El jockey: la belleza de perderse para volver a empezar
La película de Luis Ortega, con Nahuel Pérez Biscayart y Úrsula Corberó, es una historia de amor, una fuga y una exploración de la identidad de género filmada con una libertad poco habitual. Una joya visual del cine argentino reciente que en CC/magazine no queríamos dejar pasar.
El jockey nos conquistó desde la primera secuencia, cuando Luis Ortega nos introduce en el mundo de las carreras y deja claro que no vamos a ver una película deportiva convencional. Hay humor, peligro y una belleza visual que invita a detenerse en cada plano. Sin embargo, lo que más nos atrapó fue Remo: un hombre capaz de dominar un caballo a toda velocidad que parece haber perdido por completo el control de su vida.
Remo Manfredini, interpretado por Nahuel Pérez Biscayart, es una leyenda del turf cuyo talento convive con una conducta cada vez más autodestructiva. Corre para Sirena, un empresario al que debe dinero, mientras Abril —su pareja, también jockey y embarazada— intenta decidir qué quiere hacer con su futuro. El día de una carrera decisiva, Remo sufre un accidente, desaparece del hospital y empieza a vagar por Buenos Aires. Sirena quiere encontrarlo y Abril también, aunque la persona a la que buscan está comenzando a cambiar de una manera que ninguno de los dos podía prever.

La película se presentó en 2024 y llegó a los cines españoles en 2025. Aunque no sea un estreno de este año, en CC/magazine no queríamos dejar de escribir sobre ella: nos entusiasmó su historia, nos fascinó su fotografía y nos hizo pensar en lo difícil que puede ser descubrir quién eres cuando llevas demasiado tiempo viviendo según las expectativas de los demás.
Remo, el hombre que todos creen conocer
Antes del accidente, casi todo lo que define a Remo parece pertenecer a otras personas. Sirena necesita que gane para recuperar su dinero; el público ve en él a un jinete excepcional; Abril quiere a alguien con quien poder compartir una vida que está a punto de cambiar. Remo responde a esas demandas con una mezcla de talento, adicción y escapismo, como si cada carrera le permitiera aplazar unas horas la pregunta de qué hacer cuando se baja del caballo.
Ortega observa esa contradicción sin tratar de explicarla del todo. Remo no es un enigma que la película quiera resolver mediante una revelación sobre su pasado: es alguien que sabe hacer una cosa extraordinariamente bien, pero que ya no encuentra una forma de vivir dentro del personaje construido alrededor de esa habilidad. Su comportamiento puede ser irritante y doloroso para quienes le rodean, y precisamente por eso su necesidad de escapar resulta más interesante que una simple fantasía de libertad.
El accidente rompe con la vida que conocemos y abre otra película dentro de la película. Remo deja atrás el hipódromo, se mueve por una Buenos Aires cada vez más extraña y adopta el nombre de Dolores. Su transformación incluye una expresión de género distinta, pero Ortega no la presenta como una broma, un disfraz pasajero o una respuesta cerrada a la pregunta sobre su identidad. La acompaña con curiosidad, dejando que la manera de vestir, de moverse y de relacionarse con los demás forme parte de una búsqueda que sigue abierta.
La identidad de género como posibilidad
Ese tránsito de Remo a Dolores es uno de los aspectos más interesantes de El jockey. Principalmente, porque hay películas que construyen un cambio de identidad como un giro que debe sorprender al espectador y explicarse inmediatamente después. Sin embargo, aquí importa más observar lo que sucede cuando el personaje se concede permiso para dejar de obedecer la imagen que otros tienen de él. Cambiar de nombre y de apariencia no borra su historia, aunque sí altera la forma en que puede habitar su cuerpo y entrar en contacto con el mundo.
La película tampoco nos pide que fijemos a Dolores en una categoría para poder comprenderla. Ortega se interesa por el movimiento, por la posibilidad de probar una vida diferente y por el vértigo que aparece cuando ya no sirven las certezas anteriores. Hay momentos de juego y de alegría en esa exploración, junto a otros en los que percibimos que una transformación personal no hace desaparecer las deudas, los vínculos ni el daño causado. Esa convivencia entre libertad y responsabilidad le da a la historia una riqueza emocional que permanece después del visionado.
