Todo mal
Por Cecilia Camacho, Fundadora y Editora de CC/magazine
Vivimos en una época capaz de mandar cohetes a Marte y crear inteligencia artificial que escribe poesía, pero aún hay quien no entiende lo más elemental: que el trabajo, también el creativo, se paga.
Hace poco tuve una conversación surrealista. Tras recibir dos mensajes insistentes por WhatsApp con un tono infantiloide y tres llamadas al móvil, me proponía algo «fantástico»: escribir un artículo sobre uno de sus clientes. Ella, por supuesto, cobraría por el encargo. Yo, no. Al parecer, su entusiasmo y el hecho de que el contenido fuera muy interesante debían bastarme como forma de pago. Sad but true.
Lo más inquietante de todo esto no es el descaro, sino la normalidad con la que algunas personas asumen que pueden beneficiarse del talento ajeno sin retribuirlo. Lo presentan envuelto en celofán de «oportunidad», con palabras como colaboración, visibilidad o, atención, feminismo. Porque, en este caso, además, la propuesta venía aderezada con ese argumento tan torcido como recurrente: «es un tema feminista». Y ahí es donde una ya no puede más. Porque no hay nada más feminista que pagar a quien pretendes que trabaje para ti. No hay empoderamiento sin remuneración, ni sororidad si una cobra y la otra no.
Incluso cuando fui becaria cobré. Así que resulta casi cómico que alguien piense que, después de años de trabajo, experiencia y criterio, podría hacerlo gratis. He tenido colaboradores y siempre los he pagado. No por altruismo, sino por algo tan simple como la coherencia: porque entiendo que el trabajo creativo —como cualquier otro— merece respeto, valor y dignidad. Y, sobre todo, porque creo que cada vez que aceptamos trabajar gratis perpetuamos una estructura que premia la picaresca y castiga la profesionalidad.
El problema no es un correo desafortunado ni una propuesta fuera de lugar: es una cultura entera que confunde colaborar con explotar, compartir con aprovecharse, sororidad con manipulación emocional. Y que, además, lo disfraza de buena intención.
Pero una cultura no se sostiene sola: se perpetúa gracias a quienes la practican. Y lo verdaderamente preocupante no son solo las propuestas, sino las personas que las formulan con total naturalidad, convencidas de que su forma de actuar es razonable, incluso generosa. Lo dicen sin rubor, amparadas en la costumbre, como si la repetición del abuso lo volviera menos abuso. Y, sinceramente, me da igual que sea una práctica común en el sector o que se haya institucionalizado con los años: sigue siendo lo mismo. Aprovecharse del trabajo de otro no es una estrategia profesional, es una falta de respeto. Porque pedir algo gratis mientras uno cobra no es ingenuidad, es cálculo. No es torpeza, es conveniencia. Y no es colaboración, es abuso.
Quizás haya que empezar a decirlo sin rodeos: cuando alguien te pide que trabajes gratis mientras ellos cobran, no te están ofreciendo una oportunidad, te están faltando al respeto. Y eso, en cualquier idioma, en cualquier época, se llama abuso.
(*) Imagen: Bigshowlamar.