«Cronofobia», un ensayo sobre nuestra relación con el tiempo de Sergio C. Fanjul

Vivimos con prisa, miramos atrás con nostalgia, y al futuro con miedo. En medio de ese vértigo existencial aparece «Cronofobia» (Arpa editores), el último ensayo literario de Sergio C. Fanjul, un libro tan lúcido como inquietante que se adentra en uno de los grandes tabúes de nuestro tiempo: el paso del tiempo y nuestra relación con él.

Con una voz inconfundible, mezcla de ironía, profundidad filosófica y sensibilidad literaria, Fanjul (Oviedo, 1980) —poeta, astrofísico y periodista, actualmente escribe en El País sobre cultura, tecnología, sociedad, tendencias, paternidad, entre muchas otras cosas — nos invita a reflexionar sobre una generación atrapada entre un pasado idealizado y un porvenir cada vez más difuso. A través de referencias culturales, científicas, personales y políticas, construye un relato brillante que nos obliga a detenernos (aunque sea por un instante) y mirar de frente ese vértigo que muchos sienten, pero pocos se atreven a nombrar: la cronofobia.

En este libro hay belleza formal, inteligencia crítica y una profunda humanidad. Y más que un ensayo sobre el tiempo, se trata más bien de un espejo generacional, un mapa para quienes han perdido el norte en una época de hiperaceleración, y un consuelo para quienes buscan reconciliarse con su pasado, su presente y su inevitable futuro.

Recientemente, tuvimos una charla interesantísima con él sobre vivir con miedo al tiempo, entre muchas otras cosas. Pasen y lean.

¿Es la fórmula perfecta: pasado positivo + presente hedonista + futuro orientado? ¿Tenemos que ir, como sociedad, en esa dirección?

Sí, procede de Philip Zimbardo, psicólogo social, conocido también por las teorías sobre la influencia de las situaciones en el comportamiento, demostrada en el experimento de la prisión de Stanford, que revelaron cómo roles, normas y contextos extremos pueden llevar a personas comunes a actos crueles.

Puede parecer un ideal, y es difícil, pero se supone que, para sentirnos en equilibrio, esta fórmula ayuda a no quedarnos atrapados en la nostalgia o vivir pensando en condicional, obviando el presente.

Asimismo, es curioso, porque, más allá de Zimbardo, todas las tradiciones espirituales y filosóficas siempre hacen hincapié en que hay que vivir en un presente presente. Esto lo dicen los estoicos, el budismo… y esto nos lleva al bienestar, no sé si a la felicidad, pero sí a un estado de mayor equilibrio, como comentaba antes. Hay esta frase del budismo zen que dice: «Cuando como, como; cuando bebo, bebo; cuando duermo, duermo…». Y lo que sucede ahora es que es complicadísimo estar en el momento presente, porque vivimos atrapados en cosas que nos distraen, y eso hace que siempre estemos en otro sitio. Tenemos la atención machacada y estamos atrapados entre la sensación de un futuro abolido, al que no tenemos ganas de llegar porque nos lo imaginamos como algo horrible, y una relación nostálgica con un pasado que idealizamos y que, en la mayoría de los casos, suele ser un poco enfermiza, además de estar distorsionada.

“Estamos atrapados entre la sensación de un futuro abolido y una relación nostálgica con un pasado que idealizamos.”

Esto está perneando en la política y también en la cultura, con esa obsesión por la retromanía. Parece que todo ya esté hecho y que solo quede echar la vista atrás…

En relación a esto que comentas, introduces un término en el libro que es la futurofobia, y que no es otra cosa que el miedo ante la incapacidad de pensar futuros mejores al presente que tenemos. ¿Estamos todos condenados a sufrirla?

Eso parece… Las narrativas en todos los ámbitos van en esta dirección y eso solo conlleva miedo y parálisis, además de frustración, ira… combustible perfecto para los populismos y extremismos. Hay un discurso muy apocalíptico. Eso también lleva a que los más jóvenes, de alguna manera, se rebelen a este presente-futuro que no pueden cambiar, teniendo una visión más hedonista. Es decir, ya que lo que viene no parece ser muy esperanzador, ya que las certezas no existen, al menos deciden «disfrutar de la vida» y valoran más el tiempo que el dinero, por ejemplo. Sin embargo, lo curioso es que, además, se les critica.

Garamendi, el líder de la patronal, está todo el día dando la brasa porque los jóvenes no se esfuerzan y no quieren trabajar. Pero la cuestión es: si no hay una promesa de un futuro mejor, ¿para qué deslomarse?, ¿para qué hacer planes a futuro? Es por eso que exprimen el presente.

