Cruz Novillo: el hombre que diseñó España
Por Cecilia Camacho, Fundadora de CC/magazine y Consultora estratégica en CC/studio
Hay nombres que llegan tarde para quienes, sin saberlo, llevaban años conviviendo con ellos. El de José María Cruz Novillo es uno de esos casos extraños: millones de personas han reconocido sus formas antes que su firma. Han visto sus símbolos en buzones, estaciones, periódicos, billetes, instituciones, campañas políticas o carteles de cine. Han vivido dentro de un paisaje visual construido en parte por él, aunque durante mucho tiempo no supieran quién lo había dibujado.
España cambió muchas veces durante la segunda mitad del siglo XX. Cambió políticamente, socialmente, económicamente. También cambió de aspecto. Y esa transformación visual no fue un detalle menor.
Un país que salía de una etapa oscura y empezaba a reconocerse en nuevas instituciones necesitaba otra manera de presentarse ante sí mismo. Necesitaba signos claros, modernos, comprensibles. Necesitaba una imagen que no pesara como el pasado.
Cruz Novillo entendió esa necesidad con una lucidez poco habitual. Su trabajo no acompañó simplemente a la modernización de España: ayudó a darle forma.
La vida diaria como museo involuntario
Correos, Renfe, Repsol, Endesa, el PSOE, la Policía Nacional, El Mundo, COPE, Diario 16, El Economista, los billetes del Banco de España, la bandera y el escudo de la Comunidad de Madrid.
La lista impresiona, pero lo verdaderamente importante no está en acumular nombres, sino en comprender hasta qué punto esas imágenes entraron en la vida común.
Sus diseños estaban en lugares donde no solemos mirar con atención: en una carta, en un tren, en un periódico, en una papeleta, en una comisaría, en una gasolinera, en un billete doblado dentro de un bolsillo. Esa fue una de sus mayores conquistas: conseguir que el diseño dejara de parecer diseño y se integrara con naturalidad en la experiencia cotidiana.
Una de sus mayores conquistas fue conseguir que el diseño dejara de parecer diseño y se integrara con naturalidad en la experiencia cotidiana.
El documental «El hombre que diseñó España», dirigido en 2019 por Miguel Larraya y Andrea G. Bermejo, entendió muy bien esa paradoja. La película no solo repasa una trayectoria profesional extraordinaria; propone mirar de nuevo aquello que creíamos conocer.
De pronto, lo familiar se vuelve revelador. Lo que parecía estar ahí desde siempre aparece como el resultado de una inteligencia, de un oficio, de una manera de pensar el país desde la forma.
En el documental, Cruz Novillo no aparece como alguien empeñado en subrayar su importancia. Hay en él una serenidad casi desconcertante, una relación muy limpia con el trabajo.
Habla de sus encargos con la naturalidad de quien ha pasado la vida resolviendo problemas difíciles sin necesidad de dramatizarlos, como si cada proyecto hubiera sido, ante todo, un ejercicio de trabajo más que un gesto extraordinario. No hay épica en su relato, ni voluntad de construir una narrativa heroica alrededor de su trayectoria. Más bien aparece una relación serena con el oficio, casi silenciosa, donde lo importante no es lo que se dice sobre el trabajo, sino el trabajo mismo.
Quizá por eso su figura emociona más. Porque detrás de símbolos tan rotundos no hay un personaje que reclame protagonismo, sino alguien que parece haber entendido muy pronto que la verdadera relevancia está en la precisión, en la continuidad, en hacer bien las cosas durante mucho tiempo. En confiar en el hacer por encima de la grandilocuencia.
La precisión también puede ser una forma de sensibilidad
Sería fácil hablar de Cruz Novillo únicamente desde la eficacia. Decir que sus logotipos funcionan, que son claros, que resisten bien el paso del tiempo. Todo eso es cierto, pero se queda corto. En su obra hay algo más delicado: una forma de respeto hacia quien mira.
Sus imágenes no exigían una explicación previa. No obligaban al espectador a entrar en un código privado. Estaban pensadas para circular, para pertenecer a todos, para ser entendidas en contextos muy distintos. Esa vocación pública tiene un valor enorme, especialmente en una época en la que España necesitaba reconocerse sin solemnidad, sin impostura, con una modernidad posible.
Cruz Novillo trabajaba con geometría, síntesis, contraste, proporción. Pero esas palabras, dichas así, pueden sonar demasiado técnicas para explicar lo que realmente consiguió. Lo suyo era reducir hasta encontrar el punto exacto en el que una imagen se vuelve memorable. Quitar hasta que queda lo necesario. Decidir hasta que la forma parece inevitable.
Ahí estaba su talento: en hacer que lo difícil pareciera sencillo.
El cine, el arte y la otra España dibujada
Su legado no cabe solo en la identidad corporativa. También diseñó carteles para películas fundamentales como «El espíritu de la colmena, «El Sur», «Cría cuervos», «La escopeta nacional», «Barrio» o «Los lunes al sol». En esos trabajos aparece otro Cruz Novillo, más atmosférico, capaz de condensar una película en una imagen que no la explica del todo, pero la acompaña con inteligencia.
También fue pintor, escultor, grabador y académico. Desde los años noventa desarrolló sus obras cronocromofónicas, investigaciones donde el color, el sonido y el tiempo se convertían en materia artística.
Su «Diafragma dodecafónico 8.916.100.448.256, opus 14», estrenado en ARCO en 2010, fue concebido como una obra de millones de años de duración. Hay algo hermoso en esa ambición casi imposible: después de una vida diseñando signos para el presente, Cruz Novillo imaginó una obra que desbordaba cualquier escala humana.
Esa amplitud explica por qué su figura no puede reducirse al autor de unos cuantos logos famosos. Fue un creador total, alguien que entendió la imagen como lenguaje, como estructura y como experiencia.
Una huella que seguirá acompañándonos
Cruz Novillo ha fallecido a los 89 años, y con él se va una de las grandes inteligencias visuales de la España contemporánea. Pero su obra tiene una condición poco frecuente: no se retira con su autor. Sigue ahí, sigue funcionando y sigue acompañando gestos que repetimos casi sin pensar.
Quizá esa sea la forma más profunda de permanencia. No la estatua, no el homenaje solemne, no el nombre escrito en una placa, sino la presencia diaria de algo que continúa cumpliendo su misión. Cada vez que reconocemos un símbolo que él pensó, cada vez que una de sus formas nos orienta sin pedir permiso, hay una parte de su mirada que sigue activa.
El título del documental de Larraya y Bermejo era certero porque no exageraba tanto como parecía. Cruz Novillo no diseñó un país entero, está claro. Pero sí diseñó muchas de las imágenes con las que ese país aprendió a identificarse en una etapa decisiva. Y eso convierte su legado en algo más que una aportación al diseño: lo convierte en memoria compartida.
Hay creadores cuya obra se guarda. La de Cruz Novillo, además, se vive. Y mientras siga formando parte de nuestras calles, de nuestras instituciones, de nuestros recuerdos y de nuestra manera de reconocer lo común, su legado no pertenecerá del todo al pasado. Seguirá hablando, con esa claridad discreta que tuvo siempre, desde el lugar exacto donde el diseño se vuelve cultura. D.E.P.
(*) Imagen portada: Cruz más Cruz.