Bofill después de Bofill: donde la arquitectura sigue respirando
En las afueras de Barcelona, donde una antigua cementera se transforma desde hace décadas en una catedral del pensamiento, se levanta La Fábrica. Más que una sede, es un manifiesto construido. Un espacio que respira arquitectura, que condensa historia, intuición y futuro. Allí, desde 1975, Ricardo Bofill imaginó un estudio que desbordara los límites del diseño para convertirse en un laboratorio vivo, abierto al mundo. Y hoy, tres años después de su muerte, Bofill Taller de Arquitectura que lleva su nombre no solo sigue en pie: late con más fuerza que nunca.


Lo que podría haber sido una etapa de repliegue se ha convertido en un tiempo de expansión, transformación y afirmación. El estudio ha crecido, ha diversificado sus líneas de trabajo, ha tejido redes internacionales más densas y ha abierto sus procesos creativos a nuevas voces y disciplinas. Sin embargo, no ha perdido su raíz: esa forma bofilliana de entender la arquitectura como un hecho cultural total, como un diálogo con el lugar, con el tiempo y con la comunidad.
Este artículo es un viaje por esa segunda vida de Bofill Taller de Arquitectura: un retrato coral de lo que significa trabajar con un legado sin fosilizarlo, de cómo se articula una identidad mediterránea en clave global, y del modo en que el color —sí, el color— se convierte en uno de los principales lenguajes estructurales del estudio. Una conversación con el propio equipo del Taller nos guía por esta arquitectura que no para de reinventarse.

Un legado en movimiento
Desde la partida de Ricardo Bofill en 2022, el Taller ha atravesado una etapa de profunda renovación creativa y emocional. Lejos de instalarse en la nostalgia, el estudio ha optado por mirar hacia adelante con determinación. “Estamos en un momento de apertura, de reafirmación. Entre el respeto por nuestra historia y la exploración de nuevas ideas, hemos crecido considerablemente. Hoy somos cerca de 200 personas. Esta continuidad ha sido posible gracias al esfuerzo y talento del equipo”, explican desde la dirección del estudio.
La herencia de Bofill no es una receta ni una marca registrada, sino una forma de entender la arquitectura como pensamiento colectivo. Esa dimensión sigue presente. Pero también ha aparecido algo nuevo: una energía intergeneracional que pone en juego distintos saberes, culturas y escalas. Hoy en día el Taller es más global y más interdisciplinar que nunca. Colaboran con artistas, artesanos, urbanistas, diseñadores de color, paisajistas. Ya no se trata solo de construir edificios, sino de investigar atmósferas, de pensar el tiempo y de proyectar lo habitable desde múltiples capas.
“Hoy en día el Taller es más global y más interdisciplinar.”
Este cambio también ha afectado la propia estructura física del estudio. La Fábrica, ese icono del imaginario Bofill, ha sido reconfigurada internamente para acompañar el ritmo y la dinámica de un equipo en expansión. Espacios que antes funcionaban como vivienda —como la Sala Cúbica, donde vivía Ricardo y su familia— se han transformado en áreas de trabajo. La Catedral, esa nave inmensa que fue aparcamiento, sala de conciertos y galería, es hoy un espacio compartido entre los equipos de arquitectura y paisaje. Incluso los antiguos silos han sido reconvertidos en zonas activas: el Silo Verde, por ejemplo, ahora acoge puestos de trabajo y zonas de experimentación. La Fábrica no es un museo: es un organismo en constante reconstrucción.

El color como estructura invisible
Pocos estudios pueden decir que tienen su propio sistema cromático. Bofill Taller de Arquitectura sí. La necesidad de ordenar, codificar y expandir el uso del color nació hace años con Ricardo y Hernán Cortés, y ha cristalizado recientemente en una paleta desarrollada en colaboración con la artista Claudia Valsells. Esta herramienta, llamada Color Chart, está presente en todos los espacios del estudio. No como decoración, sino como instrumento de diseño.
“El color expresa nuestra sensibilidad, pero también nuestra precisión”, afirman. No es algo que se aplica al final. Es una dimensión conceptual, emocional y física que forma parte del proceso desde el inicio. “El color puede ser material y puede ser memoria. Lo que nunca pretende ser es maquillaje”.
“El color forma parte del proceso desde el inicio.”

