Ophelia’s Got Talent: la revolución escénica de Florentina Holzinger
Con Ophelia’s Got Talent, la creadora austríaca convierte el cuerpo en un espacio desde el que hablar de identidad, memoria, poder y transformación. Su paso por el Festival Grec confirma por qué es una de las artistas más estimulantes —e incómodas— de la escena contemporánea.


Hay una pregunta que sobrevuela cualquier conversación sobre arte contemporáneo y que, probablemente, nunca ha tenido una respuesta sencilla: ¿debe el arte tranquilizarnos o incomodarnos? Durante años hemos asumido que una obra cumplía su función cuando conseguía emocionarnos, entretenernos o, en el mejor de los casos, despertar nuestra admiración. Sin embargo, algunas de las propuestas más relevantes de nuestro tiempo parecen perseguir un objetivo diferente. No buscan que el espectador salga del teatro con todas las respuestas, sino con preguntas nuevas. Son obras que nos obligan a revisar certezas, a cuestionar prejuicios y a mirar de otra manera aquello que creíamos conocer.

Esa capacidad para alterar nuestra percepción resulta especialmente valiosa en un momento en el que gran parte de la cultura parece diseñada para confirmar nuestras propias ideas. Los algoritmos nos muestran aquello que saben que nos gustará, las redes sociales refuerzan constantemente nuestras preferencias y buena parte del entretenimiento se construye para no generar demasiada fricción. En ese contexto, encontrarse con una artista que entiende el escenario como un lugar desde el que abrir conversaciones incómodas se convierte casi en un acto de resistencia.
Pocas creadoras representan mejor esa forma de entender el arte que Florentina Holzinger. La coreógrafa y performer austríaca lleva años construyendo una trayectoria difícil de encasillar, donde la danza, el teatro, la performance, la ópera y el circo conviven en un mismo lenguaje escénico. Sus espectáculos desafían cualquier clasificación convencional y utilizan el cuerpo como un territorio desde el que explorar cuestiones relacionadas con el poder, la identidad, la violencia, el deseo o la capacidad de transformación. No es casualidad que sus obras hayan sido reconocidas con algunos de los premios más importantes de las artes escénicas europeas y seleccionadas de manera consecutiva por el prestigioso Theatertreffen de Berlín. Tampoco que se haya convertido en una de las voces más influyentes de una generación de artistas que entiende el escenario como un espacio para pensar el presente.
El cuerpo como un territorio político
Su llegada al Festival Grec de Barcelona, precisamente en el año en que el certamen celebra su cincuenta aniversario, no podía ser más oportuna. A lo largo de cinco décadas, el Grec ha apostado por acercar al público algunas de las propuestas más innovadoras del panorama internacional y pocas dialogan tan bien con ese espíritu como Ophelia’s Got Talent. Más que un espectáculo, la obra funciona como una experiencia física y emocional donde conviven referencias mitológicas, música en directo, acrobacias, danza, humor, imágenes de una enorme belleza visual y otras que obligan al espectador a salir de cualquier zona de confort.
El punto de partida es tan sugerente como simbólico. Holzinger recupera la figura de Ofelia, uno de los personajes femeninos más representados de la historia del arte occidental. Desde la pintura prerrafaelita hasta el cine o la fotografía, su imagen ha permanecido ligada durante siglos al agua, a la locura y a una muerte convertida casi en ideal estético.

La creadora austríaca toma ese imaginario para darle completamente la vuelta. Su Ofelia ya no permanece inmóvil flotando sobre un río ni existe únicamente como objeto de contemplación. Se mueve, canta, se enfrenta al riesgo, desafía los límites físicos de su propio cuerpo y comparte escenario con sirenas, ninfas, ondinas y otras figuras femeninas vinculadas históricamente al agua.
Todas ellas conforman una especie de comunidad donde los antiguos mitos dialogan con cuestiones profundamente contemporáneas, desde la crisis climática hasta la necesidad de imaginar nuevas formas de adaptación y supervivencia.
El agua atraviesa toda la obra como una presencia constante. Simboliza el origen de la vida, pero también la posibilidad de desaparecer; representa la transformación, la memoria y la capacidad de cambiar de forma para sobrevivir. No es una metáfora especialmente difícil de reconocer en un momento histórico marcado por la incertidumbre, las crisis ambientales y la sensación de que el futuro exigirá reinventarnos de maneras que todavía no alcanzamos a comprender. Holzinger no plantea respuestas cerradas. Prefiere construir un universo de imágenes donde cada espectador encuentra sus propias conexiones.
El cuerpo como un territorio político
Resulta tentador describir Ophelia’s Got Talent como una obra provocadora. De hecho, buena parte de las críticas se han detenido precisamente en aquellas escenas que muestran desnudos, sangre o acciones físicamente extremas. Sin embargo, quedarse en esa lectura supone perder de vista aquello que hace verdaderamente interesante el trabajo de Florentina Holzinger. La provocación nunca parece ser el objetivo. Es, en todo caso, una consecuencia de una propuesta que utiliza el cuerpo para hablar de cuestiones mucho más profundas.
Durante buena parte de la representación tuve la sensación de que la obra giraba alrededor de una pregunta muy concreta: ¿quién decide cómo debe ser un cuerpo? La respuesta aparece constantemente sobre el escenario, aunque nunca se formule de manera explícita.
Durante siglos, el cuerpo femenino ha sido observado, juzgado, corregido y representado desde miradas ajenas. La historia del arte está llena de mujeres convertidas en musas, símbolos o alegorías, pero rara vez en sujetos capaces de definir su propia imagen. Holzinger rompe con esa tradición apropiándose del cuerpo desde un lugar radicalmente distinto. Sus intérpretes no están allí para ser contempladas. Están allí para actuar, desafiar, transformar y, sobre todo, ocupar el espacio con una libertad poco habitual en la escena contemporánea.

