The Brutalist: arquitectura brutalista, exilio, amor y rendición
Con un elenco encabezado por Adrien Brody, Guy Pearce y Felicity Jones, «The Brutalist», dirigida por Brady Corbet, desafía al espectador a contemplar la arquitectura no solo como un espacio físico, sino como un espejo de la lucha por la supervivencia y la creación.


El guionista y director Brady Corbet («Vox Lux: El precio de la fama», «La infancia de un líder»), quien ha invertido siete años en hacer realidad esta película, nos presenta en esta ocasión la historia de László Tóth, un arquitecto judeohúngaro que, tras sobrevivir al Holocausto, emigra a Estados Unidos para emprender una nueva vida mientras aguarda el regreso de su esposa, Erzsébet, atrapada junto a su sobrina en la Europa oriental de posguerra.
Lo que László encuentra a su llegada al mundo occidental es una América muy diferente a la que esperaba. La promesa del sueño americano demuestra ser una mera ilusión y su prominencia y su reputación como arquitecto de éxito en Budapest no parecen resonar en el aristocrático entorno de Pensilvania.
La inspiración: la arquitectura brutalista, la inmigración y el sueño americano truncado
La arquitectura brutalista se puso de moda en Reino Unido en los años 50 entre los proyectos de reconstrucción de la posguerra. Con edificaciones minimalistas que muestran elementos desnudos como ladrillo visto o cemento al descubierto, el Brutalismo enfatiza lo estructural sobre el diseño decorativo, como queda patente en la obra de Le Corbusier, Marcel Breuer, William Pereira, Moshe Safdie, Denys Lasdun y Alison y Peter Smithson.
“El Brutalismo es un estilo arquitectónico creado por inmigrantes. Los edificios brutalistas piden visibilidad, pero a quienes los diseñan o construyen les toca luchar por su derecho a existir.” Corbet
Corbet había hecho dos películas anteriormente, ambas de carácter histórico: «La infancia de un líder» (2015) y «Vox Lux: El precio de la fama» (2018), y ambas son un pulso a momentos claves del siglo XX. En el caso de «The Brutalist» se centra principalmente en los años de mitad del siglo pasado en la vida de Estados Unidos y de Europa, la década inmediatamente siguiente a las dos guerras mundiales. Lo que tienen en común sus tres películas es que tratan en gran medida de la naturaleza cíclica de la historia.
Asimismo, para llevar a cabo «The Brutalist» tuvo que investigar muchísimo, y durante todo ese tiempo consultó con el experto en arquitectura Jean-Louis Cohen, cuya obra sobre Le Corbusier y Frank Gehry es de las más veneradas. Al visitarlo en Princeton, donde da clase, Corbet le preguntó a Cohen si conocía alguna figura histórica que hubiera fundado una firma arquitectónica en una parte del mundo y que acabara siendo víctima del desplazamiento y del exilio en una guerra hasta el punto de obligarlo a volver a empezar en el extranjero.
Cohen fue incapaz de pensar en un ejemplo real, así que junto a Mona Fastvold, coguionista de «The Brutalist», se propusieron crear los componentes de ficción que se convirtieron en László y Erzsébet Tóth.
“La película tiene mucho que decir sobre la experiencia de la inmigración en Estados Unidos y sobre cómo fracasa el sueño americano con László y Erzsébet Tóth.” Corbet
Con una dosis de imaginación de Corbet y Fastvold, las experiencias de László en Estados Unidos reflejan las de artistas claves del Brutalismo, como Louis Kahn, Mies van der Rohe y, sobre todo, Marcel Breuer, de procedencia húngara, que diseñó en Museo Whitney de Nueva York, actualmente conocido como el Met Breuer. Él era un académico muy bien considerado, y a diferencia de la gran mayoría de los arquitectos judíos de Europa oriental o central que se quedaron atrapados en Europa y no salieron de allí con vida, Breuer corrió mejor suerte gracias a la invitación que recibió de Walter Gropius en EE.UU en 1937 para trabajar con él.
Curiosamente, en ese proceso de investigación, Corbet y Fastvold sintieron un interés cada vez mayor por la relación de Breuer con su mujer, por no hablar de su volátil relación con sus propios críticos, que, a menudo, eran verdaderamente despiadados con su obra, tanto en Europa como al otro lado del charco. Tal y como le sucede a László Tóth, en los últimos años de su vida, Breuer no fue un arquitecto especialmente aplaudido, y ahora se le considera uno de los mejores arquitectos del siglo XX…
«The Brutalist» es la historia de cómo el sueño americano se vuelve tóxico a ojos del matrimonio Tóth después de que László se encuentre y acepte el mecenazgo del rico empresario industrial Harrison Lee Van Buren a cambio de construir un monumento conmemorativo a la difunta madre de este en la enorme propiedad del oligarca, en el estado de Pensilvania.
