Se tiene que morir mucha gente: una serie de Victoria Martín

La nueva serie de Movistar Plus+, «Se tiene que morir mucha gente», creada y escrita por Victoria Martín a partir de su propio libro homónimo, retrata a una generación agotada que intenta seguir funcionando entre trabajos frustrantes, vínculos ambiguos, salud mental precaria, expectativas incumplidas y una sensación constante de deriva emocional. Todo ello desde un humor particularmente incómodo, ácido y brillante.

La serie sigue a Bárbara, Maca y Elena, tres amigas que fueron juntas al colegio y que veinte años después continúan orbitando alrededor de una relación marcada por el cariño, el desgaste, la dependencia emocional y la imposibilidad de parecerse a las adultas que imaginaban ser.

Bárbara, interpretada por una extraordinaria Anna Castillo, trabaja como guionista y atraviesa una crisis emocional permanente sostenida a base de benzodiacepinas, ansiedad y una profunda frustración vital. Maca, a quien da vida Macarena García, intenta abrirse camino como actriz mientras sobrevive trabajando de camarera. Elena, interpretada por Laura Weissmahr, parece haber alcanzado cierta estabilidad tras casarse con un empresario hotelero mucho mayor que ella y quedarse embarazada.

Anna Castillo y el colapso emocional contemporáneo

Gran parte de la fuerza de la serie descansa sobre el trabajo de Anna Castillo, probablemente en uno de los papeles más complejos e interesantes de su carrera reciente.

Su Bárbara consigue ser irritante, vulnerable, divertida, egoísta, agotadora y profundamente humana al mismo tiempo. Castillo maneja constantemente esa línea delicadísima entre la comedia física, el humor incómodo y el derrumbe emocional sin perder naturalidad en ningún momento.

El personaje no busca resultar simpático (aunque lo es), y la serie no intenta suavizar sus contradicciones ni convertirla en una heroína emocionalmente ejemplar. Y ahí reside buena parte de su verdad.

Especialmente brillante resulta también la aparición de Sofía Oterna como la «niña interior» de Bárbara, uno de los recursos narrativos más interesantes de la serie.

La idea podría haber caído fácilmente en algo excesivamente psicológico o artificial, pero aquí funciona con una naturalidad sorprendente. Sofía Oterna introduce una mezcla entre ironía, vulnerabilidad y lucidez incómoda que termina funcionando casi como una conciencia emocional permanente del personaje.

Curiosamente, muchas de las conversaciones más duras que tenemos durante la vida adulta probablemente siguen siendo conversaciones pendientes con versiones anteriores de nosotros mismos. Y «Se tiene que morir mucha gente» entiende muy bien esa dimensión emocional.

El humor de Victoria Martín

Quienes ya seguían a Victoria Martín desde sus podcasts o intervenciones públicas reconocerán rápidamente su universo.

Ese humor entre el cinismo, la incomodidad y la fragilidad atraviesa toda la serie. Los diálogos funcionan especialmente bien precisamente porque no parecen escritos para sonar ingeniosos, sino para capturar dinámicas extremadamente reconocibles: amistades tensas, ansiedad funcional, conversaciones absurdas, relaciones afectivas drenantes y adultos que continúan sintiéndose completamente perdidos aunque paguen alquiler y tengan reuniones de trabajo.

La serie tampoco cae en la tentación de convertir el malestar generacional en un discurso solemne. Las benzodiacepinas, la ansiedad o la precariedad emocional aparecen completamente integradas dentro de la vida cotidiana de los personajes. Forman parte del paisaje emocional de una generación acostumbrada a seguir funcionando incluso cuando todo parece desmoronarse ligeramente por dentro.

Ese equilibrio entre humor y agotamiento psicológico es probablemente una de las grandes virtudes de la serie.

La amistad femenina sin idealización

Otro de los aspectos más interesantes de «Se tiene que morir mucha gente» es su manera de retratar la amistad femenina desde un lugar mucho más ambiguo y contradictorio de lo habitual.

Aquí las relaciones no aparecen idealizadas ni convertidas en discursos aspiracionales sobre sororidad perfectamente funcional. Las amistades entre Bárbara, Maca y Elena están atravesadas por celos silenciosos, dependencia emocional, cariño, agotamiento, frustraciones acumuladas y momentos de enorme ternura.

La serie entiende algo bastante real sobre las relaciones largas: muchas veces sobreviven menos por equilibrio emocional que por la imposibilidad de reemplazar una historia compartida durante décadas. Y eso es algo que genera vínculos complejos, incómodos y profundamente humanos.

Crecer sin tener ni idea

Debajo de toda la ironía y el humor negro aparece una sensación bastante reconocible para buena parte de quienes atraviesan los treinta actualmente: el duelo por la vida que uno imaginaba tener.

Todos los personajes parecen convivir constantemente con la distancia entre sus expectativas y su realidad. Trabajos mediocres, inseguridad económica, relaciones ambiguas, agotamiento psicológico y la sensación permanente de no estar llegando nunca a ninguna parte.

La serie captura muy bien ese momento vital donde uno empieza a sospechar que crecer no implica necesariamente tener certezas ni estabilidad emocional. A veces simplemente significa aprender a convivir con el caos.

La serie captura muy bien ese momento vital donde uno empieza a sospechar que crecer no implica necesariamente tener certezas ni estabilidad emocional.

También retrata con bastante precisión algo muy contemporáneo: la obligación constante de construir versiones funcionales y más o menos exitosas de nosotros mismos mientras internamente seguimos sintiéndonos completamente desorientados.

Victoria Martín evita convertir todo eso en un discurso dramático o excesivamente intelectualizado. El humor aparece como mecanismo de supervivencia, pero también como forma de reconocimiento colectivo.

Una ficción generacional especialmente lúcida

«Se tiene que morir mucha gente» no intenta ofrecer moralejas ni respuestas claras, ni pretende romantizar el caos emocional de sus personajes. Lo que hace, sin embargo, es observar cómo una generación atraviesa la ansiedad, el trabajo precario, la presión afectiva, la salud mental y el miedo constante a no estar construyendo correctamente su propia vida. Y consigue hacerlo sin perder ligereza, ritmo y, sobre todo, con muchísimo sentido del humor.

Muy recomendable.

(*) Fotos proporcionadas por Movistar+.

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