La apuesta cromática se observa en proyectos concretos, como el que están desarrollando en Dhërmi, en la costa de Albania. Un enclave natural frente al mar, con una vegetación densa —pinos, lentiscos, olivos— que pedía una arquitectura integrada.
“Desde el principio supimos que el edificio debía camuflarse. Trabajamos con los colores del lugar. El resultado: un proyecto en distintas tonalidades de verde que, visto desde el mar, se funde completamente con el paisaje”.
“Cada proyecto parte de una premisa clara: comprender el genius loci, la energía y el carácter del lugar.”
Esta sensibilidad también se traslada a la intervención actual en la fachada de La Fábrica. El desgaste del tiempo ha abierto la oportunidad para experimentar con nuevos tratamientos, técnicas y texturas, de la mano de artistas y artesanos que trabajan guiados por el Taller.
“Esta intervención es una mirada poética al pasado, pero también un banco de pruebas para futuros proyectos. El error forma parte del proceso. Nos permite descubrir nuevas soluciones que luego llevamos a otros contextos”.

Aquí, el color funciona como gramática invisible. Une la identidad del estudio con el contexto del proyecto. Conecta la memoria del lugar con el presente material. Transforma la arquitectura en una experiencia sensorial completa.
Entre el Mediterráneo y el mundo
Una de las grandes virtudes de Bofill Taller de Arquitectura ha sido siempre su capacidad para equilibrar lo local y lo internacional, lo vernáculo y lo universal. No es un equilibrio forzado, sino una forma de mirar.
La arquitectura de Bofill ha sido radicalmente mediterránea y profundamente global desde sus inicios. Y lo sigue siendo.

Cada proyecto parte de una premisa clara: comprender el genius loci, la energía y el carácter del lugar. “No se trata solo de analizar un sitio, sino de vivirlo. De entender su luz, su clima, su silencio, sus materiales y su gente”, explican desde el estudio. Esta manera de abordar el contexto no busca imponer una forma, sino descubrir una lógica.
Lo mediterráneo, más que un estilo, es una estructura de pensamiento. Una forma de habitar que prioriza las relaciones sociales, los espacios intermedios, la luz natural, la generosidad formal. Pero no es exclusivo de esta región: “Es una actitud que puede encontrarse también en otras geografías. Y ese espíritu queremos llevarlo a todos nuestros proyectos”.

Esa apertura permite que la arquitectura del Taller no sea mimética ni repetitiva. Cada encargo es una conversación con el lugar. No importa si se trata de África Occidental, el Golfo Pérsico o el litoral catalán. La metodología es la misma: observar, escuchar, responder con sensibilidad y rigor.
Ricardo Bofill tenía una fascinación especial por el desierto. Le atraía su pureza, su vacío, su radicalidad. Esa experiencia del desierto —la sombra, la escala, el cuerpo frente a la materia— sigue inspirando al estudio.
De ella surgió una arquitectura esencial que se nutre tanto del silencio como del espacio. Las kasbahs marroquíes, por ejemplo, fueron reinterpretadas en su día en proyectos mediterráneos. Hoy, esa vocación de traducción cultural sigue vigente. El Taller no distingue lo nacional de lo internacional, sino lo pertinente de lo impostado.
En tiempos de crisis climática y transformación urbana, esta actitud se vuelve aún más relevante. El equipo de BTA lo tiene claro: “En un mundo ideal, toda la construcción se detendría y las emisiones globales caerían un 40%. Pero la realidad es otra. Necesitamos nuevas viviendas, escuelas, hospitales y espacios de cultura. Lo importante es actuar con responsabilidad y justificar cada decisión de diseño. Volver al sentido común. Apostar por el conocimiento local. Por aquello que ha resistido siglos. Y construir en armonía con lo que ya existe”.

La Fábrica: dentro de diez años
Cuando les preguntamos cómo imaginan La Fábrica en el futuro, la respuesta no tarda en llegar: “Viva. En constante transformación”.
Esa frase podría ser, perfectamente, el lema de Bofill Taller de Arquitectura. Una arquitectura que no se congela, que no se repite, que no se acomoda. Una arquitectura que observa el mundo y se pregunta, cada día, qué puede aportar. Qué puede imaginar. Qué puede cambiar.

En un presente marcado por la urgencia climática, las tensiones urbanas y la aceleración de lo digital, Bofill Taller de Arquitectura sigue apostando por el pensamiento lento, por el detalle, por la poética del espacio. Pero también por la acción, por el compromiso, por la responsabilidad del oficio.
“La Fábrica del futuro está viva y en constante transformación.”

La Fábrica no es solo un edificio. Es una idea de arquitectura. Una forma de habitar el tiempo. Una apuesta por la belleza que no se impone, sino que se construye con otros.
“Apostamos por el conocimiento local, por aquello que ha resistido siglos, y por construir en armonía con lo que ya existe.”
Y esa, quizás, sea la mejor forma de honrar a Ricardo Bofill: no haciendo lo que él hizo, sino siguiendo su impulso de hacer siempre algo más.

(*) Fotografias: Gregori Civera, Archive Bofill Taller de Arquitectura, MIR.