“Hay un discurso muy apocalíptico… combustible perfecto para los populismos y extremismos.”

Y para alguien como tú, que se define como cronófobo, ¿cómo vives el momento actual? ¿Creer en la reencarnación puede calmar la cronofobia? ¿Has explorado esa idea o creencia?

Justamente, ahora que estamos en la etapa navideña, para los cronófobos este momento es duro porque nos volvemos muy nostálgicos y somos más consciente, si cabe, del paso del tiempo.

Por otro lado, no tengo creencias religiosas. Es cierto que las religiones y la espiritualidad siempre han sido soluciones para la cronofobia, ya que siempre ha habido miedo en general al paso del tiempo, pero sobre todo a la finitud de la vida. Y esto es algo que tocan todas las religiones para calmar nuestro miedo a la muerte. En el libro dedico mucho espacio al tiempo lineal y al tiempo circular. Se puede entender el tiempo como un círculo, una idea muy balsámica porque puede darse la reencarnación, y es como que la vida nunca se acaba. Esto también puede entenderse de manera negativa y creer en que todo lo malo que hemos hecho vamos a ir viviéndolo en las diferentes vidas que vayamos experimentando. Y, por otro lado, el tiempo puede entenderse de manera lineal y creer en el más allá, en la vida después de la muerte.

No creo en nada, así que quizás por eso soy cronófobo. Lo bueno es que no es una patología inhabilitante y se puede vivir con ella, pero es muy fastidiosa (risas). Porque todos los días pienso en la muerte, todos los días hago cálculos del tiempo que me queda por vivir, siendo optimista y según las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística. Y lo cierto es que, para los hombres, la media está en 81 años, así que a esa edad creo que me voy a morir. Pero entonces me doy cuenta de que, para que se haga una media, la mitad de la gente debe morirse antes (risas), y claro, yo siempre pienso que soy de los que se van a morir después (risas).

“Creo que lo mejor para un cronófobo es intentar pasarlo bien y ser feliz en el momento presente y no agobiarse.”

¿Y meditar? 

Lo he intentado. He practicado mindfulness y he usado aplicaciones muy buenas que me han servido, pero al final no es algo que sostenga en el tiempo. Yo creo que lo mejor para alguien que es cronófobo es intentar pasarlo bien (risas) y ser feliz en el momento presente y no agobiarse.

De todos modos, lo que he descubierto es que la cronofobia, en mi caso, es una preocupación de fondo. Y, muchas veces, curiosamente, cuando no me siento tan cronófobo es cuando tengo otros problemas más acuciantes, ya que eso hace que no tenga tiempo de pensar en la cronofobia. De hecho, hubo una psicóloga que me dijo que el cerebro es como un gatito que tiene que jugar siempre con un ovillo de lana para entretenerse, que son las preocupaciones.

Por ello, cuando tengo la oportunidad de ser muy feliz porque no tengo preocupaciones, caigo en ese problema de fondo, la cronofobia, y vuelvo a preocuparme.

El cerebro es tremendo. Se supone que todo lo hace por nuestra supervivencia, y de ahí que esté siempre enredado en pensamientos negativos, y lo que sucede es que no nos ayuda a ser felices sino a estar permanentemente preocupados…

Sí, vivimos en un bucle.

¿Es cierto que el presente, neurológicamente hablando, dura apenas unos 200 milisegundos y hasta 2 o 3 segundos?

Sí. Por eso, el problema del presente es lo que me decía mi tío César, que me introdujo en la filosofía de andar por casa y me decía: «ahora ya no es ahora, ahora ya no es ahora», porque ya pasó. Es cierto que la sensación que tenemos del ahora no dura ese instante, sino que tenemos la sensación de que, es más. Y claro, el presente lo puedes entender de muchas maneras: puede ser el día de hoy, en términos históricos puede ser una época, en políticos puede ser una legislatura… Tenemos diferentes escalas de percibir el tiempo.

Es curioso que cuando somos jóvenes estamos deseando que el tiempo pase rápido para ser mayores, sin ser conscientes de que cuando logramos ser mayores, estamos deseando que el tiempo pase lo más lento…

Totalmente. En mi caso, yo me di cuenta de que era cronófobo a los 14 años, en la adolescencia, una etapa muy rara de cambios muy fuertes, y a mí particularmente lo que me pasó es que, además, mi padre, que era alcohólico, se murió ese año. Tuvo una vida muy trágica y a mí me dio una infancia muy mala.