Abril tiene un lugar decisivo en todo esto. Interpretada por Úrsula Corberó, también está pensando en su cuerpo y en su futuro, aunque desde una situación muy distinta. Su embarazo no la reduce al papel de alguien que espera a Remo: ella corre, desea y toma decisiones propias. La película permite que ambos personajes se enfrenten a cambios profundos sin convertir la búsqueda de uno en la respuesta a la vida del otro. Cuando se encuentran, se reconocen incluso en aquello que todavía no saben nombrar.
Una Buenos Aires de otro mundo
La fotografía de Timo Salminen es una maravilla. El hipódromo, los interiores y las calles nocturnas parecen existir en un Buenos Aires ligeramente desplazado de la realidad, donde cada color y cada composición influyen en nuestra manera de mirar a los personajes. Hay planos de una belleza extraordinaria, pero nunca sentimos que Ortega interrumpa el relato para mostrárnoslos: la imagen nos mete de lleno en el estado mental de Remo y en la nueva vida que Dolores va descubriendo.
El vestuario y el trabajo corporal de Nahuel Pérez Biscayart son igualmente importantes. Mucho antes de que sepamos hacia dónde se dirige el personaje, advertimos pequeños cambios en su postura, sus gestos y su manera de ocupar los espacios. Biscayart consigue que una interpretación llena de transformaciones mantenga siempre una continuidad emocional; puede ser cómico, frágil, desconcertante y profundamente conmovedor en una misma escena.
También la música de Sune Rose Wagner merece una atención especial. Ortega la utiliza para dar impulso a las imágenes, abrir paso al humor o dejar que aparezca una melancolía inesperada. Los bailes, en particular, cuentan mucho sobre Remo y Abril: su complicidad y sus diferencias se perciben en cómo se acercan, se provocan y se separan. En El jockey, los personajes no siempre encuentran las palabras, pero sus cuerpos rara vez se quedan callados.
Un eco de Kaurismäki
Hay algo en El jockey que nos recordó al cine de Aki Kaurismäki: el humor que aparece en situaciones desoladoras, los personajes capaces de decir mucho con una expresión apenas alterada y esos encuadres en los que el color, los objetos y la posición de cada cuerpo parecen estar exactamente donde deben. También comparte con sus películas una forma muy particular de utilizar la música, que deja entrever emociones que los personajes rara vez expresan en voz alta.
Ortega se mueve, sin embargo, en otra dirección. Su película es más excesiva, imprevisible y abierta al cambio, aunque reconocimos en ambas miradas el cariño por quienes no terminan de encajar en la vida que les ha tocado y siguen buscando una oportunidad para vivirla de otra manera.
La conexión también se percibe en la imagen. Timo Salminen, responsable de la fotografía de El jockey, ha colaborado durante décadas con Kaurismäki, y esa precisión visual resulta familiar, aunque aquí se pone al servicio de una Buenos Aires más febril y de una historia que no deja de transformarse.
Una película de culto que sigue creciendo
El jockey compitió en el Festival de Venecia y ganó el Premio Horizontes en San Sebastián, pero su recorrido por festivales solo cuenta una parte de la historia. Lo que a nosotros nos hizo querer escribir sobre ella fue la experiencia de verla: la intriga por saber adónde nos llevará Remo, el placer de cada encuadre, la música, el humor inesperado y la emoción que aparece cuando Dolores empieza a hacerse un lugar en el mundo.
Es una película que invita a volver sobre algunas escenas, quizá porque su interés por la identidad se resiste a una respuesta definitiva. Cambiar no elimina todo lo que hemos sido y descubrir una nueva forma de vivir tampoco garantiza que dejemos de hacernos daño o de hacérselo a otros. Ortega sostiene esa complejidad sin perder nunca el gusto por contar una historia apasionante.
Por eso creemos que El jockey tiene madera de película de culto: posee un lenguaje visual reconocible, personajes a los que cuesta despedir y suficientes capas como para que cada nuevo visionado revele algo distinto. Nos fascinó la primera vez y sospechamos que, cuando volvamos a ella, encontraremos a otra persona al final de la carrera.
Muy recomendable.