En el transcurso de la película, ese monumento se convierte en todo un símbolo de la genialidad de Tóth, de todo el sufrimiento que le acarrea la guerra y de la épica batalla en la que se enzarza con el capitalista Van Buren para poder construirlo.
“El matrimonio Tóth se embarca en un viaje de ascenso profesional, pero también de desintegración emocional, en un contexto donde el sueño americano choca contra las cicatrices del pasado europeo.” CC/magazine
Excelentes interpretaciones abanderadas por el gran Adrien Brody
Uno de los mayores desafíos de la producción fue reunir a un equipo de actores y actrices con el talento necesario para cumplir las exigencias emocionales y técnicas que presentaba «The Brutalist».
En una historia en la que se emplean múltiples idiomas, dialectos y acentos, entre ellos el húngaro, con algunos monólogos que se extendían a lo largo de varias páginas en el guion, los actores protagonistas Adrien Brody y Felicity Jones tuvieron que aprender húngaro, un idioma conocido por lo difícil que es dominarlo, y luego incorporar acentos húngaros a sus diálogos, predominantemente en inglés.
Para Brody, no era la primera vez que trabaja con material histórico y con acentos de Europa del Este, dado el Óscar al Mejor Actor que conquistó en 2003 por interpretar al compositor judeopolaco y superviviente del Holocausto Wladyslaw Szpilman en «El pianista».
“Para poder encarnar a László Tóth, me basé en dos profundas influencias de mi vida: crecer como hijo de una refugiada húngara y representar las memorias de Wladislav Szpilman tal y como se narran en El pianista.
Aunque se trata de dos personajes totalmente distintos, los meses invertidos en investigar y conectar con el pasado de Szpilman y los horrores de esa época es una experiencia que sigue atormentándome y que me ha brindado una comprensión emotiva de las desgarradoras experiencias y pérdidas que conforman el viaje de László a Estados Unidos como refugiado.” Adrien Brody
La conexión de Brody con Hungría es anterior a la película. Su madre, la fotógrafa Sylvia Plachy, nació en Budapest y se vio obligada a huir de joven en plena Revolución Húngara en 1956. Se convirtió en refugiada y emigró a Estados Unidos y, al igual que László, persiguió su sueño de ser artista.
Felicity Jones, quien se pasó meses trabajando su acento húngaro y adentrándose en los oscuros recovecos de la vida de Erzsébet para poder representar en pantalla su sobrecogedor dolor y su sufrimiento, así como ese vínculo profundo y amoroso entre László y ella, sintió una conexión inmediata con su personaje, en cuanto leyó el guion.
“La historia también representa que sobrevivir a una vida en un campo de concentración conlleva fuertes repercusiones a lo largo de los años. Hay mucha violencia en la película, tanto emocional como física, pero fue la combinación de violencia, humanidad y romance lo que me atrapó de verdad.
Hay una honestidad inquebrantable en ella y es una persona muy observadora, en el sentido de que absorbe todo como una esponja cuando llega a Estados Unidos para reunirse con su esposo. A lo largo de la película, la vemos ganar en salud, seguridad en sí misma y ánimo. Había un enorme abanico de emociones que explorar e interpretar en ella. El amor que comparte con László le permite mejorar física y anímicamente.” Felicity Jones
Oscuridad es el denominador común de muchos de los personajes de «The Brutalist», pero el que esconde esa oscuridad a la vista de todos es el cortés y voluble empresario industrial Harrison Lee Van Buren, interpretado con una amenazante caballerosidad por Guy Pearce. Aparentemente es un hombre de negocios progresista que está forjando su legado en su extensa finca rural de Pensilvania, pero lamentablemente se convierte en el salvador y el tormento de Tóth en el transcurso de una historia que abarca tres décadas.
“Parte de su poder es ser encantador y ganarse a la gente. Está turbado, pero también hay un gran corazón en el fondo; alguien que está dispuesto a apoyar económicamente a un inmigrante con problemas como László, cuyo talento arquitectónico sabe reconocer.
