Cochinas: sexo, mujeres y todo aquello de lo que no se hablaba
Valladolid, 1998. Un videoclub al borde de la quiebra, una sección de cine para adultos y un grupo de mujeres que empieza a descubrir que quizá ha pasado demasiado tiempo sin hablar de sexo. Cochinas, la nueva serie de Prime Video protagonizada por Malena Alterio, utiliza el porno para hablar de algo bastante más interesante: el deseo femenino y todos los prejuicios, silencios y contradicciones que históricamente lo han acompañado.
Hay algo especialmente inteligente en situar Cochinas en Valladolid en 1998. No solo porque los videoclubs todavía formaban parte del paisaje cotidiano o porque las cintas VHS permitan construir buena parte de la trama, sino porque aquella España de finales de los noventa parece hoy lo suficientemente cercana como para reconocerla y, al mismo tiempo, lo suficientemente lejana como para sorprendernos.
El patriarcado determinaba qué podía desear una mujer, cómo debía comportarse y qué lugar podía ocupar el placer en su vida.
Internet apenas había entrado en nuestras casas, la educación sexual era prácticamente inexistente, hablar de masturbación femenina podía provocar más de una cara de espanto y el placer de las mujeres seguía siendo un territorio lleno de culpa, desconocimiento y prejuicios. Para muchas, especialmente para las generaciones que habían crecido durante el franquismo, sencillamente no se hablaba de sexo.
Y ahí aparece Nines. Una mujer conservadora, casada y acostumbrada a una vida en la que muchas cosas parecen venir dadas, y que interpreta maravillosamente Malena Alterio.
La serie eclosiona cuando su marido queda en coma, y tiene que hacerse cargo del videoclub familiar. Cuando eso sucede descubre dos cosas: por un lado que el negocio está prácticamente arruinado, y por otro, que la única sección que todavía despierta cierto interés es la dedicada al cine porno.
Lo interesante es que lo que empieza como una decisión económica acaba abriendo una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Porque Cochinas habla de porno, sí, pero sobre todo habla de mujeres hablando de sexo.
Y esto último es probablemente lo más interesante de la serie, ya que el videoclub termina convirtiéndose en un inesperado lugar de encuentro donde mujeres de diferentes edades empiezan a mirar, preguntar, comparar, compartir experiencias y, sobre todo, descubrir que muchas de las cosas que habían vivido individualmente —la insatisfacción, la vergüenza, el desconocimiento del propio cuerpo, determinados deseos o simplemente la curiosidad— eran mucho más comunes de lo que imaginaban.
En aquella época la información era escasa y los prejuicios, infinitos. Y el patriarcado determinaba en buena medida qué podía desear una mujer, cómo debía comportarse y qué lugar podía ocupar el placer en su vida. Han pasado casi tres décadas y, aunque muchas cosas han cambiado, resulta inquietante comprobar cuántos rastros de todo aquello siguen presentes en 2026.
¿Y si el porno también pudiera hablarle a las mujeres?
Cochinas plantea además una cuestión especialmente interesante: qué ocurre cuando las mujeres dejan de ser únicamente el objeto de la representación sexual y empiezan a preguntarse qué quieren ver ellas.
La serie juega constantemente con los códigos del porno de los noventa —los exagera, se ríe de ellos y los convierte en parte de su comedia—, pero poco a poco introduce una pregunta bastante más incómoda: si gran parte de la pornografía ha sido creada históricamente desde y para una mirada masculina, ¿dónde queda el deseo femenino?
Y aquí Cochinas evita una solución demasiado fácil. El porno aparece primero como una ventana, principalmente para algunas de sus protagonistas, para quienes supone descubrir prácticas, deseos o incluso posibilidades que jamás habían imaginado. Pero la propia serie termina cuestionando esa ventana cuando empieza a hacerse evidente que lo que muestra tampoco es necesariamente una representación libre, diversa o realista de la sexualidad.
La evolución hacia la posibilidad de crear otro porno, pensado también desde el deseo y la mirada de las mujeres, introduce una idea fundamental: la liberación sexual no consiste simplemente en tener acceso a más imágenes, sino también en poder decidir quién las crea, desde dónde y para quién.
Todo lo que cabe dentro del sexo
A partir de entonces Cochinas empieza a crecer. Porque alrededor de esa pequeña revolución que comienza en un videoclub aparecen el aborto, la homosexualidad, el lesbianismo, la masturbación, la educación sexual, la diversidad corporal, el sexo durante la vejez, las personas con discapacidad, la orientación sexual, las relaciones de pareja y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo.
La serie muestra cuerpos de diferentes edades, tamaños y formas y coloca el deseo en lugares donde durante mucho tiempo la ficción parecía no querer encontrarlo. Y también se permite algo importante: mostrar que la sexualidad puede ser torpe, divertida, incómoda, contradictoria y bastante menos perfecta de lo que nos han contado.
Quizá porque una parte del problema ha sido precisamente esa. Durante mucho tiempo apenas existió educación sexual y, en su ausencia, fueron otras cosas las que ocuparon ese espacio: la religión, los prejuicios familiares, los comentarios entre amigos, las revistas, el cine y, por supuesto, el porno. No parece la mejor combinación para aprender a relacionarnos con nuestro cuerpo y con el de los demás.
1998 no queda tan lejos
Lo divertido de Cochinas es que consigue hablar de todo esto sin convertirse en una clase de educación sexual. Hay comedia costumbrista, situaciones deliberadamente excesivas, nostalgia noventera y mucho humor.
Pero debajo de todo ello aparece una pregunta que resulta difícil evitar: ¿cuánto hemos cambiado realmente desde 1998?
Hoy tenemos a nuestro alcance una cantidad de información sobre sexo que aquellas mujeres del videoclub ni siquiera habrían podido imaginar. También podemos hablar públicamente de identidad, consentimiento, placer femenino o diversidad sexual con una libertad incomparable a la de hace tres décadas. Y, sin embargo, seguimos arrastrando muchos de los mismos fantasmas: seguimos teniendo dificultades para hablar de sexo; seguimos comparando nuestros cuerpos con modelos imposibles; sigue existiendo vergüenza alrededor del deseo femenino; seguimos discutiendo sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo; y el porno, ahora infinitamente más accesible que en aquel videoclub vallisoletano, continúa siendo para muchos jóvenes una de sus primeras fuentes de educación sexual.
Buena parte del acierto de Cochinas está en utilizar una historia ambientada en 1998 para hablar de 2026 sin necesidad de subrayarlo constantemente.
Ahí está buena parte del acierto de Cochinas: en utilizar una historia ambientada en 1998 para hablar de 2026 sin necesidad de subrayarlo constantemente. Y en hacerlo desde el humor, con personajes imperfectos, situaciones disparatadas y conversaciones que hace no tanto tiempo resultaban impensables en televisión. Una serie divertida, irreverente y mucho más necesaria de lo que podría parecer a primera vista.
Disponible en Amazon Prime.