Así que, en esa época, en la que también empezaba el bachillerato, me percaté de manera muy vívida de que pasaba el tiempo, a pesar de que veía que mis amigos no lo percibían de la misma manera. Es decir, no tenían esa hiperconsciencia que yo tenía. De hecho, me di cuenta porque ellos también lo destacaban como algo raro en mí. La verdad es que yo tampoco sabía por qué me sentía así hasta que descubrí como se llamaba lo que me pasaba.

Tengo que reconocer que esta fobia se ha acrecentado por la mediana edad; que es una edad muy cronófoba para todo el mundo. Porque es cuando haces balance del camino vivido hasta ahora, y te das cuenta de que tu vida es finita y de que el tiempo que te queda ya lo has experimentado alguna vez, porque es la mitad de tu vida. Si tienes 4 años, como mi hija, cuesta imaginarte con 80, pero ahora con 40 es fácil.

Te entiendo. El tema es que, visto así, la vida es un examen y tiene lógica sentirse angustiado por la finitud de la vida, ya que, al hacer balance, por muy bien que te haya ido, seguro que también has acumulado pérdidas, y se han quedado cosas en el tintero. Quizás esa vista atrás acreciente más la cronofobia y además no suele ser muy realista, ya que los recuerdos están contaminados por la memoria. Quizás ser compasivo te ayude a lidiar con el tiempo, en lugar de verlo como algo al que hay que sacarlo el máximo partido porque si no «pierdes»…

En mi caso particular, no tengo esa cronofobia relacionada con no haberlo pasado bien. De hecho, estoy muy contento con mi trabajo y satisfecho con mi vida, me lo he pasado bien, he hecho cosas, pero es cierto que lo normal es que todo el mundo se examine un poco, y creo que eso es inevitable.

Sí, es inevitable, pero a su vez es absurdo, porque no tenemos control de todo lo que nos pasa. Por ello, someternos al examen del tiempo y evaluar cómo «nos ha rentado» tras cierto período de tiempo transcurrido es muy injusto. Hay muchas circunstancias que suceden sin haberlas creado nosotros y que condicionan nuestro tiempo, y por tanto nuestra vida. Por este motivo, creo que buscarle la rentabilidad/productividad al tiempo es muy complicado y siempre sale a deber, ya que siempre podemos llegar a pensar que no lo aprovechamos lo suficiente.

Es curioso porque sí que hubo una etapa en mi vida, la única que no me ha gustado, que es precisamente hasta que se murió mi padre.

Como era alcohólico, fue un ser muy problemático, y me hacía sufrir porque era un padre ausente en el sentido de que no ejercía de padre, pero en realidad sí que intentaba inmiscuirse en mi vida, y debido a su adicción, al final era todo muy traumático. Siempre la liaba y yo sufría mucho. Y mi madre, como madre separada, trabajaba mucho y yo no tenía mucho tiempo para pasarlo con ella.

Así que no tuve una infancia gustosa, tampoco diría desdichada porque no me faltó de nada, pero desde un punto de vista emocional, sí.

Por ello, cuando he ido al psicólogo para hablar de la cronofobia, me han dicho que puede ser que mi sensibilidad al tiempo esté motivada porque no pude cerrar bien mi infancia, en el sentido de que no tuve una infancia satisfactoria. Y aunque desde esa época yo he disfrutado mucho y estoy muy contento, es como que falta el pilar fundamental, y eso hace que viva el tiempo y el paso del tiempo de manera traumática.

“Cuando he ido al psicólogo para hablar de la cronofobia, me han dicho que puede ser que mi sensibilidad al tiempo esté motivada porque no pude cerrar bien mi infancia.”

En el libro también hablas de sobre el edadismo. ¿Sigues pensando que es necesario conocer la edad para contextualizar a la persona, aun sabiendo que el juicio surge en cuanto se desvela el número? Conocer la edad muchas veces contamina la idea que tenemos del otro y condiciona nuestra relación con esa persona. Entiendo tu punto de vista, pero es muy complicado en los tiempos en los que vivimos en los que nos medimos por la productividad y eso afecta a lo que hacemos con el tiempo…

Entiendo lo que dices, pero yo lo que quise decir en el libro sobre este asunto es que me parece que es importante decir la edad en un contexto periodístico cuando hablas con un personaje, siempre y cuando la quiera desvelar él. Creo que en ese caso sí que da herramientas de juicio, pero si la gente no quiere decir su edad en su vida cotidiana, me parece fabuloso.