Tiene buen gusto y, mientras controle a todo el mundo a su alrededor, todo va bien. Toda su fachada está construida en torno a eso.” Pearce
La relación entre Harrison Van Buren y László Tóth es compleja y navega entre la admiración y la sumisión por parte del artista que acepta el encargo de un todopoderoso mecenas/benefactor. En este caso, Van Buren es un empresario industrial de la América de mediados de siglo perteneciente a la clase oligarca, aparentemente complaciente, pero tendente a sufrir ataques de ira y violencia. Acaba convirtiéndose en un símbolo de los excesos más atroces del capitalismo.
La construcción del Instituto
Fue necesario crear la imponente y altamente simbólica visión arquitectónica conocida como el Instituto, que László va construyendo en diferentes fases y que comienza sobre una colina de Pensilvania para para luego ir desarrollándolo en el transcurso de muchos años.
“The Brutalist también es una película sobre hacer una película. La arquitectura y el cine tienen mucho en común porque hace falta más o menos el mismo número de personas para construir un edificio que para hacer una película.
Para mí ha sido una forma de hablar sobre el aspecto más burocrático del proceso artístico.” Corbet
La diseñadora de producción Judy Becker, quien ya conocía a fondo la América de mediados de siglo tras trabajar en el diseño de la película de Todd Haynes «Carol», ambientada en la Nueva York de esa época, tuvo que crear un diseño que no solo pareciese auténticamente brutalista, sino que se antojase algo que un arquitecto formado en la Escuela de la Bauhaus pudiera haber fraguado en la vida real. Su construcción, además, debía ser factible dentro del ámbito de la producción sin necesidad de levantar un edificio realmente, lo cual requirió una enorme dosis de magia cinematográfica por parte de su equipo de diseño.
“El punto crucial de la película son los problemas que László se va encontrando al diseñar y construir el Instituto, pero no es una cuestión meramente de arquitectura, diseño o construcción, porque guarda relación con asuntos de mayor envergadura.
Cuando alguien te está allanando el camino, como Harrison Lee Van Buren cuando financia la visión de László, ¿cuánto poder puede ejercer sobre ti?.” Becker
Para construir el Instituto, Becker investigó la arquitectura brutalista y modernista y los encargos adscritos a estos estilos, pero también recurrió a personas, cosas y eventos específicos de su propia existencia.
“Tuve que aventurarme en muchos ámbitos novedosos para mí en este proyecto, más allá incluso de diseñar edificios metiéndome en la piel de un arquitecto.
László también diseña un enorme sistema de muebles de almacenaje para la biblioteca de Van Buren, lo que me brindó la ocasión de reunir todas mis fuentes de inspiración en lo que a diseño respecta y hacer que cobrasen vida en la película.” Becker

Hungría, VistaVision y Carrara
Trabajando a partir del guion de 168 páginas de Corbet y Fastvold, el equipo grabó una media de 7 a 10 páginas al día, con Hungría como localización principal de gran parte del rodaje de la producción, un país donde Corbet ya había grabado su primer largometraje, «La infancia de un líder», hacía diez años. Aunque la acción en pantalla se desarrolla sobre todo en Estados Unidos, el rodaje de «The Brutalist» se llevó a cabo en concreto en Budapest, donde el protagonista Adrien Brody tiene raíces familiares.
Como Brody y Jones tienen que hablar mucho en húngaro en la película, Corbet quería que sus protagonistas estuvieran rodeados de vistas y sonidos que sus personajes habrían experimentado antes de que una guerra mundial los separase.
“Sabía que sería de gran ayuda para Adrien y Felicity vivir inmersos en ese entorno durante el periodo de preparación, antes de que las cámaras comenzaran a grabar, aunque no pudieran retroceder en el tiempo a la época de la película.” Corbet
Otro elemento crucial a la hora de elegir Budapest como principal localización para la película fue el hecho de que el épico y deslumbrante tercer largometraje de Corbet se rodase enteramente en celuloide por menos de 10 millones de dólares.
“Además de los increíbles enclaves que ofrece Hungría, hay dos laboratorios cinematográficos en Budapest, por lo que resultaba más sencillo para nosotros procesar nuestro metraje localmente. Nos daba tranquilidad mental poder entregar todo el material que íbamos filmando en un sitio a 20 o 30 minutos de nuestras localizaciones.” Corbet
Para convertir en realidad su épica visión de esta experiencia de excavación, construcción y vivencia migrante, Corbet recurrió por tercera vez al director de fotografía británico Lol Crawley, que también había trabajado en las anteriores películas de Corbet.