El cuerpo también tiene memoria
Existe una tendencia casi inevitable cuando se habla de Florentina Holzinger. Las conversaciones terminan girando alrededor de aquello que resulta más evidente: los cuerpos desnudos, la sangre, el riesgo físico o las escenas que desafían los límites de lo que tradicionalmente entendemos por una representación teatral. Son imágenes difíciles de olvidar y, precisamente por eso, acaparan buena parte de la atención. Sin embargo, quedarse ahí supone pasar por alto lo verdaderamente importante.
En Ophelia’s Got Talent, el cuerpo nunca aparece como un recurso destinado a escandalizar al espectador. Es el lugar desde el que se articula todo el discurso de la obra. Un cuerpo que no responde a los cánones de perfección con los que convivimos diariamente, que no busca resultar agradable ni tranquilizador y que tampoco pretende convertirse en símbolo de nada. Es, simplemente, un cuerpo atravesado por la experiencia, la memoria y el tiempo.
Uno de los momentos más inesperados de la representación ayuda a comprender esa idea. En mitad de la obra, Florentina Holzinger abandona durante unos minutos el lenguaje simbólico para hablar de sí misma. Recuerda cómo, siendo adolescente, sufrió anorexia y llegó a beber cantidades desmesuradas de agua antes de las revisiones médicas para ocultar la pérdida de peso y evitar que descubrieran la gravedad de la enfermedad. La confesión apenas ocupa unos instantes, pero modifica la manera de leer todo lo que ha ocurrido hasta ese momento.
De repente, las acrobacias dejan de ser únicamente una demostración de destreza física, el dolor deja de entenderse como un recurso escénico y el cuerpo deja de funcionar como una metáfora abstracta. Todo adquiere una dimensión profundamente personal.
Holzinger no habla desde la distancia ni convierte el escenario en un espacio para teorizar sobre el cuerpo femenino. Habla desde la experiencia de alguien que conoce hasta qué punto un cuerpo puede convertirse en un territorio de control, de sufrimiento y, finalmente, de reconstrucción.
Ese matiz resulta esencial porque explica por qué su trabajo nunca cae en la provocación gratuita. Existe una enorme diferencia entre utilizar el escándalo para captar la atención y utilizar determinadas imágenes porque forman parte de una reflexión artística coherente.
En el caso de Holzinger, cada escena responde a una necesidad narrativa. Incluso aquellas que generan mayor incomodidad parecen preguntarnos por qué determinadas representaciones continúan resultando inaceptables mientras convivimos con absoluta normalidad con otras formas de violencia mucho más invisibles.
Es una cuestión que atraviesa toda la historia del arte. Durante siglos hemos aceptado la representación de cuerpos femeninos idealizados, convertidos en objetos de deseo o de contemplación.

En cambio, seguimos reaccionando con incomodidad cuando esos mismos cuerpos aparecen desde un lugar de autonomía, de fuerza o de vulnerabilidad real. Holzinger subvierte ese imaginario apropiándose de él y devolviendo el cuerpo al escenario desde una perspectiva completamente distinta. Sus intérpretes no representan una idea de mujer. Representan mujeres capaces de ocupar el espacio sin pedir permiso, incluso cuando esa presencia cuestiona nuestras propias expectativas como espectadores.
Quizá sea esa una de las razones por las que Ophelia’s Got Talent trasciende el ámbito de las artes escénicas. La obra habla del cuerpo, pero también de la manera en que construimos nuestra identidad, de las presiones sociales que determinan cómo debemos mostrarnos y de la extraordinaria capacidad del ser humano para adaptarse a circunstancias extremas. El agua, presente de principio a fin, deja de ser únicamente un elemento escenográfico para convertirse en una metáfora de esa transformación constante. Todo fluye, cambia y se resignifica.
Por qué seguimos necesitando artistas como Florentina Holzinger
Durante los últimos años se ha hablado mucho de la necesidad de que la cultura sea accesible, cercana y capaz de llegar a públicos cada vez más amplios. Es un objetivo legítimo. Sin embargo, esa aspiración no debería hacernos olvidar otra función igualmente importante: la de generar pensamiento.
No todas las obras tienen la obligación de resultar cómodas. Tampoco todas necesitan gustar por igual. Algunas encuentran su sentido precisamente en la incomodidad que provocan, porque obligan al espectador a revisar aquello que daba por sentado. Florentina Holzinger pertenece a esa categoría de artistas. No ofrece respuestas sencillas ni construye discursos cerrados. Prefiere abrir grietas por las que cada persona pueda formular sus propias preguntas.
Que el Festival Grec haya incluido una propuesta como Ophelia’s Got Talent en la edición de su cincuenta aniversario resulta especialmente significativo. Más allá del prestigio internacional de su autora, la obra recuerda cuál debería seguir siendo una de las funciones esenciales de cualquier gran cita cultural: ofrecer espacio a aquellas voces que amplían los límites de lo que entendemos por creación contemporánea y que nos invitan a mirar el mundo desde lugares inesperados.

No hace falta compartir todas las decisiones de Florentina Holzinger para reconocer la importancia de su trabajo. Basta con aceptar que el arte todavía puede ser un lugar donde las certezas se vuelven incómodas y las preguntas encuentran más espacio que las respuestas.
(*) Fotos proporcionadas por Neon Lobster. Foto portada, foto horizontal fija 1 y 2, slider y foto vertical 2: Bahar Kaygusuz; retrato de Florentina Holzinger: Katia Wik; fotos verticales 3, 4 y 5: Nicole Marianna Wytyczak.
