Gelateria HANRO: sabores, estaciones y memoria en Seúl
En apenas 16 metros cuadrados, Minwoo Ian Yang traslada a la arquitectura la identidad cambiante de Gelateria HANRO, un proyecto nacido alrededor de los sabores de temporada, los pequeños rituales familiares y una forma de entender el tiempo que también deja espacio para la imperfección.


Gelateria HANRO comenzó mucho antes de tener un local en Seúl. Su origen está en Hanro-at-Home, un ritual familiar que consistía en preparar gelato para el hijo de su fundadora utilizando ingredientes de temporada. Las recetas evolucionaban según lo que ofrecía cada momento del año y, poco a poco, aquel gesto doméstico terminó dando forma a una marca en la que sabor, cuidado y estacionalidad permanecen estrechamente relacionados.

Su nombre resume parte de esa filosofía. Hanro, que significa “rocío frío”, es una de las 24 divisiones estacionales del calendario tradicional de Asia Oriental, concebido para identificar con mayor precisión las pequeñas transformaciones que se producen en la naturaleza a lo largo del año.
Cuando llegó el momento de trasladar esa identidad a un espacio físico, el diseñador Minwoo Ian Yang, en colaboración con Spacetaskgroup, encontró en esa relación con el cambio el punto de partida para construir la nueva casa de HANRO.

Todo sucede en apenas 16 metros cuadrados en Yeomni-dong, dentro del distrito de Mapo-gu, al oeste de Seúl. Un espacio diminuto donde las estaciones entran por las ventanas, los muebles pueden cambiar de lugar y las huellas de quienes estuvieron allí antes siguen formando parte de las paredes.
Las estaciones entran por la ventana
HANRO se encuentra en la planta baja de un edificio de ladrillo pintado de blanco situado en Baekbeom-ro, frente al Gyeongui Line Forest Park. Este corredor verde, desarrollado sobre el trazado de una antigua línea ferroviaria, introduce una presencia vegetal especialmente importante para entender el proyecto.
La ubicación permitió que la naturaleza cambiante del parque se incorporase al interior sin necesidad de representarla de manera literal.
Grandes ventanas y puertas acristaladas de suelo a techo abren visualmente la gelateria hacia el exterior, mientras los asientos se orientan hacia la calle.
Grandes ventanas y puertas acristaladas de suelo a techo abren visualmente la gelateria hacia el exterior, mientras los asientos se orientan hacia la calle. Desde allí, la vegetación, la luz y el movimiento cotidiano del barrio pasan a formar parte de la experiencia.
El interior adquiere así diferentes matices dependiendo del momento del año. Cambian los árboles al otro lado del cristal y también los ingredientes con los que se elaboran los gelatos. Y de esta manera, arquitectura y producto terminan compartiendo un mismo calendario.
Sesenta años escondidos bajo las paredes
La historia del edificio apareció durante la demolición. Y al retirar las capas acumuladas por sucesivas intervenciones comenzaron a surgir restos de una estructura con aproximadamente seis décadas de vida y rastros de los diferentes negocios y ocupantes que habían pasado por ella.

Hormigón desgastado, superficies agrietadas, acabados desalineados y fragmentos pertenecientes a momentos distintos quedaron nuevamente a la vista. En lugar de corregirlos o cubrirlos para conseguir un interior completamente nuevo, Yang decidió conservar buena parte de esas imperfecciones.

Esta decisión evitó convertir el espacio en una escenografía excesivamente controlada y permitió que la arquitectura conservase cierta espontaneidad. Y a su vez consiguió que las marcas del uso anterior dialogasen con los elementos recién incorporados e hiciesen visible una historia que normalmente desaparecería durante una reforma comercial.
Mármol azul sobre hormigón desgastado
Sobre esas superficies heredadas apareció una nueva capa formada por mármol, madera y acero inoxidable.
Uno de los materiales con mayor presencia es un mármol azul de superficie ondulada y brillante, cuyo acabado contrasta deliberadamente con la crudeza del hormigón existente. La madera aporta calidez, mientras un mostrador tradicional de heladería realizado en acero inoxidable introduce un elemento reconocible dentro de una composición mucho más libre.

No se ha intentado disimular la diferencia entre unos materiales y otros. Y precisamente ahí reside buena parte de la personalidad del proyecto.
Lo pulido puede convivir con lo deteriorado, lo nuevo con aquello que lleva décadas allí y una superficie sofisticada con otra que conserva grietas y marcas. El interior encuentra coherencia sin necesidad de uniformidad.
Esta actitud responde a una idea que el propio proyecto plantea de manera sencilla: del mismo modo que una marca encuentra una ropa que se parece a ella, el espacio debía terminar adoptando el ritmo y la personalidad de HANRO.
Por eso, diferentes gustos, texturas y caracteres se reúnen dentro de una especie de orden flexible. La intención no consiste en alcanzar una perfección visual absoluta, sino en permitir una convivencia cómoda entre elementos que no necesariamente fueron concebidos para parecerse.
Las fotografías de Noh Pureum capturan especialmente bien estos encuentros. El azul intenso aparece entre tonos neutros y superficies gastadas, mientras los reflejos del acero y del mármol cambian según entra la luz desde el parque.
Un interior que también se mueve
La flexibilidad no termina en los materiales. En un espacio tan pequeño, cada objeto necesita justificar su presencia y poder adaptarse al funcionamiento cotidiano de la gelateria.
Una pieza triangular de mármol azul funciona como asiento y está equipada con ruedas, de manera que puede desplazarse fácilmente. Junto a ella, un banco geométrico de madera descansa contra la pared sin permanecer fijado a ella.
El mobiliario puede reorganizarse según las necesidades de cada momento y evita establecer una única configuración definitiva para el local.
Esta capacidad de movimiento introduce otra escala temporal en HANRO. No solo cambia el paisaje exterior con las estaciones o la carta con los ingredientes disponibles; también puede hacerlo la disposición física del interior a medida que el espacio se utiliza.

Gelato, diseño y vida cotidiana
Hay una dimensión doméstica que permanece presente incluso después de convertir HANRO en un negocio abierto al público.
Su historia comenzó preparando gelato para alguien cercano, y esa escala íntima continúa percibiéndose en un establecimiento donde apenas existe distancia entre producto, espacio y cliente. El reducido tamaño acerca todos los elementos y convierte la experiencia en algo inevitablemente próximo.
El diseño de los vasos, realizado por Seojeek, lleva la identidad visual hasta el propio acto de comer el gelato, completando un proyecto en el que arquitectura, producto y diseño gráfico forman parte de una misma narrativa.

HANRO encuentra su carácter en una sucesión de decisiones precisas: conservar una pared imperfecta, orientar un asiento hacia los árboles, colocar mármol brillante junto a hormigón desgastado o permitir que un mueble pueda desplazarse cuando sea necesario. Son gestos pequeños, pero juntos construyen una identidad reconocible.
Un espacio dispuesto a envejecer
Con el tiempo aparecerán nuevas marcas, los materiales cambiarán, los muebles encontrarán otras posiciones y el paisaje que se observa desde el interior seguirá transformándose. También llegarán nuevos ingredientes y sabores. El proyecto de Minwoo Ian Yang y Spacetaskgroup parece preparado para asumir todo ello sin perder su identidad.

En un edificio que ya acumula alrededor de sesenta años de historias, HANRO añade simplemente una capa más. Una capa de mármol azul, madera, acero, gelato y vida cotidiana que no necesita borrar las anteriores para hacerse visible.
(*) Fotos: Noh Pureum @npr.kr
