a preguntarnos desde dónde hacemos las cosas.

“Vivimos en un mundo profundamente contradictorio”, escribe Sala. “Pero eso no debería equivaler a un conformismo inmediato, irreflexivo y complaciente”.

De ahi que el verdadero valor de este ensayo resida precisamente ahí: en generar preguntas incómodas en una época que prefiere las respuestas rápidas.

“Hoy por hoy pienso que lo único que nos puede salvar de la esclavitud a la que nos somete el miedo a envejecer es mover el foco de nuestros intereses.”

Muy recomendable.

(*) Foto portada: Camila Falquez.

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