«The Brutalist» se rodó con diferentes cámaras y lentes distintas, en un formato conocido como VistaVision, que Alfred Hitchcock empleó en obras clásicas como «Con la muerte en los talones» y «Vértigo» (De entre los muertos). VistaVision, una variante panorámica de mayor resolución que el formato de cine de 35 mm, fue creado por ingenieros de Paramount Pictures en 1954 para la presentación de «Navidades blancas» en el Radio City Music Hall, durante el boom de los televisores que había provocado un declive en la asistencia a los cines.
VistaVision se quedó obsoleto en los 60, cuando CinemaScope y los 70mm se alzaron para convertirse en el formato panorámico dominante; la última producción norteamericana rodada enteramente en VistaVision fue la película de Marlon Brando «El rostro impenetrable» en 1961.
Sin embargo, el formato sí que siguió utilizándose en producciones internacionales durante los 70 y hasta la entrada del nuevo siglo; en la película de Nagisa Oshima «El imperio de los sentidos» (1976), en la de Shohei Imamura «La venganza es mía» (1979) y también en «2 hermanas» (2003), de Kim-Jee Woon. Además, se ha empleado para escenas de efectos especiales en todo tipo de títulos, desde la trilogía original de «Star Wars» a la película de Yorgos Lanthimos «Pobres criaturas», de 2023.
Corbet y Crawley se sintieron atraídos por el formato precisamente por haber surgido a mediados del siglo pasado y por su amplio campo de visión.
“Su campo de visión es extraordinario. Para la arquitectura es increíble, porque puedes estar físicamente cerca de la estructura que estás grabando y apreciar todos los detalles. Puedes ver los gránulos del cemento y, al mismo tiempo, capturar todo el edificio que tienes en tu encuadre.” Corbet
Lo malo de rodar en VistaVision es la escasez de estas cámaras (Paul Thomas Anderson usó algunas en su película de próximo estreno poco después de que «The Brutalist» concluyera su producción), por no mencionar lo mucho que abultan y pesan.
“Se trata de un gran formato bastante exigente que requiere que los técnicos sepan cómo trabajar con él. En Hungría pervive la cultura de rodar en celuloide, a diferencia de gran parte del mundo.” Corbet
Para las sobrecogedoras escenas en las minas de Carrara, Italia, donde László y Van Buren viajan con el objetivo de conseguir mármol para el Instituto, Corbet quería representar el devastador alcance del capitalismo en todos los rincones del mundo.
“Para mí, Carrara es un claro indicativo de lo dañino que ha sido el capitalismo para el planeta, de modo que el paisaje refleja el interior del personaje. T
oda la película trata del mundo interior de mi personaje, que se manifiesta en los espacios que László crea en la película y los espacios que habita. También refleja la voracidad de Van Buren; es un recordatorio visual de cómo ese tipo de gente devora y saquea cuanto se cruza en su camino.” Corbet
Una banda sonora memorable
La potente banda sonora de «The Brutalist» tenía que ser minimalista y maximalista a la vez para reflejar la visión de diseño general que se convirtió en una fuerza guía para Corbet y su equipo durante el periodo de gestación de siete años de la película.
Para la banda sonora, Corbet recurrió al músico experimental británico Daniel Blumberg, que ha grabado tres álbumes para Mute Records con el productor Peter Walsh, quien ayudó a crear muchos de los álbumes en solitario de Scott Walker de mediados y finales de su carrera, entre ellos «Climate of Hunter» y «The Drift», además de álbumes de Peter Gabriel, Simple Minds y Heaven 17.
Durante los siete años de gestación de la película, Corbet y su equipo de artesanos, entre ellos Blumberg, se emplearon a fondo en representar del mejor modo posible el Brutalismo en la cinta, tanto sonora, como fotográfica y psicológicamente.
“Del mismo modo que la arquitectura usa bloques de hormigón, Daniel y yo queríamos bloques de sonido en la banda sonora de The Brutalist, como barras que resonaran e invadieran todo, pero de una forma medida y minimalista. Sonic Youth tiene unos versos famosos que duran siete minutos con coros que duran apenas 30 segundos, pero el coro adquiere otra dimensión precisamente por lo mucho que el oyente tiene que aguardarlos.
Sentí algo similar en los edificios de Marcel Breuer, como el Met Breuer en Nueva York, donde, en lugar de entrar a un vestíbulo palaciego, te encuentras en un espacio restrictivo donde hay el espacio justo para quitarte el abrigo con unos techos de menos de 2 metros y medio de altura. Cuando accedes a los espacios principales del edificio, es como si se abriera de par en par.” Corbet
Antes de la producción, el compositor Daniel Blumberg viajó en múltiples ocasiones por Europa para grabar a un gran elenco de músicos de primera fila improvisando (figuras legendarias como Evan Parker, Axel Dörner y Sophie Agnel, entre ellos). También estuvo presente durante gran parte del rodaje para capturar secuencias musicales clave como la actuación en vivo del club nocturno en el propio set.
