El Gran Hotel Budapest, una película de Wes Anderson
El viernes pasado llegó a los cines The Grand Budapest Hotel, la novena película del texano Wes Anderson y una de las obras en las que su particular universo cinematográfico se despliega con mayor libertad.
Para la ocasión, Anderson vuelve a rodearse de algunos de sus colaboradores habituales y reúne un reparto difícil de superar: Ralph Fiennes, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Jude Law, Bill Murray, Edward Norton, Saoirse Ronan, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Tom Wilkinson, Tony Revolori y Owen Wilson, entre otros.
La historia nos traslada a la ficticia República de Zubrowka, un territorio centroeuropeo que parece construido a partir de fragmentos de Checoslovaquia, Hungría y Polonia, en una Europa amenazada por la guerra y por la desaparición de todo un mundo.
Detrás de ese escenario se encuentra la fascinación de Anderson por el escritor austriaco Stefan Zweig. The Grand Budapest Hotel no adapta directamente ninguna de sus obras, sino que recoge el espíritu de sus escritos, su melancolía y esa mirada hacia una Europa cosmopolita que estaba a punto de desaparecer.
En el centro de la historia encontramos a Monsieur Gustave H., interpretado por un magnífico Ralph Fiennes, conserje del Grand Budapest, un lujoso hotel enclavado en las montañas que vivió sus días de esplendor durante la Belle Époque. Refinado, meticuloso, seductor y absolutamente entregado a un determinado código de conducta, Gustave representa en cierta manera ese mundo elegante y sofisticado que comienza a desvanecerse a su alrededor.
Junto a él está Zero Moustafa, el joven botones interpretado por Tony Revolori, que pronto se convierte en su protegido y compañero de aventuras. A partir de ahí, Anderson construye un relato en el que caben asesinatos, herencias, persecuciones, fugas, historias de amor, obras de arte robadas y personajes imposibles.
Todo sucede a una velocidad vertiginosa y dentro de un universo visual absolutamente reconocible.
La composición milimétrica de cada plano, la obsesión por la simetría, los movimientos de cámara, las miniaturas, los decorados, la tipografía y una extraordinaria utilización del color vuelven a demostrar hasta qué punto, en el cine de Anderson, la dirección artística forma parte de la propia narración. Aquí aparecen rosas, rojos, morados y pasteles que conviven con tonalidades mucho más oscuras a medida que el mundo exterior empieza a amenazar ese pequeño microcosmos.
También están presentes muchas de las obsesiones que atraviesan su filmografía: las familias que construimos, la amistad, la infancia, la soledad, la pérdida y esos personajes excéntricos que parecen vivir ligeramente desplazados del mundo que los rodea. Y, por supuesto, vuelven los trenes, los edificios cargados de historia y esos espacios cerrados que Anderson convierte casi en personajes.
A todo ello se suma la música de Alexandre Desplat, que acompaña el ritmo frenético de la película y contribuye a construir esa Europa imaginaria en la que transcurre la historia.
Bajo su apariencia de comedia extravagante y colorista, sin embargo, The Grand Budapest Hotel contiene una historia bastante más melancólica. El humor, las persecuciones y la exuberancia visual conviven con la violencia, el autoritarismo y la sensación de estar asistiendo al final de una época. Ese contraste entre la ligereza de la forma y la oscuridad de lo que sucede alrededor es también una de las grandes virtudes de la película.
Anderson construye así una especie de cuento dentro de otro cuento, divertido y conmovedor, en el que todo parece calculado hasta el último milímetro y, al mismo tiempo, conserva una enorme capacidad para sorprender.
No os contaremos mucho más. The Grand Budapest Hotel merece ser descubierta en el cine, entrando en ella sin demasiada información y dejándose llevar por ese extraño universo de hoteles imposibles, personajes excéntricos, persecuciones, pasteles de colores y una Europa que quizá nunca existió exactamente así.
Divertida, inteligente, conmovedora y visualmente extraordinaria. Una auténtica delicia.
Curiosidades
El Grand Budapest que vemos en la película no existe. Para algunas de las vistas exteriores del hotel se construyó una gran maqueta que permitió a Anderson rodar planos abiertos del edificio y del paisaje que lo rodea. El diseño de producción corrió a cargo de Adam Stockhausen, cuyo trabajo en The Grand Budapest Hotel fue reconocido con el Oscar al Mejor Diseño de Producción en 2015.