Apartamento 4: Luiz Solano transforma un ático en São Paulo

En este apartamento de São Paulo, un nuevo volumen metálico reorganiza 115 metros cuadrados bajo una cubierta de madera de los años cuarenta y convierte la reforma en un ejercicio de arquitectura dentro de la arquitectura.

Reformar un espacio existente implica decidir qué debe desaparecer, pero también reconocer aquello que merece convertirse en el punto de partida del nuevo proyecto. En el Apartamento 4, una vivienda de 115 metros cuadrados situada en la última planta de un edificio de los años cuarenta en São Paulo, la intervención no intenta borrar las transformaciones acumuladas con el tiempo sino que las utiliza.

El proyecto, desarrollado por Luiz Solano en colaboración con Flora Oficina, parte de una circunstancia arquitectónica poco habitual. Sobre el apartamento existe una cubierta inclinada sostenida por grandes cerchas de madera maciza. Una reforma anterior había eliminado ya el falso techo de estuco y construido un altillo, dejando al descubierto la estructura original y permitiendo que la vivienda alcanzara hasta seis metros de altura en su punto máximo.

En lugar de devolver el apartamento a una supuesta configuración original, los arquitectos entendieron esa modificación previa como una oportunidad. El nuevo proyecto rediseña el altillo mediante una estructura metálica y concentra en ella buena parte del programa doméstico, liberando el espacio restante.

La estrategia puede resumirse en una imagen particularmente precisa: construir una casa dentro de un apartamento.

Aprovechar lo que ya existe

Hay reformas que comienzan intentando llevar un edificio hasta una especie de grado cero: eliminar capas, limpiar interferencias y recuperar una versión idealizada de aquello que supuestamente fue. Sin embargo, aquí sucede algo bastante distinto: la arquitectura existente no se contempla únicamente como patrimonio que conservar ni como obstáculo que corregir. Es una condición con la que trabajar.

La desaparición previa del techo había revelado una espacialidad que probablemente no formaba parte de la experiencia original del apartamento. Las cerchas de madera, normalmente ocultas sobre el falso techo, pasan a definir su carácter. La altura crece hasta alcanzar seis metros y la vivienda adquiere una dimensión prácticamente inesperada dentro de un edificio residencial construido hace más de ocho décadas.

El proyecto acepta esta nueva realidad y la lleva más lejos. De ahí que en vez de distribuir habitaciones mediante una sucesión convencional de tabiques, gran parte de las funciones se agrupan en un único cuerpo compacto. De este modo, la intervención no solo ordena el programa, sino que altera la manera en que se entiende el apartamento.

Ya no se trata únicamente de una planta que contiene diferentes habitaciones. Aparece una pieza arquitectónica autónoma dentro de ella, casi un pequeño edificio interior alrededor del cual puede desarrollarse la vida.

La arquitectura existente es una condición con la que trabajar.

Un volumen que organiza la vivienda

El nuevo altillo se construye mediante una estructura metálica y queda prácticamente cerrado por paredes de placa de yeso laminado. En la planta inferior, diferentes puertas integradas en el volumen conducen al baño, el despacho, la despensa y la lavandería. En el nivel superior, una ventana se abre hacia el salón y establece una relación visual entre ambas alturas.

La operación es sencilla de explicar, pero arquitectónicamente eficaz. Aquellos usos que requieren mayor compartimentación quedan absorbidos dentro de un mismo elemento, mientras que los espacios destinados a la convivencia pueden permanecer abiertos.

Es una inversión interesante respecto a la organización doméstica habitual.

En lugar de partir el apartamento entero para conseguir habitaciones, se concentra la complejidad funcional en una pieza concreta. Cuanto más programa absorbe este volumen, más libre puede quedar aquello que lo rodea.

La sensación de amplitud, por tanto, no depende exclusivamente de disponer de 115 metros cuadrados, sino que surge de la capacidad del proyecto para decidir dónde construir y, sobre todo, dónde no hacerlo.

Una escalera en mitad del salón

Si el volumen del altillo construye una arquitectura dentro de la vivienda, la escalera establece la relación física entre sus distintos niveles.

Una escalera helicoidal de metal ocupa el centro del salón y conduce hasta la planta superior. Lejos de esconderse junto a una pared o tratar de pasar inadvertida, se convierte en una presencia reconocible dentro del espacio y contribuye a dividirlo sin necesidad de levantar nuevas barreras.

Su posición tiene algo de objeto y algo de infraestructura. Es funcional porque permite ascender al nuevo nivel, pero al mismo tiempo introduce un elemento vertical que dialoga con los seis metros de altura y hace perceptible esa dimensión excepcional del apartamento.

Uno de sus atractivos se encuentra en la convivencia entre sistemas constructivos pertenecientes a distintos momentos.

En una vivienda caracterizada por la cubierta inclinada, las cerchas originales y la horizontalidad del altillo, la geometría curva de la escalera genera un contrapunto. También recuerda que una planta abierta no tiene por qué ser una superficie completamente indiferenciada.

Los espacios pueden organizarse mediante cambios de altura, estructuras, objetos o circulaciones. No siempre necesitan una pared.

La belleza de hacer visible la estructura

Uno de los aspectos más atractivos del Apartamento 4 se encuentra en la convivencia entre sistemas constructivos pertenecientes a distintos momentos.

La madera maciza de las cerchas habla del edificio de los años cuarenta; el hormigón permanece visible en una viga preexistente que separa las zonas de cocina y salón; el nuevo altillo introduce metal; y la cocina incorpora acero inoxidable.

