Byung-Chul Han y lo que perdemos cuando dejamos de respetarnos

Por Cecilia Camacho, fundadora de CC/magazine y consultora estratégica en CC/studio

Recientemente leí «Sin respeto. Una crisis social», un ensayo de Byung-Chul Han que recomiendo muchísimo porque ayuda a entender algo que atraviesa la política, el trabajo y nuestras relaciones: la facilidad con la que dejamos de tener en cuenta a los demás cuando nos incomodan, piensan distinto o ya no nos resultan útiles.

El autor de «La sociedad del cansancio» aborda un asunto que merece más atención de la que solemos prestarle. Basta observar cómo discutimos, a quién admiramos o qué estamos dispuestos a disculpar para reconocer algunas de las contradicciones que señala. Nos molesta que nos interrumpan, pero escuchamos preparando nuestra respuesta; reclamamos consideración por nuestro trabajo, aunque a veces olvidamos el tiempo de los demás; condenamos un insulto y celebramos otro porque lo dirige alguien de nuestro lado. Leer a Han tiene interés precisamente por eso: también nos obliga a revisar nuestra propia conducta.

Cuánto tienes que demostrar para que te respeten

Decimos que el respeto hay que ganárselo con una naturalidad que resulta reveladora. ¿Qué tendría que demostrar una persona para recibir un trato digno? ¿Una buena posición, una carrera brillante, una vida que despierte admiración? Podemos reconocer el talento o el esfuerzo de alguien sin convertir sus logros en la medida de su valor.

Han relaciona esa confusión con una sociedad que nos acostumbra a competir y a sentirnos responsables de todo lo que nos sucede. Si no llegamos, deberíamos organizarnos mejor; si estamos agotados, necesitamos aprender a gestionar nuestro tiempo; si un proyecto fracasa, probablemente nos haya faltado ambición. Con esa lógica, las circunstancias desaparecen y cualquier dificultad acaba pareciendo un defecto personal.

Uno de los aspectos más incómodos del libro es cómo explica la vergüenza de quien siente que se está quedando atrás. Podemos esforzarnos muchísimo y, aun así, pensar que no es suficiente, sobre todo cuando nos comparamos con vidas de las que solo conocemos una selección cuidadosamente expuesta. Acabamos avergonzándonos de nuestras limitaciones, de necesitar ayuda o de no haber alcanzado lo que se suponía que debíamos conseguir.

Llevada al trabajo, esta reflexión permite hacerse preguntas muy concretas sobre cómo tratamos a quienes colaboran con nosotros, qué exigimos a cambio de una oportunidad o cuánto valor concedemos a tareas que apenas reciben reconocimiento. El respeto también se expresa pagando a tiempo, reconociendo una aportación y cumpliendo un compromiso, aunque nadie vaya a felicitarnos por ello.

“La sociedad bien ordenada no es una sociedad del rendimiento, sino una sociedad del respeto.” Byung-Chul Han

Discrepar sin convertir al otro en enemigo

En política, esa dificultad para reconocer al otro adquiere una dimensión especialmente preocupante. Han señala lo que ocurre cuando nuestras opiniones se convierten en parte inseparable de nuestra identidad: cualquier desacuerdo empieza a sentirse como un ataque personal y cambiar de parecer puede parecer una traición.

Entonces dejamos de preguntarnos si un argumento tiene sentido y nos fijamos en quién lo defiende. Podemos disculpar una mentira porque beneficia a los nuestros o negarnos a reconocer un acierto porque procede de alguien a quien rechazamos.

Mientras tanto, la posibilidad de entendernos se reduce porque entramos en la conversación con el veredicto decidido.

Han analiza a Trump para explicar cómo la descalificación moral del adversario puede convertirse en una herramienta de poder. También advierte de una paradoja inquietante: la pérdida de confianza en las autoridades puede alimentar el deseo de un líder autoritario que prometa resolverlo todo. Cuando desconfiamos de cualquier institución o conocimiento, quien ofrece una explicación sencilla y un culpable reconocible puede resultar especialmente convincente.

“Hay que separar el ámbito de la opinión del de la identidad. Cuando ambos se unen, el debate acaba.” Byung-Chul Han

Reconocer la autoridad de quien sabe, orienta o asume una responsabilidad es compatible con exigirle explicaciones. Del mismo modo, respetar a una persona permite cuestionar sus ideas con firmeza. Podemos combatir una discriminación, denunciar un abuso o desmontar una falsedad sin hacer de la humillación nuestro argumento. El criterio se pone a prueba cuando somos capaces de mantenerlo también frente a quienes nos desagradan.

El aplauso que recibe la crueldad

Hay una diferencia entre pedir a alguien que responda por lo que ha hecho y disfrutar viendo cómo lo destrozan. En las redes, esa distancia puede desaparecer rápidamente cuando una equivocación se transforma en un vídeo que compartimos, comentamos y convertimos en entretenimiento. Quizá desconozcamos el contexto, pero la burla se entiende enseguida y sumarse apenas requiere esfuerzo.

Han distingue entre reconocer una falta y sufrir una humillación cuyo propósito es excluir. La cuestión es qué esperamos después de señalar un error: si nos interesa que se aclare lo sucedido, que se repare un daño y que algo cambie, o si hemos encontrado una ocasión para sentirnos superiores durante un rato.

“También el respeto necesita tiempo. Pero no tenemos tiempo para el respeto.” Byung-Chul Han

El libro conecta esa dinámica con nuestra confusión entre atención y respeto. Ser visto y comentado no significa ser valorado, aunque las cifras sugieran lo contrario. Cuando premiamos cualquier forma de notoriedad, también podemos terminar dando más espacio a quien insulta mejor o provoca con mayor eficacia. Y, al hacerlo, contribuimos a normalizar una manera de tratarnos que luego lamentamos.

Hacer sitio a los demás

Entre los pasajes que más me interesan están los dedicados a la amistad y a la atención. Han habla de un vínculo que permite al otro desarrollar su propia vida, con sus tiempos, sus decisiones y sus diferencias. Algo aparentemente sencillo que exige aceptar que las personas que queremos no están para confirmarnos siempre ni para responder a todas nuestras expectativas.

Escuchar a alguien requiere dejarle terminar, hacer preguntas y admitir que quizá tenga algo que decir que no habíamos previsto. También supone renunciar durante un rato a ocupar el centro de la conversación. Con tantas invitaciones a mostrarnos y opinar, merece la pena preguntarse cuánto espacio dejamos para esa atención que no se ve ni se contabiliza.

A partir de Richard Sennett, Han recurre a la improvisación musical para hablar de cooperación. Los músicos necesitan escucharse para tocar juntos, y esa atención permite que cada uno encuentre su lugar sin perder su voz. Me parece una imagen especialmente acertada para pensar en nuestras relaciones: lo que hace otro influye en lo que hacemos nosotros, y de esa disposición puede surgir algo que ninguno habría creado por separado.

Recomiendo «Sin respeto» porque plantea preguntas que conviene llevar a nuestra propia vida, incluso cuando incomodan. Después de leerlo, merece la pena observar cómo respondemos a una crítica, qué hacemos con el error ajeno o cómo tratamos a alguien de quien no esperamos obtener nada. Ahí tenemos una oportunidad concreta de practicar el respeto que tanto echamos de menos.

(*) Foto portada: Roman Kaiuk (Pexels).

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