Transit Encounters: un sofá para compartir la soledad
Compartir asiento con alguien a quien no conocemos forma parte de una experiencia cotidiana que pocas veces observamos con atención. Ocurre en el metro, en un autobús o en un parque, donde durante unos minutos nuestros cuerpos coinciden sin que esa cercanía implique una conversación. Podemos permanecer absortos en nuestros pensamientos y, al mismo tiempo, ser conscientes de quienes tenemos al lado, participando en una intimidad provisional que depende tanto de las personas como del espacio que las reúne.
Esa convivencia es el punto de partida de Transit Encounters, el proyecto de Maxim Shcherbakov, al frente del estudio Supaform, que traslada al sofá ciertas características de los lugares de tránsito. Sus referencias aparecen en las rejillas de ventilación, en los cambios de altura y en una disposición que permite acomodarse de distintas maneras, eligiendo hasta qué punto queremos formar parte de lo que sucede alrededor.

El interés de la pieza reside también en la libertad que ofrece a quienes la utilizan. Entrar en su interior, sentarse en el borde o quedarse cerca son decisiones que modifican la experiencia, sin exigir una actitud determinada. Para su creador, esa posibilidad de estar juntos sin la obligación de relacionarse es una de las ideas centrales del proyecto.
La colaboración con Esthetic Joys permitió explorar esa intención a través de la música, convirtiendo el sofá en escenario y lugar para el público. En nuestra conversación, Shcherbakov explica cómo una observación desde un taxi en París acabó dando forma a este espacio compartido y qué descubrió cuando los visitantes comenzaron a utilizarlo.
¿Recuerdas la observación o el momento concreto que dio origen a Transit Encounters? ¿Hubo algún espacio público o de tránsito que te hiciera empezar a pensar en cómo compartimos temporalmente un lugar con desconocidos?
En una ocasión iba en taxi por París al anochecer, de camino a una fiesta o algo parecido. El otoño ya estaba avanzado y el tiempo era gris, oscuro y lluvioso. Mientras estábamos atrapados en un atasco dentro de un túnel, me fijé en un pequeño rincón, extrañamente acogedor, donde se habían reunido varias personas sin hogar. Aunque, en realidad, no parecían estar pasando el rato, sino viviendo allí.
Me llamó la atención cómo aquel entorno industrial, que nunca se había concebido para que alguien lo habitara, había sido transformado en un refugio, en un techo bajo el que cobijarse.
Creo que ese momento fue probablemente el inicio de la idea que acabaría convirtiéndose en Transit Encounters. Me atraía ese tipo de espacio apartado donde varias personas pasan tiempo juntas, y empecé a reconocer situaciones similares en los vagones del metro y, de manera más amplia, en los parques públicos, donde las sillas se disponen en grupos y la gente acaba sentándose junta.
El transporte público y los espacios municipales tienen un lenguaje visual muy reconocible. ¿Qué elementos te interesaba trasladar al sofá y cómo influyeron en su forma, sus materiales y su construcción?
Para mí era importante recoger ese carácter utilitario sin exagerarlo. Quería que funcionara como un hilo conductor sutil, reconocible en los detalles y en pequeños guiños. Las rejillas de ventilación hacen bastante evidente la referencia, aunque me interesa más la parte elevada del sofá.