También trabajaron con el pianista John Tilbury, afincado en el Reino Unido y ampliamente conocido por sus interpretaciones del compositor clásico Morton Feldman.
“En mi opinión, John es uno de los artistas más importantes del siglo XX. Me parecía vital contar con esa fuerza a lo largo de la película para reflejar el carácter de László y sus actos con el transcurso de los años y las décadas.” Blumberg
La película acaba en un set diferente, a modo de epílogo, enclavado en la Bienal de Venecia en 1980, donde se rinde homenaje a la obra de László Tóth. Para crear el sonido de esta nueva era, Blumberg viajó a Nueva York para colaborar con Vince Clarke, que definió el sonido de los 80 cargado de sintetizadores con su trabajo para Depeche Mode, Yaz y Erasure. Peter Walsh se encargó de mezclar y coproducir junto con Blumberg.
“Es una película dedicada a Scott Walker, el compositor de mis dos anteriores películas, que falleció mientras The Brutalist estaba en fase de preproducción. Estoy convencido de que a Scott Walker le hubiera encantado esta película y la extraordinaria banda sonora de Daniel.” Corbet
Un intermedio necesario
Para añadir un cierto respiro al extenso metraje de «The Brutalist», Corbet y Fastvold incorporaron una pausa de 15 minutos en el guion que llega a mitad de la película, separando en dos capítulos diferenciados la llegada de László a Estados Unidos de la de su esposa.
“Es un intermedio integrado en el propio metraje porque es una historia larga que se extiende a lo largo de varios años y décadas. No queríamos que los exhibidores tuvieran que detener la película y encender las luces, cosa que puede interferir con su rutina.” Corbet
Para el proceso de montaje, Corbet recurrió a Dávid Jancsó, su colaborador en «La infancia de un líder» y en la película de Fastvold «El mundo que viene». Nacido en Hungría, Jancsó es hijo del laureado cineasta Miklós Jancsó, que alcanzó la fama internacional en los 60 por sus alegorías históricas que incluían largos planos-secuencia.
Para Jancsó, la monumental obra de László Tóth en la película se convirtió en la referencia estilística para pensar cómo estructurar el también monumental metraje de la película.
“Los motivos arquitectónicos también se reflejan en el estilo de montaje. La precisión limpia y geométrica de la arquitectura brutalista influyó en los patrones de montaje, con tomas largas, ininterrumpidas, combinadas con cortes abruptos y súbitos, creando un ritmo que reflejaba las tensiones de la vida de László.” Jancsó
El profundo conocimiento de Jancsó del proceso de creación en celuloide, con experiencia grabando en el anticuado formato VistaVision, ayudó a Corbet y a Crawley a disfrutar de cierta paz mental durante los 18 meses que duró el proceso de posproducción.
Lo peor: Su ritmo pausado, a veces es excesivo; La segunda parte contiene situaciones un tanto inverosímiles y nos sacó por completo la última canción que aparece al final, previo a la muestra de imágenes en un formato que simula a las transiciones desfasadas de Powerpoint…
Lo mejor: Las actuaciones de Adrien Brody, Felicity Jones y Guy Pearce; Las cuestiones que aborda el guion como la inmigración, la identidad, la memoria, los orígenes de la arquitectura brutalista, el sueño americano y las paradojas de la modernidad; La banda sonora a cargo de Daniel Blumberg; La fotografía a cargo de Lol Crawley y la belleza que aporta el formato en el que se rodó conocido como VistaVision.
Sin más, en un momento en el que las historias de migración y exilio están en el centro del debate global, «The Brutalist» emerge como una obra reflexiva y relevante. Corbet ha creado una película que es una meditación sobre la pérdida y el renacimiento, una oda al poder de la arquitectura y el diseño para articular la complejidad de lo humano.
Debido a cómo ha sido rodada, os recomendamos verla en un cine que esté adaptado para ello como el Cine Yelmo Luxury Palafox (Madrid), ya que la experiencia visual y sonora es impresionante, además de que es comodísimo, algo que se agradece en un largometraje como este que dura más de 3 horas.
Disfrútala a bordo en los vuelos de Air Europa de abril y mayo de 2025.
(*) Imágenes proporcionadas por UPI Media, cortesía de A24.