No existe voluntad de hacer que todos esos materiales parezcan pertenecer a una misma época. Esa decisión permite leer la vivienda como una arquitectura acumulativa, donde las diferentes intervenciones dejan rastros.

En lugar de homogeneizar, el proyecto hace compatibles distintos lenguajes constructivos. Lo antiguo no necesita convertirse en decorado nostálgico, y lo nuevo tampoco trata de imitarlo.

Esta actitud resulta coherente con una práctica que Luiz Solano desarrolla entre arquitectura y mobiliario. Desde la creación de su estudio en São Paulo en 2022, su trabajo combina proyectos arquitectónicos de distintas escalas con el diseño de piezas realizadas en materiales como aluminio, acrílico o madera maciza. Su espacio profesional funciona además como showroom y como lugar para exposiciones y encuentros dedicados a la arquitectura, el arte y el diseño.

La atención hacia el modo en que las cosas se construyen no aparece así como un detalle posterior, sino como parte del pensamiento arquitectónico.

Una cocina bajo el punto más alto

La cocina ocupa el espacio situado antes del salón y queda separada de este por una viga de hormigón que ya existía en el apartamento. Precisamente en esta zona la cubierta alcanza su mayor altura.

La disposición responde a una organización muy clara: tres superficies de trabajo, dos apoyadas sobre los laterales y una isla central realizada en acero inoxidable. Más allá de su función, la isla introduce otro elemento independiente dentro de la composición general.

El proyecto parece trabajar repetidamente con piezas capaces de ordenar el espacio sin clausurarlo: el volumen del altillo, la escalera helicoidal y la isla de cocina. No son simples objetos añadidos a una planta neutra. Cada uno construye relaciones a su alrededor.

El acero inoxidable refuerza además el diálogo entre arquitectura y equipamiento. Su precisión y su condición industrial contrastan con la textura y la edad de las grandes piezas de madera situadas varios metros por encima.

Habitar entre capas

La colaboración con Flora Oficina añade otra lectura al proyecto. El estudio, fundado por Facundo Fernández en Buenos Aires, define su práctica como un proceso combinado entre investigación y conocimiento práctico, trabajando con equipos de construcción y fabricantes para desarrollar soluciones materiales. Fernández ha explicado además que su interés por la fotografía documental le llevó a observar la arquitectura de las ciudades a través de los episodios cotidianos y aparentemente banales que las construyen.

Esa atención hacia lo cotidiano resulta pertinente al observar este apartamento. Aquí no hay un gesto arquitectónico concebido únicamente para producir una imagen memorable. Existe, ante todo, un ejercicio de organización: guardar, trabajar, cocinar, circular, asearse, vivir.

La arquitectura adquiere intensidad precisamente porque esas necesidades ordinarias se han resuelto mediante una idea espacial fuerte.

Flora también ha defendido una concepción de la disciplina menos ligada a la figura del arquitecto como autor único y más próxima a otras prácticas, al conocimiento compartido y a los procesos colectivos. Su fundador señala el trabajo en grupo como una de sus principales herramientas para proyectar.

Apartamento 4 puede entenderse desde esa misma lógica: no como un objeto autónomo, sino como una superposición de decisiones, épocas, oficios y materiales.

Existe, ante todo, un ejercicio de organización: guardar, trabajar, cocinar, circular, asearse, vivir.

Reformar sin borrar

La arquitectura doméstica contemporánea ha convertido la amplitud visual en una aspiración recurrente. Derribar paredes y unificar habitaciones parece haberse transformado en una respuesta casi automática ante cualquier reforma. Sin embargo, este proyecto demuestra que abrir un espacio puede exigir una operación bastante más sofisticada. Y para liberar hay que concentrar.

El altillo contiene las funciones secundarias y permite que el resto respire; la escalera divide sin cerrar; la isla organiza la cocina sin convertirla en una habitación independiente; y la viga existente conserva la memoria de una separación mientras que el espacio continúa fluyendo bajo ella.

La amplitud deja entonces de entenderse como ausencia absoluta de arquitectura, y surge gracias a una arquitectura extremadamente localizada. Ese equilibrio entre construcción y vacío probablemente sea la principal lección del proyecto.

Una nueva vida bajo el tejado

Apartamento 4 no busca convertir un edificio de los años cuarenta en una vivienda que finja ser completamente nueva. Y tampoco transforma sus elementos históricos en piezas intocables. Lo que hace es trabajar entre ambas posiciones.

Las cerchas de madera permanecen como testimonio del edificio original; una reforma anterior aporta la altura y la idea del altillo; la nueva intervención reinterpreta esa estructura utilizando metal, paneles ligeros, acero inoxidable y una organización diferente del programa.

El tiempo deja de entenderse como algo que la reforma debe borrar, y se convierte en material de proyecto. Quizá por eso la idea de una “casa dentro de un apartamento” resulta mucho más que una descripción formal. Define una manera de intervenir sobre lo existente construyendo solo aquello que resulta necesario para transformar todo lo demás.

La idea de una “casa dentro de un apartamento” resulta mucho más que una descripción formal.

En São Paulo, bajo una cubierta que durante décadas permaneció escondida sobre un techo de estuco, una vivienda encuentra así su identidad no al desprenderse de su pasado, sino haciendo visibles sus diferentes capas. Además de demostrar que, en ocasiones, la intervención más radical no consiste en empezar de nuevo, sino en saber reconocer las posibilidades de aquello que ya estaba allí.

(*) Fotos: Camila Alba.

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