Es un poco como sentarse en la última fila, en una especie de pequeño espacio adaptado que originalmente no estaba pensado para sentarse. También hay una pequeña referencia a los asientos traseros elevados de los autobuses o a esos lugares del transporte público donde debajo del asiento se encuentra el motor o una rueda.
En el proyecto hay una contradicción interesante: los espacios de tránsito están diseñados para que las personas pasen por ellos, mientras que un sofá invita a detenerse y quedarse. ¿Qué importancia tuvo esa tensión durante el desarrollo de la pieza?
Sí, entiendo que el carácter utilitario de esos espacios públicos responde a otras funciones, pero precisamente de ahí surge la idea: ¿y si fuera de otra manera? Imagínate un sofá así en una oficina de Hacienda; tendría bastante gracia.
La imagen que propone Shcherbakov introduce el humor en una reflexión sobre lugares cuyas convenciones tenemos muy asumidas. Basta con imaginar este sofá en una sala de espera administrativa para advertir cuánto influye el mobiliario en nuestra disposición a permanecer, en las posturas que adoptamos y en la distancia que mantenemos respecto a los demás. En ese desplazamiento entre contextos aparece buena parte del interés de Transit Encounters.
El proyecto también aborda la cercanía física entre desconocidos, algo cada vez menos habitual en un mundo donde tantas experiencias se viven de forma individual. ¿Consideras Transit Encounters una reflexión sobre cómo nos relacionamos hoy con quienes no conocemos?
Sí, es una reflexión sobre la intimidad humana, aunque en un plano físico, más que mental o intelectual. En cierto modo, es un objeto que reúne a las personas, pero no las obliga a comunicarse, a formar grupos, a mantener conversaciones interminables ni a fingir que todo el mundo se lo está pasando estupendamente.
Tiene más que ver con una especie de soledad compartida. Por supuesto, se trata únicamente de una metáfora y la soledad no debe entenderse aquí en sentido literal.
Esta precisión ayuda a comprender la propuesta: el sofá permite que cada persona decida cómo estar, incluso cuando ocupa un espacio muy próximo al de otra. La música, la presencia de los demás o la simple posibilidad de observar pueden ser suficientes para participar en una experiencia común, sin necesidad de presentarse ni encontrar un tema de conversación.
¿Cómo influyó la colaboración con Esthetic Joys en el proyecto? ¿Qué aportó cada parte y qué ideas surgieron específicamente de ese trabajo conjunto?
Sí, desde luego. Trabajamos juntos y decidimos que el sofá se convertiría en un espacio público; en esencia, en un objeto que acogería un pequeño festival de música de carácter íntimo organizado por Esthetic Joys.

El sofá se convirtió en un punto de encuentro para músicos y visitantes, que interactuaban espontáneamente a lo largo de la semana del diseño. Organizamos el espacio expositivo de manera que, aparte del sofá situado en el centro de la galería, prácticamente no hubiera nada más. Así, la pieza funcionaba al mismo tiempo como escenario y como espacio para el público.
La gente iba y venía; algunos visitantes se quedaban, entraban en el sofá y se sentaban justo al lado del músico que estaba actuando. Otros permanecían de pie a cierta distancia, mientras que algunos se limitaban a rodearlo sin llegar a entrar. No había reglas ni restricciones.
Me gustó mucho cómo todo fue encajando de forma natural hasta dar lugar a una dinámica muy armoniosa.
Describes el sofá como una pieza que abre «nuevas posibilidades de estar juntos». ¿Qué comportamientos o interacciones te gustaría que surgieran al utilizarlo?
Es una buena pregunta. Sinceramente, no tenía del todo claro cómo lo utilizaría la gente en un espacio público. Por supuesto, habíamos diseñado distintas zonas para pasar tiempo en el sofá, pero lo más interesante fue comprobar la variedad de usos que surgieron en la práctica.
En cierto modo, los propios visitantes decidían cómo querían relacionarse con él, porque podían entrar en su interior o sentarse como lo harían en un banco y permanecer fuera.
En cualquier caso, yo siempre había imaginado que los visitantes entrarían en el sofá y, para hacerlo, tenían que quitarse los zapatos. Al principio, no todo el mundo estaba dispuesto. Algunas personas se sentían algo cohibidas ante la posibilidad de convertirse en el centro de atención, mientras que otras simplemente no querían descalzarse.
Al final se nos ocurrió una solución un poco juguetona: nos quitamos nuestros propios zapatos y los dejamos junto al sofá. Ese gesto bastó para invitar a los demás a utilizarlo. Un pequeño truco.
En ese detalle se reconoce una de las observaciones más reveladoras del proyecto. Aunque el sofá ofreciera distintas posibilidades, algunas necesitaban una señal para que los visitantes se sintieran cómodos explorándolas. Los zapatos junto a la pieza hicieron comprensible una invitación que la forma, por sí sola, no había conseguido transmitir a todos. A partir de ahí, cada persona pudo encontrar su lugar, y el diseño empezó a incorporar las decisiones de quienes lo habitaban.
(*) Fotos proporcionadas por Supaform.