Pero en el trabajo, que la edad supone una losa para muchas personas…

Claro… Es verdad que cuantos más años tienes, dicen que es más difícil encontrar trabajo. Y si no se dijera la edad, no ocurriría lo mismo. Pero insisto en que lo que quería decir ahí es que es verdad que la edad dice mucho de uno, porque no somos iguales cuando somos jóvenes que cuando somos más mayores. Uno va cambiando en todas las cuestiones: emocionales, políticas, de salud… Y en ese sentido, creo que es una variable sociológica muy importante.

Aunque la madurez de uno no se rige por la edad sino por lo que haya vivido… Y no podemos estandarizar como es una persona a los 20, 30 o 40, ya que cada uno tiene una serie de experiencias y aprendizajes, y hay personas con 20 muy maduras y personas con 50 muy verdes… Pero entiendo lo que dices, ya que ayuda a ubicarnos el hecho de ponernos en una línea de tiempo.

Sí. De hecho, cuando cumplí 25 años me di cuenta y empecé a pensar que a partir de los 25 «todo el mundo tenía la misma edad», en el sentido de que, cuando eres más jovencito, solo te relacionas con gente de tu edad, pero a partir de los veintitantos, sobre todo cuando te incorporas al mundo laboral, empiezas a relacionarte con gente de todas las edades. Ahora que tengo 45, me doy cuenta que algunas de las personas con las que mejor me llevo en la redacción y con las que mejor conecto tienen más de 60, por ejemplo. En los tramos centrales de la vida, dejando fuera la juventud extrema y la vejez muy avanzada, todos somos un poco equivalentes.

En «Cronofobia» hay muchas referencias culturales, y una de ellas es el documental «El Método Farrer», que trata sobre la iniciativa de un maestro jubilado, Bruce Farrer, quien pedía a sus alumnos que se escribieran cartas a sí mismos, imaginando como sería su vida 20 años después, y que además reflexiona sobre el niño interior, la memoria y la reconexión con uno mismo. ¿Qué conexión tienes con el niño que llevas dentro?

Ahora, como tengo a mi hija pequeña Candela, de 4 años, tengo muy presente a mi niño pequeño. De hecho, nunca había pensado tanto en él, pero lo que siento por él es compasión.

Tener una niña pequeña es una manera de vivir muchas veces tu infancia. Así que, por ejemplo, el hecho de que mi padre tuviese ese problema tan grande con el alcohol en parte ha sido un modelo para mí, pero para no seguirlo. Intento ser con mi hija como mi padre no fue conmigo, y por ello soy un padre presente.

Además, veo que hoy en día, al menos los padres de mi entorno, intentan ser de esta manera y estar presentes. De hecho, en mi libro anterior, «El padre del fuego», hablo de esto, entre otras cosas. Porque uno no puede ser padre si no se ocupa, y es que ser padre no es una herencia biológica, sino que es una actividad, una decisión y una actitud. Y relacionando esto con el tiempo, lo que quieren los niños es justo es, tiempo con sus padres, estés o no jugando con ellos, pero sí compartiendo el mismo espacio, sabiendo que estás ahí para ellos. Y a mí me encanta pasar tiempo con mi hija.

Por cierto, para alguien con cronofobia, ¿ser padre ha sido una forma de trascender el tiempo?

Hay está la teoría del gen egoísta de Richard Dawkins, que dice que la reproducción existe porque nosotros solo somos vehículo de unos genes que solo buscan replicarse, y así sobrevivir.

En mi caso, no sé si me ayuda con mi cronofobia, porque los hijos hacen que seamos más conscientes del paso del tiempo. Una niña es un reloj con patas, porque crece muy rápido, y te están recordando todo el rato que el tiempo pasa… Yo, de hecho, me paso mucho tiempo pensando y haciendo cábalas con el tema de la edad, en plan: «cuando mi hija tenga 20 años… yo tendré 60…», «¿cuándo me moriré yo?», «a ver si me moriré cuando ella sea muy pequeña…», en fin, ese tipo de cosas. E incluso me preocupa el choque generacional: «¿nos vamos a entender?»… Digamos que el alivio que te puede dar saber que dejas una especie de prole genética se compensa con el agobio que te dan otro tipo de cosas como las que te he contado (risas).

¿En qué época te hubiera gustado vivir?

Por ejemplo, los años 70… por la música, por el cine, por la ropa… La situación política era interesante, aunque, a su vez, muy dramática. En España tuvimos la Transición, el movimiento antifranquista… y hubo una ola mundial revolucionaria. Por muchas cosas me parece una etapa muy interesante.

También me gusta mucho el modernismo. Esa época fue buena por la Belle Époque, una etapa muy optimista. El desarrollo científico estaba en auge, se desarrolló la arquitectura modernista, que es preciosa, la física moderna… hasta que llegó la Primera Guerra Mundial. Como cuenta Stefan Zweig en su libro «El mundo de ayer», se trató de una etapa de confianza en el futuro, que es lo que ahora no hay.

En un mundo de aceleración constante e hiperconexión digital, ¿cómo te llevas con el FOMO? ¿y con el aburrimiento? Hay una frase en el libro que me encanta en la que dices: «el aburrimiento es una forma de percibir el tiempo en estado puro».

Para leer con éxito tengo que dejar el móvil fuera de la habitación, porque si no es inevitable que caiga en él para consultar cualquier cosa que lea en un libro, y acabar siendo absorbido por el menú de distracciones que me ofrece.

Y sobre el aburrimiento, la verdad es que no me aburro y me gustaría aburrirme más. Creo que la gente ahora no se aburre y que estamos constantemente distraídos. Tengo muchos problemas con la atención. Pasamos de estímulo a estímulo. Ahora trato de leer muchísimo, algo que mi trabajo requiere, para ejercitar mi atención.

Creo que todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero tenemos tanto miedo a parar por si otros «nos adelantan» que preferimos seguir en la rueda del hámster…

Sí, es tremendo.

Hablas de «un futuro lleno de colmillos». ¿Cuál son para ti esos «colmillos» digamos… más rasposos, más preocupantes?

Sin lugar a dudas, la vivienda. Es indignante. Por otro lado, yo vivo aterrado por temporadas por miedo a una guerra nuclear. Y, por desgracia, es algo bastante posible que ocurra, y la gente no está concienciada de eso. Por supuesto, también me preocupa el cambio climático, aunque la guerra nuclear me aterra más porque puede ser muy traumático, a excepción de que la primera bomba te coja debajo y entonces no te enteres… Qué agradable hablar de estas cosas, ¿eh? (risas)

“Trato de leer muchísimo, algo que mi trabajo requiere, para ejercitar mi atención.”

Creo que a pesar de todo lo malo, tenemos que ver lo bueno que nos rodea, porque lo cierto es que todos nos vamos a morir, así que el tiempo que estemos en esta vida al menos tratemos de disfrutarlo al máximo. Y no hablo de hedonismo sino sobre todo de optimismo, que no se trata de decir que todo es maravilloso, sino de ser consciente de lo malo, pero también saber ver y agradecer lo bueno. Buscar esa neutralidad y no poner el foco únicamente en las preocupaciones.

Sí, sí, es lo que hablábamos antes, que el cerebro está acostumbrado a fijarse en lo malo –se estima que entre el 80 y el 90 % de los pensamientos que genera son negativos, automáticos y repetitivos– y lo que hay que hacer es centrarse en lo bueno, en el presente y tratar de ser optimistas. La meditación justamente sirve para esto. Lo que pasa es que muchos, entre los que me incluyo, tendemos a estar siempre más preocupados que agradecidos. Es más difícil de lo que parece reprogramarnos y cambiar patrones de pensamientos tan arraigados.

“Tendemos a estar siempre más preocupados que agradecidos.”

Me ha dejado loca el concepto de los Death Cafés. ¿Qué más puedes contarnos sobre esas reuniones donde se habla libremente de la muerte?

No he estado nunca en ellos, pero son cafeterías donde la gente se reúne para hablar abiertamente y sin juicios de la muerte, la pérdida y el duelo, en un ambiente relajado y guiados por un moderador para que todos puedan tener su momento y desahogarse.

Por último, Caballero Bonald escribió: «Somos el tiempo que nos queda». ¿Qué significado tiene para ti esa frase?

La idea de que somos tiempo me parece fundamental, y por eso cuando se desprecia el tiempo en el mundo del trabajo y se espera que eches más horas, y se critica al que supuestamente se le cae el boli cuando es su hora de salida, me parece un desprecio porque la vida es tiempo y somos tiempo, y estar vivos es estar en el tiempo. El tiempo es muy valioso, es el material del que está hecha la vida, y eso es lo que dice Caballero Bonald. Somos el tiempo que nos queda porque el que ya hemos vivido ya pasó.

“El tiempo es muy valioso, es el material del que está hecha la vida.”

Un libro necesario para tiempos inciertos, ya disponible en vuestras librerías de confianza.

(*) Foto de Sergio C. Fanjul by Liliana Peligro.

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